El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) LOS CUATRO MAGOS #3
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LOS CUATRO MAGOS #3

El contacto físico siempre era iniciado por ella. Era rápido, le ayudaba a distraerse y, sobre todo, no era íntimo. Para Dara, esa no era la verdadera intimidad.

Habló para dejar de pensar.

—¿Ambas son de Finvelle? —preguntó y después le dio otro bocado a su comida.

—¡Sí! Aunque nuestras familias tienen residencias en otros países y a veces pasamos temporadas fuera, pero ambas nacimos en Finvelle —respondió Catriona.

Alessa le dedicó una mirada curiosa a Dara.

—Tú vienes de Irella, ¿cierto? Escuché que no llegaste a tiempo porque tu barco se retrasó.

—Nací aquí, en Olsian —respondió con la verdad; por alguna razón no sentía que tuviera que mentir sobre eso frente a Catriona y su novia—. Pero llevaba unos siete años viviendo en Irella.

—Oh, ¿tu familia se mudó para allá? —preguntó Catriona.

—No tengo familia.

Catriona trató de fingir que esa afirmación no la había sorprendido, pero su cara era un libro abierto. Iba a decir algo, pero antes de que pudiera hacerlo, unos gritos de emoción sordos se esparcieron por toda la cafetería, acompañados de murmullos incesantes.

Dara se percató de que todos los aprendices miraban hacia la puerta de la cafetería y habían abierto paso a cuatro chicos, que charlaban entre ellos sin prestar atención a la conmoción que causaban.

—¿Quiénes son? ¿Por qué el alboroto? ¿Son famosos? —Catriona lanzó una pregunta tras otra. Había alzado el cuello para ver mejor desde su lugar.

Alessa parecía desinteresada.

—Algo así. Son los Cuatro Magos —respondió en un tono de voz bajo que se perdía con facilidad entre las voces exaltadas del resto de los aprendices—.

Se podría decir que son la élite de la Academia Valrose.

Son aprendices muy poderosos y talentosos, pero, en mi opinión, los respetan más por su linaje.

Dara notó un rostro conocido en el grupo de los recién llegados.

—Verian Monrae está ahí —susurró para sí misma.

Alessa la escuchó y asintió.

—A pesar de que va en primer año —dijo—, todos en el campus conocen a Verian. Ha vivido en la academia desde que nació, al igual que su hermano Livier. Hace unos meses manifestó su adnae, así que ya es aprendiz oficial. Desde que entré a Valrose lo he visto con ellos. Esos cuatro son inseparables.

—¿Y quién es el alto con la sonrisa enorme? —preguntó Catriona.

—Ese es Leone Eryndor, hijo de uno de los mayores benefactores de la academia —dijo Alessa—. Va en tercer año y es forzacuerpos.

Dara miró a Leone. Tal y como había señalado Catriona, era el más alto de los cuatro y tenía una sonrisa cegadora, de esas que pondrían celoso al sol.

Además, se reía muy fuerte, como si no tuviera una sola preocupación en la vida.

Le dio una palmada en el hombro a Verian y este le dijo algo que lo hizo soltar otra carcajada.

Leone llevaba puesto el uniforme de combate y se notaba que su cuerpo estaba trabajado, era enorme.

Su piel era oscura y radiante; su pelo corto dejaba ver varias perforaciones en sus orejas.

—El que carga los libros es Ashe von Max, aprendiz ejemplar e hijo de la mano derecha de la archimaga. Va en segundo año y es el presidente del consejo de aprendices —explicó Alessa.

Al escuchar ese nombre, Dara alzó ambas cejas. Como Verian y Leone iban adelante, no había visto a Ashe; pero era cierto, ahí estaba. Él no lucía muy cómodo llamando tanto la atención, incluso parecía sonrojado. Su postura era rígida y sus movimientos, no tan fluidos como los de sus amigos.

—Y el que viene al final es Livier Monrae.

Livier caminaba con una seguridad que solo se obtiene desde el nacimiento y un semblante de desinterés total. Una sensación extraña recorrió a Dara al darse cuenta de que lo reconocía. Lo había visto antes, pero ¿dónde?

—Va en tercer año. Es el heredero de la archimaga y el aprendiz más poderoso de la academia —continuó Alessa—. Realmente no hay quien pueda compararse con él, considerando que es un rompealmas; el único de todo el cuerpo estudiantil.

Recordó al hombre bajo la lluvia.

El que vio en el balcón de la catedral la noche anterior. Las palabras de Alessa hicieron que las cosas cobraran sentido. Claro que era un rompealmas, por eso las gotas de agua no lo tocaban.

Así que él era el heredero de la archimaga.

Livier Monrae era alto, de hombros anchos, y parecía la medianoche hecha persona.

Su pelo negro caía hasta sus hombros en una coleta despreocupada, y algunos mechones indomables saltaban a su rostro.

Llevaba un suéter negro de cuello alto y una gabardina del mismo tono que dejaba ver un atisbo de tatuajes en forma de espinas que serpenteaban en su mano derecha.

Lo único que no era oscuridad en él era su piel pálida.

En un dedo exhibía el anillo de la familia Monrae, brillando tan rojo como sus ojos, que se hacían más notorios gracias a las pronunciadas ojeras púrpura que los rodeaban. Parecía no haber dormido en años.

