El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) LA HEROÍNA DEL MERCADO
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LA HEROÍNA DEL MERCADO

Desde que tuvo uso de razón, Dara supo que sería difícil entrar a la Academia Valrose, pero jamás imaginó que, cuando al fin lo consiguiera, sería bajo arresto.

O algo así.

No le importaba. Contra todo pronóstico, su plan había funcionado.

Estaba sentada frente al escritorio de una oficina que parecía la de una persona importante. No tenía la menor idea de a quién esperaban, los reguladores se habían rehusado a dirigirle la palabra después de haberla interrogado en la torre de control.

El aire era pesado y estaba impregnado por el aroma de velas derretidas y papel antiguo.

La magia parecía suspendida en el ambiente.

El adnae era casi palpable. Dara estaba segura de que no había otro lugar en la faz de Liyia tan abrumador como aquel.

Pudo percibirlo desde que el coche se acercaba a la academia; mientras más ascendían por la Montaña de la Rosa, más intoxicante se volvía la sensación.

Miró a su alrededor, sin poder creer que en verdad se encontraba allí.

La oficina era enorme, con techos altos sostenidos por vigas de piedra talladas con rosas y sigilos mágicos.

Las paredes estaban adornadas con estanterías repletas de libros que parecían extenderse más allá de lo que el espacio físico permitía.

Había cientos de ejemplares valiosos encuadernados en cuero y pergaminos cerrados con cera.

Dara tuvo que resistir las ganas de ponerse de pie y hojearlos.

La única pared sin libros era la que estaba justo en la parte posterior del escritorio.

Tenía ventanas altas envueltas en arcos ojivales y, en medio, colgaba un estandarte con el escudo de la academia: una rosa atravesada, en el centro, por una espada grande y, a los costados, por dos espadas más delgadas.

Después de tantos años de espera, al fin se encontraba en donde debía estar. Eso, si todo salía bien. Tenía que dar la mejor impresión posible, y después…

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el chirrido de la gran puerta de roble. Dara giró la cabeza para ver quién había entrado. Lo primero que notó fue que ambos reguladores hicieron una reverencia a la recién llegada. Tan pronto sus ojos se posaron en ella, entendió por qué.

Se trataba de Agatha Monrae, la subdirectora de la Academia Valrose. En Liyia, eso era como pertenecer a la realeza. Dara pensó que lo mejor sería ponerse de pie y ofrecer su propia reverencia. Escuchó los pasos firmes de Agatha mientras se acercaba y no alzó la cabeza hasta que la escuchó hablar.

—Puedes sentarte —dijo la subdirectora en la lengua común.

Al principio, se sorprendió de que no hablara en olsan: el idioma de Olsian, el país en el que estaban; pero pronto recordó que en Valrose se empleaba la lengua común, la más antigua y la más hablada en el mundo. Era un curso obligatorio en la educación básica de las personas.

Dara se acomodó en la silla y miró a la mujer, que había tomado asiento tras el escritorio frente a ella.

La reconocía de fotografías en el periódico, pero en persona le pareció un tanto distinta.

Más imponente y joven de lo que esperaba.

Tenía el pelo del negro más oscuro y lo llevaba recogido en un moño bajo.

Su piel era pálida; parecía la de alguien que no había tomado el sol en años, o quizás jamás.

Pero lo más inquietante eran sus ojos. Eran de un tono oscuro con destellos carmesí.

Todos sabían que los ojos rojos eran un sello de la familia Monrae, pero era la primera vez que Dara los contemplaba en persona. Y tenerlos clavados en ella le provocaba una sensación que no le agradaba en lo más mínimo. Apretó los puños sobre las piernas para controlarse y no hacer nada estúpido.

La subdirectora hizo un ademán con la mano para indicar a los reguladores que se fueran; ellos obedecieron sin decir una sola palabra.

Dara notó que sus dedos estaban repletos de anillos. El más llamativo tenía un rubí encajado en una montura de plata sobria. Era una joya incapaz de confundirse con un simple ornamento. Había sido creada para recordar el apellido al que pertenecía. Era el anillo de la familia Monrae.

—Aidara Rennai, ¿cierto?

Agatha pronunció su nombre con claridad y algo de curiosidad. Su voz era suave, pero al mismo tiempo poderosa. Era la voz de una mujer acostumbrada a que todos la escucharan sin necesidad de gritar.

—Así es —respondió Dara con firmeza.

—¿Podrías decirme tu edad y cuándo manifestaste tu adnae?

—Tengo veintiún años, y fue hace tan solo unos meses.

Una verdad y una mentira.

La subdirectora juntó las manos y apoyó la barbilla sobre estas; la miraba con genuino interés.

Dara tuvo que resistir la urgencia de sacudir su ropa sucia y pasarse la mano por el pelo despeinado.

Esa mañana se había hecho una trenza que le llegaba hasta la cintura, pero para ese momento estaba deshecha, y su melena castaña caía de forma salvaje por su espalda.

Además, llevaba varios días con raspones en el rostro, muy notorios en su piel morena.

Esperaba que la subdirectora no la juzgara por su aspecto, que contrastaba notablemente con su elegancia y pulcritud.

—Parte de nuestra misión es evitar que haya potenciales magos sin estudios allá afuera.

Son un peligro para ellos mismos y para los demás.

