CASTIGO DIVINO #2
Con la cabeza en alto y un semblante serio, se encaminó hacia las gradas delanteras, donde estaban los profesores y los líderes de categoría.
Se notaba el respeto que los aprendices le tenían: algunos la miraban con admiración, otros parecían tenerle algo de miedo.
Dara solo había convivido con ella el día que la admitió en la academia.
Esta era la primera vez que la veía desde esa ocasión.
Agatha Monrae no le causaba miedo, pero tampoco habría dicho que la admiraba. No le gustaba que, al volverla a ver, lo que más sentía eran ganas de impresionarla. De seguir recibiendo su aprobación. De demostrarle que no se equivocó al admitirla en la Academia Valrose.
—¡Estimados presentes! —La voz de la consagrada Lavia inundó la catedral—. Sean bienvenidos a esta celebración para nuestra señora y salvadora, la emisaria rompealmas, ¡la diosa Enia!
Los presentes hicieron una reverencia con la cabeza que Dara imitó.
—El Creador nos dio la vida al soñarnos, pero fue Enia quien nos salvó… —dijo la consagrada.
—Enia, a través de Valrose —respondieron todos al unísono—. ¡Alabadas sean nuestras salvadoras!
La música del órgano se intensificó, y Dara se percató de que ya había una persona tocándolo con destreza. Era una mujer cuyas manos se movían con agilidad elegante. Parecía una con el instrumento.
Los presentes se arrodillaron y unieron las manos bajo la barbilla.
Dara hizo lo mismo, pero no sabía si debía orar, agradecer o pedir misericordia.
La melodía estridente del órgano prosiguió por un minuto en el que todos permanecieron cabizbajos y en silencio.
Cuando cesó, la consagrada Lavia volvió a tomar la palabra:
—Oh, venerada Enia, emisaria del alma. A ti elevamos nuestra voz con gratitud eterna. En las buenas y en las malas, jamás nos diste la espalda. Por tu intercesión, el Creador nos concedió otra oportunidad. Liyia entera existe hoy gracias a tu compasión.
—No somos dignos de tu misericordia —respondieron los asistentes al mismo tiempo.
Después se pusieron de pie mientras la consagrada continuaba con sus alabanzas a Enia. El ambiente era místico y abrumador. Una vez más, Dara se sentía como una espectadora. Solo seguía los movimientos de los demás de manera mecánica y trataba de no verse fuera de lugar.
Mientras la misa continuaba, Dara se dedicó a observar a los presentes. Algunos aprendices miraban a la consagrada con atención, otros lucían afligidos y unos cuantos tenían un brillo ferviente en los ojos, muy parecido al del fanatismo.
A su lado, Catriona estaba solemne y Verian parecía aburrido.
—Hoy, nuestra estimada subdirectora nos hará el honor de leer un fragmento del Diario de Valrose —dijo la consagrada Lavia—. ¡Qué gran privilegio tener entre nosotros a alguien en cuyas venas corre la sangre de Valrose Monrae!
La subdirectora se puso de pie y se dirigió al altar. Una vez allí, la consagrada Lavia le entregó un pergamino y se hizo a un lado con una pequeña reverencia.
Agatha Monrae llevaba zapatos de tacón, un saco negro abotonado y una falda larga del mismo color. Tenía el pelo recogido en un moño alto y prolijo. No necesitó alzar la voz para hacerse escuchar en toda la catedral.
—Fragmento autorizado del Diario de Valrose Monrae, pasaje de la posguerra —dijo Agatha con claridad, y comenzó a leer.
«Enia dijo la verdad.
Nos ha demostrado que es tan poderosa como el Creador. Pero la diosa es más misericordiosa. Cuando busqué al Creador en mis sueños, no se presentó ante mí, fue Enia quien atendió mis plegarias. Gracias a ella, la guerra ha terminado, ¿pero a qué costo?
Liyia está muerto. No hay flora, no hay fauna, no hay nada.
La avaricia y sed de poder de los magos ocasionó tal terror.
¿Para esto nos dieron la libertad de soñar?
Para saquear, saquear y saquear. Las reliquias, las criaturas…
cada cosa extraída de los sueños necesita del adnae de nuestro mundo para existir.
Los mismos magos fueron testigos de los estragos… y ni así se detuvieron.
Tuvo que llegar Enia a detener la masacre.
Un castigo divino hace temblar a la tierra. Esta noche, Enia me habló en sueños y me lo dijo. Me dijo que el Creador nos castiga por lo que le hicimos al mundo que soñó para nosotros.
Pero lo voy a repetir sin parar, Enia es piadosa. Me ofreció una solución. Tal vez no nos guste, pero creo que es el único camino.
Espero que Liyia esté preparado para una vida sin sueños.
Sin sueños, ya no habrá saqueos. Sin saqueos, el adnae tendrá oportunidad de regenerarse. Será un proceso lento, pero certero. Así, la ira del Creador será mitigada y sus castigos cesarán. Así, nuestra tierra volverá a la vida.
Los dioses lo han decidido: se revocan los sueños».
—Te agradecemos, ¡oh, venerada Enia! —dijeron los presentes cuando la lectura terminó.
Dara sintió un escalofrío en la espalda. Había leído esa página del Diario un par de veces; estaba en todos los libros de historia de Liyia, pero jamás la había escuchado ser recitada en un ambiente así. La lectura en voz alta y con esa entonación devota tenía peso.
