El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Esa vez el rey le acertó en el brazo, y el corte fue más profundo. Olerra tomó una bocanada de aire, haciéndose al dolor. Había sido en el brazo con el que cogía la espada, y lo sufría cada vez que se movía.

—Y tú peleas como una cría que lleva años jugando a la guerra —respondió él.

—Dime, Atalius, ¿cuánto tiempo ha pasado desde que venciste una batalla?

Apenas logró bloquear el siguiente golpe, y le dolió todo el cuerpo al recibirlo. Las heridas le supuraban y palpitaban de dolor. Pasó a la ofensiva, tragándose la agonía, centrándose en los huecos en la armadura del rey.

Por muy rápido que se moviera, él siempre lograba bloquearla. Como si pudiera anticiparse a sus movimientos. Demostrando la ventaja que le daban sus años de entrenamiento.

—¿Qué sentido tiene esto? —le preguntó el rey—. Has perdido la oportunidad de ser reina. Vencerme no lo cambiará. ¿Así es como quieres acabar? ¿Quieres morir luchando? Los dos sabemos que no puedes ganarme.

Los golpes de Olerra eran cada vez más débiles y rebotaban contra la armadura de Atalius.

—Ya te he vencido —le contestó—. Te he arrebatado a tu heredero. Lo he convertido en un amarriano. ¿Sabías que le gusta más ser mi juguete que ser tu hijo?

La última pregunta no fue sino un susurro que tan solo el rey pudo escuchar.

Y fue un punto de inflexión.

Atalius detestaba que hubiera vestido a su hijo con ropas de cama y pintura. La embistió con una furia renovada, hendiendo su espada en la parte interior del muslo de Olerra.

El golpe casi la hizo caer.

—Hablas demasiado —dijo el rey—. Si fueras mía, te habría enseñado modales a base de golpes.

—Si fuera tuya, te habría matado hace mucho tiempo. No entiendo cómo ha aguantado Brutus tu tiraría durante tantos años. Creo que va siendo hora de un cambio.

El puñetazo llegó tan rápido que Olerra no tuvo tiempo ni de girar la cabeza.

La boca le sabía a sangre. Notó que la piel se le tensaba. El mundo se quedó borroso un instante.

¡Tenía que ser más rápida!

Cuando Atalius hundió su espadón en el costado de Olerra, la princesa cayó de rodillas.

Soltó un gruñido de dolor cuando el rey le extrajo el acero de la carne. Apoyó la punta de su propia espada en el suelo para evitar vencerse hacia delante. Confiaba en que la hoja no hubiera atravesado nada importante. Aunque tampoco importaba. Le dolía tanto que bien podía estar muriéndose.

Atalius caminaba a su alrededor, dejando que los gritos de sus tropas se alzaran en el viento. Dejando que creciera la expectación. Sabía que la tenía. Sabía que había ganado.

—Dime —gritó Olerra por encima del ruido—. ¿Por qué tardaste dos meses en descubrir dónde estaba tu heredero?

Cada bocanada de aire le ardía. Con la mano que tenía libre, trató de taponar la herida de su costado. Seguía al rey con la mirada mientras él daba vueltas a su alrededor como un perro rabioso.

—Te dije exactamente lo que quería —continuó—. Tu vida por un hijo. Pero no sospechaste de mí. ¿Por qué?

El rey no contestó. Giraba la cabeza de un lado a otro, como si buscara el ángulo perfecto para asestar el golpe de gracia.

—Admítelo —le dijo—. Sabes que tus hijos te detestan. Que Sanos hubiera huido parecía lo más probable, ¿verdad?

El rey seguía en silencio. Limpió la sangre de Olerra de su espada, preparándose para golpear.

—Por eso tuviste que esperar a que mi prima fuera a ti con la verdad.

—Olerra se aseguró de que su voz se oyera alta y clara desde la muralla—.

Lo que no consigo entender es por qué estaba en tu reino.

La idea de formar una alianza fue suya, ¿verdad?

Tú eres demasiado estúpido y orgulloso como para que se te ocurra algo así por tu cuenta.

¿Qué te prometió? ¿Mi vida si le conseguías el trono de Amarra?

¿Te dijo que dejaría pasar a tus soldados para que se enfrentaran a mis guerreras?

¿Por eso parte de tus tropas está al otro lado de la ciudad?

¿Te prometió que alguien los dejaría entrar por allí?

Lo intentó. Pero mis guerreras son mejores.

Me enteré de todo. Admítelo, Atalius, eres inútil sin una mujer fuerte que te guie.

El rey descargó un golpe contra ella. Usando ambas manos, hizo descender su enorme espadón sobre el punto en que Olerra se encontraba de rodillas en la arena.

Ella alzó su propia arma y llevó a sus músculos al límite, recibiendo el impacto.

Se enzarzaron en una batalla de fuerza. El rey empujaba y ambos aceros reposaban sobre el yelmo de Olerra. La princesa estaba usando todas sus fuerzas para mantenerse recta.

—La idea fue mía —le espetó Atalius—. Ella quería la alianza, pero yo establecí los términos del acuerdo.

Está claro que todas las amarrianas sois iguales: incapaces de llevar a cabo las tareas más sencillas.

Pero no os necesito ni a tu prima ni a ti para hacerme con este patético reino.

Y, desde luego, no necesito que nadie me ayude a matarte.

Atalius le dio una patada, y ella rodó para alejarse del rey y de su espada.

Habiendo ganado algo de distancia, Olerra miró hacia la reina.

En el rostro de Lemya se dibujaba una amplia sonrisa. Asintió y se giró hacia su guardia.

—Arrestad a Glenaerys por conspirar con nuestros enemigos.

Olerra observó con satisfacción cómo las mujeres de armadura escarlata rodeaban a Glen y a su madre.

Lo había conseguido.

Aunque le dolía todo el cuerpo. El fuego le recorría la piel, y la profunda herida de su costado seguía palpitando y sangrando. Pero aún no había acabado.

Olerra se levantó y arrojó su espada a un lado.

—Ya es tarde para rendirte —dijo Atalius mientras se acercaba.

—Yo nunca me rindo —respondió ella.

Y desenvainó su látiga.