Lo sabes, ¿verdad, Aidara? —dijo Agatha al tiempo que alzaba una ceja—.

Lo que hiciste en el mercado principal de Olsian fue heroico, pero sumamente riesgoso.

Pudiste haber sufrido consecuencias irreversibles.

Dara asintió con cautela.

—Sé que fue peligroso, pero no pude evitarlo.

—Ya veo. En Valrose valoramos mucho a los jóvenes como tú —dijo la subdirectora y ladeó la cabeza.

Su mirada era penetrante—. Leí el informe de los reguladores.

Entiendo que paraste el coche para salvar la vida de un inocente, pero ¿qué hay del espectáculo que armaste después?

No creo que fuera necesario. A menos, claro, de que quisieras que los reguladores te atraparan.

Era una mujer perspicaz.

—Así es —respondió Dara sin titubeos—. Cuando los vi, supe que eran mi mejor oportunidad para llegar a la academia.

—Interesante —dijo Agatha; su voz sonaba complacida, pero su rostro seguía impasible—. Aunque debo admitir que tomaste una ruta muy inusual. Nuestros aprendices dirían que la mejor oportunidad para entrar a la academia es el examen de admisión, que tuvo lugar hace dos semanas.

La pregunta estaba implícita: ¿por qué Dara no había presentado el examen?

La subdirectora no tenía por qué saber que, para llegar a Olsian, se había colado en un barco y los marineros la descubrieron.

Al bajar en el puerto la golpearon sin piedad.

Por suerte, pudo escapar, pero no sin un ojo morado y el labio hinchado.

No podía presentarse en la Academia Valrose así.

Sabía que, si lo hacía, le negarían el derecho al examen de admisión.

Así que optó por volver a decir una verdad salpicada de mentiras.

—Vengo de Irella —dijo Dara sin perder el contacto visual—.

El mal clima retrasó el barco cinco días.

Desembarcamos cuando el examen ya había pasado.

Sé que lo que hice estuvo mal y pude haberme condenado a ser marcada.

Pero cuando descubrí que tenía los ojos de todo el mercado sobre mí, tomé la oportunidad.

Necesitaba que los reguladores me trajeran.

—Y lo conseguiste con mentiras. Les dijiste que eras aprendiz en la academia.

Dara apretó los labios y asintió.

—Lo que más deseo en la vida es estar aquí —aseguró con convicción—. No me enorgullezco de haber mentido, pero tampoco me arrepiento. Todos los riesgos que tomé me trajeron a esta oficina.

Aunque tal vez había exagerado un poco.

Ocurrió en el mercado principal de Olsian, cerca del Sector Fortuna, el más transitado no solo por coches con motor, que eran la novedad, sino también por comerciantes, adultos y niños por igual.

Esa misma mañana, Dara estaba comiendo una manzana que había tomado de un puesto de frutas y, cuando estuvo a punto de cruzar la calle, lo vio.

Un pequeño niño había perdido su pelota y corría para atraparla, sin percatarse de que un coche se acercaba a toda velocidad y no parecía tener intención de frenar.

Dara no lo pensó. Corrió hacia el niño, lo abrazó para escudarlo con su cuerpo y estiró la mano hacia el coche con fuerza. Su adnae reaccionó por inercia, por adrenalina. La magia salió disparada como una onda hacia el vehículo y lo detuvo en seco.

Escuchó el llanto del niño, al que todavía sostenía con su otro brazo, y los gritos alterados de la gente a su alrededor.

—¡Policía! ¡Abran paso!

Eso sacó a Dara de su estupor. No quería tener nada que ver con la policía. No podía permitir que pusieran sus manos sobre ella. Tenía que huir. Alzó el rostro en dirección a las pisadas y fue ahí cuando los vio: detrás de tres policías, corrían dos reguladores.

Los reguladores de Liyia servían directamente a la Academia Valrose. Se encargaban de mitigar y controlar cualquier altercado mágico. Eran ellos quienes juzgaban y decidían el destino de quienes practicaban magia de forma ilegal.

Fue ahí cuando vio su oportunidad.

Soltó al niño, se puso de pie y saltó. Usó su adnae para elevar su cuerpo hacia la capota del coche y se impulsó para dar un brinco largo, claramente propulsado por magia de voluntad. Cuando aterrizó de forma poco elegante en el piso adoquinado, se lanzó a correr.

—¿Está volando? —exclamó una persona a lo lejos.

—¡No, es una danzamentes! —dijo otra.

—¡Señorita, deténgase! —gritó uno de los reguladores.

Dara escuchó que comenzaron a perseguirla y decidió alargar el espectáculo solo un poco más. Volvió a elevarse un par de metros en el aire, se impulsó con el toldo de una tienda de vestidos y aterrizó en el callejón aledaño.

Estaba lleno de cajas de cartón repletas de telas de distintas texturas y colores. Al final de la angosta calle, un gran muro le impedía el paso. Pegó su espalda a la pared de piedra y no tuvo que esperar mucho para que los reguladores la alcanzaran.

—No se mueva, ¡es una orden! —exclamó uno de los reguladores al tiempo que caminaba hacia ella. En el pecho de su uniforme color vino llevaba una placa dorada con la insignia de la Academia Valrose.

—¿Me permite ver su identificación mágica? —dijo el otro regulador.