El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

S anos estaba agotado del mero esfuerzo de mantenerse en pie. Había visto cómo Olerra recibía herida tras herida, soportando todas ellas. Pero, ahora que había revelado la traición de su prima, tenía un aspecto diferente. Radiante. Victoriosa. Aunque la pelea no hubiera terminado.

—Has sido una oponente admirable, Olerra de Amarra —dijo su padre con calma—. Pero no te extrañaré.

—El sentimiento es mutuo, Atalius, aunque no creo que seas admirable.

La general estiró el lazo de cuerda que tenía entre las manos y empezó a darle vueltas sobre su cabeza, cual vaquero echando el lazo al ganado.

—Sanos, ¿alguna vez has visto a Olerra usar su látiga? —preguntó Ydra.

—No.

—Hay que entrenar durante años para dominarla —dijo ella—. La mayoría nunca lo consigue. Muchas se matan por accidente antes de lograrlo. Pero ¿Olerra? En ella es innato.

Antes de que el rey pudiera acercarse como para poder atacar con la espada, la princesa hizo un giro de muñeca.

Su acero golpeó al rey en un lado de la rodilla, tocando su piel entre los huecos de la armadura.

Pareció hundirse en la carne del monarca tres o cuatro centímetros antes de Olerra tirara hacia sí, recuperando la cuerda y haciendo arcos a su alrededor, alternando derecha e izquierda.

La hoja se movía a una velocidad tal que era casi imposible de seguir, y quienes más cerca estaban quedaron salpicados con la sangre del rey.

—Es un arma antigua —siguió Ydra, charlando—. Tan solo había una persona con vida que supiera manejarla, hasta que Olerra le suplicó que la entrenara. Cuando era pequeña, dominó los principios básicos, y no ha dejado nunca de practicar en privado.

La general arqueó el brazo, y el rey no pudo hacer nada para bloquear un segundo ataque que no era sino el restallido de un látigo con una daga en el extremo.

El golpe cayó sobre su brazo, clavándosele en el codo, de nuevo entre los huecos de la armadura.

Olerra tenía una puntería impecable. El rey dejó caer su espada.

Desenvainó su daga con la otra mano. Atalius trató de avanzar con el cuchillo, pero Olerra era más rápida y tenía más alcance gracias a la cuerda.

En la mejilla del rey se dibujó una línea escarlata que se deshizo entre su barba.

Por las tetas de Amarra.

Olerra solo había estado luchando con la espada para poder hacer que el rey revelara los planes de Glenaerys. En ese momento, sin embargo, estaba peleando en serio.

La general se rodeó los brazos y el cuello con la cuerda, dando vueltas a una velocidad imposible.

Golpeó a Atalius en el hombro. Después, en el cuello, demasiado lejos de la yugular como para ser un golpe mortal.

—Fanfarrona —murmuró Ydra.

Atalius intentaba esquivar sus golpes, pero le era imposible adivinar el siguiente objetivo del acero. No estaba acostumbrado a luchar contra un arma así. No podía defenderse.

Sanos se inclinó sobre el muro. Todo el mundo estaba llegando a la conclusión de que solo había un resultado posible, incluso su padre.

El rey dejó caer su daga y alzó las manos.

—Me rindo.

—No puedes rendirte, Atalius —dijo Olerra—. Es una lucha a muerte. Morirás empuñando un arma o sin ella. Como prefieras.

Él miró hacia atrás sobre su hombro, calculando la distancia hasta su ejército. Trató de huir.

Olerra volvió a lanzar su daga. Esa vez, la cuerda se enrolló en torno a los pies del monarca y el acero se clavó en su tobillo, haciéndolo caer. La general tomó del suelo la espada del rey, la clavó en la tierra y empezó a tirar de la cuerda.

El cuerpo de Atalius se iba acercando a ella, con la armadura tintineando mientras el monarca trataba de encontrar algo a lo que agarrarse entre la arena. Sanos no parpadeaba. No quería perderse ni un segundo.

Otro tirón.

Según recogía la cuerda, a los pies de Olerra se iba formando un círculo perfecto.

Otro tirón.

—¡Detenedla! —gritó el rey hacia sus tropas.

—Normas brutas —le recordó la general—. Nadie puede intervenir.

Otro tirón.

Cuando lo tuvo a una distancia adecuada, Olerra le dio la vuelta. Así tendría que mirarla mientras moría.

—No deberías haberles puesto la mano encima. A tus hijos e hija. A tu esposa. Pienso vengar su dolor con tu muerte.

Y alzó la espada del propio monarca hacia el cielo antes de hacerla descender y atravesar su cuello con la punta.

Sanos no era capaz de apartar la mirada. Olerra podía haber usado su espada, pero no lo había hecho. Había usado la espada del rey, la que ahora era la espada de Sanos, como si quisiera conectarlo más al momento.

Su padre, gigantesco, violento y espantoso, estaba muerto.

Alzó la vista para mirar a Canus. Su hermano se encontraba demasiado lejos como para poder apreciar su expresión, pero Sanos sabía lo que estaba sintiendo. Lo sabía porque era lo mismo que sentía él mismo y el resto de sus hermanos. Libertad. Alegría, incluso.

—Ordena que abran las puertas —le dijo Sanos a Ydra.

Bajó corriendo las escaleras de la muralla. El rastrillo se elevaba demasiado despacio, así que pasó por debajo y no se detuvo hasta llegar junto a Olerra.

Apenas podía mantenerse en pie, y Sanos la envolvió entre sus brazos.