—Ese da algo de miedo —susurró Catriona mientras apretaba el brazo de su novia—.

Pero no tanto como la archimaga. La he visto de lejos y me provoca una sensación de intranquilidad que no puedo explicar.

En la Ceremonia de Bienvenida no dijo una sola palabra, solo miraba a todos desde su sitio, cual reina en un trono.

Alessa asintió.

—Es de pocas palabras y casi no se deja ver.

Si no está en su torre en la catedral, está ocupada con su agenda fuera de Valrose.

Pero suele asistir a los eventos importantes de la academia, como la Ceremonia de Bienvenida.

Seguro también la veremos en el Baile de las Quinientas Rosas y en la Prueba de los Emisarios.

Dara suponía que, en persona, la archimaga debía ser intimidante. Aunque no había llegado a tiempo para la Ceremonia de Bienvenida, la había visto en fotografías. Siempre lucía elegante y muy seria. Su sola imagen infundía respeto.

—¿Los Monrae no tienen más familia? —preguntó Catriona.

—No. Solo son la archimaga, la subdirectora y sus dos hijos.

—Vaya, oficialmente he conocido a los únicos tres rompealmas que existen en Liyia en la actualidad, ¡descendientes de la mismísima Valrose Monrae! —dijo Catriona con asombro, como si fueran celebridades.

Dara suponía que lo eran.

Los Cuatro Magos se dirigieron hasta uno de los extremos de la cafetería sin que un solo aprendiz se atreviera a interponerse en su camino, y tomaron asiento al final de una de las mesas alargadas.

Las pocas personas que se encontraban sentadas cerca se apresuraron para tomar sus bandejas y moverse.

Leone se levantó junto a Ashe para ir hacia la barra de comida y los hermanos Monrae se quedaron en la mesa.

Verian dijo algo y Livier negó con la cabeza.

Era notorio que la gente se acercaba a Leone y a Ashe con más confianza cuando estaban apartados de los Monrae. Un trío de chicas ya se encontraba charlando de forma coqueta con Leone en la barra mientras Ashe atendía a un aprendiz que lucía consternado por algo.

Dara desvió la mirada y siguió comiendo.

Cuando el día de clases teóricas terminó, Dara se duchó en el cuarto de baño privado de su dormitorio.

Tener agua caliente ilimitada realmente era un privilegio que iba a aprovechar mientras estudiara en la academia.

¿Y lavarse el pelo todos los días? Un verdadero lujo.

Catriona había traído un montón de jabones de distintos olores y le dijo que podía usarlos.

Esa noche eligió uno con aroma especiado, entre vainilla y ámbar.

Terminó de asearse y cerró la llave. Se secó y se quedó inmóvil unos segundos mientras contemplaba su ropa. No solo necesitaba lavarla, debía de comprar más. Pero ¿con qué dinero?

Tendría que idear cómo conseguir dinero dentro de la Academia Valrose para usar uno de sus días libres en el mercado.

Pensó en aplicar lo que hacía en las calles de Irella: vender tarjetas infusionadas con sigilos con magia de voluntad.

Estas solo duraban un uso y el portador podía mover un objeto con la mente.

Negó con la cabeza. Eso era sumamente ilegal en Liyia, y hacerlo en la academia era peligroso. Si la descubrían, no solo la expulsarían, también la marcarían como insurrecta.

Tal vez podría ofrecerse para hacer las tareas de las clases teóricas de sus compañeros. Tampoco era muy legal, pero por lo menos no era tan arriesgado. Ya idearía una forma de promocionar sus servicios.

Mientras tanto, los días de clases prácticas podría salirse con la suya usando el uniforme de entrenamiento. Esa tarde había pasado por él, junto con el de combate y el de gala.

Volvió a ponerse la ropa de siempre y salió del cuarto de baño con su pelo largo escurriendo mientras sus pensamientos pasaron de ese pequeño problema a aquello que verdaderamente importaba y que debía atender con urgencia, esa misma noche tenía que ir a la biblioteca. Por algo debía empezar.

—¿Catriona? —preguntó en voz alta cuando no la vio en la habitación.

Se sintió algo tonta; no era como si su compañera se pudiera esconder. Era evidente que había salido.

Dara se giró hacia su cama y en ella descubrió una pila de ropa doblada de manera prolija con una pequeña nota encima. Se acercó y tomó la hoja. Al terminar de leerla, la apretó con ambas manos y sintió algo casi desconocido en el pecho: una llamarada cálida que le acariciaba el corazón.

Los ojos le ardían mientras observaba la ropa en la cama. Había varias blusas de manga larga en tonos neutros, así como medias, una falda, un pantalón, un saco y, por supuesto, el abrigo café oscuro.

La nota perfumada olía a jazmín y, en letra cursiva, decía:

Dara:

Tal como lo imaginé, empaqué ropa de más y no cabe en mi ropero. ¿Crees que podrías colgar estas prendas en el tuyo? Eres libre de usar todo lo que me hagas el favor de guardar. ¡En serio lo apreciaría mucho! Además, creo que estos colores te lucen más a ti que a mí.

—Cat

Por cierto, fui a visitar a Alessa a su dormitorio. Rompe esta nota para que no quede evidencia.

Dara no fue capaz de romperla.