PROHIBIDO SOÑAR #2
Todos bebían, bailaban y cantaban; parecía que se la estaban pasando bien.
Ambas caminaron a un cuarto que no era el salón principal, sino uno un poco más pequeño y privado, con varias mesas en donde había aprendices comiendo y meseros sirviendo toda clase de manjares.
Dara y Catriona se sentaron y charlaron mientras les ofrecían de todo.
Había pollo rostizado, cordero, pasta, patatas y un sinfín de opciones más.
Dara quería probarlo todo. Y así lo hizo.
Su compañera le contaba anécdotas ajenas que había oído de otros aprendices y, aunque Dara nunca sabía de quiénes estaba hablando, la escuchaba con atención.
Así estuvieron un poco más de una hora. Para sorpresa de Dara, se estaba divirtiendo
—¡Abrieron la galería! —gritó de pronto un aprendiz.
De inmediato, muchos de los que estaban allí se levantaron y salieron a paso apresurado para dirigirse, seguramente, a la galería.
Catriona se puso de pie.
—¡Tenemos que ir! —exclamó con emoción contenida—. La galería mágica de la familia Eryndor es legendaria. ¡Tienen artefactos mágicos de la era de la guerra!
Eso convenció a Dara para acompañarla. Los artefactos mágicos que se crearon en la época de la guerra eran muy distintos de los que se conocían en la actualidad. Los objetos de ahora adquirían magia por medio de sigilos, pero durante la guerra…
Los saqueaban de los sueños.
Cuando la humanidad aún tenía la capacidad de soñar, las personas con adnae activo poseían la habilidad de entrar conscientemente al mundo onírico y extraer lo que quisieran de allí. Eso sonaba maravilloso en teoría, pero no tardó en descontrolarse.
Empezaron a traer objetos mágicos de todo tipo, entre ellos copias casi perfectas de las reliquias de los Cuatro Emisarios del Creador.
Cientos y cientos. No eran tan poderosas como las originales, pero servían para ampliar el poder del mago que las poseyera al grado de que no necesitaba racionar su adnae, ya que las reliquias usaban el adnae del mundo para funcionar.
Tras la guerra, la mayoría quedaron en custodia de la Academia Valrose, y los aprendices de tercer año podían obtener una si la archimaga los consideraba dignos.
Casi nadie lo conseguía. Pero no era la única manera de poseer una reliquia, algunas pertenecían a familias poderosas y eran heredadas de generación en generación.
Dara estaba segura de que la familia Eryndor tendría algunas.
Salieron de la sala y siguieron al grupo de aprendices que se dirigía a la galería. La fiesta seguía con la música a todo volumen y gente bebiendo en cada rincón. Dara suponía que la noticia no había llegado a todos. O tal vez no era del interés de todos.
—No puedo creer que Leone abrió la galería… ¿no es peligroso? —susurró una chica que también se dirigía hacia allá.
—Sí, se supone que solo la pueden abrir para eventos gubernamentales, caridades y cosas importantes —respondió su acompañante—. Supongo que nuestro anfitrión ya está ebrio; estoy segura de que sobrio no lo habría hecho.
—¡Pues estamos de suerte!
Subieron unas escaleras enormes que llevaban a otra planta de la mansión. Era inmensa. A Dara le costaba creer que había gente viviendo allí, cuando otros ni siquiera tenían un techo para cubrirse. Desde pequeña sabía que la vida era injusta, y este lugar se lo recordaba.
Las paredes estaban repletas de retratos de la familia Eryndor; todos tenían el mismo color de piel oscuro de Leone y lucían sumamente distinguidos. Los aprendices parecían saber los nombres de cada uno. Los Eryndor eran una familia noble bastante importante.
Llegaron a unas puertas de cristal gigantescas que, efectivamente, estaban abiertas. Adentro parecía un museo de artefactos mágicos antiguos. La palabra galería se quedaba corta ante lo que los ojos de Dara veían.
La sala, al igual que el resto de la mansión, tenía techos altos decorados con molduras doradas que resaltaban el blanco de las paredes. Al entrar, fue como si se hubieran transportado a otra era de Liyia, cuando la humanidad soñaba.
Era un concepto extraño el de soñar.
A Dara no le gustaba pensar en los sueños. Le recordaban demasiado a su padre.
—Mira eso —susurró Catriona.
Dara la siguió. El suelo era de mármol jaspeado y cada paso de los aprendices resonaba. Había tal vez unas cincuenta personas en la sala, pero no estaban aglomerados, había bastante espacio entre las vitrinas.
Cada una de estas se exhibía un artefacto con una placa que revelaba su nombre y su poder. Se detuvieron frente a un guante que era capaz de atrapar sombras; parecía hecho de seda y estaba bordado con piedras preciosas. No lucía nada cómodo. Catriona parecía extasiada.
—No imaginé que te gustaran los artefactos mágicos —dijo Dara.
—¡Me fascinan las antigüedades! —respondió Catriona, avanzando a otra vitrina—. Además, la magia me gusta mientras no venga de mí.
Siguieron avanzando a través de las vitrinas y se toparon con objetos de los que jamás habían escuchado antes: un velo de intangibilidad, un mapa que te transportaba al lugar que señalaras, un reloj que te permitía detener el tiempo.
No tardaron en encontrar dos réplicas de las reliquias de los Emisarios, la espada y el cetro.
