El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

O lerra se vistió con su mejor armadura y túnica.

Glenaerys se habría puesto algún vestido elegante, pero Olerra era una guerrera, y se lo iba a recordar a toda la nobleza.

Su victoria sobre Atalius había ocurrido hacía tan solo unas semanas, pero su atuendo de batalla sería el perfecto recordatorio de cómo había frustrado los planes de su prima y de su peor enemigo en una sola noche.

Ydra le hizo unas trenzas de batalla. La peinó de manera que los mechones de la parte superior de la cabeza tuvieran un volumen impresionante.

Luego, le trenzó a lo largo de la espalda todo el cabello, para después juntar todas las trenzas en una más gruesa que quedó reposando sobre su hombro.

Olerra se preguntó si se parecería a su madre.

Había sido una semana de celebración en Amarra. El quingentésimo aniversario del Don de la Diosa no merecía menos. La general había pasado la semana con Sanos, disfrutando de comida, bebida y danza. Por primera vez, eran libres para ser quienes eran en realidad. Y era maravilloso.

Las heridas de Olerra estaban curando bien. Tan solo la del costado le daba algo de guerra cuando se giraba de mala manera. Por lo demás, todo había vuelto a la normalidad, a excepción de no poder entrenar con sus tropas.

Aquel día, la nobleza votaría a la sucesora al trono de Amarra y, al día siguiente, sería la boda de Olerra. Sin embargo, lo que la princesa esperaba con más ansia era la llegada de la noche.

La sanadora le había dado permiso para llevar a cabo actividades nocturnas, siempre y cuando tuviera cuidado y se detuviera al menor indicio de molestia.

Se lo contaría a Sanos después de la votación, que tendría lugar en el salón del trono.

La guardia personal de Olerra la escoltaba hasta allí.

Su príncipe estaba a su lado, vestido con una camisa y pantalones elegantes.

Habían llegado a un acuerdo que le permitía vestir ropa bruta siempre y cuando llevara el bíceps izquierdo al descubierto. A Sanos le había parecido perfecto.

—¿Nerviosa? —le preguntó.

—Una general amarriana nunca está nerviosa —respondió Olerra.

Él se quedó mirándola.

—Un poco —admitió ella.

Su príncipe se acercó y le tomó la mano.

—Pase lo que pase, todo irá bien. La votación es poco más que un formalismo en este punto, ¿verdad?

—No necesariamente.

—¿En serio permitirían a tu prima gobernar?

—No, pero podrían votar a una pariente lejana.

—Eso es una tontería, y lo sabes.

Olerra se crujió los nudillos de la mano que tenía libre.

—Hablas como alguien que ya tiene su trono asegurado. ¿Cómo te sentirías si todo el mundo votara y eligiera a Canus como rey?

—Probablemente, aliviado.

Olerra puso los ojos en blanco. No era que su hombre no tuviera ambición. Era que nunca había tenido que luchar por su posición. Le pertenecía por nacimiento. Era un misterio que no hubiera resultado ser un niñato mimado.

Las puertas del salón del trono se abrieron, y Olerra y su séquito avanzaron. Sanos le besó la mano antes de separarse de ella para que pudiera subir al estrado. La general le guiñó un ojo antes de seguir caminando.

Sus tías ocupaban tronos gemelos. A su alrededor, el resto de las miembros del Consejo: Enadra, Cyssia y Usstra. Junto a ellas se encontraba Menina, una adinerada vizcondesa que había ocupado el lugar de Shaelwyn.

Olerra subió los escalones hasta lo alto de la tarima y se arrodilló ante las mujeres que la rodeaban, sometiéndose a su veredicto.

La sala estaba más llena de lo habitual.

Había nobles de todos los rincones de Amarra que habían viajado a la capital para los festejos del aniversario del Don de la Diosa.

Se encontraban allí para emitir su voto, y la votación había ocurrido antes de que se permitiera la entrada de Olerra.

La decisión ya estaba tomada. Tan solo quedaba esperar a conocerla.

La reina se puso en pie.

—Olerra Corasene, hemos tomado una decisión. Todas quedamos muy impresionadas por tu victoria contra el rey de Brutus y la manera en que desvelaste la traición de tu prima. —Lemya se giró hacia Usstra.

—No obstante —dijo ella—, no tienes el Don, hecho que nos ocultaste a todas. Es por ese motivo que hemos tenido en consideración a varias de tus primas terceras como posibles princesas herederas.

Olerra evitó que se notara su sorpresa. La conclusión de que estaba a punto de ser públicamente avergonzada la dejó helada. Iban a invitar a subir al estrado a alguna prima suya.

Después de todo, seguía sin ser digna.

Al cerrar los ojos, vio el rostro de Sanos.

Y sintió paz.

Todo iría bien. Olerra no tenía que seguir ocultando su verdadero ser. Pronto se casaría con el hombre al que amaba y, pasara lo que pasase, podría gobernar Brutus junto a él y mejorar la situación de las mujeres que allí vivían.

