PROHIBIDO SOÑAR #3
Camus la tomó de los hombros y apretó.
—Eres igual a ella… los mismos ojos —dijo entre dientes—. No puedo, Aidara. No puedo verte sin pensar en ella. ¡Me estoy volviendo loco!
—Basta —dijo Dara y cerró los ojos para dejar de ver.
Pero fue inútil, seguía escuchando los gritos de su padre y los sollozos de aquella niña que apenas empezaba comprender el significado de la muerte.
¿Lo peor? Lo peor era que podía sentirlo en el pecho.
Esa desolación, ese miedo, esa confusión.
Una desesperación aplastante. Una amalgama de sensaciones que le atravesaban los huesos y amenazaban con sacarle las entrañas.
Dara gritó con rabia. Su voz salió rota y pudo sentir su adnae pulsando en su interior. Estaba igual de paralizado que ella y buscaba liberación. Podía sentirlo en la punta de los dedos. Solo tenía que seguir empujando.
—Ay, no, pobrecita —Una voz desconocida llegó a sus oídos.
—¡Ni su propio padre la quería! —exclamó una voz masculina en tono burlón, ¿era Jabel?
—¡Dara! —Esa era la voz de Catriona; sonaba frenética—. ¡No! ¡Suéltenme!
—¡No te acerques! ¡Si la tocas, el espejo va a atraparte también!
De pronto, Dara comprendió lo que estaba pasando. El espejo. Leone había explicado que todos los que estuvieran en presencia del espejo podían ver los recuerdos de la persona que lo tocara. Y no solo eso, podían sentir lo que sentía. No, no, no, no.
Ya no tuvo que empujar.
Todo a su alrededor explotó.
Su adnae salió de ella como si quisiera acabar con la galería entera y con todos los que habían visto ese recuerdo tan doloroso y personal.
Todavía no lograba despegar las manos del espejo, pero la escena había desaparecido y podía escuchar los gritos de los aprendices a lo lejos, como si no estuvieran en la misma sala que ella.
—¡Cuidado!
—¡Se van a quebrar las vitrinas!
—¡Tenemos que ayudarla! —Era la voz de Ashe—. ¡El espejo no la va a soltar!
El pelo de Dara revoloteaba de forma violenta mientras ella gritaba y hacía lo posible por recuperar el control de sus movimientos.
De su cuerpo. Podía sentir ráfagas de energía saliendo de ella sin medida y sabía que, si seguía así, su adnae se reduciría hasta niveles peligrosos. Necesitaba alejarse del espejo.
—Me recuerdas tanto a ella y no puedo soportarlo…
Ya no veía a su padre, pero seguía ahí, en los recuerdos que el espejo destapó.
—¿Por qué tienes que atormentarme así? Deja de mirarme con esos ojos.
Tenía que alejarse.
—No quiero volver a verte, Aidara.
El espejo se rompió.
El sonido fue espeluznante.
Dara recuperó el control de su cuerpo y se despegó del cristal agrietado frente a ella.
A su lado estaba Livier Monrae, con el puño clavado en el espejo.
La mente aturdida de Dara tardó unos segundos en entender lo que acababa de ocurrir.
La mano de Livier estaba intacta. Había golpeado el espejo con adnae, no con su fuerza.
Y lo había roto. Frente a ella se encontraba su reflejo distorsionado, partido en varios pedazos.
Un trozo de vidrio cayó y explotó contra el piso en cientos de fragmentos.
—¡Mierda! —exclamó Leone, horrorizado—. ¿Era necesario romper el espejo?
—Su magia iba a romper mucho más si nadie hacía algo —dijo Livier sin alterarse.
Leone se frotó el rostro con ambas manos.
—Es culpa de la callejera, que no pudo controlar su adnae —exclamó Jabel—. Eso demuestra que no tiene la preparación para ser aprendiz en una institución tan prestigiosa como la Academia Valrose. Además, ¿vieron a su padre? Parecía un desquiciado; eso se hereda.
—Jabel, no seas insensible, fue un recuerdo muy triste —le reprochó una chica—. Su padre la despreciaba y ella era tan solo una pobre niña.
—Sí, me dio mucha lástima —dijo alguien más.
Dara sintió como si uno de los vidrios rotos del espejo se le clavara en el pecho.
Todos en la sala habían visto el recuerdo y no solo eso, habían sentido su impotencia y su desesperación.
Habían presenciado en primera fila cómo ni siquiera su propio padre la había elegido.
Y no tenían el derecho. No lo tenían y ahora estaban opinando, juzgando y, lo peor, sintiendo lástima por ella.
Apretó los puños y se giró para darles la cara. Las miradas de todos estaban clavadas en ella y la veían como a un animal de circo. Algunos parecían incómodos, otros murmuraban y unos cuantos no se molestaron en disimular la burla en sus ojos.
Se sentía desnuda, y lo odiaba. Su pecho subía y bajaba rápido, sus ojos veían borroso y su garganta estaba seca. Pero no iba a bajar la mirada. Iba a enfrentarse a ellos con la barbilla en alto y con la poca dignidad que le quedaba en ese momento.
—Bueno, es evidente que la visita a la galería terminó —habló Verian, ¿desde cuándo estaba ahí?—. Retírense, por favor.
—Pero ¿qué va a pasar con el espejo? —preguntó Jabel—. La callejera tiene que responder por él.
Dara escuchó un par de pasos tras ella.
Era Livier. Se detuvo frente a Jabel.
—¿Eres imbécil o no ves bien? Yo rompí el espejo.