Dara notó que cada vitrina tenía un sigilo de escudo de alto nivel.
—Es una locura, ¿te imaginas tener acceso ilimitado a artefactos así? —susurró Catriona y luego negó con la cabeza—. Bueno, no tenemos qué imaginárnoslo. Las consecuencias están en los libros de historia.
Fueron tiempos oscuros para Liyia, en los que los magos abusaron tanto del adnae que casi se acaban el mundo.
Todos los objetos que sacaban de los sueños necesitaban de adnae para funcionar, pero eso no los detuvo.
Luego empezaron a llegar los antinae, criaturas que sacaban de las pesadillas y eran usadas como ejército en la guerra.
Liyia estuvo a punto de convertirse en un cementerio. Fue Valrose Monrae quien lo salvó con la guía de Enia, la diosa de la Rosa.
Tras la guerra, los Emisarios prohibieron los sueños y usaron sus poderes divinos para que todos dejaran de soñar. Todos, con excepción de quienes contaran con la bendición de Enia. Solo los rompealmas eran capaces de soñar.
—Por favor, sean cuidadosos y no toquen nada.
La voz de Ashe hizo que Dara se girara en su dirección.
El pobre lucía ajetreado mientras se cercioraba de que los aprendices borrachos no causaran algún accidente en la galería. A pesar del estado de la mayoría, parecían respetar su autoridad; tan pronto lo veían cerca, se erguían y fingían compostura.
Pero Leone tenía otros planes.
—¡No seas aguafiestas! —exclamó, abrazando a Ashe por el hombro—. No es una visita de museo, no pasa nada si tocan aquí o allá. Casi todos los objetos están sellados.
—¿Casi? —preguntó una chica con genuina curiosidad.
Leone apuntó hacia el fondo de la galería. Un enorme espejo de unos dos metros y medio de alto descansaba recargado en la pared. Su marco era dorado y el nivel de detalle era impresionante, pero lo que más llamaba la atención era el vidrio. Parecía contener nubes grises en movimiento.
—Es el Espejo de las Memorias —dijo Leone arrastrando sus palabras. Se veía muy ebrio. Cuando salvó al nebelum no estaba así—. Solo hay dos en todo Liyia; el otro lo tiene la archimaga en la academia.
Una serie de murmullos de asombro se desató entre los aprendices y de inmediato se dirigieron hacia el gran e imponente espejo. Leone iba adelante, explicando cómo funcionaba.
—Es un espejo que muestra recuerdos reprimidos. Si una persona lo toca, activa su magia —dijo Leone sin dejar de caminar—. Lo increíble es que no solo lo muestra a todos los que están cerca, sino que hace que los que lo están presenciando sientan las emociones del recuerdo.
Catriona y Dara también se habían acercado. Era inevitable, como si el espejo despidiera una especie de magnetismo. Como si tuviera vida propia.
—¿Algún voluntario? —preguntó Leone.
Nadie dijo nada. Era evidente que ningún aprendiz quería ser expuesto de esa forma frente a otros.
—¡Yo voto por la callejera! —exclamó Jabel.
Antes de que Dara pudiera reaccionar, Jabel la empujó con adnae vigorizado hacia el espejo. Ella trastabilló un par de veces antes de golpearse contra el vidrio. El pánico la invadió cuando sintió otro empujón y tuvo que usar ambas manos para detener el impacto.
Cuando sus manos tocaron el espejo, todo se desvaneció.
Fue como si la lanzaran con un propulsor contra el hielo de un lago congelado.
Sintió el piso desaparecer debajo de sus pies y de pronto estaba flotando en agua gélida.
Intentó abrazarse a sí misma, pero se percató de que no podía moverse.
Su cuerpo parecía una estatua en la posición en la que había chocado con el espejo.
¿Qué acababa de pasar?
Miró hacia todos lados y no entendía dónde estaba. Era un lugar que no era un lugar. Estaba oscuro y le costaba respirar. Luego escuchó una voz que le pareció extrañamente familiar, pero lejana. Como un eco del corazón. Una voz que tenía años sin escuchar.
—¡Te dije que desaparecieras de mi vista!
Dara ahogó un suspiro lleno de terror cuando una escena imposible se manifestó frente a sus ojos. No, no era una escena. Era un recuerdo. Uno especialmente amargo. Tembló de pies a cabeza y de nuevo intentó moverse, pero no podía. Estaba atascada.
En el recuerdo aparecía su padre, Camus Rennai. El único hombre que le había roto el corazón.
Se encontraban en el viejo apartamento que alquilaban en el Sector Nocturno de Olsian. Cuando su mamá vivía, era un hogar lleno de luz y calidez, pero cuando fue asesinada rápidamente quedó vacío y se transformó en una sombra fría de lo que alguna vez fue.
—Papá… —susurró una Dara de siete años entre lágrimas—. ¿Cuándo va a volver mamá?
La mirada que Camus le dedicó la hizo dar un paso hacia atrás.
—¿Por qué no lo entiendes? —gritó; sus ojos estaban desorbitados—. ¡Está muerta! ¡MUERTA! Nunca va a volver.
El sonido que salió de la garganta de la pequeña Dara fue desgarrador. Lágrimas y lágrimas brotaban de sus ojos sin parar mientras trataba de secarlas con el dorso de las manos, sin éxito.