BIENVENIDA A VALROSE #2
Dara parpadeó varias veces, tratando de digerir la energía y las palabras de la chica. Ella ni siquiera había hablado, ¿cómo llegó su compañera a la conclusión de que serían amigas? Eso la confundió un poco.
—Veo que eres tímida. ¡No te preocupes! Iremos tomando confianza poco a poco.
—No lo soy —dijo Dara al instante.
La chica caminó hacia ella y, posando ambas manos en sus rodillas, se inclinó hasta quedar cara a cara y le sonrió.
—Soy Catriona Marvella, pero puedes decirme Cat —se presentó—. ¿Tú cómo te llamas?
—Dara —respondió, sin dejar de mirarla.
Catriona era una joven hermosa. Su piel café oscuro no tenía ni una sola imperfección, y unas pestañas gruesas y largas adornaban sus ojos negros.
Su pelo estaba teñido de color rosado pastel y caía en largas ondas por su espalda.
Parecía que se lo cuidaba muchísimo. Además, se notaba que su ropa era costosa.
Llevaba una blusa abombada cubierta por un chaleco negro ceñido a su cuerpo con un cinturón, así como una falda verde oscuro que cubría gran parte de sus botas de tacón.
—Encantada de conocerte, Dara.
El corto abrazo que le dio la tomó de sorpresa y no pudo evitar tensarse. Si Catriona lo notó, no hizo comentario alguno. La soltó después de unos segundos y se dirigió a su cama para dejarse caer de una forma poco ceremoniosa.
—Debería ser ilegal llevar tantas clases en primer año, estoy exhausta. Te adelanto que en la clase de Adnae Básico nos están enseñando a racionarlo, pero pareciera que nos quieren drenar. ¡Un aprendiz incluso perdió la vista por un momento!
Eso llamó la atención de Dara. Ella no era la mejor racionando su adnae, tenía mucho camino por recorrer, pero conocía sus límites y jamás había estado cerca de llegar a un estado negativo.
Eso solo pasaba si se gastaba el adnae más rápido de lo que el cuerpo podía regenerarlo.
Lograr ese equilibrio dependía mucho de las habilidades y la resistencia de cada mago.
El estado negativo era el terror de cualquiera, no solo porque podía acabar en muerte, sino porque era agonizante.
Se iban perdiendo los cinco sentidos, se decía que los que se iban primero eran la vista, el gusto o el olfato.
Luego se perdía el oído y, por último, el tacto.
Si eso llegaba a suceder, significaba que el mago ya no tenía más adnae en su cuerpo.
Eso no era ideal, considerando que todo estaba hecho de adnae, incluso el ser humano.
Pocas personas lograban sobrevivir a tal atrocidad, y los que sí jamás volvían a ser lo que eran. Ya no hablaban, no se movían, no hacían nada. Era como si se quedaran vacíos. Sin esencia. Sin alma.
—¿Y qué hicieron con ese aprendiz? —preguntó Dara.
Catriona se alzó con ayuda de sus codos para mirarla.
—¿Pues qué más? Lo llevaron a la enfermería.
—Oh.
—Luces… ¿decepcionada? —Catriona sonaba confundida.
Dara negó con la cabeza.
—No es eso —dijo—. Es solo que, si un aprendiz no pudo soportar ejercicios básicos para racionar su adnae, tal vez sea muy débil para los estándares de Valrose.
La subdirectora la había criticado porque le costaba racionarlo, y aun así había estado muy lejos de llegar a un estado negativo.
—Está aquí para aprender a hacerlo, ¿no? —dijo Catriona—. Seguro irá ganando resistencia con cada clase. Además, a la academia le importa mucho que las personas con adnae activo tengan una educación mágica.
Catriona Marvella vivía en una burbuja tan rosa como su pelo. A la Academia Valrose no le importaba la educación mágica de las personas, lo que le importaba era el control mágico total.
Dara quería hacerle preguntas que la hicieran cuestionar todas las mentiras con las que alimentaban a la gente con dinero: ¿por qué solo los graduados de la Academia Valrose tenían licencia para ser magos?
¿Por qué era ilegal que una persona con adnae activo usara su magia si no estudiaba en la academia o no lograba graduarse?
Los reguladores tenían registro de todos los magos egresados y sabían exactamente en dónde vivían y en qué trabajaban. Nadie podía usar magia sin una identificación mágica.
