CASTIGO DIVINO
Una nueva semana comenzó, y Dara estaba, a primera hora, en el vestíbulo de la biblioteca.
Como era habitual, el teatro olía a papel viejo y a piel curtida, una combinación de olores que le gustaba y le transmitía paz.
A partir de ese día trabajaría ahí como voluntaria.
La citaron antes de clases para fijar su horario y darle instrucciones.
Llevaba cinco minutos esperando cuando el bibliotecario se encaminó hacia ella y se presentó.
—Mi nombre es Cedric. Tú debes ser Aidara Rennai, ¿cierto?
—Prefiero que me llamen Dara.
Él asintió y la observó con detenimiento, como si Dara fuera lo más interesante que hubiera visto en años.
Su mirada tenía un brillo extraño; no era incómoda, pero sí más intensa de lo normal.
Cedric era un hombre bastante mayor, con el rostro arrugado y el pelo lacio casi completamente blanco por las canas.
Lo llevaba largo y recogido en una coleta baja.
Usaba unos anteojos enormes que hacían que sus ojos azules parecieran el doble de grandes.
—Te he visto casi todos los días husmeando por aquí. Asumo que eres entusiasta de la lectura.
A Dara no le gustaba que ya la hubiera notado, aunque era cierto que había estado yendo casi a diario.
—Sí, siempre me han gustado, por eso me postulé como voluntaria.
—Te ves como una persona centrada, Dara. ¿Lo eres?
Le gustaba pensar que, por lo general, lo era.
—Sí.
—¡Bien! Necesito que mi discípula tenga los pies sobre la tierra ¡porque yo siempre estoy en las nubes! —exclamó Cedric con emoción—. Algunos voluntarios me ayudan a mantener el lugar en orden, pero tú serás mi discípula personal, mi sombra, ¿entiendes?
Dara no lo entendía. ¿Discípula? ¿Sombra? ¿De qué hablaba este hombre? Sin embargo, asintió; de verdad quería trabajar en la biblioteca.
—Bien, te daré un recorrido general y te diré lo que espero de ti —dijo Cedric y le entregó un cuaderno de piel y una pluma—. Deberás traer este cuaderno para anotar las cosas importantes que diga, porque yo las olvido. No te preocupes, no todo lo que digo es importante.
—¿Y cómo voy a saber qué sí lo es?
—¡Usando tu intuición! La intuición es el mejor aliado de un mago. O maga.
Cedric comenzó a caminar y Dara lo siguió. El bibliotecario explicaba lo que había en cada sección y ella anotaba lo que parecía importante. Le informó que tres aprendices voluntarios trabajaban con él, y que ella era la cuarta.
—Detrás del escenario hay pura cosa vieja —dijo Cedric—; no es necesario que vayas, a menos de que te toque limpiarlo. El aseo se realiza una vez cada dos semanas, y los voluntarios se lo rotan.
Una vez que terminó de darle el recorrido, le entregó tres llaves unidas por un aro metálico.
Una era la llave de la entrada principal; otra, la de la sala de bibliotecarios, donde podían prepararse café o té; la tercera era la del archivero bibliográfico, que contenía el catálogo completo de libros.
Dara apretó la última en su puño.
—Creo que eso es todo por ahora —dijo el bibliotecario—. Te espero aquí tres veces a la semana en el horario indicado. Recuerda traer siempre tu curiosidad, tu intuición y tu cuaderno. Ah, y como mi discípula, espero que me llames maestro.
Dara salió de la biblioteca sin saber bien qué pensar sobre Cedric, pero decidió que no le desagradaba.
Era día de clases prácticas, así que se dirigió a su sesión de Técnicas con Adnae. Ese día practicaron concentrarlo en una parte del cuerpo. Para la academia era importante que los magos pudieran sentir su adnae en cada momento, para poder usarlo en todo su potencial.
—Muchos piensan que concentrar el adnae en una extremidad solo es útil para los forzacuerpos —dijo la profesora—, pero nosotros, como danzamentes, también podemos sacarle provecho.
Los forzacuerpos sacaban ventaja del adnae al concentrarlo en los brazos o en las piernas, pues así sus golpes o patadas tenían más fuerza, pero, tal y como decía la profesora, los danzamentes podían hacer otras cosas interesantes.
Por ejemplo, a Dara le gustaba enfocarlo en sus piernas para potenciar su magia de voluntad al saltar.
Después de esa clase tuvo que moverse a otra aula para la sesión de Fundamentos de los Danzamentes, en la que entrenaba magia de voluntad. En esa misma clase aprendería a usar magia de transmisión dentro de algunos meses.
Tan pronto llegó su periodo de descanso, corrió a la cafetería.
Normalmente habría ido a comer, pero en aquella ocasión tenía una misión diferente.
Se aseguró de que nadie la estuviera viendo y escondió dos filetes de pescado en un pañuelo, que luego guardó en una bolsa.
Salió del edificio y se dirigió a su dormitorio.
Tenía un asunto importante escondido entre las mantas de su cama. Cuando abrió la puerta y no lo encontró, su corazón se saltó un latido.
—¿Pen? —preguntó, entrando al cuarto—. ¿Dónde estás?
La nebelum salió de abajo de la cama con un maullido como saludo.
Dara respiró tranquila al verla. El fin de semana, Catriona y ella habían descubierto que era hembra y la llamaron Penélope.
