El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 27 #2
97%

Capítulo 27 #2

—¿Con la traición de tu prima y tu triunfo sobre Brutus? ¿Acaso lo dudas?

Algo había cambiado en los últimos días. Las soldados de Olerra la habían seguido sin rechistar, a pesar de no contar con el Don de la Diosa. Había derrotado al hombre más temido del mundo sin él. Había evitado una guerra y unido los reinos.

Sabía que podía hacer cosas verdaderamente increíbles sin magia.

—Sé lo que valgo, tía. Pero no sé si otras podrán verlo.

—Lo hacen. Vas a tenerlo todo. Ahora, descansa. Deja que yo me encargue de Glenaerys y de Shaelwyn.

Olerra negó con la cabeza.

—Quiero estar presente en su juicio.

—De acuerdo. Podrás ir.

—Gracias, tía. ¿Puedo verlo?

—Por supuesto, está fuera. Tuvimos una discusión por quién estaría a tu lado cuando despertaras.

—Quieres decir que le ordenaste que esperara para verme tú primero.

—Exacto.

Cuando por fin permitieron que Sanos pasara a la enfermería, no sabía qué le iba a decir. Estaba harto de verla envuelta en vendas.

—Me gustaría que dejaras de recibir palizas por mí —consiguió decir.

Olerra se encogió de hombros, pero esbozó una mueca de dolor.

—Cuando Brutus y Amarra se unan, dudo que vaya a haber muchas más ocasiones para ello. Pero, si lo que me estás diciendo es que deje de luchar, la respuesta es no. Siempre lucharé para proteger a quienes me importan.

—¿Y estoy yo en esa lista? —preguntó.

No le cabía la menor duda, después de todo lo que había hecho por él, pero Sanos quería oírlo de su boca.

—Tu nombre es el primero.

El rey se sentía como pez fuera del agua. No sabía cómo reaccionar. Estaban evitando hablar del tema, haciendo como si su matrimonio fuera una cosa segura. Pero no hacían las preguntas más pertinentes.

Sanos decidió ser valiente.

—Una vez me dijiste que debería agradecer el honor de ser tu marido. Lo dijiste con una confianza que me hizo odiarte al instante.

Olerra sonrió.

—Te odiaba, pero también estaba prendado de ti.

Eras tan feroz y protectora. Después conocí tu faceta más sensible.

Lo mucho que te preocupas por tu pueblo.

Tu miedo de no ser suficiente para Amarra.

Amo cada parte de ti. Y adoro cómo me has cuidado.

Y yo también quiero cuidarte. Quiero que seamos iguales.

Olerra dio unos toques sobre la cama, a su lado, y Sanos se sentó.

—Túmbate —le dijo—. Abrázame tú; yo todavía no puedo.

Él no dudó, y colocó sus manos con cuidado sobre las zonas sin vendajes, acariciándola.

—Seremos iguales —declaró Olerra—. Encontraremos la manera, aunque tengamos que trabajar por ella día y noche. En cuanto me recupere, te demostraré lo mucho que significas para mí.

A Sanos le recorrió un escalofrío.

—No veo el momento.

El juicio se llevó a cabo en la misma sala en la que Glen había tratado de decapitar al elegido de Olerra. Parecía un giro adecuado de los acontecimientos que su prima se fuera a ver forzada a ocupar el lugar de Sanos, buscando ayuda donde nadie se la brindaría.

No, su única aliada, su madre, se encontraba junto a ella igualmente encadenada.

Olerra se estaba recuperando. Podía caminar, aunque no correr. Apenas podía alzar los brazos. Ni siquiera para quitarse una camisa. Pero no se iba a perder el espectáculo.

Fueron muchas las partidarias de Glen que testificaron en favor de su carácter y de todo lo que había hecho por el reino.

La jefa de espionaje habló de las ocasiones en las que la información obtenida por Glenaerys había servido para frustrar varios intentos de magnicidio.

La tesorera alabó sus mejoras en la economía del reino.

Pero, por muchas que hablaran a su favor, los testimonios de quienes la acusaban eran devastadores.

Las espías de Olerra habían encontrado cartas al rey de Brutus del puño y letra de Glen. El monarca no se había molestado en quemarlas, seguramente porque él no perdía nada si se descubría su relación.

Las soldados a las que Glen había ordenado que dejaran pasar a la ciudad a las tropas de Atalius la delataron. Fueron necesarias horas de interrogatorios, pero, al final, cedieron. Y después llegaron los testimonios de todas aquellas que habían escuchado al rey admitir la traición de Glen.

