LA HEROÍNA DEL MERCADO #2
Dara no iba a moverse, estaba justo donde quería estar. Aunque probablemente ya había demostrado sus capacidades mágicas, no pensaba quedarse corta.
Estaba segura de que esa sería la primera vez que los reguladores habrían de presenciar una explosión de telas.
Después de eso confesó que no tenía identificación mágica, así que la arrestaron y la llevaron a la torre de control.
Lo primero que dijo en su interrogatorio fue que era aprendiz en la Academia Valrose.
Los reguladores no tenían forma de comprobarlo, pero como Dara entraba en el rango de edad de los aprendices de la academia, creyeron su mentira.
Así fue como, en lugar de marcarla, la llevaron directo con la subdirectora.
Así que sí, tal vez exageró, pero situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.
—¿Sabes por qué te creyeron los reguladores?
—preguntó la subdirectora. No esperó a que Dara respondiera para continuar—: Porque tus habilidades mágicas son sobresalientes.
Para ellos es evidente que las aprendiste aquí.
Comentas que manifestaste tu adnae apenas hace unos meses, por eso me atrevo a decir que tienes un talento nato.
En la academia hay algunos casos excepcionales como el tuyo.
Dara se quedó callada. La subdirectora no podía saber que manifestó su adnae desde mucho, mucho antes, y que llevaba años aprendiendo magia práctica de forma clandestina.
—No todos los aprendices de primer año pueden hacer lo que tú hiciste allí, por lo que considero que tu ingreso en Valrose no es opcional —dijo Agatha.
El corazón de Dara saltó al escuchar esas palabras.
Estaba a punto de conseguirlo.
—Lo entiendo y estoy de acuerdo. Por eso hice lo que hice —respondió Dara y se tomó unos segundos antes de continuar—. Es solo que no tengo los medios para pagar la matrícula de la academia.
Ese era el último obstáculo.
Dara había leído tantos libros sobre la Academia Valrose —algunos prestados, otros robados— que la conocía al derecho y al revés, por lo menos en cuestiones teóricas.
Sabía que cada año admitían a unos cuantos aprendices becados si mostraban potencial en el examen de admisión.
Y su plan inicial sí había sido presentarse a dicho examen, pero por causas de fuerza mayor no lo logró.
Así que tuvo que mostrar sus aptitudes de otra forma.
Si bien los aprendices becados de Valrose se graduaban con una deuda que jamás podrían pagar y, por ello, terminaban condenados a trabajar para la academia de por vida, Dara no tendría ese destino.
Si lograba su cometido, solo veía dos resultados: o terminaba muerta, o se convertiría en la enemiga pública de la Academia Valrose.
Lo cual, al final, también la llevaría a una muerte segura.
Detalles.
—Contamos con un programa de becas que existe justo para casos como el tuyo —dijo Agatha—. Para Valrose, es muy importante que todos los futuros magos de Liyia tengan las mismas oportunidades.
Dara apretó los labios para evitar mostrar una mueca de disgusto.
Esa mujer era una falsa, y la Academia Valrose, como institución, era el epítome de la hipocresía.
Si querían que todas las personas con adnae activo tuvieran los mismos derechos de recibir una educación mágica, ¿por qué el costo anual de la matrícula era ridículamente alto?
¿Por qué no aceptaban a más aprendices becados?
La realidad era que solo una décima parte del cuerpo estudiantil gozaba de una beca; los demás aprendices pertenecían a la clase media alta o eran de la aristocracia. Eso significaba que la mayoría de los magos con licencia en Liyia eran personas privilegiadas.
Estaba prohibido ejercer magia sin una identificación mágica, la cual se conseguía con una licencia; y solo los graduados de la Academia Valrose podían obtenerla.
Así que si alguien tenía adnae activo pero no contaba con los medios para estudiar en la academia, era ilegal que usara su magia y, si era descubierto usándola de forma clandestina, lo marcaban como ganado.
¿Injusto? Sí. Pero Dara no estaba allí para luchar por la igualdad. Ella tenía sus propias motivaciones.
Si bien lo mejor hubiera sido presentar el examen de admisión, al final debió recurrir a un método más… drástico. Siempre estuvo consciente del riesgo de que la marcaran como insurrecta, pero jugó sus cartas y corrió con suerte.
—Le agradezco mucho el ofrecimiento —dijo Dara, tratando de plasmar sinceridad en su voz—. Si me aceptan en el programa, me convertiré en una de las mejores aprendices que la academia ha tenido.
La boca de Agatha se curvó hacia arriba de forma casi imperceptible.
—Las clases empezaron ayer, por lo que ya es muy tarde para un examen de admisión. —La mujer bajó sus manos, unidas, a la superficie del escritorio—. El informe de los reguladores debería bastar para asegurar tu lugar, pero necesito verte con mis propios ojos. Muéstrame lo que sabes hacer.
Dara respiró hondo y miró a su alrededor.
No podía hacer destrozos en la oficina de la subdirectora, así que tendría que tomar una ruta más delicada que la del mercado.
Era el momento de la verdad. Era su momento.
