El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) CASTIGO DIVINO #3
28%

CASTIGO DIVINO #3

—Dara, ¿vienes? —preguntó Catriona, unos pasos adelante.

Ella asintió y salió de la catedral.

Las semanas siguientes sucedieron en un abrir y cerrar de ojos.

Dara se estaba acostumbrando a su rutina en la Academia Valrose y le fastidiaba lo mucho que disfrutaba sus clases, la comida, el agua caliente y dormir en una cama.

Además, después del incidente con el Espejo de las Memorias, pasaba mucho más tiempo con Catriona, Verian y Ashe, y le sorprendía lo fácil que era estar con ellos.

Si bien todavía no se abría demasiado, ellos no se lo pedían.

Y Verian podía ser algo molesto, pero ya no le desagradaba tanto.

No es que lo fuera a admitir en voz alta.

La vida en Valrose era mucho mejor que la que tenía en las calles y eso no le gustaba.

Sentía que estaba decepcionando a su mamá.

Sentía que se traicionaba a sí misma. La Dara de hacía un mes jamás se habría creído capaz de charlar tranquilamente con un Monrae, ¡con un familiar directo de la archimaga!

—Hasta me dan ganas de vomitar —susurró.

Por lo menos, su venganza seguía siendo su primer pensamiento cuando despertaba y el último antes de dormir. No había día en el que no moviera algunas piezas para acercarse a su objetivo.

—¿Te sientes mal, Dara? —le preguntó Cedric con magia de transmisión.

Dara dio un salto, pensó que estaba sola en el archivero de la biblioteca.

Al menos no estaba haciendo nada sospechoso.

Los demás voluntarios sabían que se había ofrecido para revisar que todo el catálogo de libros estuviera ordenado alfabéticamente.

Ya había anotado cuatro tomos sobre sigilos y cerraduras que le podrían ser útiles, pero eso nadie lo sabía.

—Estoy bien —dijo Dara en voz alta y miró al bibliotecario—. Ya estaba terminando por hoy.

Cedric asintió.

—Sí, ya está bastante entrada la noche y venía a ver si te ibas a quedar más tiempo.

—Tal vez unos cuantos minutos más. Me faltan tres cajones para acabar con todo el archivero, pero por hoy solo quiero terminar con este —dijo Dara y señaló el cajón en el que trabajaba.

—Vaya que te gusta trabajar duro, niña.

—Estoy acostumbrada a hacerlo.

—Una gran cualidad, ¡digna de mi discípula! —exclamó Cedric con entusiasmo—. Pero las cualidades que más me importan son la lealtad y el sentido de la justicia.

Dara no sabía para qué podría necesitar esas cualidades en una biblioteca, pero asintió.

—No lo olvidaré, maestro.

Cedric colocó una mano sobre la cabeza de Dara y le dio una palmada suave. Ella tuvo que resistir el impulso de quitarse. No quería ofenderlo.

—Bien —le dijo en la mente—. Me voy. Quedas encargada de cerrar hoy.

El bibliotecario le sonrió y se giró para salir del archivero. Dara se quedó inmóvil, mirando su espalda durante unos segundos, y sin pensarlo demasiado, una petición salió de su boca:

—Maestro, ¿podría enseñarme a hacer magia de transmisión?

Cedric la miró de soslayo. Su sonrisa era más grande todavía y acentuaba las arrugas de sus ojos.

—¡Puedo enseñarte lo que quieras! —exclamó y luego frunció un poco el ceño—. Aunque los profesores tal vez no estén de acuerdo. Dime, Dara, ¿sabes guardar secretos?

Oh, toda su vida era un secreto guardado.

—Por supuesto.

El bibliotecario cerró los ojos y asintió.

—Me agradas, me agradas —dijo; otra vez se había volteado y continuó su camino hacia la puerta—. Llega una hora más temprano la próxima semana, tienes mucho que aprender.

Cedric salió del archivero y Dara se quedó sola en la gran biblioteca.

Volvió al cajón en el que había estado trabajando y concentró sus pensamientos en él.

Iba en la vigésima primera letra del abecedario y estaba encontrando algunos autores que habían escrito libros interesantes; el último que había anotado se llamaba El arte de abrir puertas y, según el listado, se encontraba en el segundo piso, sección occidental, estantería número ocho.

Se suponía que aquella era la parte tediosa de su misión, pero no la pasaba nada mal.

Estaba segura de que tampoco se aburriría cuando llegara a la etapa de leer el material.

A veces tenía ganas de saltarse toda la etapa de investigación y aventurarse en los túneles, pero tenía que ser inteligente y, sobre todo, paciente. No iba a ganar nada paseando allá abajo si no podía abrir cerraduras.

Sin embargo, no podía dejar de pensar en aquella puerta que apareció de la nada y estaba abierta, esa puerta detrás de la cual halló los informes de personas desaparecidas. Le picaban las manos al pensar en volver a ponerlas sobre esos papeles.

Pensó que, tal vez, debía darse una vuelta esa misma noche…

—No.

No quería volver muy tarde al dormitorio, Penélope no se dormiría hasta que ella volviera. Además, debía tener más cuidado ahora que tenía un puesto en la biblioteca. Estaba ganándose la confianza de Cedric.

Continuó su labor y no se percató de lo rápido que pasaron las horas. Para cuando se dio cuenta, ya era de madrugada y tenía otros tres títulos anotados. Cerró el archivero con llave y se apresuró a salir de la biblioteca para cerrarla también.

