CONTRARRESTAR #2
—Pensaba dejar la ventana abierta para que no se quede encerrada, pero no sé si ella misma pueda conseguir comida en los alrededores de la academia —dijo Dara. Penélope se lamió una pata y luego se acomodó para tomar una siesta—. Vaya, por lo menos una de nosotras no está preocupada.
Catriona le acarició la cabeza a la nebelum.
—Lo resolveremos, ¡nuestra Pen no va a quedarse sin comida!
Dara asintió. No podía creer que su prioridad a corto plazo fuera conseguir comida para una criatura mágica.
Había encontrado sigilos para deshacer candados de otros magos y solo quedaba una noche antes de la excursión; tenía que aprovechar que Cedric estaba ausente para probar los sigilos en las puertas de los túneles.
Y así fue.
Regresó a los túneles emocionada por estrenar su flamante linterna nueva.
La había comprado en el mercado con sus ganancias; sabía que le serviría mucho para seguir investigando ahí abajo.
Además, había llevado un lápiz y el cuaderno.
Todavía le faltaba bastante para tener un mapa completo, pero ya tenía marcados varios pasillos, bifurcaciones y puertas —a estas últimas les añadía el sigilo con el que estaban selladas—.
Las plantas de los pies le picaban con las ganas de ir directo a la puerta de la habitación con los informes de las personas desaparecidas, pero primero quería probar suerte con los sigilos más sencillos.
La mayoría de las puertas tenía un sigilo de voluntad con alteración para cerrar; Dara pensaba contrarrestarlos con un sigilo especial para abrir.
Lo había encontrado en la zona de guías, en un libro de magia avanzada para reguladores.
Se situó frente a una de las puertas y comenzó a trazar sobre el sigilo; se veía bastante desgastado.
—¡Sí! —celebró en voz baja cuando su sigilo hizo efecto y la puerta se abrió sin dificultad.
Al observar el cuarto, Dara palideció. ¿Qué estaba viendo?
No se atrevió a pasar, lo que tenía frente a ella parecía un calabozo. Las paredes eran de piedra y no había nada más que unos grilletes de hierro empotrados en una pared. Las cadenas lucían pesadas y oxidadas.
¿Por qué había calabozos en la Academia Valrose?
Un escalofrío recorrió la espalda de Dara. Retrocedió un paso y cerró la puerta con fuerza. El corazón le latía a prisa y sus latidos erráticos eran lo único que escuchaba. Sin pensarlo mucho, corrió hacia otra puerta e hizo lo mismo. Halló otro calabozo.
Abrió tres puertas más y encontró lo mismo.
Dara estaba horrorizada. El campus no era una cárcel. No tenía sentido que hubiera cuartos así. Los que abrió estaban vacíos, pero ¿alguna vez hubo algún prisionero? ¿A quiénes encerraron ahí?
Cerró un último calabozo y volvió a dibujar los sigilos para cerrarlos. No le salieron perfectos, ya que sus manos temblaban por lo que acababa de descubrir. Cada vez encontraba más secretos dentro de la academia, pero aún no sabía cómo conectarlos con el asesinato de su mamá.
Lo que sí sabía era que cada descubrimiento le serviría cuando llegara el momento de exponer a la Academia Valrose.
Decidió no abrir más puertas con ese tipo de sigilo; era probable que la llevaran al mismo resultado. Pero sí recorrió unos cuantos pasillos más en busca de posibles prisioneros.
—¿Hay alguien aquí? —repitió una y otra vez—. Quiero ayudar.
No obtuvo respuesta.
Dara respiró hondo para tranquilizarse. No podía hacer nada con su descubrimiento por ahora; necesitaba más información, y la conseguiría, aunque todavía no supiera cómo.
Cerraría la noche volviendo al cuarto con los informes para ver si encontraba algo nuevo, pero cuando llegó a la ubicación, se topó con un muro.
—No es posible —susurró y revisó el mapa.
¡La puerta debía estar ahí!
La tenía marcada justo en esa pared, pero no estaba. Era como si nunca hubiera estado allí. Pensó en dos posibilidades: la primera era que su mapa estuviera equivocado, pero desechó la idea de inmediato; la segunda era que la puerta tuviera un sigilo de invisibilidad o que la cambiara de lugar.
Palpó el muro con ambas manos para descartar la invisibilidad.
—No se siente nada…
Tal vez la puerta se movía de lugar con un sigilo de magia física con alteración para transportar, pero no podía estar segura. Dara soltó un quejido cargado de frustración. ¿Cómo volvería a encontrar la puerta?
Cuando salió de los túneles, dos sentimientos la consumían. Uno era de derrota.
El otro era algo parecido al miedo.
El día de la excursión llegó y se notaba.
El ambiente en el campus durante esa mañana era de expectativa y emoción.
Los aprendices no paraban de hablar de las actividades en la montaña y de las fogatas nocturnas.
Los de segundo y tercer año parecían felices de volver, y su entusiasmo contagiaba a los de primero.
Las clases teóricas matutinas transcurrieron con normalidad, y las de la tarde fueron canceladas para que todos pudieran encargarse de los últimos preparativos para el viaje. Cada aprendiz tenía permitido llevar una pieza de equipaje pequeña y debía empacar su uniforme de entrenamiento.
Pasaba del mediodía, y Dara se encontraba en su dormitorio, guardando sus pertenencias en un bolso de tela.