El nombre fue idea de su compañera de habitación; Dara todavía no estaba segura de que pudieran quedársela y no quería encariñarse.
Con los animales no era tan difícil como con los humanos.
—Mira, te traje pescado —le dijo y sacó la comida de la bolsa.
Colocó los filetes en el piso y la criatura no tardó en lanzarse a comer como si no la hubieran alimentado en semanas, aun cuando Catriona y ella se habían asegurado de que no le faltara comida en ningún momento.
La observó comer por unos segundos y luego miró la pila de papeles en su escritorio.
Su repartición de tarjetas en la fiesta funcionó y tenía ya ocho clientes.
La mayoría de la tarea que le habían comisionado eran planas de sigilos, pero también había unos cuantos ensayos sobre el uso de la magia en la industria médica y otros sobre el impacto positivo de la religión de la Rosa en la sociedad.
Según sus cálculos, para el final de la semana tendría suficiente dinero para ir al mercado a comprar algunas cosas que le hacían falta.
Continuó con sus clases del día sin percances; lo único raro fue que Verian no asistió a ninguna.
Dara no tenía idea de por qué. Suponía que no era de su incumbencia, así que le restó importancia.
Esa tarde comió en la cafetería con Catriona y después ambas se prepararon para ir a la catedral, ya que se efectuaría la primera misa del año escolar.
—¿Hablas en serio? —exclamó Catriona sin mirar a Dara. Se retocaba el labial en el espejo del dormitorio. Ese día llevaba el pelo negro con las puntas rosadas—. ¿Nunca has asistido a una misa de la Rosa?
—Nunca —confirmó Dara. Se había sentado en su cama y acariciaba el lomo de Penélope.
—Oh, ¡vaya! Yo voy desde pequeña cada semana. Mis padres son muy devotos —dijo Catriona; luego terminó de aplicar su labial y se giró para mirar a Dara—. Supongo que va a ser una experiencia interesante para ti, ¡y vas a amar la catedral de la academia! Es preciosa.
Dara estuvo a punto de revelarle que ya había estado en la catedral, pero se contuvo.
—Sí, supongo. Debo admitir que me da curiosidad.
Aunque no era creyente, no le molestaba asistir a una misa para adorar a Enia.
No tenía que recitar las oraciones o jurar devoción, solo tenía que presentarse.
Tal vez, como dijo Catriona, sería una experiencia interesante.
Lo único que no le gustaba era que la persona que guiaría la ceremonia sería la consagrada Lavia, su profesora de religión.
Era una mujer estricta y bastante fanática.
Además, hablaba sumamente lento y eso hacía que sus sermones fueran eternos.
Llegaron juntas a la catedral, cuando ya había un montón de aprendices sentados en las gradas de madera.
El lugar lucía completamente distinto a la luz del día y con tanta gente.
Incluso las vibras eran diferentes. En la noche la iluminación era tenue y el ambiente, lúgubre; en ese momento la luz vespertina se colaba por las ventanas y las voces de las personas vitalizaban el espacio.
Los aprendices estaban divididos por año, no por categoría.
Catriona y Dara fueron encaminadas a su sección en las gradas por el profesor Tiron, que estaba allí como auxiliar de la misa.
Mientras llegaba la hora de comenzar la ceremonia, el gran órgano se tocaba solo, asistido por un sigilo de magia de voluntad de un músico danzamentes.
El olor a rosas era arrollador, pero eso no era novedad en la academia.
—¡Ahí está Lessa! —dijo Catriona mientras alzaba la mano para saludar a su novia.
Ella le devolvió el saludo y le lanzó un beso con la mano. Catriona hizo un ademán de atraparlo y llevárselo al corazón. Dara observó el intercambio con atención.
Se escucharon murmullos de emoción entre los aprendices.
Dara alzó el rostro para ver qué sucedía.
No iba a negar que sintió algo de decepción cuando descubrió que la excitación de sus compañeros se debía a los Cuatro Magos, que acababan de entrar a la catedral.
Caminaban por la alfombra color vino como si fueran los reyes del lugar; Leone incluso saludaba a todos con gracia.
Por lo menos las reglas parecían aplicar para ellos también; se separaron para sentarse en las gradas que les correspondían según su año.
Livier y Leone se fueron con los de tercero, Ashe con los de segundo y Verian se dirigió a donde ellas estaban.
No tardó en encontrarlas, gracias al pelo bicolor de Catriona.
—Gracias por guardarme un lugar —dijo Verian con su sonrisa de siempre.
—No lo hicimos —respondió Dara—. De hecho, pensé que no te vería el día de hoy.
Verian alzó una ceja, divertido.
—¿Me extrañaste?
Dara resopló.
—Por supuesto que no —dijo—. Las clases de hoy fueron extremadamente pacíficas.
—Que aburrido —respondió Verian.
Dara sí que se había aburrido un poco.
—¿No fuiste a clases hoy? —preguntó Catriona.
—No —dijo Verian. Dara pensó que no daría explicaciones, pero prosiguió—. Tuvimos una… situación familiar urgente.
—Espero que todo esté bien —dijo Catriona.
Verian se encogió de hombros y no dijo nada más.
La subdirectora Agatha entró a la catedral y de inmediato todo se quedó en silencio.