El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) LA QUE NO PERTENECE
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LA QUE NO PERTENECE

Dara estaba acostumbrada a huir.

Su primer impulso ante cualquier situación de peligro era huir. En la calle, correr le había salvado de incontables palizas. Correr le había salvado de hombres despreciables con intenciones de propasarse con ella. Correr le había salvado la vida, aunque esta no le importara demasiado.

Y Livier la hacía querer correr.

Pero sabía que eso no le traería nada bueno, no cuando ella tenía todas las de perder. En primer lugar, ya había visto de lo que era capaz: podría detenerla sin siquiera mover un músculo. Además, era el nieto de la archimaga. Una sola palabra de él bastaría para que la expulsaran.

Así que decidió no huir y alzó el rostro para mirarlo con firmeza.

—Pensé que la catedral nunca cerraba sus puertas —dijo Dara.

Él no contestó, por lo menos no de inmediato. Dara pensó que quizá no lo haría y solo mantuvo la mirada. Esa noche, las ojeras púrpuras de Livier lucían aún más pronunciadas. A Dara le inquietaba la forma en la que sus ojos seguían observándola como si ella fuera lo único que había en el lugar.

—Solo para quienes vienen a rezar —respondió él, al fin. Su tono seguía siendo neutro, mas indicaba que sabía que ella no estaba allí para adorar a la diosa de la Rosa. Pero había algo en su mirada… un cálculo cuidadoso, como si supiera más de lo que decía.

Dara se encogió de hombros.

—No podía dormir —dijo sin más, tratando de sonar relajada.

—Los niveles superiores de la catedral están restringidos.

Una punzada atacó el pecho de Dara.

Definitivamente, Livier la había visto en los niveles superiores. ¿También la había visto salir del cuarto que conectaba con los túneles? Esperaba que no. Le faltaba una mentira convincente para justificar su presencia en ese lugar.

Optó por ponerse a la defensiva.

—Si quieres reportarme, hazlo. No me importa.

—No había sido su contestación más brillante, pero cuando se sentía acorralada el ingenio no le salía.

Tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para evitar cruzarse de brazos—.

No estaba haciendo nada malo. Quise dar un paseo nocturno y ya. No sabía que ese piso estaba prohibido.

Es decir, claro que había un cordón bloqueando el paso, pero no era efectivo.

Frente a ella, Livier parecía una estatua de marfil. Era la primera vez que ella lo veía con el pelo negro sin recoger: le llegaba a los hombros y le acariciaba el rostro con suavidad. La tenue luz de la catedral le daba un aire un tanto… siniestro.

—Pues ya lo sabes —dijo Livier con algo de brusquedad. Fue un cambio leve en su tono de voz, pero sus palabras sonaron como advertencia.

Eso encendió las alarmas de Dara. ¿Y si él sabía de los túneles y las personas desaparecidas? Después de todo, Livier Monrae era el heredero de la archimaga.

Dara mantuvo la calma.

—Gracias por la valiosa información —respondió. Luego miró la puerta de soslayo—. Me voy. Suerte con tus rezos.

Mierda, estaba diciendo pura estupidez. Ese hombre la ponía nerviosa.

Gracias a las estrellas, él no dijo nada.

Dara dio un paso atrás y usó magia de voluntad para abrir la puerta con fuerza.

Una ventisca acompañada de lluvia entró a la catedral de forma violenta.

¿Una tormenta? ¿En qué momento había comenzado a llover?

Había estado tan concentrada en Livier Monrae que ni siquiera escuchó el repiqueteo de las gotas contra la piedra del edificio, que ahora era más evidente.

Por más intensa que fuera la tormenta, ella no pensaba quedarse un segundo más ahí. Dio un paso al frente y se dispuso a caminar bajo las pesadas e inclementes gotas de lluvia, pero antes de que la mojaran por completo, se detuvieron.

No. Seguía lloviendo.

Solo que ella no se mojaba. Una barrera invisible la protegía. Estaba hecha de adnae, podía sentirla.

Se dio la vuelta para observar a Livier, que seguía en el mismo sitio.

—No me importa mojarme —dijo Dara.

—Parece que no te importan muchas cosas —respondió Livier.

Dara no tenía nada qué responder a eso, así que insistió.

—No necesito que nadie me cubra de la lluvia.

Livier se encogió de hombros.

—Como quieras.

La barrera de adnae se esfumó y las gotas de lluvia golpearon a Dara sin piedad. Estaban heladas. Ella tuvo que hacer un esfuerzo consciente para que su cuerpo no empezara a temblar de inmediato. No frente a él.

Dara asintió y, sin decir nada más, se dispuso a caminar en dirección opuesta a la catedral. La tormenta era tan fuerte que parecía tener como objetivo sepultar la Academia Valrose. Dio unos cuantos pasos y creyó escuchar la voz de Livier una última vez:

—¿Quién eres?

Fue casi como un susurro.

Fue tan tenue, que Dara juró que lo había imaginado.

Esa noche, no pudo dormir.

Su encuentro con Livier la había inquietado. No podía dejar de darle vueltas al breve intercambio de palabras que sostuvieron, y estaba muy arrepentida de haberle dicho que no le importaba que la reportara, ¡claro que le importaba! Era imperativo no meterse en problemas, por lo menos no tan rápido.

