El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) EN PRESENCIA DEL BOSQUE #2
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EN PRESENCIA DEL BOSQUE #2

Todo se veía borroso, empezaba a perder el conocimiento. El bosque frente a ella parecía observarla como si su sufrimiento fuera un deleite. Y podría jurar que escuchaba su risa macabra.

—Tu madre estaría muy decepcionada de ti —dijo esa horrenda voz.

—¡No te atrevas a hablar de mi madre! —gritó con palabras quebradas.

Más risas.

Los árboles a su alrededor se burlaban de ella.

—Qué bueno que está muerta, así no puede ver en qué te has convertido.

Algo dentro de Dara explotó.

—¡Cállate ya!

Escucharse a sí misma de esa forma la desconcertó.

Sin darse cuenta, acababa de usar magia de transmisión.

Tenía la seguridad de que no solo había pensado esas palabras, sino que también las había proyectado con fuerza.

¿Pero en la mente de quién? No hablaba con ningún humano, de eso también estaba segura.

Las risas del bosque se habían apagado, y Dara pronto se dio cuenta de que la voz también. Ya no escuchaba nada más que sus pensamientos tropezándose los unos con los otros.

La adrenalina cedió de golpe y ella no pudo reprimir un sollozo. Después vinieron lágrimas como cascada. Ante eso, las raíces reaccionaron bajo la tierra; comenzaron a enroscarse, y la que la tenía atrapada la apretó más contra el tronco.

Dara volvió a forcejear, pero era inútil. Mientras más se movía, más agresiva era la raíz, como si reaccionara a sus movimientos.

No.

No a sus movimientos.

Recordó las palabras de Livier como un destello en medio de la oscuridad del bosque: «Mantengan la calma».

—Mantengan la calma —repitió en voz baja.

Las raíces reaccionaban a las emociones.

Por eso, cuando Verian y ella estaban tranquilos en la rama de aquel árbol, el bosque se había apaciguado.

¡Esa era la clave! Para asegurarse, respiró hondo y cerró los ojos.

Debía tranquilizarse. Eso le llevaría tal vez un par de minutos.

No era la mejor controlando sus impulsos, pero ahora que tenía una idea de cómo combatir al bosque, lucharía contra su instinto de forcejear.

Funcionó, podía sentir que la raíz cedía poco a poco. Ya no escuchaba nada más que su propia respiración, profunda y acompasada. Estaba concentrada en aquietar sus emociones y en dejar de llorar. Lo logró.

La raíz la soltó con suavidad.

Dara abrió los ojos y notó que las demás raíces dormían en la tierra.

Livier le había dado la clave para atravesar el bosque.

—Otra vez —susurró para sí misma.

De nuevo, Livier Monrae la había ayudado. Dara suponía que, esta vez, lo había hecho por Verian. No sería raro que quisiera darle a su hermano menor las herramientas para salir de aquel lugar horrible.

Dara no pensaba desaprovechar el consejo, así que, con lentitud, dio un paso al frente, luego otro y otro más.

Los árboles no reaccionaban. Mientras ella estuviera tranquila, ellos también lo estarían.

Posó la mano a la altura de su relicario, invocando más calma a través de su única posesión valiosa.

Sentirlo contra su pecho tuvo el efecto deseado. Dara avanzó.

Esperaba encontrar a Catriona, pero el bosque no lo permitió.

Llevaba tal vez dos horas caminando y no había ninguna señal de su compañera, ni de la salida del bosque.

Tan pronto como empezaba a sentir indicios de desesperación, las malditas raíces se movían, y ella volvía a respirar hondo.

Era difícil, considerando que no tenía una naturaleza serena ni paciente.

Además, estaba oscuro y casi no veía nada.

No quería usar magia de voluntad; debía conservarla en caso de alguna emergencia, pero recurriría a ella si no lograba salir pronto.

Estaba segura de que, con saltos altos, avanzaría más.

A juzgar por la posición de la luna, todavía quedaban unas cuantas horas antes de la medianoche.

—¿Qué es eso? —se preguntó cuando vislumbró una especie de risco a lo lejos.

Caminó en esa dirección; el sendero terminaba abruptamente en un escarpe, donde una pared vertical de roca se alzaba en un ángulo pronunciado.

