Epílogo
EPÍLOGO
O lerra no recordaba haberse quedado dormida. Un segundo estaba en brazos de su príncipe, de su rey, y, al siguiente, estaba soñando.
Era uno de esos sueños que no podía controlar. Si hubiera podido, habría elegido un decorado mucho mejor. Solo veía negro. Como si tuviera los ojos cerrados.
«Olerra».
Una voz la estaba llamando. Era hermosa y femenina, familiar, pero, al mismo tiempo, distante. Al principio, se preguntó si sería la voz de su madre.
«Olerra».
No. No era su madre, pero era alguien importante.
—Olerra.
La voz se encontraba ahora junto a ella. Era la diosa Amarra. La general no estaba segura de cómo podía saberlo. Seguía sin ser capaz ver nada, pero eso no importaba.
—Estoy aquí —dijo Olerra.
—Tengo algo que decirte.
Ella sabía qué era sin que se lo dijera.
—El motivo por el que no tengo el Don.
—Sí, pero tengo la sensación de que no hace falta. Seguro que ya lo has averiguado.
Olerra reflexionó durante un segundo.
—No lo necesito.
—Así es.
—Soy más porque no lo tengo.
—Sí —respondió Amarra—. Tienes empatía por los que son más desfavorecidos que tú. Los hombres de mi reino. Los plebeyos. ¿Acaso no amo igual a todas mis hijas e hijos?
—Lo hacéis.
La voz se alejó, como si se desvaneciera en la nada.
«Y serás la reina que necesitan. Mi elegida».
Olerra abrió los ojos y el brillo de la luz la cegó. Fue tan drástico el cambio desde la oscuridad de su sueño que tuvo que cubrirse la cabeza con las sábanas.
—No te vuelvas a dormir —gruñó Sanos, medio dormido—. Hoy nos casamos.
Olerra apartó las mantas mientras el sueño y el recuerdo de la noche anterior volvían a ella. No tenía claro si el sueño había sido solo eso, un producto de su imaginación, o si realmente su diosa le había mandado un mensaje. Un regalo especial en la víspera de su aniversario.
No tenía importancia.
Olerra sabía quién era. Y eso era suficiente.
—¿Sabes? —dijo—. Creo que hoy va a ser un día perfecto.
—Lo dices porque aún no has conocido a mis hermanos.
—Peor que tú no pueden ser.
Sanos se echó sobre ella, pero sosteniendo su propio peso con las manos para no hacerle daño. Olerra no veía el momento de estar completamente recuperada para poder sentir todo su peso sobre su cuerpo.
—Caradura —contestó, acercando los labios a su cuello.
—Parece que ya estás totalmente curado de tu aversión a la intimidad física —comentó Olerra.
Se habían acostado no una, sino tres veces en muy rápida sucesión. La virilidad bruta era realmente sobresaliente.
—Sabes perfectamente la causa de mi pasada aversión.
—¿Y quién tiene la culpa de eso salvo tú? ¿Conoceré hoy por fin al verdadero Andrastus?
—Aj. Por favor, ese nombre en nuestra cama, ni mentarlo.
Olerra sonrió.
—¿Nuestra cama?
Sanos miró hacia la puerta de su dormitorio.
—¿Preferirías que pasara las noches en la mía?
—Te estoy tomando el pelo. Considérate afortunado si dejo que salgas de nuestra cama.
La mirada que le dedicó era ardiente.
—Como si fuera a querer.
Su cabeza desapareció bajo las sábanas.
A Sanos le dolían las mejillas. Tardó un segundo en caer en la cuenta de que era por lo mucho que sonreía últimamente. No estaba acostumbrado a… estar contento.
O al sexo diurno.
Era maravilloso. Puede que le gustara incluso más que el nocturno. Despertarse y encontrar que Olerra seguía a su lado después de cerrar los ojos cada noche era algo a lo que nunca se acostumbraría.