Era suficiente.

Enadra siguió con su parte del discurso:

—Hemos sometido a votación a cada mujer elegible.

—El resultado ha sido casi unánime —dijo Menina.

Cyssia sonrió.

—Te concedemos el título de princesa heredera.

—Olerra, en pie —dijo la reina.

Había sido un latigazo emocional. La general alzó la cabeza y miró a su tía, incrédula. Sin saber cómo, logró que los músculos de sus piernas respondieran. Tras ella, los aplausos inundaban la sala.

Lemya extendió la mano hacia ella y Olerra la tomó. La reina la hizo girarse para mirar al público.

—He aquí vuestra próxima reina: ¡la princesa heredera Olerra Corasene!

El aplauso fue ensordecedor. Olerra notó sus ojos humedecerse y no pudo hacer nada para detenerlo. Se echó a reír mientras las lágrimas caían por sus mejillas. Toria y Lemya la abrazaron. Después, toda la nobleza amarriana la rodeó.

Pasaron horas charlando y complaciendo a las nobles. Al parecer, todas las personas de la sala querían hablar con su prometida, ahora que era oficialmente la heredera.

Sanos estaba tan orgulloso de ella. De todo lo que habían logrado juntos.

Cuando Olerra consiguió apartarse de la multitud, lo cogió de la mano.

—Salgamos de aquí, por favor.

No consiguieron escabullirse. Hubo más gente que los paró para hablar, pero, cuando por fin llegaron al pasillo, Olerra suspiró.

—Vamos a buscarte algo de comer —sugirió Sanos.

Cuando llegaron a sus aposentos, mandaron a un eunuco a por refrigerios.

Cuando volvió con pan y cerveza, se recostaron en un cómodo sofá junto a la ventana. Olerra dio un largo sorbo a su bebida.

—Soy la princesa heredera —dijo.

—Sí —coincidió Sanos.

—Y tú eres el rey de Brutus.

—Sí.

—Y mañana nos casamos.

—Sí.

Se giró hacia él, pudiendo por fin ver con claridad.

—Pensaba que si lo decía en voz alta, lo sentiría más real.

—¿Y ha funcionado?

—Un poco. No lo suficiente.

—¿Qué necesitas?

Olerra sonrió, le quitó la bebida de las manos y la depositó en la mesa junto a la suya. Le tomó la mano y lo guio hacia la cama.

—A ti —respondió—. Te necesito a ti. Ahora.

Sanos sintió su cuerpo arder. Se puso duro al momento, pero trató de pensar con la cabeza.

—Tus heridas.

—La sanadora me ha dicho que puedo, si tengo cuidado.

—¿Me estás siendo sincera? —El rey entrecerró los ojos.

—¿Acaso te mentiría?

—¿Por sexo?

Olerra se rio.

—Te lo prometo.

Entonces empezó a besarlo.

Todas sus nobles intenciones salieron volando por la ventana en el momento en que decidió creerla.

Esperar a que se curara había sido una tortura.

No poder tocarla cuando ella había hecho tanto por él.

Matar a su padre. Ofrecerle un reino. Convertirlo en su seul.

Tantas emociones resultaban abrumadoras.

Y, en ese instante, lo estaba besando. Trató de tocarle con delicadeza la cintura, pero el beso de Olerra era salvaje. Se puso de puntillas, lo agarró del pelo y no dejó que separara los labios de los suyos. Lo besaba como si quisiera reclamarlo para sí. Como si pudiera ser de cualquier otra.

Sanos tenía miedo de tocarla, así que lo hizo despacio, paseando los dedos por su cuello, pegando los labios a los de ella. Su mano izquierda fue a parar a la parte baja de su espalda y la movió hacia sí mismo, juntando sus cinturas.

Olerra emitió un pequeño gemido que él procuraría no olvidar nunca.

Con una repentina impaciencia, Sanos presionó la lengua contra los labios de Olerra, necesitando entrar en su boca.

Ella lo concedió. Sus lenguas bailaron, y él se dejó llevar por sus emociones y sensaciones. Estaba besando a una mujer porque lo deseaba. No porque le hubiera pagado. Había sido ella quien había empezado a besarlo, y aquella idea lo ponía aún más.

Olerra tiró de su lengua hacia su propia boca y se la chupó. Fue algo que le recordó tanto al sexo que Sanos se sintió temblar de ganas. Hizo todo lo que pudo para ignorar sus impulsos, dejando que ella decidiera el ritmo. Estaba herida. Debía tener cuidad…

La general lo empujó a la cama. Él se echó hacia el centro, sin dejar de mirarla a los ojos. La observó quitarse la armadura, parte por parte. Después se subió sobre él.

«Joder».

Se quitó la camisa y las sandalias. Ella lo ayudó con el pantalón. A pesar de que Olerra seguía vestida con la túnica, él se encontraba completamente desnudo, y ella le agarró la polla con las manos.

