LA QUE NO PERTENECE #3
Había sigilos básicos, intermedios y avanzados para cada categoría de magos, así como sigilos con ligeras alteraciones para magia más específica. Pero también existían los sigilos de conexión o los universales, como el de escudo o el de vigor, que cualquier mago con adnae activo podía crear.
—Qué horror —dijo Catriona—. Cada día en la academia me recuerda que no nací para ser maga.
—Tienes adnae activo. Literalmente naciste para ser maga —respondió Dara.
—¡El destino puede ser muy cruel! —exclamó su compañera—.
No quiero pelear en duelos, no quiero someterme a pruebas mágicas, no quiero aprender a infusionar con sigilos.
¿Sabes que ayer en la noche intenté empezar con mis planas?
¡Alessa casi llora de la risa al ver mis sigilos! O tal vez quería llorar de la pena…
—No creo que lo hagas tan mal.
Catriona fue a su escritorio y sacó su libreta de uno de los cajones para entregársela a Dara. Ella la abrió y tuvo que reunir toda su fuerza de voluntad para que su cara no expresara el profundo horror que sentía.
—Vaya, no bromeabas al decir que te voy a salvar de una mala nota.
—¡¿Ahora lo entiendes?! —chilló Catriona—. Y si no puedo con las planas, ¿te imaginas cuando intente crear uno real?
Si bien las planas eran necesarias para aprender a dibujar los sigilos —lo cual era absolutamente indispensable para su efectividad—, crearlos con el objetivo de infusionar requería de mucha práctica y habilidad.
Infusionar un objeto, fuera una hoja de papel, una piedra o lo que sea, era un arte mágico para el que no todos tenían talento. Un mago tenía que depositar su adnae en cada trazo del sigilo para que funcionara.
Por eso los aprendices de la Academia Valrose solo estaban obligados a llevar la materia de introducción a los sigilos en primer año. A partir del segundo, las materias de sigilos eran optativas.
—Al menos solo tendrás que preocuparte por eso este año —dijo Dara.
—Claro, porque no creo pasar a segundo. Ningún profesor va a querer ser mi mentor.
Dara se quedó callada; no era la mejor consolando a las personas porque no sabía cómo.
Tal vez Catriona exageraba. Como en casi todas las clases prácticas dividían a los aprendices por categoría, no había podido observar el desempeño de su compañera de habitación.
En la carrera de ocho kilómetros no lo había hecho tan mal…
Terminaron de arreglarse y, antes de dejar el espejo, Dara se quitó el relicario de su madre. No le gustaba que estuviera a la vista, pero tampoco se atrevía a apartarse de él, así que lo guardó en una de las botas que llevaba puestas.
—¡Te ves divina! —exclamó Catriona al examinar a Dara de pies a cabeza.
Dara pensó que ella era la que lucía como una diosa.
Su pelo verde menta se veía precioso en contraste con su piel oscura, y sus pómulos resaltaban mejor con la coleta.
Llevaba un vestido melón de falda tubular, con mangas que dejaban al descubierto sus hombros.
También se había puesto guantes del mismo tono, y el tacón de sus zapatos era tan alto y delgado que seguro podía sacarle un ojo a alguien.
—Tú también —atinó a decir en un intento de regresar el cumplido.
Catriona le sonrió como si Dara le hubiera regalado las palabras más bonitas del mundo. Sin duda, su compañera era una persona a la que no le costaba repartir sonrisas, y todas eran tan sinceras y radiantes que a veces dejaban a Dara sin aliento.
Se aclaró la garganta y miró el reloj en la pared.
—Debemos irnos —dijo Dara—. Verian nos esperará en la entrada principal.
—¡Nuestra primera fiesta como aprendices! Va a ser una gran noche.
Dara no podía creer que la propiedad de la familia Eryndor pudiera considerarse una casa.
Parecía una villa entera. Llegaron en coche, Ashe se había unido a ellos y les dijo que su madre le había permitido llevarse al chofer, así que los cuatro fueron transportados al Sector Capital de Olsian, en donde todo era opulencia.
El coche transitaba por los caminos adoquinados que estaban flanqueados por verdes jardines llenos de flores, árboles frondosos, fuentes y estatuas.
Llegaron a lo que Dara supuso que era la mansión principal, y ahí descendieron del coche; desde afuera se podía escuchar el sonido de la música en vivo.
Un empleado de la casa los recibió y los escoltó al salón donde se llevaba a cabo la fiesta.
Estaba en el tercer piso y conectaba con un enorme balcón desde donde podían contemplarse los jardines y las luces del Sector Capital.
La fiesta parecía desarrollarse tanto en el interior como en el exterior.
Había aprendices por todas partes, los hombres llevaban trajes y las mujeres, vestidos de todos los colores.
Dara se sentía como una intrusa.
Desde que puso un pie en la Academia Valrose por primera vez, supo que no encajaba con el resto de los aprendices. Los murmullos y las miradas que le dedicaban cada día se lo confirmaban. Además, jamás podría pertenecer a la institución que quería destruir.
En el campus no se sentía tan fuera de lugar. En la academia tenía su magia, la biblioteca, los libros…
¿Aquí?
Era una impostora.
Jamás podría pertenecer a un lugar así.