Toda la vida había esperado por esta oportunidad, y Agatha Monrae se la estaba sirviendo en bandeja de plata.
Cerró los ojos y buscó el adnae dentro de su ser. Siempre se sentía como un cosquilleo interno, difícil de describir para quienes no eran capaces de potenciarlo. Cuando estuvo segura de que lo tenía, abrió los ojos.
Decenas de libros salieron disparados como balas de las estanterías tras ella, pero no los dejó caer al suelo, los elevó lo más alto que su mente se lo permitió y los hizo moverse en una danza aérea.
La subdirectora miraba el espectáculo sin decir palabra. Dara sabía que no iba a poder mantener los libros a flote por mucho más tiempo, pues el uso desmedido de su adnae esa mañana la había consumido a niveles que no quería explorar. Pero no iba a permitir que cayeran.
—Tienes talento, aunque tu técnica es muy agresiva. Hay que pulirla bastante —señaló Agatha—. Con esta demostración en el examen de admisión, tu calificación habría sido buena, mas no sobresaliente.
Dara no flaqueó. Los libros seguían danzando en el aire.
En ese momento, tres golpes casi inaudibles se escucharon en la puerta de la oficina. La subdirectora alzó una ceja y, antes de que diera alguna orden, Dara usó magia de voluntad para abrirla.
Del pasillo entraron flotando dos placas doradas con la insignia de la Academia Valrose. Eran las mismas que llevaban en su uniforme los reguladores que habían traído a Dara al campus.
Dara ladeó la cabeza, y las dos placas aterrizaron de forma ceremoniosa en el escritorio de Agatha.
La curvatura en los labios de la subdirectora se transformó en una sonrisa. No era muy pronunciada, pero ahí estaba.
—¿Me puedes decir cómo es que conseguiste las placas de mis reguladores?
—Recogí servilletas de papel del mercado y les dibujé un sigilo de conexión de magia de voluntad —contestó Dara—. Luego las coloqué en los bolsillos de ambos cuando me sujetaron de los brazos para guiarme hasta su oficina.
Agatha asintió, pensativa.
—Vaya, ya sabes infusionar con sigilos —dijo al tiempo que tomaba una de las placas—. Debo admitir que me has sorprendido un poco. Me da gusto que estés aquí. ¿Te imaginas no poder usar tus habilidades mágicas? Sería un desperdicio.
Eso último había sido una advertencia: «Si no estás en Valrose, no tienes permitido usar tu magia».
—Mi única crítica es que te cuesta racionar tu adnae —continuó Agatha mientras extendía la otra mano para señalar los libros que seguían flotando—. Puedo ver que estás temblando por el esfuerzo. Para tu suerte, nos encargaremos de que aprendas a hacerlo correctamente.
El corazón de Dara volvió a saltar con esperanza. Quería preguntarle a la subdirectora si eso significaba que iban a admitirla, pero sabía que, si hablaba, perdería el control de los libros. Toda su concentración estaba puesta en mantenerlos en movimiento.
Cuando estuvo segura de que no aguantaría ni un segundo más, la subdirectora sacó un sobre sellado del cajón de su escritorio y se lo extendió.
—Bienvenida a la Academia Valrose.
La última vez que Dara vio a su madre, ella le dio un beso en la frente, la miró a los ojos y le dijo las palabras que la atormentarían por el resto de sus días:
«Valrose ha venido por mí».
Dara tan solo tenía siete años y era muy pequeña para entender lo que eso significaba. Sabía qué era Valrose, era imposible no saberlo. Pero ¿por qué la institución más influyente de todo Liyia había venido por su madre? ¿Por qué la habían asesinado?
¿Por qué?
A su padre siempre le fascinó el concepto de los sueños.
Eso no era muy común en una tierra donde la humanidad no tenía la capacidad de soñar.
Lo que se sabía al respecto era por la religión, por los libros de historia, por testimonios del pasado y por los rompealmas.
Y no era bien visto que la gente se interesara demasiado en el tema.
Pero a él no le importaba, los sueños eran su mayor pasión.
Hasta que la tragedia azotó.
Asesinaron a la mujer que amaba y él cambió por completo.
Se apagó. Decía estar agradecido de no ser capaz de visitar el mundo onírico, pues no soportaría ver a la madre de Dara cada noche para luego despertar y volver a perderla.
Estaba seguro de que, si pudiera soñar, todos sus sueños serían sobre ella.
Después de la muerte de su esposa, no volvió a ser el mismo. Abandonó a Dara tras unos cuantos meses. Se fue una noche y jamás volvió.
Ella no fue tras él. En cambio, creció buscando explicaciones del asesinato de su madre entre páginas de libros y periódicos, sin embargo, en toda la historia de Liyia no había un solo caso registrado de homicidio a manos de la Academia Valrose. Por supuesto que no. Eso generaría un pánico masivo.
Valrose no era solo una academia, estaba por encima del gobierno. Los presidentes de cada país le respondían a la archimaga, la directora. La religión más practicada en Liyia era la de la Rosa. Todo estaba bajo su control.
Cada noche, Dara se volvía a preguntar: ¿por qué habían matado a su madre?