ROMPEALMAS #2
Las reliquias ven el alma de los candidatos: sus anhelos más grandes, sus miedos más profundos…
y los usan para retarlos. Por eso deben aprovechar cada enseñanza y cada clase.
Queremos darles armas para superar cualquier obstáculo que esas reliquias diseñen para ustedes.
Queremos que logren terminar sus estudios en la Academia Valrose y que puedan convertirse en magos.
Todos estos factores convertían la Prueba de los Emisarios en el terror de cualquier aprendiz de primer año.
El principal era que, tal y como había dicho el profesor Tiron, nadie sabía qué esperar.
Las propias reliquias diseñaban una prueba única para cada candidato.
Algunos la superaban sin problema, pero había casos en los que caían en la locura.
Incluso había ocasiones en las que el candidato corría peligro de muerte, pero cuando eso ocurría, la archimaga intervenía y detenía la prueba.
Dara no podía creer que, si lograba permanecer en Valrose hasta el final del año y algún profesor se interesaba en ella como candidata a pupila, estaría frente a frente con las reliquias de los Emisarios.
Eran los objetos más poderosos de todo Liyia.
Estaban resguardados en las bóvedas de la Cámara del Juramento de la Academia Valrose y solo eran sacados para la Prueba de los Emisarios y para la Ceremonia de Titulación.
La Guadaña de Enia, la rompealmas.
La Espada de Alaric, el forzacuerpos.
El Libro de Nielen, la danzamentes.
El Cetro de Ophyr, el cazaelementos.
—En fin, la sesión de hoy ha terminado. Nos vemos la próxima semana —dijo el profesor Tiron.
Todos comenzaron a dispersarse. En el aire se sentía el peso de la baja moral de los aprendices.
Sinceramente, Dara estaba igual. Le habría gustado pensar que lograría cumplir con su misión en menos de un año, pero en caso de que no, necesitaba asegurar su lugar como aprendiz de segundo año en la Academia Valrose.
—Te vas a arrepentir por lo de hoy, callejera —dijo Jabel al pasar a su lado.
—¿No tienes insultos más originales? —respondió Dara sin titubeos.
—Se nota que no tienes educación. Ni siquiera te disculpaste por el desastre que ocasionaste en la pista de carreras el otro día, ¿y ahora esto? —habló la chica que caminaba junto a Jabel—. Empiezo a creer que sí vienes de las calles.
A Dara no le habría sorprendido si se enteraban pronto. En la Academia Valrose parecían vivir de habladurías.
Una parte de ella quería elegir la violencia. No iba a negar que, si querían provocarla, lo estaban logrando. Pero todavía quedaban bastantes aprendices a su alrededor, y no estaba de humor para hacer un escándalo. Así que solo les dio la espalda para alejarse de ellos.
—Es una estúpida, ¡no sabe con quién se metió! —Pudo escuchar a otro aprendiz que apoyaba a Jabel.
En la salida del gimnasio la esperaba Verian. Dara no entendía por qué, pero extrañamente no le sorprendía. Tal vez venía a cobrar el favor. Decidió que no iba a ser ella quien le dirigiera primero la palabra.
—No sabes qué gusto me dio ver a Jabel en el suelo —dijo Verian, sonriendo como siempre—. Nadie se atreve a tocarlo porque su papá es el presidente de Dimas.
Dara apenas caía en cuenta de que el apellido de Jabel era el del presidente de Dimas. Eso explicaba sus aires de grandeza.
—Contigo sucede lo mismo, ¿no? —respondió Dara—. Nadie se atreve a tocarte porque eres nieto de la archimaga. Además, formas parte de los Cuatro Magos.
A sus ojos, Verian y Jabel eran de la misma clase: personas con poder y rodeadas de privilegios desde el nacimiento.
—Sí, es cierto —dijo él sin vergüenza—. Pero, por lo menos, yo no soy insoportable.
Dara puso los ojos en blanco.
—Debatible —respondió y continuó con su camino.
Verian le siguió el paso y empezó a caminar a su lado.
Dara no tenía otra clase hasta dentro de una hora, así que ni siquiera había decidido adónde ir; solo estaba caminando sin rumbo por los jardines del campus.
Miró de reojo a su compañero y resopló de forma audible, ¿acaso no tenía nada mejor que hacer?
Apenas iba a decir algo al respecto, cuando Ashe von Max los saludó desde lejos y corrió hacia ellos.
—Dara, hola, ¡qué gusto volver a verte! —dijo con entusiasmo—. ¿Te estás acoplando bien a las clases?
—¿Y para mí no hay saludo? —preguntó Verian, en fingido tono ofendido. Había alzado una ceja y seguía sonriendo.
Ashe rio.
—Ya te había saludado en la mañana —respondió y luego volvió a posar sus ojos en Dara—. Dime si te está molestando; es su especialidad.
—De hecho… —comenzó Dara.
—¿Qué dices? Rennai y yo somos grandes amigos —interrumpió Verian.
—Ah, pues me alegro —respondió Ashe; parecía sincero—. Repito lo que te dije el día que llegaste, Dara, si necesitas algo, no dudes en decírmelo.
Había olvidado que Ashe era extremadamente amable.
—Está bien.
—¿Hacia dónde se dirigían? —preguntó Ashe al tiempo que se alisaba una arruga imaginaria de la camisa—. Yo iba a encontrarme con Livier y Leo. Están en sesión de duelo; terminan en quince minutos, ¿quieren ir? Si vamos ahora, tal vez puedan echar un vistazo a los duelos de tercer año.
