EL ALMA DE LAS COSAS #2
—Qué tenemos aquí… —se dijo a sí misma, más que nada para escuchar algo aparte de su propia respiración.
Había llegado a una especie de túnel con varias puertas cerradas. Con su vela como única guía empezó a recorrer el angosto pasillo. Llegó a una bifurcación y tomó el camino izquierdo, lo que la llevó a otro pasillo con más divisiones.
Tendría que dibujar un mapa. Hizo una nota mental: la próxima vez debía regresar con lápiz y un cuaderno. Por ahora tendría que confiar en su mente para volver por donde vino.
En ese pasillo también había varias puertas. Estaban cerradas con sigilos de escudo que solamente magos específicos podían romper, así que ni siquiera lo intentó. El plan para su primera expedición no era activar alertas, pero definitivamente tendría que pensar cómo abrir esas puertas.
Siguió caminando con la esperanza de encontrar la zona restringida de la biblioteca, pero no estaba teniendo suerte. Según los rumores, esa puerta era la única que tenía una cerradura que solo los magos rompealmas podían abrir.
¿Y cómo la reconocería? Los objetos infusionados con magia desprendían adnae.
Notarlo requería prestar atención, pero Dara siempre estaba alerta.
Conocía bien cómo se sentía el adnae de los sigilos hechos por cazaelementos, forzacuerpos y danzamentes.
Y aunque jamás había estado frente a una cerradura infusionada con magia de rompealmas, sabía que era un tipo de adnae distinto. Imposible de ignorar.
Llevaba unos cuarenta minutos caminando sin éxito y no quería rendirse cargando el fracaso como si fuera una cadena sujeta a sus tobillos con grilletes; pero era tan solo su primera noche investigando en la Academia Valrose,
así que suponía que el simple hecho de haber descubierto los túneles era un avance.
—Mediocre —se regañó en voz alta.
Sus posibilidades de encontrar algo sustancial aumentarían si aprendía a romper sigilos sin levantar alarmas. Sabía que era posible; se requería magia muy avanzada y había casos en los que solo el mago que los creó podía retirarlos. Seguramente en la biblioteca podría encontrar textos al respecto.
Decidió que iría al día siguiente al teatro en horario normal para buscar libros que le permitieran agilizar sus misiones nocturnas. Agradecía haber prestado atención a cada vuelta que dio, ya que no tuvo problemas para regresar a las escaleras.
Esa noche, bajo la cobertura de la espesa neblina que envolvía la academia, Dara regresó a su dormitorio sin ser vista.
Era el primer día de magia práctica de Dara, y esa mañana empezarían con la clase de Adnae Básico, la cual no requería que los aprendices se dividieran por categoría.
Todos usaban su uniforme de entrenamiento, que consistía en una túnica corta color blanco de corte cruzado, cerrada al frente con un cinturón ceñido, y pantalones holgados que facilitaban cada movimiento.
Tenía el escudo de Valrose bordado en una manga.
Del lado izquierdo de la túnica, los aprendices debían colocar el prendedor de su categoría.
El de Dara, que era el prendedor de los danzamentes, era plateado y redondo, parecía una medalla con pequeñas cintas rodeándola.
Al llegar a clases, los llevaron a la pista de carreras del campus, que medía unos cuatrocientos metros. La profesora Lovera, una mujer alta y de piel oscura, les explicó que todos debían correr ocho kilómetros usando su adnae. No era una carrera, era un ejercicio de resistencia.
—Esto lo haremos una vez al mes y aumentaremos la dificultad conforme avance el año.
Les servirá para mejorar el control de su magia en movimiento y para que aprendan a racionar su adnae de forma consciente.
Recuerden que tienen que sentir su adnae en todo momento.
Los forzacuerpos irán primero; necesito que corran al doble de su velocidad normal mientras cargan algo.
Puede ser un saco de piedras, unas pesas, a uno de sus compañeros o lo que sea; no me importa mientras sea pesado.
Dara se había sentado en las gradas junto a Catriona para ver a los aprendices.
—¿Crees que esos dos sean novios? —preguntó Catriona mientras apuntaba a un forzacuerpos que se preparaba para correr y cargaba a otro aprendiz en su espalda.
Dara alzó una ceja. No entendía cómo funcionaba el cerebro de su compañera.
—No lo sé, tal vez solo lo está cargando porque la profesora lo sugirió.
—¡Yo no me equivoco en cosas de amor! Voy a tener que preguntarles para probártelo —dijo Catriona con una sonrisa.
—Lo que tienes que hacer es bajar a la pista. Tu categoría va primero.
Con un gesto teatral, Catriona se cubrió los ojos con ambas manos.
—Voy a ser completamente aplastada —se quejó—. No se me da bien la humillación, ¿sabes?
Dara pensó en sugerirle que usara alguna carta infusionada con magia de velocidad, pero supuso que Catriona no tenía una y que, además, no era de las que rompían las reglas.
El reglamento de la Academia Valrose prohibía usar sigilos para auxiliarse en pruebas, deberes o duelos.
Solo podían usarse en la clase de sigilos o si el profesor lo especificaba.
Eso había leído Dara en el reglamento general que le entregaron el día que la admitieron en la academia.