Dara alzó el rostro y no le vio fin, la luz de la luna no alcanzaba a iluminarlo todo.

Luego miró hacia ambos lados y tampoco supo dónde empezaba ni dónde terminaba.

Rodear el muro le quitaría demasiado tiempo.

Dara palpó la piedra con las manos y notó su irregularidad. Su mejor opción sería tratar de escalarlo. No era particularmente buena, pero sabía que con magia de voluntad podría avanzar rápido.

Se impulsó para dar un salto alto y aterrizó en una piedra que se alzaba entre las demás y se sujetó de una rama rebelde que lucía bastante estable.

La pared vertical estaba cubierta de lianas enredadas que no parecían estar vivas como las raíces de abajo.

A saltos, Dara avanzó hacia arriba hasta llegar a una piedra diminuta, donde apenas cabía uno de sus pies.

Pisó varias veces la piedra que la sostenía para analizar el espacio del que disponía para dar otro salto de voluntad.

Cuando calculó que podía hacerlo, volvió a saltar.

No tomó suficiente impulso, por lo que su hazaña no la llevó muy alto.

Para no caer al vacío, se sujetó de una roca puntiaguda con ambas manos.

—Maldición —exclamó al no encontrar nada donde apoyar los pies. Buscó alguna irregularidad en las piedras, pero esa zona era plana y no había lianas cerca. Sus pies quedaron volando.

Dara alzó el rostro. Todavía no veía fin al escarpe. Mientras trataba de averiguar cómo salir ilesa, escuchó un ruido. Era un zumbido. Volteó hacia la fuente del sonido y maldijo nuevamente cuando vio que un ave volaba, rápido, hacia ella.

La criatura la embistió. Dara apenas alcanzó a proyectar su adnae como escudo y estuvo a punto de soltarse de la piedra.

Por la oscuridad, no podía distinguir de qué ave se trataba, pero, a juzgar por el tamaño y el ruido que producía, pensó que se trataba de una zumbra, un pájaro gigante con alas que vibraban, garras y un aguijón largo.

Y venenoso. Su piquete quemaba desde adentro y garantizaba una muerte lenta y dolorosa.

El ave no dio la vuelta para regresar, pero Dara no estaba tranquila; escuchaba más zumbidos.

Afiló la mirada y logró distinguir toda una bandada en dirección a ella.

El corazón comenzó a latirle, desbocado, presa del pánico.

Su escudo de adnae había desaparecido por el esfuerzo que estaba haciendo para no soltarse, así que cuando las zumbras arremetieron contra ella, tuvo que liberar su adnae sin control.

Volvió a proyectar su escudo y comenzó a vigorizar su adnae para lanzar ráfagas de energía hacia las aves y, así, tratar de derribarlas, pero cuando una caía, llegaba otra, y otra, y otra más. Eran decenas. Ya no solo escuchaba sus zumbidos, sino también sus graznidos espantosos y ensordecedores.

No aguantaría mucho más. No solo sus brazos se debilitaban con cada segundo, sino que los sentidos se le nublaban. Dara sabía que, si seguía dejando salir su adnae de forma desmedida, comenzaría a entrar en un estado negativo.

Una de las zumbras logró perforar el escudo e hirió el hombro de Dara con sus garras, haciéndola sangrar.

Ella soltó un grito ahogado y vigorizó su adnae para derribar a su atacante.

El ave cayó, pero Dara no pudo cerrar su escudo; no le quedaba suficiente adnae y no sabía cómo acceder a sus reservas.

Todo estaba borroso y centelleos de luz inundaban su campo visual.

¿Era señal de que estaba perdiendo la vista?

Miró hacia abajo, sin poder distinguir nada. Según sus cálculos, había logrado escalar un poco más de quince metros. No tenía muchas probabilidades de sobrevivir a una caída así, pero prefería esa muerte a las otras dos: por veneno de zumbra o por llegar a un estado negativo de adnae.

No pudo sostenerse más y se soltó de la roca.

Mientras caía, el tiempo parecía ir más lento.

Mientras caía, pensaba en la muerte. Cuando impactara en la tierra, ¿le dolería?

¿Se rompería todos los huesos? ¿Perdería el conocimiento de inmediato?