—Hemos llegado —dijo ella con orgullo—. Estos eran los aposentos de Glen, pero, con ella encerrada bajo el palacio, esta ala es más que suficiente para acomodar a tu familia.
Pueden visitarnos siempre que quieran o establecerse permanentemente.
No te preocupes, han quitado todas las cosas de Glen y han limpiado a conciencia.
Aquella mañana habían recibido la noticia de que la familia de Sanos había llegado. Canus había sacado a su madre y a Emorra del castillo, pero las habían seguido. Su padre no amenazaba en vano y, pese a que no había sido Sanos quien había acabado con Atalius, varios hombres habían ido tras ellas.
Habían tenido que dar un rodeo hasta Amarra. Canus iba mandando a mensajeros para mantener a Sanos informado. Le pediría que le contara toda la historia en otro momento. Por ahora, tan solo quería comprobar que todo estaba en orden.
Llamó a la puerta.
Al otro lado se oyó algo de barullo, pero, al cabo de un segundo, se abrió. Trantos se asomó a la puerta, listo para cerrarla de golpe si no le gustaba quién llamaba.
—¿Puedo pasar? —preguntó Sanos, burlón.
Trantos sonrió y abrió la puerta del todo.
—Ah, eres tú. Pensaba que iban a aparecer más de esos hombres tan entusiasmados. Nos han preguntado si queríamos ayuda para bañarnos antes de la ceremonia de esta noche.
Sanos se rio al pensar en los eunucos intentando forzar a sus hermanos a darse un baño.
El vestíbulo principal estaba repleto de flores frescas y cómodos asientos. Antes de que Sanos y Olerra llegaran, habían servido té, y dos mujeres ya lo estaban disfrutando.
—¡Sanos! —Emorra salió corriendo hacia su hermano y se lanzó sobre él.
Su cabello era aún más claro que el del resto de los Ladicus, de un blanco brillante. El rey enredó sus dedos en el pelo de su hermana pequeña, tal y como sabía que le gustaba.
—Te he echado de menos —dijo ella—. No vuelvas a irte.
Sanos sintió que se le encogía la garganta. Estaban ahí. Estaban a salvo.
Dejó a Emorra en el suelo y su madre ocupó su lugar.
Había lágrimas en sus mejillas. Sanos las notó cuando Ferida apretó el rostro contra el suyo.
—No sé cómo lo has conseguido, pero estoy tan orgullosa de ti…
—No lo hice solo. —Sanos dio un paso atrás y tomó la mano de la general—. Esta es Olerra. Ella hizo casi todo el trabajo.
Su madre se inclinó con educación, a la manera de los brutos cuando conocen a alguien, pero Olerra la envolvió en un cálido abrazo. Sanos apenas pudo oír lo que le susurró al oído.
—Gracias por haber traído al mundo a un hombre tan maravilloso.
El corazón del rey amenazaba con estallar.
—Gracias a ti —respondió Ferida—. Por salvarlo.
Sanos pensó que sería adecuado hacerse a un lado, que quizá aquella conversación no estaba destinada a sus oídos. Y entonces Canus se estampó contra él.
El aire abandonó sus pulmones y vio cómo el mundo bajaba a su alrededor.
—¡Hoy es la boda! ¡Hoy es la boda! —coreaba Ikanos desde algún lugar, en cuatro golpes de voz.
Trantos y Canus lo alzaron sobre sus hombros y se unieron al coro.
—Bajadme, par de idiotas —ordenó Sanos.
No le hicieron caso.
—Deberíais obedecer —dijo Andrastus cuando entró en la sala—. Ahora es el rey. Puede hacer que os ejecuten.
Sanos tiró del pelo a la pareja de idiotas mientras lo llevaban de un lado a otro. Por fin, Trantos y Canus lo bajaron.
—Tened un poco de educación —dijo su madre—, y venid a conocer a vuestra cuñada.