Le sorprendía que Agatha Monrae no le hubiera hecho comentario alguno cuando usó sigilos en su demostración.
Suponía que fue porque lo suyo no se trató de una prueba de admisión como tal.
Le había pedido a Dara que le mostrara lo que sabía hacer.
Y eso hizo.
—No creo que te vaya tan mal —dijo Dara. Era su forma de dar ánimos.
No funcionó.
Catriona suspiró y bajó a la pista. Se detuvo junto al forzacuerpos que cargaba a otro aprendiz. Dara la vio preguntarles algo, y ellos le respondieron con una sonrisa.
—¡Dara! —gritó Catriona y, cuando se aseguró de que había obtenido su atención, puso ambas manos entre su boca para mover sus labios sin hablar. Estaba diciendo algo.
Dara leyó el movimiento de sus labios y casi se tapa la cara cuando entendió qué le estaba diciendo: «¡Sí son novios! ¡Te lo dije!». Catriona le guiñó el ojo y procedió a tomar dos pesas del estante que se encontraba en una orilla. Luego se situó en la línea de inicio.
La carrera de los forzacuerpos comenzó. Fue como una estampida brutal. Dara jamás se acostumbraría a ver a un forzacuerpos correr. No parecían de este mundo.
De todas las categorías de magos, la que la ponía más nerviosa era esa. Con su fuerza bruta y velocidad descomunal eran peligrosos. Podían matar a alguien de un solo golpe, o romperle el cuello a una persona con una sola mano…
Dara apretó los puños.
Buscó a Catriona y no tardó en ver su pelo lila entre la multitud.
Se estaba quedando atrás, pero no por mucho.
Se notaba que a su compañera le costaba realizar la prueba.
Tenía que hacer pausas y dejar de correr de vez en cuando, pero eso la ayudaba a racionar su adnae a modo de ráfagas de velocidad.
Dara se sorprendió queriendo aplaudirle cuando una ráfaga la hizo rebasar a un par de aprendices, pero se contuvo.
La carrera duró tan solo diez minutos, y Catriona fue de las últimas en terminar, aunque no pudo hacerlo con magia.
Sus pasos finales habían sido sin adnae.
Lucía exhausta y estaba bañada en sudor.
Tuvo que recargarse en una pared para intentar recuperar el aire.
Dara se cuestionó si debía ir a preguntarle si se sentía bien o no.
No era que no quisiera asegurarse de su bienestar, sino que no tenía ni idea de cómo relacionarse con otras personas.
Su única relación en los últimos años había sido como aprendiz de Mirsa, la mujer insurrecta que le enseñaba a Dara a cambio de que aseara su hogar.
—¡Cazaelementos, su turno! —exclamó la profesora Lovera—. Les voy a dar un máximo de cuarenta y cinco minutos para acabar sus ocho kilómetros. Necesito que en todo momento empleen su elemento. Háganlo de la forma que quieran, pero tiene que ser visible, ¿está claro?
Los cazaelementos comenzaron a correr. Verlos era todo un espectáculo.
Los aprendices vinculados al fuego corrían con flamas en sus manos, los vinculados al agua hacían remolinos de gotas o burbujas que rodeaban sus cuerpos, los de hielo parecían divertidos mientras se deslizaban en escarcha en vez de correr.
Por ahí, un aprendiz tenía un rayo atrapado entre las manos.
Dara no sabía hacia dónde mirar, ¡había tantos elementos frente a ella!
Era notorio que decenas de cazaelementos habían pasado por la pista cuando la carrera terminó: había pedazos mojados, otros quemados y algunos con montañas de tierra.
—Danzamentes, su turno. Reúnanse en la pista —dijo Lovera en voz alta—. Ustedes también tendrán cuarenta y cinco minutos para terminar el circuito. Necesito que usen su magia de voluntad en todo momento. Pueden proyectarla en un objeto o en ustedes mismos, da igual.
Dara se acercó a la línea de salida.
—¿Con qué objeto vas a correr?
Escuchar una voz en su cabeza hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Con la mirada buscó al culpable y no tardó en toparse con Verian Monrae, que la observaba con esa sonrisa extraña y difícil de descifrar.
—Todavía no puedo hacer magia de transmisión —dijo ella en voz alta.
Verian ladeó la cabeza.
—Oh, mi error. Discúlpame —respondió él y se encogió de hombros—. Mi madre me dijo que lograste sorprenderla en tu prueba de admisión; no pensé que fuera con simple magia de voluntad.
El tono de Verian indicaba que no quería provocarla, solo estaba diciendo lo que pensaba sin rodeos.
—Lo que la sorprendió fue que les robé las placas a sus reguladores —dijo ella, cruzándose de brazos.
Eso le sacó una carcajada a Verian.
—Lo reitero. Eres interesante, Rennai —dijo con transmisión de pensamiento.
Dara trató de sentir la manera en la que el adnae hacía que la voz de Verian se adentrara en su mente, pero no lograba atar los últimos cabos.
Ya tenía casi todas las piezas, estaba segura.
Había investigado un poco sobre el programa de la academia y sabía que, en cuestión de un par de meses, enseñarían transmisión de pensamiento en la clase práctica para danzamentes, pero ella no quería esperar tanto.
Cuando la profesora Lovera indicó que comenzaran, Dara saltó.