EL ALMA DE LAS COSAS
Dara se encontraba en la biblioteca de la academia.
Faltaban tal vez unos veinte minutos para que cerrara y había ido temprano para idear un modo de escabullirse después de la medianoche, cuando ya no hubiera ni un alma. Tenía que encontrar un método efectivo, ya que estaba segura de que pasaría bastantes noches en vela en ese lugar.
Y vaya lugar.
Era incluso más majestuoso de lo que Dara imaginó. Ya había visto fotografías de la emblemática biblioteca de la Academia Valrose, pero estar ahí era una experiencia extraordinaria.
Antes de ser convertida en la biblioteca principal de la academia, el edificio fue un teatro.
Valrose Monrae era aficionada a todas las artes, por lo que habían construido ese teatro bajo su petición.
Con el paso de las generaciones, una archimaga decidió que un espacio tan grande debía ser dedicado a los libros y al conocimiento, así que mandó a transformar toda la estructura en lo que era en la actualidad.
A pesar de eso, todavía quedaban vestigios de su pasado. Sus altos muros pétreos encerraban un espacio donde la sabiduría había reemplazado al espectáculo. Pero no apagó su gloria, más bien la engrandeció.
Las filas de butacas habían desaparecido hacía siglos y fueron sustituidas por estanterías de madera fina tan altas que se elevaban hasta el techo abovedado, donde lámparas infusionadas con sigilos flotaban con magia de danzamentes.
En las paredes había balcones ornamentados desde los cuales alguna vez el público observó las obras con asombro.
Una gran cúpula se expandía en el techo y su vitral hacía que distintas formas se proyectaran sobre el suelo como sombras de colores.
El escenario se había transformado en un santuario de estudio.
Varias mesas de roble descansaban sobre sus tablas, y la mayor parte del día eran ocupadas por aprendices que leían en silencio.
Los pasillos laterales eran corredores con escaleras que conducían a los pisos superiores, donde los palcos fueron convertidos en pequeños estudios de lectura.
Ahí también había unos cuantos aprendices concentrados.
Detrás de cada palco se veían más y más estanterías repletas de libros antiguos que Dara moría por revisar.
Estaba segura de que el lugar debía de tener toda clase de puertas secretas o libros encantados, así como la famosa zona restringida, a la que solo tenían acceso la archimaga y personas con un rango alto en la academia.
Según los rumores, esta zona estaba resguardada por sigilos de rompealmas y se encontraba en el sótano del teatro.
Por lo menos parecía que la biblioteca no era cerrada con algún sigilo mágico durante las noches, a juzgar por el aro de llaves que Dara vio cargar al bibliotecario.
Si no había una barrera de adnae que le impidiera entrar, no tendría ningún problema.
Las noches de hambre y frío en las calles la habían vuelto una experta en abrir cualquier candado o cerradura.
De todos modos, si su plan salía bien, esa noche no tendría que irrumpir en ningún lado. Llevaba un buen rato en uno de los palcos superiores del fondo y pensaba esconderse detrás de una estantería cuando todos salieran del lugar.
Evidentemente, no podría hacer eso todo el tiempo, así que había ido temprano para analizar bien el lugar: sus entradas, rincones y escondites.
Eso le serviría para sus próximas escapadas nocturnas, que tendrían que ser espaciadas para no tentar su suerte.
Sabía que salir todas las noches levantaría sospechas tarde o temprano. Debía ser cuidadosa.
Pero esa noche ya estaba ahí, así que aprovecharía para intentar hacer las cosas de la forma más sencilla.
—Cinco minutos —dijo el bibliotecario en la cabeza de todos los presentes.
La transmisión del pensamiento era una habilidad que todos los danzamentes llegaban a desarrollar en algún punto de su entrenamiento.
Dara todavía no lograba dominarla, pero, cada vez que alguien la usaba en ella, sentía que entendía mejor cómo hacerlo; no obstante, intentarlo le causaba dolor de cabeza.
Los aprendices empezaron a guardar sus cosas, a pedir en préstamo textos para seguir estudiando o a dejar los libros en las pequeñas estanterías móviles para que el bibliotecario o un becado los pusiera en su lugar.
La última observación la hizo recordar el programa de becas.
Debía inscribirse como voluntaria para ayudar en algún departamento de la Academia Valrose, ya que así lo demandaba el programa. Los aprendices que podían pagar su matrícula no tenían que realizar trabajo adicional, pero los becados debían trabajar horas extra para ganarse su lugar.
Dara suponía que no sería tan malo si la aceptaban de voluntaria en la biblioteca. Al día siguiente aplicaría para trabajar allí.
Lentamente y sin hacer ruido, se situó al lado de una de las estanterías detrás del palco y ahí permaneció. Escuchó cada vez menos y menos pisadas hasta que las lámparas se apagaron y la gran puerta de la entrada quedó cerrada con llave.
Estaba sola.
Por precaución aguardó unos cinco minutos antes de hacer cualquier cosa, lo cual le sirvió para que sus ojos se adaptaran un poco a la oscuridad de la biblioteca. El silencio era sepulcral, pero sentía que no estaba sola. Era como si los libros respiraran.