—Hasta dentro de cuatro horas no lo será —dijo Emorra sin ánimo de ayudar.
Olerra les dedicó una sonrisa educada. No parecía estar particularmente incómoda, sino como si no supiera bien qué hacer.
—Perdona —dijo cuando se cruzó con la mirada de Sanos—. Es que no estoy acostumbrada a estar tan rodeada de familia. Es emocionante.
Ikanos le pasó un brazo por encima a Olerra.
—En realidad, es bastante fácil. Básicamente nos dedicamos a meternos con Sanos.
—¡Oye! —se quejó el aludido.
—Creo que eso sí puedo hacerlo —dijo Olerra—. ¿Queréis que os cuente cuando luchó contra otro hombre ante mil mujeres completamente desnudo?
—Olerra, querida —dijo Andrastus, dando toquecitos al asiento vacío junto a él—. Siéntate y cuéntanoslo todo.
—No te dejes nada —coincidió Canus.
—Muy bien —dijo Sanos, acercándose a ella—. Creo que ya hemos tenido suficiente tiempo familiar.
—Yo quiero escuchar la historia. —Hizo un puchero.
—¿No tendrías que ir preparándote? —le preguntó Sanos a Olerra.
—Aún tengo una hora libre —dijo ella con alegría.
Se sentó junto a Andrastus, y el resto se colocó a su alrededor en asientos cercanos.
—Empecemos por el principio.
Sanos se masajeó las sienes, haciéndose el ofendido, pero en realidad no era capaz de enfadarse. Tenía todo lo que necesitaba en aquella habitación. Y el poder para mantenerlo a salvo.
Se sentó para escuchar la versión de Olerra de la historia de cómo se habían conocido y enamorado.
Olerra quería una boda por todo lo alto, e Ydra la había ayudado a hacerla posible. Toda la corte amarriana estaba presente, junto con muchos y muchas nobles de reinos vecinos que habían ido a trasladarles sus buenos deseos. No había ni un asiento vacío.
El vestido de Olerra era negro medianoche, a juego con el ónice del brazalete de Sanos. Tenía bordados de plata y el dobladillo le acariciaba las rodillas. Las mangas colgaban libres por sus hombros, y un corsé de cuero le ceñía la cintura.
Sus sandalias eran de cuero negro. A lo largo de las cuerdas que se ataban a sus piernas, había cuentas bordadas.
La habían peinado con la trenza de matrimonio tradicional, con una corona alrededor de la cabeza y el resto de los mechones cayéndole en cascada por la espalda.
Entre el cabello suelto se intercalaban trenzas más simples, entretejidas de cuentas plateadas.
Ydra y ella estaban de pie, solas en una tarima alzada en el exterior; ante ellas se extendían las largas filas de invitadas e invitados. La mayoría estaba conversando entre sí. Eran pocos los que miraban hacia las dos mujeres en el estrado.
—Hay muchísima gente —dijo Ydra.
—¿A que es emocionante?
—Si a ti te lo parece.
—Algún día estarás en mi lugar —le dijo Olerra.
—No, gracias.
—¿Qué fue de lo de secuestrar a un marido para ti?
—Era un paripé para tu príncipe, y lo sabes.
—Pero ¿te lo has planteado alguna vez? —preguntó Olerra—. ¿Tomar a un marido? A uno de verdad, quiero decir.
—Una vez le pregunté a mi puto favorito si le gustaría que lo tomara. Me respondió que le gustaba acostarse con una mujer distinta cada noche y que nada lo convencería para hacer otra cosa.
—Tú y tu deseo de salvar a todo el mundo. —Olerra sonrió—. Espero que algún día dejes que alguien te cuide a ti.
Ydra soltó una risotada.
—Creo que pasas demasiado tiempo con tu bruto. Somos amarrianas. Nuestro deber es cuidar y proveer al sexo débil.
