El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) LOS CUATRO MAGOS
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LOS CUATRO MAGOS

De día, el campus ofrecía una visión para la que Dara no estaba preparada.

A pesar de que el lugar se erigía sobre la montaña, pareciera como si los rayos del sol no alcanzaran a tocarlo.

Como si el impenetrable muro de piedra que separaba a la Academia Valrose del resto del mundo también impidiera el paso al mismísimo sol. Como si no fuera digno.

Era de día y no había neblina, pero tampoco demasiada luz.

Por lo menos, ahora podía ver. Si se dejaba llevar, sería capaz de perderse en la magnificencia del campus.

Pero no lo haría. Sus ojos lo recorrían de forma calculadora, tratando de memorizar cada torre, cada puente, cada recoveco.

Había leído tantos libros como pudo sobre la institución, pero estar ahí la hizo darse cuenta de que toda esa teoría no le serviría de mucho.

Los mapas, que de tanto analizarlos se le grabaron en la cabeza, no le hacían justicia a la realidad.

Apenas puso un pie fuera del edificio de los dormitorios de primer año, vio la Academia Valrose alzarse soberbia y majestuosa.

Podía divisar el edificio principal, el Castillo Mayor.

Ese era el único castillo que seguía de pie en todo Liyia.

Sus torres de piedra grisácea perforaban el cielo como lanzas y las ventanas envueltas en arcos parecían haber presenciado siglos de magia.

El campus se extendía como un laberinto de rosas, suelo adoquinado, estatuas de magos célebres, edificios conectados por puentes elevados y jardines con árboles que susurraban los secretos de los aprendices con cada brisa que los rozaba.

Todos los edificios eran del mismo estilo, llenos de arcos con decoración intrincada, grandes ventanales y torres afiladas.

Ninguno se comparaba en tamaño con el Castillo Mayor, pero cada uno tenía su propio encanto.

A lo lejos podía ver la cúpula del famoso observatorio de la academia, que se alzaba alto y extraordinario entre las otras estructuras.

Sin embargo, el lugar que más ganas tenía de conocer era uno que no alcanzaba a ver desde donde estaba parada.

El antiguo teatro transformado en biblioteca.

No era solo porque se sentía segura si estaba rodeada de libros, sino porque ahí esperaba encontrar las pruebas que buscaba.

Los libros siempre habían sido sus mejores aliados y sabía que conseguiría información valiosa en la colección de la academia.

Estaba preparada para que fuera un reto.

Era evidente que los textos útiles para cumplir su venganza no estarían a simple vista o serían de fácil alcance. Pero por algo debía empezar.

—¡Dara, espera! —La voz de Catriona, acompañada de pasos apresurados, se escuchó a lo lejos.

Su compañera de habitación la alcanzó y le ofreció una sonrisa.

—¿Lista para tu primer día de clases? Tienes suerte, hoy tocan materias teóricas —dijo Catriona.

Dara se encogió de hombros.

Para las clases teóricas, todos los aprendices de primer año compartían aula y profesores.

Las clases prácticas por lo general eran divididas por categoría, con excepción de la que se enfocaba en el adnae básico.

Esa servía para que los aprendices de primer año pulieran habilidades que todo mago, sin importar su categoría, debía dominar: racionar su adnae, proyectarlo como escudo, concentrarlo en una parte del cuerpo, vigorizarlo…

Dara suponía que estaba lo más lista que podía estar.

Esa mañana había dejado su pelo suelto y solo se había hecho dos pequeñas trenzas que le caían por delante de los hombros.

En cuanto a la ropa… llevaba la misma que el día anterior.

No tenía otra y debía idear cómo conseguir algo más antes de que la gente lo notara. Algo le decía que no tardarían mucho.

—Por mi parte, yo prefiero los días sin magia —continuó su compañera—.

Intentaré ser sobresaliente en todas las clases teóricas para compensar lo mal que seguramente me irá en las prácticas.

Dudo que un profesor quiera ser mi mentor al final del año, pero de esa manera mis padres no podrán decir que no lo intenté.

Dara nunca había conocido a alguien que diera tanta información no solicitada sobre sí misma.

Siguieron caminando mientras Catriona parloteaba, y pronto llegaron al Castillo Mayor, donde se tomaban gran parte de las clases.

No tuvieron que revisar el mapa del lugar para llegar a su aula; todos los aprendices de primer año se dirigían a donde mismo.

El salón era amplio y de doble altura. En el centro de la habitación había una tarima con un escritorio de madera y una pizarra desgastada por los años de uso.

A los lados y al frente del podio había mesas alargadas; cada una se acompañaba de una banca en la que cabían unas cinco personas.

Las paredes estaban repletas de pinturas donadas a la academia y de escudos que ilustraban las cuatro categorías de magos: forzacuerpos, cazaelementos, danzamentes y rompealmas.

—Está muy lleno, vamos a tener que sentarnos separadas —dijo Catriona mientras paseaba la vista por el lugar—. Nos vemos al terminar, ¿sí?

—Está bien —respondió Dara. Era cierto, decenas de aprendices ya se encontraban sentados en las bancas y no quedaba espacio para ambas.