—¿Estás bien? —la voz suave de Ashe la sacó de sus pensamientos—. Luces algo pálida, ¿necesitas agua?
—Estoy bien —respondió Dara. La voz le salió tan seca que pensó en aceptar el ofrecimiento de Ashe—. Es solo que esto es…
—¿Demasiado? —completó él, regalándole una sonrisa algo apenada—. Lo sé. La familia Eryndor es la más próspera de todo Liyia. Son originarios de Irella, pero tienen propiedades en todas partes.
—Ya veo.
Dara estaba impresionada.
Verian y Catriona se habían adelantado un poco y fueron interceptados por un grupo de aprendices con copas de vino en las manos.
Solo Verian aceptó una copa. La fiesta llevaba una hora de haber comenzado, y Dara pudo ver que muchos de los aprendices ya estaban algo ebrios.
Había camareros por todos lados con bandejas de bocadillos y, en el extremo más lejano de la entrada del salón, se veía una enorme barra con distintos licores, donde un cazaelementos con vinculación al agua preparaba bebidas a los invitados, haciendo un espectáculo.
—¿Dónde están Leo y Livier? —preguntó Ashe mientras caminaba hacia Verian.
—Livier tiene sesión de entrenamiento con la archimaga —explicó Verian, le dio un sorbo a su copa de vino, y agregó—: suelen extenderse hasta la medianoche, así que supongo que tardará en llegar, si es que viene. Leone seguramente está en una de las habitaciones comiéndose a algún pobre aprendiz.
—¡Verian! —reprendió Ashe—. No seas tan crudo.
Él se encogió de hombros.
—Solo digo las cosas como son. Leone se mete con cualquier persona que le coquetee, y da la casualidad de que nueve de cada diez aprendices lo hacen.
Ashe se sonrojó un poco, lucía adorable.
—¡Vas a hacer que nuestras amigas piensen lo peor de él! —exclamó Ashe.
Verian les dedicó una sonrisa gatuna. En sus ojos había un brillo peculiar.
—Eso espero.
—Oh, no. Yo estoy segura de que Leo es un encanto —dijo Catriona—. Y no me gusta pensar mal de las personas.
Dara no tenía una opinión sobre Leone Eryndor, así que no dijo nada.
La música en vivo cambió de una tranquila a una más movida, con más ritmo.
Dara buscó con la mirada a los músicos y los encontró en una esquina.
El pianista estaba al centro y era el que más llamaba la atención, y cómo no, si tocaba en un majestuoso piano de cola.
A su lado se encontraba una violinista, un trompetista y también había una guitarra que se tocaba sola, sus cuerdas se movían gracias a un sigilo avanzado de magia de aire.
—¡Me encanta esa canción! —chilló Catriona y miró a Dara—. Bailemos, ¿sí?
Dara ya estaba negando con la cabeza antes de que su compañera terminara la pregunta.
—No, yo no bailo.
La cara que hizo Catriona pudo conmover a cualquiera, pero ella no iba a flaquear. Jamás en la vida había bailado y no era fanática de hacer el ridículo frente a nadie, pero mucho menos frente a los aprendices de la Academia Valrose.
—Yo puedo acompañarte —dijo Ashe con cortesía mientras le extendía la mano.
—¡Apenas te conozco, pero ya eres mi persona favorita! —exclamó Catriona, y no tardó en aceptar la mano de Ashe.
Se alejaron hacia el grupo de gente que bailaba en el centro del salón. Verian alzó la copa de vino para terminarse el líquido restante de un trago y luego la dejó en la bandeja de uno de los camareros que iba pasando.
—Necesito más vino —susurró mientras estudiaba la barra de licores. Luego se giró hacia Dara— ¿Quieres?
—No, gracias.
Tenía muy poca tolerancia al alcohol y este le había hecho pasar algunas de las peores noches de su vida. Además, no le gustaban sus efectos en la magia, la volvía torpe y a veces incluso la entumía.
—No bebes y no bailas, ¿entonces qué quieres hacer? —preguntó Verian.
Dara venía con un propósito.
—Buscar clientes —respondió sin más—. Ya te dije que necesito dinero y aquí puedo ofrecer mis servicios para hacer las tareas de los aprendices.
—Con esta música nadie te va a escuchar —dijo Verian; ya parecía haber abandonado la idea de ir por más vino—. Vamos a los jardines, seguro la música no llega tan alto hasta allá.
Verian ya se encaminaba hacia la salida del salón antes de Dara objetara algo.
Bien pudo haberlo ignorado, pero por alguna razón que ni ella misma alcanzaba a comprender, lo siguió.
Tal vez era que Verian era una de las pocas caras familiares en el lugar.
O tal vez era que le aterraba estar sola en un ambiente así. Tal vez eran ambas.
Bajaron varias escaleras y caminaron por múltiples cuartos, cada uno más ostentoso e impresionante que el otro. Verian parecía conocer bien la propiedad de los Eryndor. Dara sabía la razón, Alessa le había contado que los Cuatro Magos siempre estaban juntos.
Al fin llegaron a los jardines traseros de la mansión, que más bien parecían un bosque entero, y Dara pudo ver que había unos cuantos aprendices aquí y allá. Algunos charlaban amenamente, otros fumaban y otros estaban recostados en el pasto, viendo las estrellas.
De la música tan solo se escuchaba un eco.