PROHIBIDO SOÑAR
Si Dara hubiera querido decir algo, nada habría salido de su boca. Pero ni siquiera trató. Sus ojos no dejaban de observar a Verian, que acariciaba a la criatura.
No.
A Leone Eryndor.
Por unos segundos, su mente fue un caos, pero cerró los ojos con fuerza, como para apagar todo, y de cierto modo… funcionó. Logró bajar la velocidad a la que sus pensamientos chocaban uno con otro. Cuando abrió los ojos de nuevo y fijó su vista en la escena frente a ella, lo entendió.
Sabía que Leone era un forzacuerpos, pero nunca se había preguntado si tenía una habilidad superior. Y vaya que la tenía.
—Es un cambiaformas —dijo Verian, confirmando lo que ya pensaba—. Puede transformarse en cualquier animal o criatura mágica.
Impresionante.
Entre las habilidades superiores más comunes de los forzacuerpos estaban la curación rápida, inmunidad a las enfermedades, magia de transportación, visión superior, intangibilidad e invisibilidad. Pero había unas mucho más raras y valiosas, como la de Leone.
Tal vez había un cambiaformas una vez cada cien años.
El nebelum alzó su pequeña cabeza y colocó su pata en el hocico de Leone.
El tigryo lanzó lo que se podría interpretar como un rugido risueño y el gato alado saltó del brazo de Verian para trepar en el cuello de la criatura, que dio un salto y pronto empezaron a…
¿jugar? En definitiva, era una escena que nunca Dara esperó presenciar.
Por lo menos, el nebelum parecía estar bien.
Eso la hizo sentir más alivio del que esperaba; fue como si le quitaran un peso del pecho.
Cuando Verian le ofreció la mano, Dara se percató de que seguía en el suelo.
No aceptó la ayuda y se puso de pie.
—¿Está muerto? —preguntó, mirando al aprendiz que Leone había atacado para defender al nebelum.
Verian se encogió de hombros.
—Ni idea, pero no lo creo. Solo ha de estar inconsciente. Le va a quedar una cicatriz que lo hará pensarlo dos veces antes de volver a aprovecharse de criaturas indefensas —dijo Verian.
Dara esperaba que el imbécil hubiera aprendido su lección, aunque lo dudaba. Los hombres casi nunca lo hacían.
Dejó de mirar a Verian para volver a observar a Leone y al nebelum. El cambiaformas lo lanzaba hacia arriba con su enorme hocico, y el pequeño gato daba unas cuantas volteretas en el aire antes de volver a caer en el mismo sitio.
—Es mucho más agradable cuando no es humano, ¿cierto? —comentó Verian.
Dara decidió no responder a eso.
—¿Cuándo manifestó su habilidad superior? —preguntó, en su lugar.
Leone lucía sumamente cómodo y en control de su enorme cuerpo animal.
Verian posó la mano sobre la barbilla y lo pensó un poco.
—A finales de su primer año en Valrose. Fue unas semanas antes de la Prueba de los Emisarios. Casi todos los profesores lo pusieron en su lista de candidatos —dijo Verian—. Leone decidió irse con Ozaiha.
Ozaiha era el líder del Departamento de los Forzacuerpos. A Dara no le sorprendía que haya querido a Leone como pupilo, considerando su habilidad superior.
Cada categoría de magia tenía una lista de habilidades básicas que todo mago debía dominar.
En el caso de los forzacuerpos: la fuerza, la velocidad y la resistencia sobrehumana.
Los danzamentes, la magia de voluntad y la magia de transmisión.
Los cazaelementos, el control del elemento al que estaban vinculados.
Los rompealmas, la manipulación total del adnae.
Pero había casos en los que algunos magos desarrollaban una habilidad superior.
No todos lo lograban, pero tampoco era poco común.
Esta habilidad se manifestaba en algún punto de la práctica mágica de una persona con adnae activo; a veces daba señales, pero en la mayoría de los casos llegaba de golpe.
Había algunas más valiosas que otras. Por ejemplo, un danzamentes con habilidad superior de controlar mentes era mucho más cotizado que uno que pudiera crear ilusiones.
Los pensamientos de Dara se fueron involuntariamente a Livier.
¿Qué clase de habilidad superior tendría?
Al ser capaces de manipular el adnae, seguro los rompealmas poseían habilidades superiores que los volvían una especie de dios; pero la familia Monrae siempre había sido muy hermética con el alcance de su magia de alma, y nadie les exigía transparencia.
Nadie podía exigirles nada, en realidad.
—En fin, ahora que todo está bien, ¿no estabas por entregar tus tarjetas?
Dara asintió. Era evidente que ninguno de los dos estaba preocupado por el abusador de animales.
—Sí, eso debería hacer.
—Regresemos.
Se dieron la vuelta para volver al área del jardín donde se encontraba la mayoría de los aprendices, pero no avanzaron mucho antes de escuchar una serie de movimientos bruscos.
Dara miró de soslayo y se percató de que Leone había vuelto a su forma humana y corría tras ellos, mientras terminaba de subirse los pantalones con una mano y con la otra sostenía al nebelum.
—¡Oigan! —gritó Leone cuando los alcanzó en pocos segundos—. Me parece una falta de respeto que se vayan sin mí, considerando que soy el anfitrión de la fiesta, ¡y no solo eso! Acabo de realizar un acto heroico y digno de ovación.
Verian aplaudió tres veces sin mirarlo.
