EL ALMA DE LAS COSAS #3
Propulsó su cuerpo con magia de voluntad y, al bajar a la pista, volvió a subir de un brinco prolongado.
Con saltos altos y largos, pronto tomó la delantera.
Desde arriba podía ver al resto de los danzamentes correr cargando sobre todo rocas y libros.
Algunos también intentaban elevarse un poco, pero aplicar voluntad en uno mismo no era algo sencillo.
Dara había practicado por años.
—Te propongo algo.
No tuvo que voltear para saber que Verian Monrae iba justo a su lado, saltando a su mismo ritmo.
—¿Puedes dejar de hablar en mi cabeza? —respondió Dara. Su siguiente brinco fue más prolongado.
Verian la alcanzó sin problema alguno. Dara lo miró de reojo.
—Si logras ganarme, no volveré a hacerlo jamás —dijo él. Su pelo rubio revoloteaba con la brisa, mas sus anteojos parecían imperturbables sobre el tabique de su nariz—. Pero si yo gano, tendrás que hacerme un favor.
—Sabes que esto no es una competencia, ¿verdad? —respondió Dara y trató de acelerar el ritmo de sus saltos.
—Por eso hay que hacerlo más emocionante.
Verian tocó el suelo con la punta del pie y dio el salto más elevado que Dara había visto en su vida. Esto le permitió avanzar una distancia considerable. Ella pudo escuchar los murmullos sorprendidos del resto de sus compañeros.
Dara ni siquiera había aceptado su propuesta, pero Verian ya había tomado la delantera en esa carrera imaginaria.
Carrera que Dara no podía permitirse perder.
No podía deberle ningún favor a nadie, mucho menos a un Monrae.
Por eso tomó aire, acarició con más fuerza el adnae en su interior y trató de imitar el brinco de Verian.
Tal vez sus movimientos no eran tan refinados como los de él, pero, a juzgar por los sonidos de los aprendices, eran igual de impresionantes.
En cuestión de segundos logró alcanzarlo y, cuando lo rebasó, lo escuchó reír.
Eso no iba a desconcentrarla. Dara podía sentir el adnae fluyendo por su mente sin cesar, pero no estaba cerca de su límite.
Lo que no quería admitir era que físicamente se estaba cansando.
El cuerpo humano tendía a resistirse a la magia de voluntad y por ello, al aplicarla, causaba fatiga mucho más rápido que cualquier ejercicio común.
Estaba perdiendo altura y comenzó a descender a la pista para impulsarse de nuevo, pero justo debajo de ella había un grupo de aprendices que corría con su objeto. Dara trató de alargar su caída, pero se dio cuenta de que no lo lograría.
—¡Háganse a un lado! —exclamó sin pensarlo.
Los aprendices la miraron y algunos soltaron sonidos de sorpresa antes de apartarse. Un par de chicos tropezaron por la distracción, pero Dara logró aterrizar sin percance. No esperó un solo segundo antes de alzarse nuevamente.
—¡Ten más cuidado! —le gritó un aprendiz.
—Ni siquiera pidió disculpas —dijo una chica en tono molesto.
Dara no les prestó atención y siguió con lo suyo. Sabía que Verian venía pisándole los talones y se iba a asegurar de mantenerse a la delantera.
Le faltaban dos vueltas para completar los ocho kilómetros, y ya podía sentir que su adnae lo estaba dando todo para mantener el ritmo y la elevación. Trataba de concentrarse en sus respiraciones para que su cuerpo no se rindiera; a decir verdad, le estaba costando.
Solo debía aguantar un poco más.
Al empezar la última vuelta, Verian la alcanzó.
Dara se arriesgó a mirarlo de reojo y algo en su pecho se encendió al verlo tan… sereno. Lucía fresco, sin prisa, como si la magia de voluntad sobre su cuerpo no estuviera costándole nada. Como si durante toda la carrera se hubiera mantenido atrás a propósito, solo para jugar con ella.
Verian se dio cuenta de que lo miraba y ladeó la cabeza para sonreírle. Dara se tragó todo lo que le quería decir.
Sin más, Verian bajó para impulsarse y dar un salto largo que dejó a Dara varios metros atrás.
Ella estaba cansada y sabía que no podría alcanzarlo, pero era terca, así que de todos modos lo intentó.
Cuando tocó la pista, empleó una gran cantidad de adnae para su siguiente brinco.
