LA HEROÍNA DEL MERCADO #3
La respuesta le había llegado hacía un par de años con una claridad que llenó su pecho de fuego. Después de años de no entender por qué la habían asesinado, Dara estaba segura de que sabía la razón, solo tenía que reunir evidencia contundente para probarlo.
—¿Aidara Rennai?
Su nombre la sacó de sus pensamientos. Se encontraba en una enorme sala de espera en la torre administrativa de la academia. Acababa de llenar sus papeles de inscripción y había firmado el contrato del programa de becas. En teoría, acababa de vender su alma.
Pero ya estaba dentro.
—¿Sí?
—Tus trámites están en proceso, pero mañana mismo debes empezar con tus lecciones —dijo el hombre que le entregó todo el papeleo.
Luego le extendió un sobre archivador—. Aquí tienes el reglamento general, tu horario, un mapa del campus, la llave de tu dormitorio y una papeleta para que, en la semana, pases por tu prendedor de categoría y por tus uniformes.
Puedes asistir a clases con ropa libre a menos que se te indique lo contrario.
Hay uniformes para ocasiones especiales: el de entrenamiento, el de combate y el de gala.
Dara asintió y tomó el sobre. Siempre supo que algún día tendría que adentrarse a las entrañas de la Academia Valrose para lograr su venganza. Para exponer que eran unos asesinos. Y para poder develar ese crimen, tendría que indagar hasta que fuera peligroso.
Entendía por qué mataron a su madre, pero le faltaban piezas del rompecabezas. Sobre todo, le faltaban pruebas. Pruebas para que la gente de Liyia se enterara de que su prestigiosa academia no era la institución intachable que aparentaba ser.
Y de paso, Dara encontraría al asesino de su madre.
Algunos habrían dicho que era una misión suicida. ¿Qué podría hacer una persona tan insignificante como ella contra el titán que era Valrose? Y aunque encontrara evidencia irrefutable, no era tan ingenua para pensar que tenía el poder de cambiar el mundo, pero, al menos, podía sembrar la semilla.
A veces, eso era más que suficiente.
Salió de la administración y se percató de que ya había oscurecido.
La falta de sol hacía que el aire se sintiera helado.
Alzó el rostro para observar el reloj incrustado en la parte alta de la torre.
Eran apenas las seis de la tarde. Llevaba pocos días de vuelta en Olsian, pero recordaba bien que no solía oscurecer tan temprano.
Algo le decía que solo en la montaña sucedía aquel fenómeno.
Le hubiera gustado tener luz de día para poder apreciar el campus. A pesar de que había faroles esparcidos por todo el camino de piedra, el lugar estaba envuelto en una neblina indomable. Eso pintaba un paisaje lúgubre.
Con la guía del mapa emprendió camino a los dormitorios de primer año en busca del suyo. Era extraño, ¿por qué no había un solo aprendiz alrededor? El silencio se sentía antinatural, fabricado. Era lo único que podía escuchar.
El silencio, y luego, unas pisadas detrás de ella.
Se giró y un hormigueo le recorrió la piel. No había nadie. Miró a todos lados y solo divisó faroles y torres puntiagudas cubiertas por la neblina. Dara no podía ver a nadie, ¿por qué tenía la sensación de que alguien la observaba?
—¿Quién anda ahí? —preguntó en alto, sin mostrar debilidad.
Nada.
Frunció el ceño. Esperaba que no fuera algún aprendiz queriendo jugarle una broma. Si se metían con ella, se aseguraría de que lo lamentaran. Volvió a girarse para continuar su camino y dio un salto del susto cuando frente a ella apareció una enorme estatua.
No podía haber aparecido de la nada, era evidente que siempre había estado ahí, pero ella no la había notado.
Dara alzó la cabeza para examinarla un poco mejor y se percató de que no era cualquier escultura: era Enia, la diosa de la Rosa, la madre de los rompealmas y la más venerada por todos en Liyia, especialmente en la Academia Valrose. Había monumentos de ella en todo el campus.
Era una estatua detallada. Tenía ambas manos extendidas hacia los costados y una túnica que, a pesar de ser de piedra, lucía suave al tacto. Su expresión era de sufrimiento, parecía estar al borde del llanto. Enredada en su largo cabello ondulado, descansaba una corona de rosas cubierta de espinas.
A Dara no le agradó en lo más mínimo.
Aceleró el paso y no tardó en llegar a un área con más luz y actividad estudiantil.
La ruptura del silencio fue arrolladora.
Era un enorme jardín en medio de los tres edificios de los dormitorios.
Sentados en las bancas, los aprendices charlaban de forma amena.
Otros pocos caminaban por los senderos de grava negra que serpenteaban entre espesos rosales.
El corazón del jardín estaba adornado por una fuente de mármol de la que brotaba agua cristalina que salpicaba soltando destellos.
Dara se dispuso a cruzar para llegar a su edificio.
El sendero dentro del jardín era más largo de lo que aparentaba, y lo acompañaba un aroma perpetuo a rosas.
Los aprendices parecían muy atentos a sus amigos o encerrados en sus propios mundos como para notarla.
Era mejor así. Ella también pensaba ignorarlos.
Pero la suerte le duró poco.
—¿Ya viste esa ropa? Qué vergüenza —oyó a lo lejos.
Fingió no escuchar nada.
—¡Es la aprendiz que llegó hoy! —dijo una chica.
En un lugar lleno de aprendices danzamentes, las noticias se esparcían en segundos. No le sorprendía que supieran de ella.
—¿La que trajeron bajo arresto?
—Creo que salvó a un niño.
Los murmullos subieron de volumen. Dara continuó con su camino sin dedicarles una sola mirada. Vaya, lo del mercado se iba a saber en todo el campus. Ojalá no le trajera problemas.
No se sentía orgullosa de lo que hizo, pero no se arrepentía, no cuando logró entrar a la Academia Valrose gracias a ello. Además, todo había sido calculado. Dara conocía bien sus capacidades mágicas y sabía que podría detener el coche. En realidad, la vida del niño nunca estuvo en riesgo.
Por eso usó su propia magia para arrebatarle la pelota y lanzarla a la calle.