El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) ROMPEALMAS #4
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ROMPEALMAS #4

«Dos testigos en Dimas aseguran que el individuo se evaporó».

El pulso de Dara se aceleró mientras asimilaba lo que leía.

Las personas literalmente desaparecían y nadie en Liyia lo sabía.

No se mencionaba en los periódicos, ni en las noticias de la radio, ni en el cotilleo de la gente en los mercados.

Alguien se estaba esforzando por ocultar las desapariciones.

Pero ¿por qué?

Varias respuestas posibles llegaron a la cabeza de Dara.

La primera era que la Academia Valrose tenía algo que ver con las desapariciones.

La segunda era que ni siquiera la academia sabía qué causaba las desapariciones y no querían que la gente entrara en pánico.

La tercera era que lo sabían, pero todavía no tenían idea de cómo controlarlo.

Dara apretó uno de los informes con las manos. No era una prueba de que la Academia Valrose había asesinado a su madre, pero sí de que ocultaban cosas a la gente. Y tal vez los hechos se conectaban de alguna forma.

Era un comienzo.

Los ruidos de unas pisadas la hicieron saltar en su sitio.

Alguien venía subiendo hacia el cuarto desde donde ella acababa de llegar.

Rápidamente dejó los papeles tal y como los había encontrado, caminó hacia las escaleras del lado contrario del lugar y empezó a subir con suavidad, cuidando que sus zapatos no hicieran ruido.

Cuando dejó de escuchar las pisadas y sintió que estaba lo suficientemente lejos de la otra persona, aceleró el paso. Tenía que encontrar dónde esconderse o buscar una salida. Por la prisa, esta vez no contó los escalones, pero pasó un buen rato antes de que llegara, por fin, a una puerta.

Para su suerte, la cerradura no tenía sigilo.

Dara volvió a tomar el prendedor de su pelo para abrirla y, cuando lo logró, no se molestó en entrar con precaución; necesitaba salir de esos túneles antes de que la descubrieran.

Cerró la puerta tras de sí y volvió a ponerle llave.

Solo hasta ese momento se atrevió a soltar un suspiro, antes de ponerse a averiguar adónde había llegado.

No tenía ni idea. Era un cuarto bastante sencillo. Paredes de piedra, alfombra roja y una mesita de madera al centro. Sobre la mesa había un florero con una rosa encantada, lo normal en lugares en donde se practicaba la religión de la Rosa. Al fondo, había otra puerta.

Se aproximó y giró la perilla. La puerta se abrió sin resistencia. Aunque le parecía extraño que estuviera abierta, no lo pensó mucho. Necesitaba salir de ahí, averiguar dónde estaba y volver a los dormitorios.

Cuando Dara puso un pie fuera del cuarto, ahogó un suspiro de sorpresa. Estaba en la catedral de la academia.

Era tal vez el tercer piso, y desde el balcón podía ver la magnificencia del lugar en todo su esplendor.

La luz era tenue. Las velas no alcanzaban a dotar de calidez al ambiente.

Olía a incienso y a madera, pero el aroma más potente era el de rosas.

Había rosas rojas por todas partes: en macetas incrustadas en las paredes, en enredaderas que cubrían los laterales de las gradas, en las escaleras que daban al altar y, por supuesto, en la corona de la enorme estatua de la diosa Enia,

que medía tal vez unos tres metros y parecía observar a sus súbditos con benevolencia.

A un lado de la estatua había un retrato de Valrose Monrae. La pintura la mostraba sentada con una expresión amable en el rostro y un jardín de rosas en el fondo. Del otro lado de la estatua caía el estandarte de la academia.

El espacio era alargado, y una alfombra color vino dividía las hileras de gradas de madera tallada.

El altar principal era toda una obra maestra de magia y artesanía.

La mesa parecía estar hecha de obsidiana y estaba suspendida a pocos centímetros del suelo, sin ningún soporte visible.

Había velas blancas en cada extremo y del centro caía una tela de terciopelo de forma elegante.

Detrás del altar, enmarcándolo, se alzaban columnas colosales con detalles dorados en espiral, cubiertos de la misma enredadera que adornaba las gradas. Al fondo, en el segundo nivel de la catedral, el barandal dejaba ver un órgano masivo.

Dara se alejó del balcón para buscar unas escaleras. Al encontrarlas, notó que había un cordón aterciopelado atravesado que prohibía el paso, mas no tenía algún tipo de escudo mágico. Lo saltó sin problema y bajó.

Llegó al primer nivel de la catedral. Sin detenerse, caminó hacia las monumentales puertas de madera. Sabía que estarían abiertas porque los espacios sagrados no tenían horario; estaban disponibles para oración en todo momento.

Puso una mano en la puerta y, antes de abrirla, una voz la sobresaltó.

—No deberías estar aquí.

Dara se quedó paralizada mientras trataba de identificar la voz, pero no le parecía familiar. Era de un hombre. No sonaba alterado ni molesto. Eso la animó a girarse para ver quién la había descubierto. Tal vez podría salirse con la suya si le decía que no podía dormir y había venido a rezar.

Pero cualquier mentira se quedó atorada en su garganta cuando se topó de lleno con unos ojos escarlata que la observaban con un fulgor intenso.

Ahí, frente a ella, estaba Livier Monrae.