Capítulo 5
La sangre huele diferente cuando procede de una traición.
Las palabras se formaron en la mente de Jacin sin pensamiento mientras se deslizaba entre los troncos de los pinos, sus pasos guiados por un instinto de siglos.
El olor lo golpeó como un puñetazo en la cara, cortando el aire nocturno con una intensidad tóxica.
Carne quemada, dulce y enfermiza a la vez, mezclada con algo más, algo ajeno que hacía gritar a todos sus instintos.
Sus fosas nasales se dilataron solas, buscando una pureza que no existía aquí. Cada respiración se convirtió en un acto de autotortura, pero se obligó a inhalar más hondo, llenándose los pulmones de ese cóctel podrido de muerte y engaño. El aire sabía a ceniza y a promesas rotas.
Jacin redujo su paso, luego se detuvo por completo.
Ante él, un claro se extendía bajo la pálida luz de la luna como un escenario, iluminado cuidadosamente para una función de horror. Lo que vio allí le convirtió los músculos en piedra.
El cadáver de un Colmigrís yacía despatarrado entre las raíces retorcidas de un roble antiguo, su otrora orgullosa forma retorcida en una grotesca escultura de derrota.
El cuerpo estaba colocado de modo que la luz de la luna iluminaba cada terrible detalle: los ojos, muy abiertos y aún vidriosos por el terror, los labios retraídos en un grito silencioso.
Cuerdas plateadas envolvían la garganta desgarrada como perversos ornamentos, cada lazo colocado con precisión quirúrgica.
Brillaban bajo la luz de la luna como lágrimas congeladas, una joyería macabra para un guerrero que nunca volvería a luchar.
La forma en que estaban atadas hablaba de algo más que brutalidad, hablaba de arte. Una estética perturbadora de la muerte.
Los ojos de Jacin recorrieron la escena como los dedos de un ciego leyendo braille.
Había visto muchos campos de batalla, había aprendido a leer las huellas de la violencia como otros leen libros.
Pero esto era diferente. La tierra estaba removida, una marca cruda de violencia, pero cada arañazo contaba una historia de resistencia desesperada.
Podía ver los últimos momentos del Colmigrís desarrollándose, como si algún cronista invisible se los estuviera mostrando.
El lobo no había sido emboscado en silencio, había luchado, había resistido hasta su último latido.
Los surcos en la tierra mostraban cómo había intentado buscar agarre, levantarse, escapar.
Gotas de sangre trazaban un rastro que corría en círculo, prueba silenciosa de una lucha que se había perdido desde el principio.
Pero había algo más. Algo que atravesaba sus instintos afilados como una aguja, una disonancia en la sinfonía de la muerte.
Demasiado limpio.
Jacin se arrodilló, ignorando la incomodidad de la tierra húmeda empapándole los pantalones.
El suelo aún estaba caliente por la sangre que lo había empapado, un calor obsceno que se filtraba a través de la tela.
Sus dedos se acercaron a la herida abierta con la cautela de un arqueólogo descubriendo las reliquias más frágiles.
Los cortes eran demasiado lisos. Demasiado precisos.
Ningún ataque natural de garra o colmillo dejaría heridas así.
Esto era destrucción quirúrgica, obra de herramientas, no de dientes.
Cada corte era deliberado, calculado en su efecto.
Como si algún artista de la muerte hubiera querido completar una obra maestra, cada línea una decisión consciente en un diseño más grande y terrible.
Las yemas de sus dedos tocaron el borde de la herida, y un escalofrío lo atravesó, más profundo que el frío físico.
La piel aún estaba flexible, la muerte demasiado fresca.
Más que un lobo había muerto aquí. Un mensaje había sido dejado, escrito en el lenguaje más antiguo del mundo, el lenguaje de la sangre.
Y entonces la conciencia lo inundó como un río envenenado, frío y aceitoso.
Magia oscura, ajena y fétida, se aferró a su piel como una segunda piel de sombra viva.
Se arrastró hacia sus poros, encontró su camino hacia su conciencia, susurró verdades que no quería oír, verdades que su mente intentaba comprender y rechazar a la vez.
La magia era antigua. Más antigua que los conflictos entre las manadas, más antigua que las guerras que conocía. Olía a sueños quemados y juramentos rotos, a poder que había exigido un precio demasiado alto.
—Zarpa Sombras —exhaló en el silencio, y la palabra se deshizo en ceniza sobre su lengua. Dejó un regusto amargo, como si hubiera tragado veneno.
Los Zarpa Sombras. Incluso su nombre era una contradicción, un enigma envuelto en paradojas.
No dejaban rastros y no proyectaban sombras, fantasmas entre lobos, leyendas que mantenían a los niños despiertos por la noche y acallaban incluso a guerreros adultos.