Eso picó el interés de Dara.
—¿En tercer año también dividen las sesiones por categoría? —preguntó.
—No. Desde segundo año dejan de dividir los duelos —respondió Ashe.
Verian se encogió de hombros.
—Te acompaño. ¿Vienes, Rennai?
Dara lo pensó por unos instantes. Una parte de ella quería decirle que no solo porque era Verian y esa parecía una buena oportunidad para que la dejara en paz. Pero era una persona curiosa y quería ver a los aprendices de tercer año en acción.
—Sí, vamos.
En el camino, Ashe le explicó a Dara que las sesiones de duelo de tercer año no se llevaban a cabo en el gimnasio, sino en lugares aleatorios del campus.
La de ese día era en el patio de armas del Castillo Mayor.
Nunca lo había visitado, así que eso también le entusiasmaba más de lo que le gustaría admitir.
No demoraron mucho en llegar al castillo; lo tardado fue el subir las escaleras de cinco pisos para llegar al patio de armas.
A la sesión de duelo le quedaban menos de diez minutos.
Dara esperaba poder presenciar uno interesante.
Al cruzar la puerta se escucharon murmullos cargados de emoción.
Todos los aprendices se encontraban de pie a la espera de un enfrentamiento.
—Estás de suerte —dijo Ashe como si le hubiera leído la mente—. Parece que Livier está por pelear.
Un rompealmas.
Dara se acercó al grupo de aprendices que observaba el duelo y se abrió paso para poder ver sin obstáculos; el ambiente en el patio de armas vibraba con expectativa.
Al centro estaba Livier Monrae; llevaba unos pantalones de combate, botas y una camisa de cuello alto y manga larga.
Su pelo negro estaba recogido de forma despreocupada y su rostro era impasible; no mostraba nada.
Frente a él estaba su oponente, un hombre alto y muy corpulento en uniforme de combate.
Dara jamás lo había visto, pero suponía que, por cómo flexionaba los músculos igual que una bestia lista para atacar, era un forzacuerpos.
Lo confirmó al ver en su uniforme el prendedor de la categoría: un pequeño puño color bronce.
—El duelo entre Livier Monrae y Benzo Sion —habló una mujer al otro lado del patio. Dara había visto su retrato en el recibidor del cuartel de profesores; era Ceinessa, la líder del Departamento de Cazaelementos— ¡empieza ahora!
—No te contengas, Monrae —gritó Benzo. A pesar de que en su rostro había una sonrisa desafiante, todo su lenguaje corporal indicaba que estaba nervioso.
Livier le respondió con una ceja arqueada.
El primer ataque de Benzo fue brutal. Fue directo hacia Livier y atravesó el aire con una fuerza capaz de partir una roca en pedazos.
Pero no impactó con nada; en cuestión de un segundo, Livier desapareció y reapareció detrás de él.
Con ambas manos en el bolsillo y un ligero movimiento de cabeza, el piso tembló y se abrió bajo Benzo.
Él reaccionó con rapidez y saltó para no caer en el agujero, mostrando una habilidad impresionante.
Sin darle tiempo de nada, Livier hizo que en el piso aparecieran gruesas estacas de piedra, una a una y sin ningún patrón.
Benzo apenas logró esquivarlas; una de ellas le rasguñó la mejilla, haciéndolo sangrar.
Benzo hizo un sonido similar a un gruñido, hundió los pies en el piso y, con ambos brazos, arrancó una de las estacas para lanzarla como proyectil hacia Livier.
Él ni siquiera se movió; cuando la piedra estuvo a punto de tocarlo, simplemente desapareció.
No hubo ningún destello, no hubo gesto dramático.
Solo se esfumó y volvió a aparecer en otro lado.
Dara miraba casi sin parpadear. Así que así se veía la manipulación total del adnae.
La manipulación total de la esencia del mundo.
—Quería ganar este duelo sin ventajas, pero me la pones difícil —dijo Benzo.
Entonces fue su turno de desaparecer.
—Su habilidad superior es la invisibilidad —dijo Ashe; Dara no sabía en qué momento había llegado a su lado—. Es común entre los forzacuerpos, pero sin duda es útil en un duelo, ¿no?
Dara suponía que sí. Contra cualquier otro, esa sería una ventaja devastadora, pero algo le decía que no sería problema para Livier, quien se hizo a un lado cuando una ola de aire golpeó a la altura de su cabeza. Benzo acababa de intentar darle un puñetazo.
Livier chasqueó los dedos sin mover su brazo y la textura del piso del patio se suavizó, era como lodo recién humedecido por la lluvia. Eso hizo que las pisadas de Benzo dejaran huella.
Porque era invisible, pero no incorpóreo.
—Su ventaja se convirtió en una trampa —dijo Ashe con un deje de fascinación en la voz.
Dara estaba segura de que, si hablaba, sonaría igual.
Las huellas dejaron ver que Benzo había retrocedido y ahora corría a una velocidad alucinante hacia Livier, quien parecía esperarlo, inmóvil, en su sitio.
Un escudo casi imperceptible de adnae se alzó frente al rompealmas cuando su oponente intentó golpearlo.
El sonido en el patio fue similar al de un trueno.
Todos los magos tenían la habilidad de proyectar su propio adnae para usarlo como escudo, pero el de Livier no era un escudo común y corriente.