Catriona se fue a uno de los escritorios delante del podio. Dara buscó con la mirada algún lugar vacío entre los que quedaban más atrás; encontró un espacio libre justo al lado de una ventana. Se fue directo a ese.

Tan pronto se sentó, el aprendiz a su lado la miró. Dara lo ignoró, pero podía sentir sus ojos pesados sobre ella. Decidió que lo mejor sería pasarlo por alto hasta que se cansara, pero al cabo de un minuto se dio cuenta de que eso no sucedería. Arrugó las cejas y volteó a verlo.

—¿Tengo algo en la cara? —preguntó Dara, con algo de brusquedad.

El chico, que ya estaba sonriendo, ladeó la cabeza.

—Una disculpa, no quise incomodarte —respondió; su voz tenía un toque divertido—. Es solo que me pareces una novedad interesante. Todos están hablando de lo que hiciste en el mercado de Olsian. Tal vez mi primer año como aprendiz no será tan aburrido como pensé.

Dara se aguantó las ganas de resoplar. Esperaba dejar de ser una novedad más temprano que tarde. No necesitaba ese tipo de atención.

—No estoy aquí para entretener a nadie —dijo.

La sonrisa del chico creció, y los sentidos de Dara se pusieron en alerta. Era una sonrisa extraña, no del todo sincera, pero tampoco completamente falsa. Una sonrisa que parecía ocultar algo. Una sonrisa… oscura, si es que algo así tenía sentido.

—Creo que es tarde para eso. Yo ya estoy entretenido —respondió él, apoyando la barbilla en una mano.

Ante ese comentario, que no supo cómo interpretar, Dara lo observó con atención.

Lo primero que notó fueron sus ojos oscuros con destellos rojizos detrás de unas gafas circulares.

Eran los ojos rojos de los Monrae. Bajó la mirada y, por supuesto, en uno de sus pálidos dedos descansaba un rubí sobre el famoso anillo familiar.

Su pelo caía en ondas por debajo de sus orejas y estaba teñido de un rubio platinado, casi blanco.

Suponía que era hijo de Agatha Monrae, se parecía mucho a ella. Eso lo convertiría en el nieto de la archimaga. A Dara no le interesaba mezclarse con ningún familiar de esa mujer. Como ella era el corazón de la Academia Valrose, Dara no podía evitar relacionarla con el asesinato de su madre.

—Buenos días, aprendices.

La voz de un hombre resonó en el salón de clases. Llevaba puesta una bata negra encima de su traje y su pelo castaño dejaba ver algunas canas. De acuerdo con lo señalado en el horario, se trataba del profesor Soren, un mago danzamentes. Esa es la única información que Dara tenía sobre él.

—Soy el profesor Soren y voy a ser su instructor de Historia I, que engloba tanto la historia de Liyia como la historia de la magia.

Deben tener en cuenta que este es un curso de primer año con información básica, pero necesaria, así que es muy probable que ya dominen parte del temario.

De hecho, eso es lo mínimo que espero. Pero estoy seguro de que también aprenderán cosas nuevas e interesantes.

Necesitan saber las bases de nuestro mundo y del adnae para poder aplicar ese conocimiento en su magia práctica.

Los aprendices lo miraban con suma atención, seguro porque era la primera semana de clases, aunque también porque el profesor tenía un aire que demandaba respeto sin imposiciones.

—Cubriremos temas como los primeros años de Liyia, la Guerra de los Magos, la fundación de la Academia Valrose y mucho más —dijo el profesor Soren—. Para empezar, alguien podría decirme qué tiene más peso: ¿el Diario de Valrose Monrae o los textos de El Fundamento?

Varias manos se alzaron y el profesor le dio la palabra a un aprendiz de pelo rizado.

—El Diario de Valrose Monrae es la pieza histórica más importante de Liyia.

Además, es considerado material sagrado, ya que ahí están los mensajes que la diosa Enia envió a la humanidad a través de Valrose.

Pero El Fundamento también es de suma relevancia porque se compone de textos escritos por los archimagos a través del tiempo, y su palabra es la ley.

—Correcto.

El profesor Soren caminó hacia la pizarra y tomó una tiza.

—En esta clase estudiaremos fragmentos de ambos, comenzando con el Diario de Valrose.

Las primeras entradas autorizadas hablan del adnae.

Así que toca cubrir lo básico. Es importante siempre tener presentes estos conocimientos tan fundamentales para nuestro mundo —el profesor escribió una pregunta en el pizarrón, la cual leyó en voz alta—.

Si todo y todos estamos hechos de adnae, ¿por qué solo unos cuántos humanos tienen la habilidad de potenciarlo?

Varios aprendices alzaron la mano; el profesor señaló a una chica rubia que estaba hasta el frente. Ella apretó los labios con nerviosismo antes de responder, como si estuviera leyendo de un libro de texto:

—Es cierto que todos tenemos adnae, pero el ser humano promedio no es físicamente capaz de manifestarlo.

A eso se le conoce como adnae inactivo. Solo una de cada diez personas tiene adnae activo y puede potenciarlo como magia.

Las personas capaces de hacer magia con su adnae son consideradas magos una vez que terminan sus estudios aquí en Valrose.