La noche estaba helada.

Comenzó a caminar hacia los edificios de los dormitorios mientras se abrazaba a sí misma y se preguntaba si algún día se acostumbraría al frío de la Montaña de la Rosa. Los únicos ruidos que la acompañaban eran el aire, sus pasos y su propia respiración.

Hasta que escuchó otra cosa.

Un zumbido que parecía venir de abajo.

Dara se detuvo. El sonido era extraño, como si la tierra bajo sus pies respirara. De pronto, escuchó un maullido familiar.

—¿Pen?

Desde un árbol, la nebelum la observaba, curiosa, con su único ojo. Cuando hicieron contacto visual, la criatura saltó de la rama y comenzó a correr en dirección contraria a los dormitorios.

—¡Oye, espera! —susurró Dara—. ¡Si alguien te ve, vas a tener que irte!

No lo pensó y comenzó a correr tras la criatura. Tenía que atraparla cuanto antes. ¿Por qué había salido del dormitorio? Ese comportamiento no era usual en ella. Dara tuvo que acelerar para no perderla de vista, aunque parecía que Penélope quería que la siguiera, pues no iba tan rápido.

La nebelum extendió sus alas y voló cuando se topó con una colina que tenía unas escaleras. Dara subió los escalones de dos en dos y, cuando llegó hasta arriba, tuvo que respirar hondo para recuperar el aire.

Penélope se había detenido sobre una estatua de Enia, justo en la cabeza de mármol.

La estatua se encontraba en el centro de un altar de piedra oscura, tallado con detalles de rosas y con las cicatrices del tiempo.

La estructura era alta y tenía un techo arqueado; en la entrada había una reja de hierro forjado, abierta.

Varios altares se repartían por todo el campus. Los aprendices solían dejar ofrendas a los pies de la diosa para agradecer o para pedir su bendición. En la base de esta había un montón de rosas rojas, vino y semillas.

—Pen, ¿qué haces? Vamos al dormitorio.

Dara dio un paso hacia ella y volvió a escucharlo.

El zumbido de la tierra. Esta vez más fuerte. Después, el suelo vibró.

Pequeñas piedras comenzaron a moverse como si las agitaran, y de pronto todo empezó a crujir.

¿Un terremoto? ¿En Olsian? Estaba segura de que, hasta ese momento, no se había registrado uno solo en el país.

Pero no era el momento para preocuparse por ese detalle, no cuando Penélope seguía sobre la estatua y toda la estructura se sacudía arriba de ella.

Dara dio un paso hacia la nebelum cuando una parte del techo del altar se desplomó.

—¡No! —exclamó y extendió ambas manos para proyectar su adnae.

Logró sostener la piedra con magia de voluntad, pero era más pesada de lo que pensó.

Sus piernas resentían el esfuerzo. Miró a Penélope, que seguía sobre la cabeza de la estatua mientras todo temblaba a su alrededor.

La estructura era tan vieja que soltaba polvo con cada movimiento violento de la tierra.

Dara temía que se derrumbara por completo.

Intentó concentrarse para mover a la criatura con su magia, pero aplicar magia de voluntad en un cuerpo era complicado.

Dara solo había practicado con ella misma.

Podía sentir su adnae rodeando a Penélope, pero la mayor parte de su magia la usaba para sostener la piedra que amenazaba con aplastar a la nebelum.

—¡Penélope, muévete de ahí! —dijo Dara con desesperación.

La tierra bajo el altar crujió y el suelo se agrietó, haciendo que la estructura se tambaleara con brusquedad.

El grito que salió de la garganta de Dara cuando el techo se desplomó fue brutal.

Todo pasó en cuestión de segundos, pero ella lo vio como si ocurriera en otro plano, donde el tiempo corría lento.

Primero, Penélope alzó la cabeza, pero no se movió mientras el techo caía a pedazos sobre ella. Después, Dara lanzó lejos la piedra que sostenía y corrió hacia la criatura, sabiendo que no lograría llegar a ella a tiempo. Y luego…

El altar se deshizo como si fuera de arcilla.

La estructura de piedra se transformó por completo y, cuando cayó encima de Penélope, fue como si la hubiera bañado un saco de arena.

La tierra dejó de temblar.

Penélope maulló y, al fin, saltó de la estatua, que era lo único que quedó intacto. Voló hacia los brazos de Dara, pero con su ojo amarillo miraba por encima de su hombro.

Dara se giró para ver lo que Penélope observaba con atención y soltó un suspiro de sorpresa cuando descubrió a Livier Monrae.

—¿Otra vez tú? —soltó Dara, sin pensarlo.

Antes de que Livier contestara, Penélope maulló como si quisiera gritar una advertencia. Un instante después, volvió a temblar. Esta vez el movimiento de la tierra fue más brusco. Dara plantó sus pies con fuerza sobre el suelo para no perder el equilibrio.

—Mierda —dijo Livier.

El temblor duró unos cuantos parpadeos.

La mente de Dara seguía sacudida.

Estaba enterada de los desastres naturales que habían estado ocurriendo en los últimos meses, pero era la primera vez que vivía uno en carne propia.

No quería unirse a la paranoia colectiva de que el Creador los castigaba.

La situación actual de Liyia no podía compararse con la de quinientos años atrás.