El aroma a rosas ahora le parecía asfixiante.
La subdirectora Agatha hizo una reverencia a la estatua de Enia y regresó a su lugar.
La consagrada Lavia volvió a tomar el control de la misa, la cual duró casi una hora.
Para la parte final, todos se pusieron de pie mientras rezaban el credo de la Rosa.
Era la oración más famosa de todo Liyia.
Aunque Dara jamás había asistido a misa, la conocía de memoria.
—Que se haga tu voluntad sobre nosotros, gran señora —decía la oración—. Aguardamos por ti en los sueños de Valrose y su descendencia.
—Por la Rosa —dijo la consagrada.
—Por la Rosa —respondieron todos.
Dara recitó lo último en voz baja, sin sentirlo demasiado. Para ella eran palabras sin significado, pero sabía que, para los practicantes de la religión de la Rosa, el cierre del credo era lo más importante.
Los creyentes de la Rosa llevaban siglos esperando un nuevo mensaje de Enia.
La diosa se comunicaba con Valrose Monrae en sueños, y se pensaba que, cuando decidiera volver a entablar comunicación, lo haría a través de un descendiente directo de ella.
La prueba estaba en que solo los rompealmas conservaban la habilidad de soñar.
Los Emisarios despojaron a todo Liyia de esta habilidad no como castigo, sino para salvarlo.
Pero a Valrose Monrae no. Ella siguió soñando por el resto de su vida; era la única vía por la que Enia podía enviar mensajes a la humanidad.
Después, la hija de Valrose Monrae heredó la capacidad de soñar, y así sucesivamente.
Por eso solo los rompealmas soñaban. Era designio divino.
Pero ninguno de sus descendientes había logrado encontrar a la diosa en sueños. Los devotos decían que sería un milagro si la diosa volviera a enviar un mensaje.
Dara se preguntaba si, tal vez, Enia no tenía nada nuevo qué decir y por eso no se mostraba en los sueños de los rompealmas.
Pero ese pensamiento era inconcebible en la religión de la Rosa.
Estaba segura de que, incluso si pasaran otros quinientos años sin mensajes, seguirían adorándola.
Podía ver esa fe incondicional en el rostro de la mayoría de los presentes.
¿Se notaba que ella no era devota? Todo lo que se relacionaba con la religión le era indiferente, a excepción de una creencia particular.
La doctrina de la Rosa decía que, al morir, las personas volvían al mundo onírico habitado por los dioses Enia, Alaric, Nielen, Ophyr y el mismísimo Creador —que yacía dormido— y que, cuando un alma llegaba con ellos, se convertía en estrella. Ese detalle le gustaba a Dara.
No tenía la certeza de que así fuera, pero, a veces, cuando miraba el cielo nocturno, buscaba a su mamá.
Los aprendices empezaron a salir, ordenados, de la catedral. Dara caminaba junto a Catriona y Verian cuando escuchó los murmullos de asombro de sus compañeros.
—¿Es la archimaga?
—¡Sí!
—No la había visto desde la Ceremonia de Bienvenida.
—Qué bueno. Da miedo.
Dara alzó la cabeza para mirar a donde los demás estaban volteando. Ni siquiera se molestó en ser discreta porque todo el mundo lo estaba haciendo, incluso Catriona. A su lado, Verian era el único que parecía desinteresado.
La archimaga estaba en uno de los balcones del segundo piso de la catedral.
Dara no tardó en reconocerla, era idéntica a las fotografías.
Sus manos pálidas y huesudas descansaban en su elegante bastón con rosas en relieve, y su dedo índice derecho estaba adornado por el anillo familiar.
Su ropa negra era de terciopelo, con encaje, falda amplia y cuello alto, y parecía sacada de otra época.
Sobre el pecho llevaba un broche dorado con el escudo de la Academia Valrose.
Según su biografía oficial, la archimaga Elgaria Monrae tenía setenta y cinco años, pero por su aspecto no se podría adivinar. Era extraño, no lucía tan vieja, pero su mirada la hacía parecer de más de cien años. Sus ojos escarlata parecían haber vivido más de lo que era posible.
Su pelo era largo, liso y lo llevaba suelto. Resaltaba porque, a pesar de que casi ya todo era color blanco, había mechones que aún conservaban ese negro intenso que caracterizaba a la familia. Era como si su pasado aún se aferrara a ella.
La archimaga observaba a los aprendices desde arriba, como una soberana a sus súbditos. No hizo ningún gesto, ni un saludo. Su rostro no expresaba nada.
Dara la miró durante unos segundos más y siguió con su camino.
Era la primera vez que la veía en persona a la mujer que probablemente era la culpable, directa o indirecta, de que su madre estuviera muerta.
Su mamá no había mencionado a la archimaga antes de morir, no de forma específica.
«Valrose ha venido por mí».
Pero Elgaria Monrae representaba a la Academia Valrose.
Dara sintió un frío pesado en el cuello. Eso la hizo detenerse y voltear. La archimaga ya no estaba en el balcón, parecía que las sombras de la catedral la hubieran consumido. Dara frotó su cuello con la mano y se quedó observando, sin poder deshacerse de la sensación de que había sido vista.
Negó con la cabeza y decidió que había sido su imaginación jugándole trucos.