—Ahí tienes tu ovación —concedió con desinterés—. Lo que no tienes es tu camisa, ¿dónde la dejaste?
Leone sonrió de oreja a oreja. Tenía los dientes más blancos que Dara había visto.
—La rompí cuando me transformé, pero no pasa nada, subiré a mi habitación por otra.
Verian resopló, mas no dijo nada.
Se dirigieron a la entrada de la casa mientras Leone les contaba que el nebelum era apenas una cría de siete meses y que parecía estar bien, salvo un poco lastimado.
Tenía la peculiaridad de que había perdido un ojo a las pocas semanas de que nació.
Leone lo llevaría a su cama para que durmiera allí, y cuando se recuperara lo dejaría ir.
Los nebelum podían ser domesticados, pero algunos preferían la libertad.
Llegaron adonde había más aprendices y Dara notó que todos los observaban. O más bien, estaban observando el enorme torso desnudo de Leone; él parecía disfrutarlo. Caminaba como si estuviera en una pasarela de moda y sus músculos fueran la atracción principal.
—¡Aquí están!
Era Catriona, que salía de la mansión junto a Ashe.
—¿Y tu camisa? —preguntó Ashe.
—Decidí que no era necesaria —dijo Leone con seriedad.
—¡Leo! —exclamó Ashe, horrorizado—. Esa no es la etiqueta correcta para una fiesta.
Leone soltó una carcajada y le dio a su amigo una palmada en la espalda que casi lo hace perder el equilibrio.
—¡Es broma! Prometo volver con ropa de etiqueta.
Caminó a paso relajado al interior del lugar sin decir nada más y se llevó al nebelum.
Dara se puso a contar las tarjetas que tenía en la bolsa para asegurarse de que no se le hubiera caído alguna cuando corrió a rescatar al animal.
Tendría que esperar a que Ashe se fuera; algo le decía que el presidente del consejo de aprendices la reprendería por sus prácticas ilícitas.
—Por cierto, llegó Livier —dijo Ashe, dirigiéndose a Verian.
Él colocó los brazos detrás de la cabeza para estirarse.
—¿Está donde siempre?
—Sí, dijo que no va a bajar a la fiesta —respondió Ashe.
Verian miró a Dara mientras contaba sus tarjetas. Luego volvió a posar los ojos en su amigo.
—¿Cuánto crees que me tome convencerlo de bajar?
—No creo que puedas.
—Entonces voy a necesitar de tu apoyo. —Verian colocó la mano en la espalda de Ashe para guiarlo al interior de la mansión—. Rennai, Catriona, nos vemos al rato.
Se despidió con la mano libre y Catriona le devolvió el gesto.
Dara, por su parte, se quedó observando a Verian con algo de sospecha.
¿Se había llevado a Ashe porque se dio cuenta de que quería entregar sus tarjetas?
Seguro fue para ahorrarle a su amigo la incomodidad de tener que confiscarle las tarjetas a Dara.
No lo habría hecho para ayudarla, ¿o sí? Eso no tenía sentido.
—¿Te diste cuenta? —dijo Catriona con una sonrisa extraña y un brillo espeluznante en los ojos. Lucía macabramente feliz.
—¿De qué?
—A Verian le gusta Leone.
Si Dara hubiera estado bebiendo algo, lo habría escupido, pero como no era así, casi se atraganta con su propia saliva.
—¿Se puede saber cómo llegaste a esa conclusión?
—¡Es obvio! —exclamó Catriona—. Y ya te lo dije antes, yo no me equivoco en cosas del amor.
Dara apretó los labios y pensó en las interacciones que había presenciado entre ellos, pero en ninguna encontraba una pizca de lo que Catriona afirmaba. Verian siempre parecía fastidiado de Leone. Eso fue lo que decidió informarle a su compañera de habitación:
—Verian apenas soporta a Leone.
—¡Dara! ¡Lo trata así para no mostrar sus sentimientos!
—dijo Catriona con emoción—. Es evidente que debe protegerse porque Leone tiene fama de conquistador y se la pasa coqueteando con toda la academia.
¡Pero lo digo en serio! Cuando los vi interactuar hace rato empecé a sospechar, y lo acabo de confirmar ahora mismo.
¿No viste cómo lo miraba? Es decir, todos lo estaban mirando, pero en los ojos de Verian había sufrimiento, anhelo, ¡deseo!
—¿Viste todo eso en sus ojos?
Catriona frunció el ceño.
—Está bien, no me creas, ¡pero el tiempo probará que estoy en lo correcto! —dijo y se cruzó de brazos—. Aunque todavía no sé qué siente Leone. Lo estaré analizando. Por ahora, mi veredicto es que este es un amor no correspondido.
Dara negó con la cabeza.
—Voy a repartir mis tarjetas.
—¿Y qué te parece si después buscamos la mesa de comida?
Vaya, Catriona empezaba a conocer muy bien a Dara.
—Me parece perfecto.
Dara usó su magia de voluntad para que sus tarjetas de información empezaran a flotar hacia los aprendices esparcidos en el jardín.
Algunas las dirigió a los bolsillos de sus sacos; otras, a las bolsas que las chicas llevaban; y, si la persona estaba sola, dejaba que el papel volara directo a sus manos.
Una tarjeta cayó en manos de una aprendiz morena con anteojos. Tan pronto la leyó, la tarjeta explotó. La chica parpadeó varias veces, sorprendida.
Cuando terminó de repartirlas, Dara volvió con Catriona a la fiesta.
La música estaba mucho más alta que antes y también había más aprendices.