El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) CASTIGO DIVINO #4
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CASTIGO DIVINO #4

En la época de la guerra, la humanidad merecía todo lo que sucedió. La codicia los había llevado a saquear y a destruir la tierra que el Creador soñó. Era tan simple como eso: el mundo y sus seres vivos fueron soñados por Él. Todo lo existente vivía en los sueños de ese dios supremo, el Creador.

El castigo por saquear su reino onírico y dejar a Liyia sin adnae era la extinción total. Por eso mandaba los desastres naturales.

¿Qué era lo que los ocasionaba en la actualidad?

El bullicio repentino sacó a Dara de sus pensamientos frenéticos.

Una multitud de aprendices había salido de los dormitorios, y sus murmullos iban in crescendo, llenos de consternación.

Algunos corrían, otros solo lucían confundidos, los demás pedían calma a gritos. Los temblores los habían despertado.

Livier observó la conmoción por unos segundos y comenzó a bajar por la colina.

—¡Espera! —exclamó Dara, alcanzándolo a paso veloz. La pregunta salió de su boca sin pensarla—: ¿Sabes por qué está temblando?

Livier respondió, sin detenerse:

—¿Por qué lo sabría?

Dara arrugó las cejas.

—No lo sé —dijo con sarcasmo—. Tal vez porque eres el nieto de la archimaga, o porque eres un rompealmas y eso te hace una de las únicas personas que pueden soñar y entrar en el mundo onírico. O, ¿quién sabe?, tal vez Enia te manda mensajes, como lo hacía con Valrose.

Livier se frenó en seco y se giró para mirarla.

—Vaya, es un análisis muy completo sobre mi persona —dijo, su voz sonaba fría—. Pero te equivocas con respecto a Enia.

Dara lo sabía. Había dicho eso último solo para provocarlo. La misa le había recordado que Enia jamás había aparecido en los sueños de nadie, solo en los de Valrose Monrae.

—Sí, supongo que nadie es digno —respondió Dara, sin poder evitar un tono de mofa en su voz.

—Mucho menos yo —aseguró Livier con seriedad.

Dara no supo qué contestar. Livier observó la multitud de aprendices.

—Será mejor que vuelvas a los dormitorios. Tu gato estará a salvo ahí.

Penélope maulló como si la hubieran insultado.

—Es una nebelum —corrigió Dara.

—Vayan a los dormitorios —insistió Livier—. Y deberías dejar esa costumbre de estar en el lugar incorrecto en el momento equivocado.

Dara se sintió ligeramente ofendida.

—¿Disculpa? Podría decirte lo mismo. Siempre apareces en esos lugares y en esos momentos.

Y en las dos últimas ocasiones, la había ayudado. Al romper el espejo, al salvar a Penélope…

No quería sentir que estaba en deuda con él, se negaba a considerar esa opción.

Suponía que al menos debía darle las gracias, pero no tenía ganas, mucho menos ahora que acababa de recordar que no era la primera vez que se topaba a Livier en la noche.

Tal vez era casualidad. Dara no era tan arrogante como para pensar que el heredero de la archimaga la vigilaba o algo así.

A menos de que sospechara de ella.

Quiso alejarse de él lo más rápido posible.

—Como sea —dijo Dara antes de que él pudiera responder—. Voy a poner segura a Penélope.

Dara bajó la colina y corrió hacia la multitud sin mirar atrás.

En la mañana se convocó una asamblea. Todo aprendiz debía presentarse en la explanada frente al Castillo Mayor.

Gran parte del cuerpo estudiantil no había podido dormir, y el pánico colectivo aumentaba cada minuto.

Murmullos que teorizaban sobre el castigo del Creador se escuchaban en cada rincón, y hasta los profesores lucían sombríos y solemnes.

—¡Orden, orden! —exclamó el profesor Zuno, un forzacuerpos—. La subdirectora tomará el podio.

Los aprendices estaban divididos por año. Había una diferencia abismal entre la cantidad de alumnos de primer año y los de las generaciones superiores. Con cada grado, el número de aprendices se reducía aproximadamente a la mitad.

Tan pronto como la subdirectora Agatha pisó el podio, todos guardaron silencio. La elegante mujer llevaba un conjunto de saco y pantalón negro, el pelo recogido y un collar con un sigilo intensificador de sonido, para que su voz se escuchara alta y clara.

—Aprendices de Valrose —dijo—. En primer lugar, la archimaga se disculpa por no estar aquí para darles este mensaje en persona. Fue requerida por el gobierno de Olsian para una aparición en la radio; es esencial que todo Liyia esté en sincronía y mantenga la calma.

Una ventisca helada azotó la explanada y varios aprendices tiritaron.

—¡No teman! Estos temblores no tienen nada que ver con los que ocurrieron hace quinientos años en la guerra —continuó la subdirectora—.

Es cuestión de sentido común. En el pasado, fueron causados por los saqueos y la escasez de adnae; era castigo divino.

En nuestro tiempo presente no hay saqueos y el adnae es más estable que nunca gracias a nuestra institución, la Academia Valrose.

Estén tranquilos: el Creador duerme en paz y Enia nos protege.

La estatua de Enia frente al castillo los miraba con misericordia.

—La archimaga ha decidido unirse al gobierno para agilizar la investigación que ya está en marcha.

Ha convocado a los mejores cazaelementos especializados en la naturaleza, el agua y el fuego.

En estos momentos viajan magos de Irella, Finvelle, Arza y Dimas para reunirse en Olsian e investigar la causa de estos desastres naturales.

—La voz de la subdirectora era certera, y eso hacía que sus palabras fueran efectivas—.

Esta investigación será dirigida por Maxine Rumas, la geóloga cazaelementos más prominente de nuestra generación.

Ella está convencida de que estos desastres provienen de cambios en nuestra tierra física, propios del paso de las eras.

Aunque la tranquilidad no fue absoluta, sí fue notoria. La mayoría de los aprendices empezaba a asentir. Lo que Agatha Monrae decía tenía sentido.

Dara quería creerle, sobre todo porque no le sobraba tiempo para preocuparse por la humanidad, cuando ya tenía suficiente entre manos con su misión.

Quería avanzar con ese asunto. Estaba muy segura de que, si averiguaba algo sobre las personas desaparecidas, tendría material para incriminar a la Academia Valrose.

Seguía sin tener la certeza de que eso tuviera alguna conexión con el asesinato de su madre, pero sabía que la academia ocultaba cosas.

Le tenía sin cuidado si el mundo entero colapsaba y todos morían.

Pero primero debía vengarse.

—Tengan la seguridad de que, cuando se confirme la causa de los temblores, se encontrará la forma de detenerlos.

La archimaga me pidió que les hiciera saber esto: ella no descansará hasta que los desastres naturales dejen de ocurrir, así que pueden estar en paz.

Asistan a sus clases del día —finalizó Agatha Monrae—. Todo está bajo control.