—Lo conseguiste.

Era evidente, pero aún le costaba procesar que Atalius estaba realmente muerto.

—Lo has matado.

—Míralo —dijo Olerra.

El príncipe obedeció.

La boca de su padre todavía estaba abierta del esfuerzo del último grito que había dado. Tenía los ojos abiertos. Las facciones que Sanos había temido y odiado durante tantos años se encontraban ahora quietas. La sangre brotaba de la garganta del rey alrededor de su espada.

Con un brazo aún rodeando a Olerra, Sanos extrajo el acero del cuerpo inerte de su padre con un desagradable sonido.

Alzó la mirada para observar a las tropas brutas.

Se habían quedado sin líder.

No sabían qué hacer.

—Enseguida vuelvo —dijo el príncipe.

Olerra asintió, con plena confianza en sus ojos. Sanos se aseguró de que se podía mantener en pie antes de apartarse de ella y correr hacia los brutos.

Los brazos de sus hermanos, cubiertos de armadura, se sentían fríos contra su piel desnuda, pero Sanos agradeció su abrazo igualmente.

—Lo ha matado —dijo Ikanos.

—Está muerto —dijo Andrastus.

—Estás vivo —apuntó Trantos.

—Serás cabronazo —dijo Canus—. Nosotros poniéndonos en lo peor y tú follando en Amarra. ¿Te haces una idea del tormento que hemos pasado sin ti?

—Tú no te quejes —dijo Andrastus—. No fue contigo con quien la tomó padre día sí, día también.

Sanos sintió un gran alivio al ver que todos estaban bien.

—¿Madre y Emorra?

—Están bien —dijo Canus—. A salvo en el palacio.

Sanos se giró hacia él.

—Ve a casa a toda prisa. Tráelas aquí. ¿Lo harás por mí?

—Claro, pero ¿por qué?

—Apenas tenemos tiempo. Tienes que sacarlas de Brutus antes de que se corra la voz de la muerte de padre.

—De acuerdo —dijo Canus, y se marchó.

Los consejeros de su padre se acercaron a Sanos.

—Señor, deberíamos atacar ahora —le dijo uno—. Ha matado al rey y sus puertas están abiertas.

—No —dijo Sanos—. Mi padre acordó la paz. Elegid a unos cuantos soldados para que entren con vosotros. Es hora de negociar.

—¿Queréis que entremos a la ciudad con nada más que un puñado de guardias?

—Hemos sido nosotros quienes hemos venido con un ejército a su ciudad.

—¡Para rescataros!

—Y estoy perfectamente. Muchas gracias. Ahora bien, ¿soy o no soy el rey de Brutus?

—Lo sois —accedieron los consejeros.

—Entonces, obedeced. No tengo tiempo que perder. —Se giró hacia sus hermanos—. Volved a casa con las tropas, pero nos veremos pronto. Esperad mis órdenes.

Sin confirmar si le estaban obedeciendo, se dio la vuelta y corrió hacia Olerra. Seguía consciente. Seguía sangrando. No podía cargar con ella y con la espada del rey al mismo tiempo, así que dejó caer el arma y la cogió en brazos, manchándose de sangre el pecho descubierto. No le importó.

—Hay que llevarte a una sanadora.

Parecía que Olerra hubiera estado esperando a que su príncipe volviese a por ella, pues se desmayó mientras atravesaban las puertas de la muralla.

Cuando Olerra se despertó, estaba lavada y vestida, y le habían vendado las heridas. Su tía se encontraba junto a ella, entrelazando una mano con la suya.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó la reina cuando se percató de que estaba despierta.

—Como un acerico.

Lemya asintió, como si no esperara otra cosa. Habiendo sido una guerrera en su juventud, la reina sabía lo que eran las heridas del acero bruto.

—¿Cuándo se te ocurrió quedarte con el príncipe y retar a Atalius?

—Unos diez segundos antes de proponerlo.

—Casi te mata —dijo la reina con tono acusatorio.

—Lo podría haber vencido sin problema con la látiga.

—Pero te esperaste al último momento. Se suponía que ibas a intercambiar a un príncipe por otro. Que lograrías que Atalius admitiera su colaboración con Glenaerys desde la seguridad de la muralla, a mi lado. En lugar de eso, te volviste a poner en peligro por su hijo.

Olerra se palpó el costado, analizando la herida más profunda. Estaba dolorida y no podía incorporarse. Tendría que decirlo estando tumbada:

—Lo amo.

La reina enarcó una ceja, sorprendida.

—¿Cómo vas a confiar en él, después de todo lo que ha ocurrido?

—Poco a poco, supongo. Si él quiere.

Su tía cruzó las piernas.

—Querrá, créeme. He estado negociando con el nuevo rey de Brutus y sus consejeros, llegando a acuerdos de paz y nuevas condiciones sobre Shamire.

A Olerra le sorprendió la información.

—Sin querer, secuestraste al heredero al trono de Brutus e hiciste que se enamorara de ti. Ahora estamos hablando de combinar Brutus y Amarra en un solo reino. Olerra, nos has entregado Brutus, y no podría haber salido mejor si lo hubiéramos planeado.

La general se rio, pero a qué precio. Se quejó de dolor y se llevó las manos sobre el abdomen.

Lemya se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

—Descansa. Hay mucho que hacer. Tienes hasta el aniversario del Don de la Diosa para recuperarte. Debes hacer acto de presencia para que las nobles te declaren heredera.

—¿De veras crees que me elegirán? —Olerra tragó saliva.