La magia estaba registrada y controlada.
Y a los liyianos les gustaba vivir así. La realidad era que la mayoría de los seres humanos tenían adnae inactivo y eran incapaces de potenciarlo como magia, por lo que necesitaban una institución como Valrose para sentirse seguros.
La guerra les había demostrado que el control era necesario.
Para cuando Dara se dio cuenta, Catriona ya estaba de pie, buscando algo en una de sus maletas.
—Tengo hambre, ¿vamos a cenar? —dijo—. Solo tengo que encontrar mi abrigo verde. El frío aquí es brutal por las noches.
El estómago de Dara gruñó ante la propuesta. Solo había comido media manzana en todo el día.
—Está bien —respondió, dudosa. Todavía no decidía qué pensar sobre Catriona.
—¡No se diga más! —exclamó con entusiasmo su compañera tras ponerse su abrigo. La miró de pies a cabeza—. Te recomiendo que te abrigues mejor si nunca has experimentado este frío. Solo los aprendices que vienen de Arza parecen inmunes.
Dara se levantó de la cama y comenzó a caminar hacia la puerta.
—Así estoy bien. No traje nada para cubrirme —dijo sin mirarla.
—Espera, ¡yo traje de sobra!
En cuestión de segundos, Catriona ya le había extendido un abrigo café oscuro a Dara. Era largo y parecía costoso.
—Combina con tus ojos —dijo y después soltó una risita complacida.
Dara no se movió para tomarlo, así que Catriona se lo puso encima de los hombros y abrió la puerta.
—Ahora sí estamos listas —le dijo con una gran sonrisa.
Dara no se la pudo devolver.
Si bien el exterior del campus no se apreciaba bien en las noches debido a la oscuridad y la neblina permanente, los espacios interiores eran otra historia. Dara intentaba no inmutarse con la grandeza y la opulencia, pero le era difícil. Jamás había estado en un lugar así de imponente.
No confiaba en la Academia Valrose como institución, pero algo le decía que iba a enamorarse del campus.
La cafetería de la academia era inmensa.
Sus techos eran altos, con arcos que se elevaban como si fueran costillas de piedra.
Entre cada ventanal había una columna con una lámpara hecha de hierro forjado que iluminaba todo con luz cálida.
Había seis mesas extraordinariamente largas, acomodadas de forma paralela y dejando suficiente espacio para el flujo de los aprendices.
No estaban ocupadas en su totalidad, pero Dara calculaba que en cada una podían sentarse unas cincuenta personas.
Hasta ahora, era el único lugar de la academia que no tenía un ambiente lúgubre. Las conversaciones entre los aprendices hacían del espacio algo acogedor, además de que el aroma a café especiado y a pan recién horneado flotaba en el aire.
Dara se había sentado a un costado de Catriona y estaba comiendo el platillo más delicioso que había probado en años.
Cuando le dijeron que las comidas estaban incluidas para todos los aprendices, por poco se le salen las lagrimas.
Todavía le estaba costando trabajo asimilar que, mientras estuviera en Valrose, no tendría que pasar hambre.
No recordaba una vida en la que no tuviera hambre.
—Ya debería estar aquí —murmuró Catriona, mientras observaba el reloj al fondo de la cafetería.
—¿Quién? —preguntó Dara. Algo le decía que su compañera quería que lo hiciera.
No se equivocó. El rostro de Catriona se iluminó tanto que Dara tuvo que desviar la mirada por unos segundos.
—Mi novia, se llama Alessa y va en tercer año. Quedamos de vernos aquí, pero seguro que sigue entrenando. Sé que esta tarde tenía una lección privada con su mentor.
—¿A qué categoría pertenece? —preguntó Dara después de dar un bocado. Comía arroz con carne y verduras.
—Es cazaelementos con vinculación a las sombras —dijo Catriona de forma exageradamente casual.
Dara alzó las cejas, aquella era una vinculación bastante escasa y codiciada.
Todos los magos de la categoría cazaelementos tenían una vinculación. Las más comunes eran al aire, al fuego, al agua, al hielo, a la arena, a los rayos y al metal. Las más escasas, conocidas como vinculaciones especiales, eran a las sombras, a la luz, a la sanación, a la naturaleza y a la sangre.