CONTRARRESTAR
Pasaron tres semanas desde los dos temblores en Olsian. Como no se había reportado otro en ningún territorio de Liyia, volvía la calma. A la gente le gustaba creerle a la archimaga. Más bien, estaban entrenados para creerle a la archimaga.
Dara se encontraba en la biblioteca. Era la primera hora de la mañana y se había reunido con Cedric para continuar sus lecciones de magia de transmisión.
Llevaba varias sesiones, pero no sentía ningún avance.
Eso la desesperaba. No era lenta aprendiendo, ¡todo lo contrario!
Se le daba muy bien entender la magia y aprovechar su adnae.
¿Por qué la magia de transmisión le costaba tanto?
—Concéntrate, niña —dijo Cedric en su mente.
—¡Eso intento!
—No es verdad. No estás pensando en transmitir tu voz, estás peleándote contigo misma.
Dara lo miró con ojos afilados.
—¿Acaso su habilidad superior es leer mentes, maestro?
Cedric rio.
—No. —Había un brillo divertido en sus ojos—. Hagamos un trato. Te mostraré mi habilidad superior cuando domines tu magia de transmisión.
—Cada vez que intento deslizarme dentro de su mente, siento como si me topara con una puerta cerrada.
—¡Y ese es un gran avance! En tu primera lección ni siquiera sentías la puerta —dijo el bibliotecario—. Lo estás logrando, siento el cosquilleo de tu magia en mi cabeza.
Dara resopló y se tapó el rostro con ambas manos.
—Pero no debería sentir un cosquilleo, ¡tendría que poder entrar a la mente de las personas sin ser percibida!
—El Creador no nos soñó en un día —dijo Cedric, calmado. Luego volvió a la magia de transmisión—. Recuerda, no es como hablar; debes deslizarte y dejar caer lo que quieres decir, como piedras en agua. La mente ajena no suele oponer resistencia, la puerta es una barrera imaginaria.
Dara cerró los ojos y siguió intentando.
Transcurrió una hora y empezaron a llegar los otros voluntarios. Cedric dio por terminada la lección y la citó dentro de cinco días.
—Voy a salir de viaje mañana, surgió algo de lo que debo encargarme —explicó, aunque Dara no le pidió que lo hiciera—. Te dejo a cargo de la biblioteca, mi honorable discípula.
Si el bibliotecario hubiera sabido acerca de las actividades nocturnas de Dara, seguro no habría confiado en ella. Dara simplemente asintió.
Era día de clases prácticas. Catriona amaneció sintiéndose mal y, para su dicha, la enfermera de la academia la mandó a reposar. Por ello, a la hora del almuerzo, Dara se encontraba en la cafetería empacando comida para su compañera de habitación y para Penélope.
Guardó porciones generosas en una canasta y caminó hacia los dormitorios de primer año.
Subió hasta el cuarto piso, pero antes de entrar a su habitación, escuchó voces.
Una era la de Catriona, más débil y bajita que de costumbre.
La otra tardó en reconocerla, pero pronto se dio cuenta de que se trataba de Alessa.
—No te estás tomando los remedios —dijo Alessa; sonaba muy seria.
—Hacen que tenga sueño —respondió Catriona.
—Hacen que no pasen estas cosas.
—Llevaba meses sin recaer. Creo que estoy mejorando.
—Cat… —dijo Alessa en un tono recriminatorio.
Dara frunció el ceño. ¿Remedios? ¿Recaer? Ahora que lo recordaba, cuando conoció a Catriona, ella le mencionó que se enfermaba todo el tiempo…
—¿Quién anda ahí? —exclamó Alessa.
Dara no tuvo tiempo de reaccionar, la puerta del dormitorio se abrió con brusquedad como empujada por el aire.
Dara saltó hacia atrás y vio que tanto Catriona como Alessa estaban sentadas en la cama; la primera con cara de sorpresa y la segunda con desconfianza.
Los rostros de ambas se relajaron cuando vieron que se trataba de Dara.
De soslayo, Dara vio una sombra deslizarse por el piso, en dirección a Alessa.
La puerta no la había abierto el aire, sino una sombra. Había olvidado que la novia de Catriona estaba vinculada a las sombras.
Penélope salió de debajo de la cama y voló hacia Dara.
—¿Cómo te fue en clases hoy? —preguntó Catriona con una sonrisa.
Dara alzó la canasta con comida para alejarla de la nebelum.
—Claro que te traje pescado, Pen, ¡espera! —exclamó cuando la criatura intentó meter la cabeza a la canasta. Sacó la porción para Penélope y la colocó en el pequeño plato que Catriona le había comprado unos días antes.
Penélope voló hacia su comida mientras maullaba de felicidad.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Dara a Catriona. Ella lucía hermosa como siempre, pero su pelo indicaba que no estaba del todo bien; ese día lo llevaba negro. Dara supuso que era su tono natural—. También traje comida para ti.
—Estoy un poco mejor —respondió su compañera y tomó la canasta que Dara le ofreció. La dejó sobre su buró y continuó—: Gracias, no tengo hambre todavía, pero tal vez dentro de un rato.
—Tienes que comer para recuperar energía —señaló Alessa.