Unos minutos antes había visto a Catriona salir con una maleta que no podía considerarse pequeña, pero suponía que se saldría con la suya.
Su compañera de habitación había empacado desde temprano para ver si, con ayuda de Alessa, lograba escabullirse al mercado.
—Es tu culpa —dijo Dara a Penélope.
La nebelum maulló.
—No podemos tener animales en la academia, ¿crees que es fácil conseguirte comida?
No pensaba irse del campus si no dejaba comida para Penélope.
Tenía un plan de respaldo en caso de que Catriona no consiguiera el pienso para criaturas mágicas.
Buscaría a un cazaelementos con vinculación al hielo para congelar unos cuantos pescados.
A cambio de su silencio, Dara le ofrecería hacer sus deberes por una semana.
Terminó de empacar y se puso el confiable abrigo café oscuro sobre su atuendo.
Llevaba un suéter beige y una falda de tablones de un tono rojo oscuro.
Para no pasar frío, se puso medias y unas botas de combate que recién había comprado con sus ganancias.
Las que Alessa le prestó le habían gustado mucho y, cuando las vio el fin de semana anterior en el mercado, no tuvo que pensarlo demasiado.
Aún le sorprendía que, tras tener cubiertas todas sus necesidades básicas, pudiera darse el lujo de comprar zapatos.
Miró el reloj en la pared y chasqueó la lengua. Faltaba poco para que llegara la hora de irse y no había señales de su compañera.
—Es hora de cazar a un cazaelementos —le dijo Dara a Penélope—. ¿Puedes creer lo que hago por ti?
Penélope ladeó la cabeza y luego saltó para escabullirse bajo la cama, como hacía siempre que abrían la puerta de la habitación. Era una chica lista.
En cuanto salió del dormitorio, Dara descubrió una caja de cartón en el piso, junto a la puerta. No tenía ninguna nota, pero dado que estaba en su puerta, la tomó. Casi se quedó sin aire al levantarla. ¡Era más pesada de lo que imaginó!
Volvió a entrar al cuarto y depositó la caja sobre su cama.
¿Sería algún paquete para Catriona? Tal vez debía dejarlo así y avisarle a su compañera.
No quería husmear en sus cosas. Penélope eligió ese momento para salir de su escondite y saltar sobre la caja.
Sus maullidos eran tan fuertes que seguro se escuchaban en todo el piso.
Tal vez no era tan lista…
—¡Pen! ¡Silencio! —la regañó Dara.
Penélope comenzó a rasgar la caja hasta que rompió el cartón. Hizo un agujero del tamaño de su cabeza y la hundió dentro.
—¿¡Qué estás haciendo!?
Tomó a la nebelum del torso y la apartó del paquete. Penélope no hizo ningún ruido, pues tenía la boca llena de… pienso. Dara soltó a la criatura y abrió lo que quedaba de la tapa de la pobre caja.
Sintió un gran alivio al ver que estaba llena de pienso para criaturas mágicas.
Se dejó caer en la cama y soltó un largo suspiro.
Catriona lo había conseguido y, como siempre, no escatimó.
La cantidad de alimento que había en esa caja era suficiente para alimentar a Penélope por un mes.
O bueno, tal vez tres semanas, considerando su apetito voraz.
—Una preocupación menos.
Era la primera vez que Dara tomaba un autobús.
Se trataba de un invento nuevo y, aunque la mayoría de los aprendices venían de familias con coche propio, casi nadie se había subido a uno.
A unos metros del enorme muro de piedra que envolvía la Academia Valrose, estaban estacionadas cuatro de esas máquinas móviles.
Ya que uno de los propósitos de la excursión era que los aprendices se mezclaran, no había un orden que debieran seguir para abordar los autobuses. Los profesores Soren, Lovera y Zuno daban indicaciones a quienes tuvieran dudas. Ellos serían los encargados de los aprendices durante el fin de semana.
—Rennai, ¿te sientas con nosotros?
Dara se giró para encontrarse con Verian.
—Iba a sentarme con Catriona.
—Seguro ella ya se sentó con su novia —respondió él—. Ven, a Ashe le encantará tenerte en el autobús. Él va a ser el encargado del nuestro; los profesores se repartirán entre los otros tres autobuses.
Dara sabía que Verian estaba en lo cierto, era probable que Catriona ya estuviera en uno de los autobuses con Alessa. De todos modos, antes de aceptar la nada tentadora oferta, buscó con la mirada a su compañera de habitación. No la encontró.
—Está bien, supongo —concedió Dara.
Verian esbozó su sonrisa de siempre y comenzó a caminar hacia el autobús que se encontraba más lejos. Dara lo siguió sin decir nada. Al entrar, no pudo evitar curiosear un poco el interior. Sin duda, era uno de los inventos más ambiciosos de los últimos años.
Ya había unos cuantos aprendices sentados y charlando de forma relajada. Leone Eryndor y Livier Monrae ocupaban los últimos asientos. Dara sintió un nudo en el estómago. Cuando Verian dijo «nosotros», pensó que se refería solo a Ashe y a él.
Pero claro, los Cuatro Magos siempre estaban juntos.
—¡Miren a quién trajo Verian! —exclamó Leone cuando los vio acercarse—. Me urgía volver a verte.
Dara alzó una ceja.
—No entiendo por qué.