Sacó del bolsillo de su cárdigan la pequeña veladora que había tomado del buró de su dormitorio, junto con un cerillo, y la encendió.
—Es mejor que nada… —susurró para sí misma.
No alumbraba mucho. Cuando consiguiera dinero, invertiría en una linterna; ya no eran tan costosas como cuando las habían sacado al mercado, hacía unos diez años.
Recordaba cuando un inventor cazaelementos con vinculación a la luz la lanzó; había sido un éxito rotundo.
Las linternas funcionaban porque estaban infusionadas con un sigilo de iluminación de larga duración.
La cosa con los sigilos era que no podían ser permanentes, ya que requerían una cantidad de adnae que acabaría con la vida de casi cualquier ser humano.
Los más sencillos de hacer eran los de un solo uso, pero existían sigilos de duración prolongada, que solo podían ser creados por magos con el talento para ello; no todos lo tenían.
Solo los magos rompealmas podían crear sigilos permanentes.
Mientras bajaba las escaleras, Dara pensó en que tal vez podría robar una linterna si no conseguía dinero pronto. En su adolescencia llegó a robar unas cuantas.
Ya en la primera planta de la biblioteca, se dirigió al escenario del teatro.
Estaba segura de que, tras las pesadas cortinas rojas de terciopelo, podría encontrar las escaleras que daban al sótano.
No era tan ingenua como para pensar que esa misma noche conseguiría localizar la zona restringida, pero llegaría la noche en que sí.
Por eso debía ver la protección de la puerta con sus propios ojos.
Al pisar el escenario, la madera soltó un quejido. Con el ruido de la respiración de los aprendices y los ligeros murmullos aquí y allá, era casi imperceptible el rechinar de las tablas, pero ahora que no había ni un alma en el lugar, cualquier sonido se escuchaba como si fuera un estruendo.
Entre las mesas había una estantería móvil llena de libros que los aprendices habían dejado.
Dara no pudo evitar acercarse. Todavía le costaba creer que ahora tenía acceso a la biblioteca más grande de todo Liyia.
Entre los libros del montón había varios de teoría de la magia, algunos de religión y uno que otro de ficción.
Pasó la mano por un libro azul que tenía una portada con ornamentos dorados. Se veía desgastado. Era evidente que había pasado por muchas manos, que era querido, que tenía historia fuera de sus páginas.
Ese pensamiento casi le saca una sonrisa.
Su madre solía decir que incluso los objetos tenían alma.
—Si todo está hecho de adnae y se dice que el adnae es nuestra alma, ¿no es soberbio pensar que solo los humanos poseemos una?
—Había dicho ella una tarde, cuando Dara tenía seis años—.
Hay historias y experiencias detrás de todas las cosas; algunos objetos incluso tienen personalidad, deseos y recuerdos.
—Vas a confundir a la niña, Aidara… —Había respondido su padre, pero miraba a su esposa con ojos llenos de amor.
—Nada de eso, Dara es muy lista. —Su madre la tomó de los hombros con suavidad y le sonrió.
Dara le sonrió de vuelta.
A esa edad, Dara no era muy lista y no entendió del todo las palabras de su madre, pero nunca las olvidó.
Ella no compartía la teoría de que las cosas tuvieran alma, pero siempre que leía un libro, se preguntaba si era posible.
Los libros, con sus historias, sus palabras, sus letras… tal vez tenían alma.
Subió la mano a la altura de su pecho para sentir el relicario de su madre, el cual siempre llevaba oculto debajo de la ropa.
No se lo quitaba ni para dormir. Esa pequeña joya era la única posesión preciada de Dara y, si un día llegara a perderla, su corazón quedaría destrozado.
En el relicario estaba la esencia de su madre, su recuerdo…
Los libros y su relicario la hacían pensar que, tal vez, las cosas sí tenían alma.
Pasó las cortinas de terciopelo y no le sorprendió descubrir que, ahí atrás, el lugar se sintiera aún más oscuro.
Su pobre vela no podía vencer las sombras, pero no parecía haber mucho qué ver.
Era un espacio angosto lleno de cajas y maniquíes.
Lo único notable era que, al fondo, había una puerta a medio cubrir con una especie de dosel desgastado.
Se acercó y la destapó, solo para toparse con un letrero grabado que decía:
SOLO PERSONAL AUTORIZADO.
PROHIBIDO EL PASO A APRENDICES.
LA SANCIÓN SERÁ LA EXPULSIÓN INMEDIATA.
La puerta estaba cerrada, pero no parecía haber magia involucrada en la cerradura. El candado no tenía sigilo alguno a la vista. Dara se sacó un prendedor del pelo y lo insertó en el agujero de la placa. Después de unos cuantos movimientos, escuchó el sonido de la victoria y abrió la puerta.
Detrás había unas escaleras que parecían boca de lobo; pero ella no estaba ahí para dudar, así que no lo pensó mucho y comenzó a bajar. Mientras más descendía, más frío hacía. Estaba contando los escalones en su mente, eran quinientos veintitrés.