Él gruñó, echando atrás la cabeza contra el colchón.

—Mírame —dijo ella.

—Sí, Olerra —respondió.

—Buen chico.

Se inclinó y lo lamió desde la base hasta la punta.

—Oh, dioses. Como vuelvas a hacer eso, te juro que no podré aguantar.

Ella se aclaró la garganta.

—¿No se suponía que los brutos erais muy viriles? Pensaba que eso implicaba que os recuperabais muy rápido.

Sanos tenía fuego en la mirada.

—Sí, nos recuperamos rápido, pero no tanto como para…

Olerra colocó los labios sobre la punta y chupó.

—Joder, Olerra.

Podía notar su sonrisa en torno a él, y casi se corrió de pensar en ello. Qué creído se lo tenía. Qué sexi era su mujer.

Se la metió entera en la boca, hasta la garganta, sin una sola arcada, y Sanos se preguntó cómo habría practicado para ser capaz de hacer eso sin esfuerzo. ¿Con algún falo de los de la caja? Joder, lo iba a matar.

Olerra jugó con él, de la misma manera que cuando lo había follado con los dedos. Cogía ritmo, y pausaba para lamerle la punta o explorar por la base. Se estaba volviendo loco de deseo, y sospechaba que justo eso era lo que ella pretendía.

Era increíble, pero había algo que deseaba todavía más. Necesitaba que tuviera la boca libre para que pudiera decir eso que él había estado echando en falta durante todos sus encuentros.

—Olerra, por favor —le suplicó—. Ven aquí.

Ella se la sacó de la boca, y Sanos tembló por su ausencia.

Fue hacia él hasta quedar suspendida a horcajadas. Entonces, despacio, se sentó, metiéndosela.

Sanos observó su rostro con atención, buscando cualquier indicio de dolor, ya fuera por él o por sus heridas. No vio nada más que éxtasis.

—Un segundo —dijo Olerra.

El rey podía sentir cómo se contraía a su alrededor, haciéndose a su contacto dentro de ella. Era la combinación perfecta. No tenía recuerdo de haberse sentido mejor.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Todo perfecto.

—Entonces, ¿por qué…?

—Porque voy a correrme, y no quiero que esto termine antes de empezar de verdad; deja que respire un segundo.

Sanos cerró la boca.

Miró hacia abajo y vio que los dedos de su mano derecha estaban húmedos. Se había estado tocando mientras se la chupaba. Normal que estuviera a punto de correrse. ¿Cómo podían dársele tan bien las dos cosas al mismo tiempo?

Estiró una mano para apartarle la trenza y se incorporó para besarle el cuello.

—No ayudas —le dijo.

—¿Y qué hago entonces? ¿Te cuento un cuento?

Olerra se rio.

—Tampoco creo que eso vaya a ayudar.

Sanos se abrazó contra ella.

—Si te corres rápido, haré que te vuelvas a correr. Por el amor de los cinco dioses, muévete, por favor.

La mirada que le dedicó fue una mezcla de irritación y deseo, dos cosas que parecían ir de la mano entre ellos. Le borró la expresión con un beso.

—Vamos a dejar una cosa clara —dijo Olerra—. En el dormitorio, mando yo.

Sanos enarcó una ceja.

—Pero también mandas fuera. ¿No deberías dejarme mandar a mí aquí?

En el rostro de Olerra se fue dibujando una sonrisa.

—Podemos turnarnos.

—Hecho. Y ahora mueve esas putas caderas.

Así lo hizo.

Tan lentamente que parecía una agonía. Sanos colocó las manos sobre su cintura, con cuidado de no tocar la venda que cubría la herida infligida por su padre. Trató de hacer que se moviera más rápido, pero ella se resistió con una carcajada.

—Si no estuvieras herida —la amenazó—, te tiraría contra la cama en lo que tardas en parpadear. A ver quién se reía entonces.

—Pobre principito —dijo ella—. Igual se te ocurre algo para animarme a ir más rápido.

Al principio, Sanos pensó que quería que se pusieran a negociar mientras follaban, pero después comprendió. Se lamió el pulgar antes de ponérselo sobre el clítoris.

—Buen chico. —Olerra empezó a moverse de verdad.

Sanos intentó sentirlo todo a la vez. El movimiento de la cama. Sus respiraciones entrecortadas. El sudor de su piel uniéndose al de ella. Su dedo contra su sexo. Estar dentro de ella, tan mojada y apretada. Era demasiado. No era suficiente. Era todo lo que nunca había sabido que necesitaba.

Se echó hacia delante y le mordió los pezones y los pechos con suavidad. Aquello solo hizo que fuera más deprisa. Ahora no hacía más que respirar contra ella. Aguantando. Intentando tardar para…

—¡Sanos!

Eso era lo que quería. Oír su nombre en sus labios. Joder, lo deseaba más que el aire.

Era todo lo que necesitaba para acompañarla.