Sanos estaba junto a Olerra cuando la nobleza declaró a Glenaerys culpable de todos los cargos. Sin embargo, al ser de la realeza, no podía ser ejecutada. Al igual que Olerra, cuando había pedido la sustitución por Sanos.

—Te sentencio a un arresto domiciliario perpetuo —declaró la reina Lemya—. Si la mandara al exilio, Glenaerys lograría encontrar apoyos que la ayudaran a tomar el trono. Se quedará en suelo amarriano, donde pueda tenerla vigilada.

Las miradas de Glenaerys y Olerra se cruzaron, y la general quiso abrir la boca para decir algo, lo que fuera, a la prima a la que seguía queriendo a pesar de todo. Pero no encontró las palabras.

—Tú, sin embargo —continuó la reina, dirigiéndose a la madre de Glen—, no eres de la realeza.

Fias ayudado a tu hija en su intento de alianza con Brutus para conseguirle el trono, y has financiado su traición.

Te sentencio a morir, Shaelwyn. Todos tus bienes irán al pueblo y a la Corona.

No permitiré que Glenaerys se libre de su arresto a base de sobornos.

Shaelwyn, normalmente tan hermosa y compuesta, se giró hacia Olerra con una mueca de odio cruel.

—No tienes derecho a sentarte en el trono de Amarra. ¡No tienes el Don! ¡Eres ordinaria! ¡Has encamado al enemigo!

—¿Te gustaría perder la lengua antes de perder la cabeza? —preguntó la reina.

—Yo he mantenido este reino en funcionamiento —dijo Shaelwyn—. Ha sido mi riqueza la que ha financiado tu reinado. No eres nada sin mí.

—Yo he traído la paz a nuestro pueblo y la he mantenido durante muchos años. Y mi legado pervivirá gracias a Olerra, la única heredera legítima al trono.

Shaelwyn desvió hacia la general su mirada envenenada.

—¡Tendría que haberte matado cuando tuve ocasión! Cuando maté a tus padres.

Tanto Olerra como la reina se quedaron heladas.

—Así es —dijo Shaelwyn, con una sonrisa en el rostro—. ¡Yo maté a tu madre y culpé a tu padre! Y después lo maté a él antes de que pudiera irse de la lengua. Me encargué de allanar el camino hacia el trono para Glenaerys.

Olerra no podía moverse. Quería hacerla callar, pero sabía que necesitaba oír el resto de la historia.

—Tenías cuatro años. Habría sido tan fácil… Lo único que te salvó fue el amor que mi hija sentía por ti. Pero no tendría que haberme dejado influenciar por semejante tontería. ¡No eres nada!

La reina guerrera de Amarra desenvainó su espada por primera vez en años. Las soldados se apartaron, abriendo paso hacia donde Shaelwyn estaba encadenada.

—¡Era mi hermana! —estalló Lemya.

Su espada hendió el aire.

La cabeza de Shaelwyn cayó a los pies de Glenaerys.

Olerra perdió fuerzas y casi se deslizó hacia el suelo ante tan devastadora revelación. Sanos se encontraba a su lado para sujetarla. Puso un brazo a su alrededor y sostuvo su peso. Colocó los labios sobre su sien.

—Te quiero. Estás a salvo. Lo siento tanto.

Durante toda su vida, Olerra había sentido que tenía que demostrar su valía porque su madre había muerto a manos de su padre. Pero no era cierto. Eso era lo que Shaelwyn le había hecho creer. Hasta donde Olerra sabía, su padre había sido un buen hombre que las había amado a ella y a su madre.

La venganza ya había sido dispensada. La reina la había ejecutado. Ahora, a la general solo le quedaba gestionar sus complicados sentimientos.

Apartó suavemente a Sanos y se acercó a Glenaerys, que no se había movido y seguía mirando la cabeza de su madre.

—¿Lo sabías? —preguntó Olerra—. ¿Sabías que los había matado?

Por primera vez en la vida, Olerra vio llorar a su prima. Pasó la mano sobre el cabello de la cabeza de su madre.

—No lo sabía —respondió—. Pero, si lo hubiera sabido, no te lo habría dicho.

La general le dio un guantazo a su prima.

La expresión de Glenaerys era de puro horror; Olerra nunca le había puesto la mano encima.

—Puede que vayas a estar encerrada entre estas paredes —dijo Olerra—, pero no pienso ir a visitarte. De ahora en adelante, para mí estás muerta.

Olerra se apartó de su prima mientras las guardias se la llevaban.