—Pero sin olvidarnos de vivir nuestras vidas.
—Yo no…
Ydra se interrumpió porque la reina acababa de llegar para oficiar la boda. Lemya se colocó detrás de Ydra y Olerra; en sus manos traía un trozo de seda con el que uniría las manos de Sanos y de la princesa durante la ceremonia.
—¿Lista? —preguntó la reina.
—Sí —dijo Olerra, sintiendo cómo el estómago se le cerraba de los nervios.
Con un gesto de la reina, la orquesta empezó a tocar una marcha nupcial. Olerra miró hacia el fondo del pasillo entre los asientos con entusiasmo.
En primer lugar, apareció Ikanos. Vestía un conjunto ceremonial bruto con el que se tenía que estar muriendo de calor bajo el sol amarriano. Iba lanzando pétalos de rosa, sonriendo al caminar. Cuando llegó al final del pasillo, se inclinó ante Olerra antes de colocarse en un extremo de la tarima.
Después, salió Trantos. Daba la impresión de estar disfrutando un poco en exceso de la música. Sus caderas se meneaban al compás, e incluso dio un par de vueltas para el público, que le aplaudió. Antes de situarse junto a su hermano, le guiñó un ojo a Olerra.
Ydra se quedó helada de repente junto a la general.
—¿Quién es ese? —le susurró.
Canus se acercaba hacia ellas por el pasillo. Caminaba con determinación, vestido con una túnica negra y pantalones. Sus ropas enmarcaban su gran tamaño.
—Es el hermano de Sanos, Canus. —Olerra se giró hacia Ydra con curiosidad.
Su amiga tragó saliva.
—Nunca había visto un hombre tan enorme.
—El difunto rey era aún más grande.
—Ah, ¿sí? No me había dado cuenta.
Los ojos de Ydra no se despegaron de Canus hasta que ocupó su posición en la tarima.
Olerra estaba tan distraída por la fascinación de su amiga que no se dio cuenta de que Andrastus había aparecido hasta que ya se encontraba sobre el estrado.
Se giró hacia el pasillo justo a tiempo de ver aparecer a Sanos. Su madre y su hermana estaban junto a él, cada una agarrada de un brazo, pero Olerra apenas les prestó atención.
Su hombre estaba espectacular.
Había optado por vestir un conjunto amarriano, y a ella le encantaba. La falda era magnífica y mostraba sus piernas en todo su esplendor. Era negra, a juego con su vestido, y tenía más cuentas de ónice engarzadas. Su camisa de seda era blanca y sin mangas. El brazalete relucía al sol.
Le habían trenzado el cabello rubio platino para que no le cayera sobre el rostro, y apenas llevaba maquillaje.
Algo de sombra de ojos y un poco de plata sobre los párpados.
El camino hasta la tarima se le hizo eterno.
Olerra estaba prácticamente lista para salir corriendo junto a él, pero consiguió quedarse quieta.
Cuando por fin llegaron a la tarima, Emorra y Ferida se colocaron junto a Ydra, y Sanos avanzó hacia la general.
—Hola —susurró ella.
—Hola —contestó él.
La reina hablaba, pero Olerra no prestaba atención a sus palabras. Todos sus sentidos se encontraban embelesados por el hombre frente a ella.
Apenas se dio cuenta cuando Lemya les envolvió las manos con la seda, ni de que ella misma estaba hablando de querer y cuidar a su amado toda la vida. Observó los labios de Sanos moverse mientras le prometía adorarla y apoyarla siempre.
Y, después, estaba hecho.
Olerra lanzó los brazos sobre su cuello y lo besó.
Sabía que los brutos no mostraban su afecto en público, por lo general, pero Sanos no podía estar más feliz de participar del último rito de una boda ainarriana.
La acercó más hacia sí, recibiendo sus labios con entusiasmo. Y Olerra se emocionó al tener junto a ella a su igual, ahora unidos para siempre.