LA QUE NO PERTENECE #4
—¿Y solo te acercarás como vendedora de drogas? —le preguntó Verian; tenía ambas manos en los bolsillos de su pantalón. Llevaba un traje color blanco con el saco desabrochado.
Dara le dedicó una mirada filosa.
—Claro que no, ni siquiera pienso acercármeles.
De la pequeña bolsa que Catriona le había prestado, sacó varias tarjetas con toda la información que necesitaba compartir. Las hizo a lo largo de la semana, y estaban infusionadas con un sigilo de magia de voluntad con alteración destructiva.
Le dio una a Verian.
—Servicios de tarea —leyó él en voz alta—. Contacta a Dara Rennai, primer año, dormitorio cuarenta y siete. Ensayos, informes, investigaciones, planas y más… Vaya, un amplio repertorio.
Tan pronto terminó de leer, la tarjeta explotó en cientos de pedazos diminutos. Verian sonrió.
—Ingeniosa. Así nadie tendrá pruebas de tus crímenes —dijo, aplaudiendo de forma sonora.
Dara hizo una pequeña reverencia.
—Y dime, Rennai, ¿cómo es que sabes hacer sigilos avanzados? —preguntó Verian, mirándola con una ceja alzada—. Las alteraciones empiezan a enseñarse a partir del segundo año.
Dara iba a decirle que no era de su incumbencia, pero un espantoso ruido cortó toda palabra de su boca. A lo lejos, entre los árboles, se había escuchado un maullido agonizante. El animal que había emitido ese sonido parecía estar sufriendo.
—¿Eso fue un gato? —La voz de Verian sonaba seria.
Como respuesta obtuvo otro maullido cargado de dolor.
Ninguno de los dos dijo nada y empezaron a correr rumbo a aquel sonido desgarrador. Mientras más se acercaban a los árboles, más horrible se escuchaba. De pronto, oyeron algo más. Una voz masculina. Su tono era burlón.
Cuando al fin alcanzaron a divisar lo que ocurría, la sangre de Dara se encendió. Podía sentirla hervir. La visión era insoportable. Un aprendiz pateaba a un pequeño gato gris con rayas negras y se burlaba de él.
No, no era un gato común y corriente, era un nebelum.
Un gato alado.
—¡Detente ahora mismo, idiota! —gritó Verian, que ahora corría con más velocidad.
Se escuchaba furioso.
Ella también aceleró el paso. El aprendiz había ignorado a Verian y ahora tenía las alas del nebelum entre sus manos y las estiraba.
La pobre criatura chilló con fuerza y parecía que estaba al borde de perder el conocimiento.
Dara ya no pudo esperar a estar más cerca y dejó salir su adnae en un empujón de magia de voluntad para derribarlo.
Pero su ataque fue bloqueado por una barrera invisible.
—Tiene un escudo mental, no podemos hacerle nada —le dijo Verian con magia de transmisión. Sonaba algo entrecortado, seguramente por el alcohol en su sistema.
Mierda.
El escudo mental era una habilidad superior bastante común entre los danzamentes. Permitía al mago formar una barrera de adnae que bloqueaba ataques de otro danzamentes. Esto los hacía inmunes a la magia de voluntad y a la magia de transmisión.
Lo bueno era que a Dara se le daban bien los golpes.
Corrió con más potencia con la intención de lanzarse hacia el maldito abusador. Estaba tan solo a unos pasos de alcanzarlo, cuando un enorme monstruo apareció frente a ella y lanzó un rugido que contenía la ira de mil guerreros.
Dara cayó hacia atrás en su intento por apartarse, pero no sintió el golpe. Sus ojos miraban, muy abiertos, la escena desenvolviéndose frente a ella.
La criatura gigante que acababa de llegar no era un monstruo, era un tigryo: un tigre con púas en las patas y en la cola.
Estos animales eran sumamente agresivos y, aunque su comida favorita no eran los humanos, no dudaban en atacar cuando algo los alteraba.
Este parecía frenético. ¿Pero qué hacía un animal así en la ciudad?
¿En Olsian? Los tigryos eran criaturas mágicas que habitaban en la selva de Irella.
El aprendiz gritó, despavorido, cuando el tigryo saltó hacia él. Sin pensarlo, soltó al nebelum y huyó. Pero no llegó muy lejos. La criatura le dio un fuerte zarpazo en la cara que lo mandó a volar. Lo frenó el impacto con el tronco de un árbol, y cayó inconsciente.
El tigryo se giró hacia Dara, quien, todavía en el suelo, retrocedió un poco.
Era el animal más grande que había visto jamás.
Medía alrededor de dos metros, y sus colmillos eran del tamaño de su cara.
Todo su pelaje era puntiagudo, y las púas de sus extremidades lucían como plumas filosas, capaces de cortar cualquier cosa.
Por ejemplo, a ella.
Dara buscó a Verian con la mirada y se dio cuenta de que ya tenía al nebelum en los brazos.
—Verian —dijo en voz baja, como si eso fuera a calmar a la criatura—. ¿Crees que si saltamos podamos huir?
No sabía si los tigryos saltaban tan alto como un impulso de magia de voluntad, pero no se le ocurría otra alternativa de escape. Correr no era una opción, pero tampoco lo era quedarse ahí con la bestia enfurecida.
—No será necesario —respondió Verian.
Dara miró, atónita, a Verian acercarse a la enorme criatura con toda la tranquilidad del mundo. Tenía al pequeño nebelum en un brazo y, con su mano libre, acarició el cuello del tigryo. ¡Como si nada!
Lo más impactante fue que la criatura no solo lo permitió, sino que cerró los ojos y... ¿sonrió?
—¿No lo reconoces? —preguntó Verian a Dara.
En el rostro de Verian se había formado una sonrisa calmada, casi imperceptible. Una sonrisa que ella no le había visto antes.
—Es Leone.