—Sí voy a comer… dentro de un rato —aseguró Catriona. Fijó sus ojos en Dara—. No me respondiste, ¿cómo te fue en clases? ¿Qué hicieron?
—Estuvimos practicando puntería y precisión con magia de voluntad.
—Suena complicado.
Dara se encogió de hombros.
—Di en el blanco más veces que Verian, así que fue un buen día.
—La profesora Maevra acudió a la sesión de hoy, ¿cierto? Es la mentora de un compañero y le dio la mañana libre —dijo Alessa.
Dara asintió.
Era la primera vez que veía a la profesora Maevra.
Había dejado de impartir clases en primer año y era muy raro que seleccionara aprendices para pasar a segundo año bajo su mentoría.
Era la cabeza del Departamento de Danzamentes y tenía una habilidad superior bastante única, era una oculante.
Podía ver a través de los ojos de otras personas.
Se adentraba en sus mentes de forma imperceptible y se situaba allí, como espectadora.
Esto le era especialmente útil por una razón: Maevra era ciega.
Una habilidad superior así era bien cotizada por el gobierno y entre gente poderosa por motivos de espionaje, pero Maevra prefirió enseñar en la Academia Valrose.
La profesora Maevra era una mujer muy alta, de semblante serio y rígido. Tanto su pelo como sus ojos eran grises. Toda la lección permaneció de pie, inmóvil.
—¿Te imaginas que haya usado tus ojos para ver la sesión? —preguntó Catriona con asombro.
Dara no iba a admitir que se había hecho esa misma pregunta.
—Todos en tercer año estamos de acuerdo en que sería un honor —dijo Alessa—. Esa habilidad superior es legendaria.
—¿Cuál es la tuya? —La pregunta salió de los labios de Dara en automático. No podía evitarlo, era extremadamente curiosa cuando se trataba de temas de su interés.
Alessa situó la mano en su mentón y pareció pensar su respuesta durante algunos segundos.
—Me gusta sorprender a los que no saben —dijo, y esbozó una sonrisa confiada—. Ya te tocará descubrirla.
—Uy, no —se quejó Catriona—. Si a mí me hubieras dicho eso, no te habría dejado en paz hasta que me la revelaras.
—Jamás te habría dicho eso, amor.
Catriona sonrió.
—Respuesta correcta.
Dara no pensaba rogar por una respuesta, aunque ahora su curiosidad estaba por los cielos. La vinculación de Alessa ya era bastante rara entre los cazaelementos. ¿Y las habilidades superiores de la magia de sombras? Aún más.
Alessa le dio un beso en la mejilla a Catriona y se levantó.
—Tengo que irme, pero debes comer bien y descansar. Falta un día para la excursión y necesitas estar fuerte y recuperada.
Catriona resopló.
—No puedo creer que no la hayan cancelado después de los temblores, ¿qué tal si ocurre algo cuando estemos en la cima de la montaña?
—No pienses en eso; mejor imagina lo divertido que será. ¡Es una de las actividades favoritas de los aprendices de primer año!
—De los aprendices competentes y con habilidades prácticas —contestó Catriona, nada convencida—. Ir a la parte más alta de la Montaña de la Rosa y realizar un montón de actividades para probar nuestra magia suena a lo peor que me podría pasar.
Alessa le guiñó el ojo.
—Prometo darte un masaje cada noche.
Ante eso, Catriona sonrió.
—Sí que sabes cómo enamorar a una chica.
La novia de Catriona hizo una reverencia teatral antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta. Se despidió de ambas y salió de la habitación.
Tan pronto escuchó que la puerta se cerró, Penélope salió de debajo de la cama y se sentó junto a Catriona.
Dara ni siquiera se había percatado de que había vuelto a su escondite; la nebelum era sumamente silenciosa al moverse.
Su expresión de satisfacción indicaba que ya había terminado de comerse el pescado.
—¿Segura que te sientes mejor? —preguntó Dara mientras se sentaba en su cama.
—Sí, no te preocupes por mí, ¡mañana estaré como si nada! —exclamó Catriona con una sonrisa.
Dara decidió no presionar.
—¿Qué haremos con Pen durante la excursión? Estaremos fuera por tres días —dijo Dara sin dejar de mirar a la nebelum.
Llevarla no era una opción. Habría mucha gente y poca privacidad.
Dara no sabía bien qué esperar de la experiencia. En aquellos días, los aprendices solo hablaban de eso o de los temblores. La excursión a la punta de la Montaña de la Rosa era una tradición anual en la Academia Valrose, en la que todo el cuerpo estudiantil se iba un fin de semana a acampar.
Los acompañaba un profesor de cada categoría y durante el día había pruebas en las que medían su resistencia, su capacidad para racionar, proyectar, concentrar y vigorizar adnae, así como un sinfín de actividades de magia práctica.
No era nada que no se pudiera hacer en el campus de la academia, pero, según el profesor Soren, se trataba de una tradición establecida desde la fundación de la Academia Valrose para fomentar el compañerismo entre los aprendices.
Era un fin de semana en el que desaparecía toda distinción de generación y categoría.
—Es cierto, no podremos traerle su pescado diario —concedió Catriona. Después de meditarlo unos segundos, dijo—: mi sugerencia sería ir al mercado a comprar pienso para criaturas pequeñas, pero no podemos salir del campus en día de clase.