CONTRARRESTAR #3
—¡Sé que la nebelum se quedó contigo y ahora vive en la academia! ¡Quiero que me cuentes cómo está! —respondió Leone. Su sonrisa era radiante, muy distinta a la de Verian.
Dara ocupó un asiento al lado de la ventana, y Verian se sentó junto a ella. Leone y Livier estaban justo en los asientos de atrás.
Dara miró de soslayo para responderle a Leone:
—Está muy bien. Es algo traviesa y muy hogareña. Le gusta estar en el dormitorio, —Dara se percató de que, cuando hablaba de la criatura, el pecho se le llenaba de calidez—. Se llama Penélope.
—La academia no es lugar para ella —dijo Livier.
Dara empleó toda su fuerza voluntad para no alterarse.
—No me importa. Si ella se siente protegida conmigo, no voy a abandonarla.
—Cada vez se hace más larga la lista de cosas que no te importan —respondió Livier.
Verian la miró.
—¿Qué lista?
—No sé de qué habla —aseguró Dara.
Leone resopló.
—No le hagas caso a mi amigo, Dara —dijo, relajado—. Todos aquí amamos a las criaturas mágicas. Cuando Livier y Verian eran pequeños, las escondían en sus habitaciones, ¡aquí mismo en la academia! La tía Agatha fingía no darse cuenta, pero cuando la archimaga los descubrió…
—Leone —interrumpió Livier.
Esta vez, su voz sonó glaciar. El efecto fue inmediato. Leone se calló.
Verian se tornó sombrío.
En ese momento, Ashe subió al autobús y le dio un par de indicaciones al conductor. Luego se acercó a ellos con una sonrisa.
—¡Dara! Es bueno verte por aquí. ¿Estás emocionada por la excursión? —preguntó y tomó asiento justo a un lado de ellos. Solo los separaba el pasillo—. Los de primer año siempre son los que más la disfrutan.
—Yo también soy de primer año y a mí no me preguntaste si estoy emocionado —se lamentó Verian.
—Tú te has colado a todas las excursiones desde que Livier y Leo estaban en primer año.
—Pero esta es mi primera excursión oficial…
Ashe puso los ojos en blanco, pero era obvio que no estaba fastidiado.
—Bien, Verian, ¿estás emocionado?
Él le regaló una enorme sonrisa.
—Claro, ¡vengo con mi gran amiga Rennai!
Dara hizo una mueca de disgusto.
El autobús comenzó a moverse y el conductor anunció que el trayecto sería de unas cuatro horas.
Dara pensó en entretenerse mirando el paisaje por la ventana, pero considerando que se dirigían a ella muy seguido en la conversación, al poco tiempo terminó hincada sobre el asiento, imitando la posición de Verian, para poder mirar hacia atrás.
Leone era un gran conversador, incluía a todos en la plática y, cuando era su turno de contar algo, lograba capturar la atención de todos.
Dara entendía por qué era tan popular en la academia.
Es decir, los Cuatro Magos lo eran, pero por razones distintas.
Leone Eryndor era simplemente encantador… y millonario, claro.
—… Esa fue la primera vez que me transformé en un roedor. El peor día de mi vida —dijo Leone para finalizar su historia.
—Muy dramático, ¿no crees? —observó Verian.
A Dara le había gustado la historia, en especial porque seguía fascinada con la habilidad superior de Leone.
—Sabes bien que vivo por el drama —respondió Leone—. Pero no estoy exagerando; odio a los roedores desde que tengo cinco años.
—¿Por qué? —preguntó Ashe.
—¿No lo sabes? ¿Qué clase de mejor amigo eres? —se quejó Leone, aunque era evidente que bromeaba.
—Te recuerdo que los conocí cuando tenían diez años.
—Ah, es cierto. Verás, la casa de campo de mis papás se infestó un verano. Nunca olvidaré cuando, una noche, me recosté en la cama y una rata con cola de reptil me mordió la espalda. ¡Pensé que me iba a dar rabia!
—Bueno, es normal que pensaras eso, las syrakhas suelen tener rabia… —concedió Dara, que, sin darse cuenta, estaba participando más y más en la conversación.
—¡Exacto! Entonces comprenderás que entré en pánico. —Leone aplaudió una vez y apuntó a Dara, celebrando la validación—. Lo bueno es que ahí estaba Livier para salvarme.
—Era muy tarde y no dejabas de gritar —dijo Livier.