Además, si él sabía lo que se ocultaba en los túneles y la había visto salir de ahí…

Se golpeó la cabeza contra la almohada varias veces, como si eso la fuera a hacer olvidar que esa noche podría haber arruinado todo antes de que empezara en realidad.

Apenas esa madrugada había hecho un descubrimiento importante y no podía permitirse una expulsión.

¿Livier Monrae tenía el poder de expulsarla?

Si decidía hablar y decirle a la subdirectora lo que vio, hasta ahí habría llegado el camino de Dara.

Ser aprendiz en la academia había sido su objetivo por años. A veces se preguntaba si era patético que su única meta en la vida fuera una venganza que ni siquiera sabía cómo efectuar.

Pero el fuego del coraje, la injusticia y la ira recorría su sangre.

Su venganza era lo único que la motivaba a seguir viviendo en un mundo donde no tenía nada ni a nadie.

No. Podía. Ser. Expulsada.

Porque no solo perdería su oportunidad de vengarse, también la marcarían como insurrecta.

Los aprendices que no lograban graduarse de Valrose debían hacer un juramento de sangre que bloqueaba permanentemente su adnae activo. Si se negaban, los marcaban como insurrectos.

Había dos tipos oficiales de magos en Liyia: los que tenían licencia y los insurrectos.

Los insurrectos eran los marcados, los condenados.

Algunos lograban escapar de su destino cruel y vivían escondidos.

Pero había un tercer tipo de mago no reconocido: los que no habían sido descubiertos por un regulador y practicaban magia en secreto, sin licencia.

Esos eran llamados profanadores; si los atrapaban y los marcaban, pasaban a ser insurrectos.

La marca de insurrecto era como una sentencia de muerte.

Dependiendo de la gravedad de su práctica de magia ilegal, un insurrecto podía ser enviado a la prisión de alta seguridad en Arza, donde jamás volvería a ver la luz; o, peor aún, al otro lado de la barrera de Dimas: el Área Negativa, donde el adnae era escaso.

Esa barrera fue creada por Valrose Monrae cuando la guerra terminó.

Ahí fueron enviados los antinae, criaturas monstruosas que consumían adnae y casi acaban con Liyia hace quinientos años.

Para mantenerse con vida, los antinae comían cualquier cosa que tuviera adnae, y lo único con adnae que llegaba fuera de la barrera eran los insurrectos.

—Los reguladores no tendrán piedad si te atrapan, Dara —le había dicho Mirsa años atrás—. No sigas mis pasos, tienes mucho talento. Estoy segura de que podrían aceptarte en la Academia Valrose en su programa de becas.

A Mirsa la habían marcado hacía treinta años, junto a un grupo de profanadores. Ella pudo escapar de su destino porque su hermano mayor la ayudó a huir. Fue la única del grupo que lo logró, y ahora vivía oculta en un pequeño pueblo en Irella. Fue ella quien ayudó a Dara cuando su adnae se manifestó.

La ocultó y la educó por años.

Dara tenía memorizada la marca de Mirsa. Estaba en su espalda, cerca de su hombro izquierdo: una cruz grande y agresiva que, a pesar de ya haber cicatrizado, seguía roja. Como la de todos los insurrectos.

El último pensamiento de Dara, antes de que la venciera el cansancio, fue que tal vez su castigo no sería la expulsión, ni ser marcada. Tal vez enfrentaría el mismo destino de su madre. Tal vez, en Valrose, así lidiaban con los problemas.

«Valrose ha venido por mí».

Se deshacían de ellos de forma definitiva.

—No dormiste nada bien, ¿verdad? —preguntó Catriona. Su pelo ese día era celeste.

Comían en uno de los jardines de la academia, en una banca amplia. Dado que era fin de semana y no había clases, su compañera de habitación había salido en la mañana con su novia al mercado bajo la montaña, y había traído postres en una canasta para compartir con Dara.

Cuando Dara probó el pedazo de pastel de frutos rojos, casi se le salieron algunas lágrimas por lo delicioso que estaba. Definitivamente, no merecía a Catriona.

—Tenía insomnio —dijo Dara y le dio otra mordida a su pastel.

—Eso pensé. Tengo el sueño ligero, te sentí salir.

Sus palabras paralizaron a Dara por unos segundos, pero se recuperó rápido.

—Sí, fui a caminar —respondió, intentando sonar desinteresada.

No estaba prohibido deambular por el campus después de que apagaban las luces de los dormitorios. Todos los aprendices de la academia eran adultos jóvenes y no tenían un horario impuesto para dormir. Mientras un edificio no estuviera cerrado, podían usarlo en cualquier momento, día o noche.

—Tienes demasiada energía, Dara. Yo termino exhausta después de la explotación a la que nos someten a diario.

Dara se encogió de hombros. La vida en Valrose era mucho más amable que en las calles.

—Me gusta el ritmo que llevamos.

—Lessa y tú deberían juntarse más, en eso son iguales.

—Hablando de Alessa, ¿dónde está?

—Se fue a entrenar. Su mentor es algo estricto y todos sus pupilos deben presentarse a sesiones con él incluso en fines de semana.