El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) BIENVENIDA A VALROSE
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BIENVENIDA A VALROSE

El primer año en la Academia Valrose era conocido como el año de prueba.

Solo los aprendices que fueran seleccionados por un profesor para estudiar bajo su mentoría pasaban a segundo año.

Esa era la razón por la que el edificio de dormitorios para los de primero era el más grande.

Se encontraba al centro, entre los de segundo y tercero.

Juntos eran una triada de estructuras imponentes, parecidas a pequeños castillos por fuera y por dentro.

El vestíbulo era alto y abovedado, un majestuoso candelabro con detalles de rosas grabados pendía del techo y alumbraba todo.

Desde ahí se podía ver que las velas estaban infusionadas, había sigilos de fuego de cazaelementos en su cera.

Los muros estaban cubiertos de grandes tapices que mostraban escenas de antiguos duelos mágicos y de sucesos importantes de la historia de Liyia, como cuando Valrose Monrae detuvo la guerra y fundó la academia hace quinientos años.

Las escaleras centrales estaban custodiadas en cada lado por estatuas de lobos de las cenizas eternas —también conocidos como luorus— que parecían vigilar a los aprendices. El edificio tenía cinco pisos, y la habitación que le asignaron a Dara estaba en el cuarto.

Ahí se encontraba ella. En una mano tenía la llave de su dormitorio y en la otra el sobre archivador con sus papeles.

Se había detenido junto a las escaleras para echarle un vistazo al reglamento del edificio —había uno colgado en cada piso—.

Lo que le interesaba eran los horarios, necesitaba saber a qué hora apagaban las luces y cuánto tiempo tendría en las noches para salir.

Su lectura fue interrumpida cuando sintió un empujón en el hombro que la desequilibró y la hizo soltar el sobre; eso provocó que todos sus papeles salieran volando.

—No estorbes —dijo el responsable. Se trataba de un aprendiz que ni siquiera la miró; ya estaba bajando las escaleras.

—¿Disculpa? —exclamó Dara con indignación.

Había suficiente espacio entre ella y las escaleras. Ese chico la había empujado a propósito.

—No voy a repetir lo que dije. ¿Estás sorda?

—¿Y tú eres idiota? No le estaba bloqueando el paso a nadie.

Su reclamo hizo que el aprendiz se detuviera a medio camino para, ahora sí, darle la cara. Era un chico de ojos verdes, pelo rojizo muy corto y unos cuantos centímetros más alto que ella. Eso no lo hacía especialmente alto, Dara era de estatura promedio.

—Veo que ya dejan entrar a cualquiera a la academia —dijo él con evidente disgusto—. Con esa boca y esa pinta no vas a llegar muy lejos.

Dara no era una persona difícil de provocar. La vida le había enseñado a defenderse y eso quería hacer, pero debía evitar los problemas en su primer día en la Academia Valrose. Así que apretó los puños y se tragó sus palabras.

El chico se dio cuenta de que no iba a responder y le dedicó una sonrisa llena de arrogancia. Abrió la boca para decir algo más, pero la cerró de inmediato cuando vio que alguien bajaba las escaleras del quinto piso.

—Buenas tardes, Ashe —dijo.

—Buenas tardes, Jabel —respondió el recién llegado; su voz era suave—. ¿Qué pasó aquí?

El tono que usó no era acusatorio, sino de genuina curiosidad.

—Iba rumbo a mi extracurricular, pero a mi compañera se le cayeron sus papeles y me detuve para ayudarla a recogerlos —dijo Jabel.

Dara estuvo a punto de poner los ojos en blanco, pero se resistió.

—No necesito tu ayuda —respondió de forma tajante.

—Será mejor que vayas a tu clase de una vez, Jabel, los profesores no son muy tolerantes con la impuntualidad —dijo Ashe.

Jabel le dedicó una última mirada de desprecio a Dara antes de moldear su expresión para regalarle la sonrisa más falsa del mundo a Ashe. Se despidió de él de forma educada y retomó su descenso por las escaleras hasta que desapareció del campo de visión de ambos.

Dara resopló y se agachó para recoger sus cosas. Se percató de que Ashe bajó unos cuantos escalones para recuperar dos papeles que cayeron lejos y luego se acercó a ella.

—No te vi en la Ceremonia de Bienvenida de ayer, así que tú debes ser Aidara Rennai, ¿cierto? —dijo Ashe mientras le entregaba sus papeles.

—Dara —lo corrigió por costumbre; odiaba que la llamaran por su nombre completo. Tomó sus cosas antes de agregar—: Veo que la voz se corre muy rápido en el campus.

Ashe le dedicó una sonrisa que parecía sincera.

—No lo voy a negar, pero en mi caso, parte de mi trabajo es conocer a todo el cuerpo estudiantil de la academia —explicó y extendió la mano en dirección a ella—. Ashe von Max, mucho gusto. Voy en segundo año y soy el presidente del consejo de aprendices.

Dara dudó unos segundos antes de estrechar su mano.

Ashe von Max era más alto que ella y tenía un rostro amigable.

Su tez era clara y su pelo, del color de la arena, era muy rizado.

Lo más llamativo de su aspecto eran sus ojos miel, parecían los de un gato.

Eso y su ropa, sumamente prolija. Llevaba un chaleco beige de punto sobre una camisa de cuello sin una sola arruga, igual que sus pantalones marrones.