Logró acercársele, pero sintió un leve mareo.
Era señal de que no estaba racionándolo correctamente.
—Maldición —susurró para sí misma.
Verian Monrae acabó la última vuelta antes que ella. Fueron tan solo unos segundos, pero no había duda de quién había sido el ganador.
Dara se detuvo y apoyó ambas manos en las rodillas para recuperar el aliento.
Podía sentir gotas de sudor resbalar por su espalda y su pelo era un desastre pegado a su cuello.
No quería alzar la cabeza. No quería encontrarse con los ojos de Verian y aceptar su derrota.
Su único consuelo era que solo ellos dos sabían de la carrera privada.
Los demás aprendices empezaron a unírseles en la línea de meta. Dara pudo escuchar la voz de la profesora Lovera apresurando a los que todavía no terminaban.
—¡Estuviste increíble, Monrae! —le dijo un aprendiz a Verian.
—Tienes que darnos consejos, tu técnica es impecable —dijo otro.
—No es nada que ustedes no puedan hacer también —respondió Verian—. Es cosa de práctica.
Dara al fin alzó la cabeza y vio que Verian les sonreía. Pero había algo en su tono de voz que indicaba que no tenía el más mínimo interés en platicar con ellos. Su teoría fue comprobada cuando hizo contacto visual con ella y se disculpó con los aprendices para ir hacia donde estaba.
—No creo que ni practicando lo logren, los estuve observando mientras corrían. El nivel de su magia de voluntad es un chiste —dijo Verian en la cabeza de Dara.
Dara alzó ambas cejas en sorpresa. En primera, porque ella ni siquiera había prestado atención a los demás. Solo se había concentrado en ganar, y aun así perdió. En segunda, porque la habilidad de Verian Monrae para mentir con una sonrisa era alucinante.
—Fue una buena carrera, ¿no? —dijo él en voz alta.
—¿Qué es lo que quieres? —respondió Dara, molesta—. Solo un favor y me dejarás en paz.
Verian ladeó la cabeza.
—Creo que tendrá que esperar. Todavía no sé qué favor pedirte.
Dara no se lo esperaba. Habría jurado que Verian la retó porque quería algo de ella y ya lo tenía en mente. Aunque si lo pensaba… ¿qué podría querer él de alguien como Dara? Al ser un Monrae, ya tenía poder dentro y fuera de la Academia Valrose. Tenía conexiones, fama, dinero y respeto.
Dara no tenía nada que ofrecerle.
De todas maneras, deberle algo la ponía nerviosa.
—Solo te advierto de una vez que hay ciertas cosas que sobrepasan mis límites —dijo Dara.
—¿Como qué?
—Te las diré si tu favor los sobrepasa.
Verian la observó en silencio durante unos segundos antes de asentir.
—De acuerdo.
—¡Verian!
Dara no identificó la voz, pero giró la cabeza y reconoció a Leone Eryndor, que se encontraba de pie junto a Livier y Ashe. Los tres parecían estar esperando a Verian. ¿Desde cuándo estaban allí? ¿Habían visto toda la carrera?
—Nos vemos después, Rennai —dijo Verian antes de alejarse.
La profesora Lovera empezó a dar indicaciones de la siguiente actividad, la cual, aparentemente, Verian iba a saltarse. Dara lo vio caminar hasta llegar con sus amigos. Leone y Ashe le sonrieron y le dijeron algo que no parecía muy serio. Pero Livier Monrae no lo miraba.
Sus ojos rojos estaban clavados en ella.
Dara le sostuvo la mirada. Sentía que estaban en una especie de duelo silencioso y suspendido en el tiempo, atrapado en un instante en el que incluso el aire parecía contener el aliento.
Verian puso una mano en el hombro de su hermano y comenzó a guiarlo fuera de la pista de carreras.
Livier la observó un par de segundos más antes de desviar su atención hacia sus amigos.
Dara ni siquiera se cuestionó lo que acababa de ocurrir; asumió que Livier la miraba porque la vio charlar con su hermano menor.
Dara caminó hacia los demás aprendices y se dio cuenta de que casi todos tenían los ojos puestos en los Cuatro Magos. Algunos los señalaban, emocionados, y otros solo murmuraban mientras los veían desaparecer a lo lejos.
Ella no pensaba volver a mirar.