El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) BIENVENIDA A VALROSE #3
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BIENVENIDA A VALROSE #3

—Tú eres danzamentes, ¿no? Tu llegada fue algo fuera de lo normal, y digamos que toda la academia se enteró —dijo Catriona—. Yo soy la forzacuerpos menos forzacuerpos que conocerás en tu vida. Diría que mi magia es un desperdicio si no fuera por esto.

Tocó un mechón de su pelo, que pasó de rosa a celeste. En un par de segundos, la abundante melena de Catriona había cambiado de color por completo.

Los forzacuerpos tenían habilidades que les permitían desafiar las leyes corporales. Por lo general eran más fuertes, resistentes y veloces que una persona normal. Dara nunca había visto que usaran su magia para cambiarse el color del pelo a su antojo.

—Parece… ¿divertido?

Catriona se encogió de hombros.

—Me da igual —respondió con un tonto de fastidio—.

No me interesa convertirme en maga y, para ser forzacuerpos, soy una burla.

Nací con huesos frágiles y me enfermo todo el tiempo.

Estoy aquí porque no tengo otra opción. Mis papás jamás permitirían que me quedara sin educación mágica.

Lo único bueno es que podré ver a Alessa todos los días.

A Dara le sorprendió un poco esa confesión. No conocía bien a Catriona, pero en el poco tiempo que había pasado con ella, era la primera vez que la escuchaba hablar en ese tono.

—Y dime, Dara, ¿a ti qué te trajo a Valrose? —preguntó ella, apoyando la barbilla en una mano—. ¿Quieres ejercer como maga danzamentes cuando te gradúes?

En teoría, un mago danzamentes tenía un futuro profesional brillante.

Muchas empresas y asociaciones en Liyia buscaban contratarlos todo el tiempo, pues sus habilidades mentales los hacían superiores al resto de los trabajadores sin adnae activo.

Algunos trabajos comunes para danzamentes eran el de investigador privado, agente de inteligencia, regulador, mentalista o ilusionista.

En realidad, podían desempeñarse en cualquier oficio.

Muchos también se iban a campos médicos, artísticos o incluso sociales.

Dara ni siquiera había pensado en un futuro profesional porque no planeaba graduarse de la academia.

—Estoy aquí gracias al programa de becas. Mi única opción es trabajar para la Academia Valrose —decidió responder—. Supongo que podría ser profesora. O tal vez me asignen a un cargo administrativo.

—¿Y eso te gustaría?

Ahora fue el turno de Dara para encogerse de hombros.

—Me da igual. —Usó las mismas palabras que Catriona.

Y era verdad, no le importaba. No cuando ni siquiera se imaginaba un futuro después de cumplir con su objetivo.

Catriona iba a decir algo más, pero sus ojos se abrieron de par en par y se paró de un salto de la banca. Acababa de ver a alguien en la entrada de la cafetería.

—¡Es Alessa! —exclamó—. ¡Voy por ella! Dame unos minutos y te la presento.

No esperó respuesta y se fue corriendo hacia su novia.

Dara la miró por unos segundos y la vio lanzarse a abrazar a una chica pelirroja que llevaba puesto el uniforme de combate.

Desvió la mirada hacia su plato de comida vacío y decidió que ya había socializado mucho ese día.

Estaba exhausta. Llevó la bandeja a la barra donde los demás aprendices las dejaban y salió de la cafetería.

Antes de poner un pie fuera del edificio, supo que estaba lloviendo; se escuchaban las gotas de lluvia chocando con el pavimento. No traía paraguas, pero no le molestaba mojarse. Solo esperaba que el abrigo de Catriona no se arruinara.

Era su primer día en la Academia Valrose e iba a pasar la noche sin meterse en problemas. Empezaría con su misión tan pronto como analizara el entorno y la situación general. Tenía que ir con cuidado si quería lograr su cometido.

Caminó hacia los dormitorios mientras observaba a los pocos aprendices que seguían fuera corriendo de un lado a otro para refugiarse del agua. Algunos se tapaban con sus sacos y otros con maletines.

Iba a mitad del trayecto cuando algo llamó su atención.

En el balcón de la torre de la antigua catedral había un hombre.

Dara alzó la cabeza y afiló la vista para verlo mejor, pero con la escasa iluminación y la lluvia apenas podía distinguirlo.

El hombre no le prestó atención, su mirada parecía perdida en algún punto lejano.

Desde donde ella estaba, solo podía apreciar su piel pálida, que hacía un contraste inquietante con su cabello negro y su larga gabardina del mismo color.

Pero lo que más le llamó la atención fue que, donde él se encontraba, no llovía.

No, eso no era cierto. La lluvia azotaba toda la montaña, pero las gotas lo esquivaban como si le tuvieran miedo y no se atrevieran a tocarlo. O como si el adnae en el ambiente estuviera a su merced. Era una visión hipnotizante.

Los ojos del hombre se posaron en ella. Aunque no podía verlos bien, pudo sentirlos. Su mirada pesaba tanto como su presencia.

Ambos se quedaron así por unos cuantos latidos, sin hacer o decir nada. Solo se miraban. La lluvia estaba calando a Dara hasta los huesos y el repiqueteo del agua retumbaba cada vez con más fuerza. Se avecinaba una tormenta.

Una potente ventisca la hizo cerrar los ojos por reflejo. Cuando los abrió, el balcón estaba vacío.

El hombre ya no estaba.