Su prendedor recién pulido indicaba que pertenecía a la categoría cazaelementos. Era dorado y parecía una pequeña antorcha.

—¿Qué es el consejo de aprendices? —preguntó Dara.

—Es como el consejo estudiantil de cualquier escuela —dijo Ashe—. Digamos que somos la voz de los aprendices. Si tienes alguna inquietud, puedes acudir a nosotros.

Ella asintió. Aunque la respuesta de Ashe no había sido muy específica, no era un concepto difícil de entender. No pensaba decirle que esa era la primera vez que pisaba una escuela en catorce años.

En Liyia, la educación básica se componía de dos etapas: la escuela fundamental, durante la infancia y luego la escuela superior, durante la adolescencia —es decir, hasta los diecisiete años—.

El adnae activo se manifestaba aproximadamente entre los dieciocho y veintitrés años.

Cuando eso ocurría, la persona debía inscribirse en la Academia Valrose si quería convertirse en mago y obtener una licencia para hacer uso de su magia.

En caso de tener adnae inactivo, era libre de asistir o no a la universidad para cursar estudios tradicionales no mágicos.

Después de la muerte de su madre y del abandono de su padre, la educación de Dara había consistido en leer libros.

Hubo un par de años en los que Mirsa —una insurrecta de un pueblo de Irella— la recibía en su casa.

A cambio de que Dara hiciera el aseo, le daba lecciones de matemáticas, historia, lengua y, en secreto, de magia.

Si bien estaba prohibido estudiar magia práctica fuera de la Academia Valrose, las escuelas fundamentales y superiores de Liyia impartían cursos de magia teórica, enfocados en el estudio del adnae, el pilar del mundo.

—¿Necesitas ayuda para encontrar tu dormitorio? —preguntó Ashe.

O era un chico genuinamente amable, o se tomaba muy en serio su cargo de presidente.

—No, pero gracias por esto —respondió Dara al tiempo que alzaba los papeles que ambos recogieron—. No te quito más tiempo. Adiós.

Se dio la vuelta, dispuesta a buscar su dormitorio.

—Bienvenida a Valrose, Dara —dijo Ashe.

Dara ya no contestó. Tanta amabilidad la ponía nerviosa. Por experiencia, sabía que muy pocas personas eran sinceras, y que la mayoría solo se mostraban atentas cuando querían algo a cambio.

Llegó a la puerta con el número cuarenta y siete y se detuvo antes de insertar la llave.

La madera era gruesa y tenía molduras con detalles de rosas, como todo en la academia.

La observó durante más de un minuto no porque le pareciera una obra maestra, sino porque al otro lado probablemente se encontraría con su compañera de cuarto.

El hombre de la administración le explicó que todas las habitaciones de primer año eran compartidas, así que la compañía no era algo que Dara pudiera evitar.

El solo pensar que dormiría en el mismo espacio que una desconocida le ponía los pelos de punta.

Siempre había estado sola, no estaba acostumbrada a la compañía de otras personas, pero en la academia tendría que adaptarse, y rápido. No iba a permitir que se dieran cuenta de lo rota que estaba y usaran eso para atacarla.

Insertó la llave en la cerradura, la giró y tomó aire. Cuando por fin abrió la puerta, dio un solo paso hacia la habitación.

Estaba oscura, pero la luz del pasillo le permitía comprobar que no había nadie.

Eso la hizo entrar con más confianza. Encendió la luz y miró el que sería su espacio a partir de ese día.

La habitación no era tan ostentosa, pero ofrecía más de lo que Dara se atrevía a pedir.

Había dos camas individuales con mantas blancas, dos burós, dos escritorios y dos roperos.

En medio había una ventana con pesadas cortinas color vino, y del lado derecho, una puerta.

Seguía sin creer que tendría su propio cuarto de baño.

En la cama del lado derecho había tres maletas abiertas con un montón de ropa y accesorios desparramados por todos lados; sin duda pertenecían a su compañera de cuarto. Dara caminó a la otra cama, se sentó y observó el lujoso desastre frente a ella.

—Necesito ropa —susurró, pensativa.

Apenas estaba cayendo en cuenta de que no llevaba absolutamente ninguna pertenencia. Su única vestimenta era la que traía puesta: un cárdigan gris, una blusa negra de cuello alto y unos pantalones anchos. Sus zapatos eran unos mocasines tan viejos que pronto se quedarían sin suelas.

Maldijo internamente a los marineros que le robaron lo poco que poseía cuando la descubrieron de polizón en el barco que la llevó de Irella a Olsian. Se llevó la mano al cuello para asegurarse de que, bajo su blusa, siguiera descansando su relicario. Al sentirlo ahí, como siempre, respiró tranquila.

En ese momento, la puerta del dormitorio se abrió y entró la chica más hermosa y extravagante que Dara había visto jamás.

—Oh, tú debes ser la recién llegada —dijo ella; su voz era melódica, como el canto de un pajarillo—.

No te voy a mentir, me hacía ilusión tener el espacio para mí sola, más que nada porque estoy segura de que mi ropa no va a caber en un solo armario.

Pero cuando me dieron la noticia de que tendría compañera de habitación me emocioné.

¡Estoy segura de que seremos grandes amigas!