PROHIBIDO SOÑAR #4
Cuando al fin cruzó los límites de la propiedad de los Eryndor, habían pasado tal vez cuarenta y cinco minutos desde que abandonó la mansión.
Era un terreno ridículamente grande. Ninguna familia necesitaba tanta tierra para vivir.
Dobló en una esquina y la recibieron las tranquilas calles nocturnas del Sector Capital.
Una brisa fría sopló en su dirección, y ella abrazó más fuerte al nebelum.
La noche era fresca, y el vestido que llevaba puesto no la cubría demasiado, pero había aguantado peores climas con ropa rota, así que sobreviviría.
—Espero que tu pelaje te ayude con el frío —dijo Dara. Caminó hacia una banca y dejó a la criatura allí—. Cuídate mucho.
Se dio la vuelta y siguió su camino, pero un aleteo la hizo girar la cabeza un poco. El nebelum volaba tras ella. Dara apresuró el paso y el gato alado hizo lo mismo. ¿Por qué la estaba siguiendo?
—¡Eres libre! —exclamó Dara, sin detenerse.
El nebelum maulló en protesta y aterrizó en su cabeza.
—¿Qué haces? —Alzó las manos para quitárselo de encima, pero la criatura voló y se posó en su hombro—. No, no puedes venir conmigo.
El gato alado la miró con su enorme ojo amarillo. Donde debería haber estado su otro ojo, el párpado cicatrizado descasaba cerrado sobre una cuenca vacía. Eso hacía lucir al nebelum como si estuviera guiñando un ojo de forma permanente en un gesto travieso.
Dara suspiró.
—Bien, solo por esta noche. No creo que en la academia acepten animales…
El nebelum se acomodó en los brazos de Dara y ella siguió su camino al campus.
Si mantenía el ritmo tal vez llegaría en dos horas.
Lo que más quería era arroparse y olvidarse de la noche que acababa de vivir, pero algo le decía que los murmullos de lástima de los aprendices la perseguirían hasta desquiciarla.
Odiaba que hubieran visto una parte tan amarga de su pasado.
Eso era algo que ella misma había reprimido y que jamás había hablado con alguien.
Hacía tanto tiempo que no revivía las palabras de su padre porque siempre le aplastaban el corazón roto.
Y dolía. Dolía porque la abandonó. Porque la dejó sola.
Porque jamás la buscó. Jamás volvió por ella.
Todos los que estaban en la sala presenciaron ese dolor.
La habían visto como jamás debieron verla, vulnerable y rota y frágil.
Eso era lo peor.
La tormenta en su pecho la azotó con fuerza. Dara parpadeó varias veces para tratar de detenerla, pero ya había aguantado las lágrimas durante todo el trayecto y ahora estaba sola, así que decidió dejarlas fluir.
Hacía tiempo que no lloraba, por lo que iba a permitírselo. Ni siquiera sabía si le pesaba más el dolor del recuerdo o el coraje de la humillación, pero esa sería la única vez que derramaría lágrimas por lo ocurrido con el espejo.
Una luz potente apareció tras ella, acompañada del sonido de un motor. En unos segundos, un coche la alcanzó y bajó la velocidad en cuanto se posicionó a su lado. El sentido de supervivencia de Dara casi la hizo correr, pero de inmediato descubrió rostros familiares y se detuvo.
—¡Dara! —exclamó Catriona al tiempo que bajaba del coche.
Se paró frente a ella y le puso un abrigo sobre los hombros. Era extremadamente grande y cálido.
—Cortesía del armario de Leone —dijo Catriona; luego tomó la puerta del coche—. Sube, todos vamos de regreso a la academia.
Dara abrió la boca, pero no pudo decir nada.
Verian conducía; no la miraba, tenía su vista al frente y sus dedos jugueteaban con el volante. En el asiento del copiloto viajaba Ashe, quien le dedicaba una sonrisa tímida. Y la parte de atrás, de la que había salido Catriona, estaba vacía.
—¿La fiesta terminó temprano? —preguntó Dara.
Catriona se encogió de hombros.
—No, pero resultó muy aburrida sin ti, así que nos fuimos. ¡Es una suerte que te encontráramos en el camino de regreso!
Dara apretó los labios y la miró. La miró bien.
A su compañera de habitación, a la que llevaba tan poco tiempo de conocer y que, sin pedir nada a cambio, ya había hecho más por ella que cualquier otra persona.
Luego dirigió sus ojos a Ashe, el chico que le dedicó la primera sonrisa amable el día que llegó a la Academia Valrose.
No habían convivido demasiado, y, sin embargo, ahí estaba.
Y Verian. Él, con esa forma tan rara e insistente de acercarse a ella. Era molesto y no podía leerlo bien. Pero ahí estaba.
Estas tres personas habían ido a buscarla. Nunca nadie había hecho algo así por ella.
Dara subió al coche.
—¿Qué hace el nebelum contigo? —preguntó Catriona cuando se sentó a un lado de Dara y cerró la puerta.
—Me siguió —respondió ella. La criatura se recostó en sus piernas, y Dara aprovechó que sus manos ahora estaban libres para secarse las lágrimas.
—No quiero ser un aguafiestas, pero no puedes tener mascotas en la academia —dijo Ashe, sonaba muy apenado.
Verian puso en marcha el auto y sonrió.
—Solo debe asegurarse de que nadie lo vea —dijo sin más.
—Pero yo ya lo vi… —respondió Ashe.
—No me lo voy a quedar —dijo Dara.
El nebelum maulló en protesta.
—¡Hay que ponerle nombre! —exclamó Catriona, y enseguida empezó a soltar sugerencias.
Ashe y Verian la escuchaban y daban su opinión. Dara agradecía que ya no lloraba, pero un nuevo nudo se había formado en su garganta y la tormenta en su pecho había sido reemplazada por algo cálido. Algo que no estaba acostumbrada a sentir.
Y le aterraba.
Le aterraba que estas personas no la hubieran dejado sola. Le aterraba que supieran que lo que menos quería en ese momento era hablar de lo ocurrido en la fiesta. Le aterraba que quisieran acercarse a ella, porque no sabía cómo dejarlos entrar.
Las luces nocturnas de Olsian iluminaban los rostros de todos mientras charlaban y sonreían como si fuera algo sencillo de hacer. Sonreír. Charlar. Estar con ella.
Tal vez lo era.