—¿Y qué le hiciste a la syrakha? —preguntó Ashe. Su rostro se veía algo… verde.
—La tomé y la saqué por la ventana —explicó Livier.
—Tuvo suerte de que no lo atacara —dijo Leone—, y yo de que no estuviera rabiosa, aunque eso no evitó que me quedara con un trauma permanente. No quiero imaginar qué habría pasado si Livier no hubiera estado conmigo.
—Probablemente estarías muerto… —dijo Verian con sarcasmo.
Leone ni siquiera se inmutó.
—Es lo mismo que yo pienso, pero mi amigo me salvó —respondió y luego le dio una palmada en el hombro a Livier—. Y juré que, desde ese momento, haría todo lo que me pidiera.
Eso sí que sonaba exagerado.
—¿Todo? —preguntó Dara.
—Todo —aseguró Leone.
Dara negó con la cabeza.
—Si Livier te pide que te lances de la torre más alta de la academia, ¿lo harías?
—Por supuesto.
La respuesta que dio fue tan veloz y tan seria que Dara quedó perpleja.
No conocía bien a ninguno de esos individuos, pero algo le decía que Leone Eryndor decía la verdad.
¿Qué había hecho Livier para ganarse semejante nivel de confianza ciega?
Definitivamente, no fue haber sacado a la syrakha por la ventana…
Leone comenzó a contar otra historia y Dara aprovechó para mirar a Livier con disimulo.
Él no la observaba, tenía los ojos clavados en su amigo y lo escuchaba con atención.
Era curioso, su rostro no dejaba ver ninguna emoción, pero en sus ojos había algo…
¿cálido? Por lo general, ese carmesí era inquietante, pero ahí, rodeado de sus amigos, se suavizaba un poco.
Dos de las cuatro horas del viaje siguieron charlando sin parar.
Bueno, Leone fue quien no paró de hablar, pero siempre buscaba que los demás también lo hicieran.
Dara se sorprendió de lo cómoda que se sintió durante el trayecto.
Y no le gustaba. No le gustaba sentirse así con esos cuatro.
Mucho menos con los nietos de la archimaga.
No era la abuela de Verian y Livier, pero sí formaban parte de esa familia. Eran parte intrínseca de la Academia Valrose. No significaba que fueran enemigos de Dara, pero sí que debía ir con cuidado con ellos.
A la mitad del camino, Dara se acomodó en su asiento y, después de contemplar el paisaje a través de la ventana por unos minutos, se permitió quedarse dormida.
La despertó la voz de Ashe.
—Hemos llegado —exclamó, usando su tono de voz de presidente del consejo de aprendices—. Bajen todos en orden, por favor.
—¿Descansaste? —le preguntó Verian al tiempo que se ponía de pie.
Dara estiró los brazos.
—De hecho, sí.
La sonrisa que Verian le dedicó le causó escalofríos.
—Eso es bueno. Necesitarás energía para lo que viene —dijo, y avanzó.
¿Qué era lo que venía? ¿Y por qué a Verian parecía divertirle?
Dara se levantó y caminó por el pasillo del autobús para descender. Podía escuchar los murmullos de los aprendices que ya se encontraban fuera. Sonaban… ¿asombrados? No, no era eso. Había algo de sorpresa en sus voces, pero también confusión.
Cuando fue su turno de salir del autobús, lo entendió.
Dara imaginó que, al llegar, los aprendices serían recibidos por los profesores, que les mostrarían el lugar donde acamparían. Pero frente a ella se extendía un bosque que parecía estar vivo.
Los árboles, altos y retorcidos, bloqueaban la luz del atardecer y lo oscurecían todo.
Pero eso no era lo más llamativo. Dara no podía dejar de observar las raíces.
No estaban enterradas, sino que se extendían por la superficie como venas expuestas, gruesas e irregulares.
Y se movían. Los movimientos eran leves, pero sumamente antinaturales.
Lo que más la desconcertó fue que el viento parecía cargar con cientos de susurros provenientes del bosque.
—Bienvenidos a la cima de la Montaña de la Rosa —dijo Ashe. Ya se encontraba frente al grupo de aprendices—. Esta es la primera prueba. Para llegar al sitio del campamento, deberán cruzar el Bosque de las Ánimas.
Los árboles respondieron con crujidos.
Dara estaba segura de que sería el bosque el que decidiría quién podía cruzarlo y quién no.