Algunos decían que solo eran cuentos de hadas, historias que los lobos viejos contaban para asustar a los jóvenes y lograr obediencia.
Historias de terror alrededor de la hoguera, nada más.
Pero Jacin sabía que no era así. Demasiado bien.
Había visto sus obras antes, años atrás, en otra vida, cuando aún era lo suficientemente joven como para creer en la justicia.
Entonces, no había reconocido las señales, había pensado que eran obra de asesinos ordinarios.
Solo más tarde, cuando la verdad se había filtrado en su conciencia como un veneno de acción lenta, había comprendido.
Los Zarpa Sombras eran reales. Y habían estado aquí.
Pero había algo más, un segundo aroma enterrado bajo la magia oscura como una gema en tierra envenenada.
Jacin levantó la cabeza, sus fosas nasales se dilataron mientras intentaba desentrañar las capas.
Un rastro de cristal de montaña y nieve, puro y afilado como las hojas de acero endurecido que forjaban los Cazadores del Oso de las altas tierras del norte.
La esencia de una manada cuyo nombre se cantaba en canciones de guerra con igual parte de asombro y pavor.
Los Cazadores del Oso. Su enemistad con los Colmigrís era legendaria, una vendetta de sangre que había durado generaciones, sus orígenes tan atrás que nadie recordaba quién había asestado el primer golpe.
Cada nuevo conflicto era solo otro capítulo en una saga interminable de represalias.
El estómago de Jacin se tensó cuando las implicaciones lo golpearon como puñetazos. Demasiado perfecto. Demasiado limpio.
Como una pintura de maestro que intenta ocultar sus propias pinceladas. Como una mentira que se viste con las ropas de la verdad, haciéndola aún más peligrosa.
Se levantó lentamente, sintió sus articulaciones protestar, rechinando como goznes viejos que habían pasado demasiado tiempo sin aceite.
Sus ojos escrutaron la oscuridad circundante, catalogando cada sombra, cada movimiento del viento en las ramas, cada sonido que no sonaba del todo bien.
Sus años como cazador le habían enseñado que el mayor peligro a menudo era invisible.
En algún lugar ahí fuera, lo estaban observando, los arquitectos de este teatro macabro. Podía sentir sus miradas en su piel como arañas arrastrándose sobre carne desnuda, su presencia como un peso en el aire. Estaban saboreando este momento, probando su incertidumbre como un vino fino.
Entonces comenzó la melodía.
Se formó de la nada, un susurro entre los troncos de los árboles, tan bajo que al principio pensó que solo era el viento.
Pero el viento no cantaba con palabras, y el viento no llevaba este frío que llegaba directamente a los huesos.
La voz se elevó en un canto profundo y gutural, que salía de las sombras como de una pesadilla olvidada.
Una voz a la vez fría y familiar. El vello de la nuca de Jacin se erizó, y un miedo primitivo se arrastró hasta sus entrañas, una ansiedad más antigua que la civilización, más antigua que el lenguaje y la razón.
Reconoció las palabras antes de que le llegaran a los oídos. Todo lobo las conocía, todo lobo las temía. Estaban quemadas en el alma de su especie como un hierro candente:
«Se alza la luna de sangre, despiertan las sombras,
aquel que lleva la corona, esta noche quebrará.»
La canción de los Zarpa Sombras. Un salmo de aniquilación que había hecho eco a través de las noches durante siglos como el lamento de los condenados.
Era más que una canción. Era una promesa, una profecía, una sentencia de muerte vestida de melodía.
Cada nota llevaba el peso de siglos de miedo, cada verso empapado en la sangre de aquellos que la habían oído por última vez.
El corazón de Jacin martilleaba contra sus costillas como un pájaro atrapado golpeando los barrotes de su jaula.
Sus dedos se cerraron alrededor de la empuñadura de su cuchillo, buscando anclaje en el frío familiar del metal, la única certeza que le quedaba en este momento de absoluta incertidumbre.
El cuero de la empuñadura estaba húmedo por su sudor, pero la hoja estaría afilada, lista para separar la carne del hueso si llegaba el momento.
¿Dónde están?
Sus ojos peinaron la oscuridad con la intensidad de un depredador en la caza.
Cada músculo de su cuerpo estaba tenso como la cuerda de un arco, listo para estallar en movimiento.
Los cantantes estaban cerca, lo sabía con la certeza del acosado.
Estaban saboreando su reacción, disfrutando cada momento de su creciente tensión, de su paranoia extendiéndose como veneno por sus venas.
Ese era su juego. No solo el asesinato en sí, sino la puesta en escena, el juego psicológico que seguía. El lobo muerto era solo el primer acto de un drama destinado a escenarios mucho más grandes. Un preludio de una guerra que podía tragarse manadas enteras.