ROMPEALMAS #3
Él estaba rodeado de una esfera de adnae que parecía hecha de oscuridad traslúcida e impenetrable.
Benzo no dejaba de golpear y dar patadas estruendosas, pero no lograba nada.
El escudo de adnae explotó como una bomba y lanzó a un Benzo invisible hacia atrás, directo al muro de una de las torres. Livier formó grilletes con bloques de piedra de la pared en las muñecas y los tobillos de su oponente.
—¡Mierda! —exclamó Benzo, abandonando su invisibilidad.
Ahora que volvía a estar a la vista de todos, se notaba que respiraba agitadamente. Todo su cuerpo estaba lleno de sudor y parte de su uniforme se había rasgado.
En cambio, Livier lucía… aburrido. Como si no estuviera haciendo nada.
Benzo chilló un grito de guerra y, empleando una gran fuerza, rompió los grilletes que lo aprisionaban. La velocidad de un forzacuerpos nunca dejaría de impresionar a Dara. Benzo corrió hacia Livier en un abrir y cerrar de ojos; él también se movió para encontrarlo a medio camino.
El rompealmas no corría tan rápido como su oponente, pero sus movimientos eran ágiles, potentes y elegantes. Cuando estuvieron frente a frente, Benzo se agachó para darle una patada. Livier saltó para esquivarlo y usó una de sus propias estacas para tomar impulso y rebotar contra ella.
Livier le tocó la espalda y Benzo se desplomó en el suelo.
Los espectadores estallaron en murmullos de asombro. Benzo no estaba inconsciente, solo yacía en el piso sin poder moverse. Jadeaba de forma sonora y, desde donde se encontraba, miraba a Livier con una mezcla de frustración, respeto y quizás un poco de… miedo.
—Cómo… —susurró Dara.
—Inhibió su adnae —respondió Verian. Sonaba tan aburrido como Livier parecía estarlo.
—Eso es todo. Gana Livier —dijo la profesora Ceinessa, que no parecía sorprendida en lo más mínimo.
Los aprendices aplaudieron ante la declaración del ganador. Livier no se inmutó, simplemente se sacudió un poco de polvo de la camisa y dejó de inhibir el adnae de Benzo. Él recuperó el movimiento y se puso de pie.
Leone Eryndor estaba a un lado de Livier y le daba palmadas en la espalda a modo de felicitación. No había sido un duelo con sangre o con movimientos letales; las palabras para describirlo eran preciso y majestuoso. Fue como ver a un depredador jugando con su presa antes de dar el golpe final.
Dara lo supo en ese instante, Livier era un oponente a quien nadie querría enfrentar en una pelea real.
—¿Ya conoces a Livier y a Leo, Dara? —preguntó Ashe—. ¿Quieres que te los presente?
—No —respondió sin pensarlo. Luego agregó—: Acabo de recordar que tengo algo que hacer.
Sin darle tiempo de responder, se dio la vuelta y salió del patio de armas. Su instinto le decía que debía evitar a Livier Monrae a toda costa, y la vida en las calles le había enseñado que, a veces, esas corazonadas eran lo único que tenía.
Estuvo inquieta el resto del día. Hasta Catriona lo notó y le ofreció una de sus infusiones de té favoritas que había traído de casa.
Pero ni siquiera eso la calmó, por lo que en la madrugada decidió volver a escabullirse en la biblioteca.
No buscaría libros sobre sigilos, iba a ir directo a los túneles que descubrió tras el escenario.
Le frustraba sentir que no avanzaba, así que, aunque no encontrara nada útil, por lo menos no se habría quedado sin hacer nada una noche más.
En esta ocasión llevaba consigo un cuaderno y un lápiz y pensaba trazar un mapa de los túneles.
Si continuaba bajando de forma periódica, tal vez podría completarlo en un mes.
Todo dependía de qué tan extensos fueran.
No tenía ni idea.
Ya quería que comenzara la siguiente semana para poner sus manos en el catálogo de libros de la biblioteca. Estaba segura de que eso haría la diferencia. Por ahora, esto tendría que bastar.
Bajó los quinientos veintitrés escalones y, mientras caminaba, empezó a dibujar. No era la más hábil haciendo mapas y seguro nadie le entendería a sus garabatos, pero solo ella necesitaba entenderlos, así que no se preocupó.
Siguió caminando y dibujando por los túneles durante casi una eternidad —siendo realista, tal vez habían transcurrido unas dos horas—. Cuando salió del dormitorio, eran las dos de la madrugada y no podía arriesgarse a que amaneciera; decidió volver.
No había descubierto nada sustancial, solo más y más bifurcaciones. Más y más puertas selladas con magia. Lo peor era que tampoco había encontrado la zona restringida de la biblioteca.
—Ni modo… —dijo en voz baja.
Por esa noche, era suficiente.
Observó el mapa para tomar la ruta más directa a las escaleras que daban al teatro y, tras unos minutos de camino, algo llamó su atención.
Esa puerta no estaba allí antes… ¿o sí?
Una puerta había aparecido al fondo del pasillo a su derecha.
Lo raro era que no la había marcado en el mapa, y estaba segura de que las había dibujado todas.
Había puesto atención especial a las puertas, incluso hizo una guía del tipo de sigilo que sellaba cada una.
Algunos jamás los había visto en su vida, lo cual tenía sentido; si bien muchos sigilos eran comunes, había magos con el raro talento de crear los suyos.
Se acercó a la puerta y la encontró entreabierta.
—Qué raro —susurró al tiempo que la marcaba en el mapa.
Antes de abrir la puerta, se asomó al otro lado con cautela. Solo había oscuridad y no se escuchaba nada. ¿Debía arriesgarse? Suponía que sí.
La puerta llevaba a otras escaleras. Subió, agradecida por tener piernas fuertes y estar acostumbrada a caminar por horas.
Contó doscientos doce escalones cuando llegó a una especie de cuarto.
Era un espacio rectangular sin puerta que conectaba con otras escaleras.
En el centro había una gran mesa de madera con papeles esparcidos.
Dara se tomó unos segundos para respirar hondo y recuperar el aliento. Se acercó a los papeles y, tras examinarlos a simple vista —sabía que tenía que ser rápida— frunció el ceño.
Eran informes de… ¿personas desaparecidas?
Había una pila de tal vez unas cien hojas, y unas cuantas estaban sueltas en la mesa, como si alguien, harto de leerlas, las hubiera arrojado sin cuidado.
Todos los informes estaban redactados a máquina de escribir y tenían unas cuantas notas a mano en los bordes de las páginas.
En cada hoja estaba el nombre de la persona, su edad, su país de origen, si tenía adnae activo o inactivo y luego venían textos similares.
«Desapareció sin dejar rastro».
«Simplemente se esfumó».
«Su hijo la vio desvanecerse frente a sus ojos».