Silencio total.
Jabel palideció, mas no se rindió.
—Sí, pero es que ella…
—Basta, esto es ridículo. Salgan todos de aquí ahora mismo —intervino Leone, que lucía mucho más sobrio que hace unos minutos.
Todos los aprendices obedecieron. No lucían muy entusiasmados, pero no tenían otra opción. Los murmullos fueron subiendo de volumen mientras se alejaban y cruzaban la entrada. Ashe caminaba tras ellos pidiéndoles que fueran ordenados y no tocaran nada.
Dara iba a esperar a que todos se fueran para salir de ahí, pero Leone se plantó frente a ella.
—Tú te quedas.
Catriona avanzó hacia él con decisión.
—Lo siento, pero Dara no tuvo la culpa de nada de esto.
—Leone está consciente de eso —dijo Verian—. Él decidió abrir la galería, así que las reliquias son su responsabilidad.
Su tono no era acusatorio, era bastante calmado.
—Sí, fue una estupidez muy grande de mi parte —admitió Leone. Luego miró a Dara—. Quédate mientras pasa la conmoción; no creo que quieras estar en la fiesta con todos ellos.
Tampoco quería estar ahí. Quería olvidar lo que acababa de ocurrir y salir corriendo.
—Solo quiero volver a la academia —dijo Dara, con voz rasposa.
—Te acompaño —ofreció Catriona.
Dara negó con la cabeza.
—Tú tenías muchas ganas de venir; quédate y diviértete —dijo Dara y después se dirigió a Leone—. Entonces, no tengo que quedarme, ¿cierto?
Leone alzó la mano en dirección a la puerta.
—Eres libre.
—¿Puedo escoltarte hasta la salida de la casa? —preguntó Ashe. Lucía genuinamente preocupado por ella.
—No es necesario.
—Deja que lo haga —dijo Verian—. Nadie va a molestarte si vas con Ashe.
Dara suponía que Verian tenía razón. Los aprendices de Valrose respetaban a Ashe no solo por ser el presidente del consejo, sino también por formar parte de los Cuatro Magos. Recordaba su primer día, cuando conoció a Jabel, cuya actitud nefasta había cambiado tan pronto apareció Ashe.
En circunstancias normales, a Dara no le hubiera importado que la interceptara. Pero esa noche estaba drenada. No tenía la capacidad ni la fuerza para lidiar con un idiota de ese tamaño.
Así que asintió.
No dijo nada más. Empezó a caminar hacia la salida de la galería a un lado de Ashe.
Cruzaron la puerta en silencio. En cuanto pusieron un pie fuera de la sala, la música los golpeó de lleno.
La fiesta seguía como si nada hubiera ocurrido y, a juzgar por los sonidos de gente bailando, cantando y charlando, iba a extenderse por varias horas más. Tal vez incluso duraría toda la noche.
Cuando llegaron a la entrada principal de la casa, donde había numerosos coches estacionados y unos cuantos empleados del lugar, Ashe se detuvo y la miró con seriedad.
—No quiero decir tonterías, así que no te preguntaré si estás bien.
Pero si necesitas algo, estoy aquí para ti —dijo con una sinceridad que era casi palpable.
No era un ofrecimiento vacío—. Mi chofer tiene instrucciones de volver por nosotros hasta dentro de un par de horas, pero puedo pedirte un coche de alquiler.
—Estoy bien, puedo caminar.
Dara no estaba bien, pero no había un escenario posible en el que lo admitiría en voz alta. A nadie. Pensaba repetírselo una y otra vez hasta que ella misma se la creyera, aunque, con cada minuto que pasaba, el sentimiento de humillación se hacía más grande.
—La academia está lejos.
—Lo sé, no importa.
Ashe no insistió.
Dara pudo sentir su mirada mientras se alejaba de la mansión, pero no miró atrás, solo quería salir de ahí. Agradecía tener el calzado adecuado para una caminata larga. Sabía que tardaría horas en llegar a la Academia Valrose.
Llevaba unos treinta minutos caminando hacia la salida de la propiedad de los Eryndor y no le veía el fin del sendero adoquinado.
La vista era agradable, había árboles, iluminación y estatuas por todos lados.
Pero ni siquiera eso aplacaba los sentimientos que se arremolinaban dentro de ella.
Pronto se desataría la tormenta, y Dara no podía seguir allí cuando sucediera.
Para ella, las lágrimas no eran extrañas.
No le gustaba llorar porque la transportaba de regreso a cuando era una niña y lloraba todas las noches hasta quedarse dormida, pero a veces sentía tanto que su única alternativa era desbordarse.
Por eso tenía que salir de ahí cuanto antes.
Jamás permitiría que la vieran llorar. Sus lágrimas eran solo para ella.
Estaba tan concentrada en sus pensamientos que creyó imaginar un ruido tras ella, como de una rama rompiéndose. Quiso ignorarlo, pero a los pocos segundos oyó algo que la hizo detenerse. ¿Un maullido?
Se giró y lo vio. El nebelum gris con rayas negras caminaba hacia ella.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó al tiempo que se agachaba para quedar a su altura—. Pensé que Leone te había llevado a su habitación.
El nebelum maulló en respuesta y saltó hacia Dara. Ella extendió los brazos por reflejo y se quedó paralizada un momento, sin saber qué hacer.
—Supongo que no quieres quedarte —dijo. El nebelum se acurrucó—. Yo voy de salida, te llevo.
Siguió caminando, agradecida por la distracción de la criatura mágica.