Capítulo 26
O lerra retiró la daga del cuello de Sanos y le dio la vuelta. Lo miró de arriba abajo de una forma tan posesiva que le ardía la piel y la sangre en las venas.
—Escúchame y presta atención —le dijo—. Me importa una mierda cómo te llames.
Sanos abrió mucho los ojos.
—Eres mío —siguió ella—. Te reclamo y te elijo. Y te vas a pasar toda la vida compensándome por esto. Pero no te pienso entregar a ese tirano. Te prometí que tu padre no volvería a hacerte daño. Y voy a cumplir mi palabra.
El pecho del príncipe se hinchó de esperanza mientras Olerra volvía a girarlo. No tenía ni idea de cómo pensaba lograrlo, pero, antes de que pudiera preguntárselo, ella ya se dirigía a su padre.
—Los dos queremos evitar una guerra, Atalius. Os propongo una cosa. ¿Queréis a vuestro heredero? Luchad por él. Contra mí. En combate singular.
Sanos se volvió hacia ella como para impedir que pronunciara las palabras que acababa de decir. La reina se estaba girando hacia ellos; en su rostro se reflejaba clara la sorpresa.
«Quizá ella pueda detener esta locura».
Nadie se había enfrentado a su padre y había vivido para contarlo.
Los consejeros del rey se acercaron a él, listos para opinar sobre el asunto. Atalius los despachó con un giro de muñeca.
La sonrisa que le dedicó a Sanos le heló la sangre.
—Hecho.
El príncipe se giró sin importarle la farsa que tenía que interpretar.
—¿Qué estás haciendo?
—Lo que acabo de decir.
—No puedes luchar con él. Deja que lo haga yo.
Olerra le sonrió, conmovida por su oferta.
—Vamos a luchar por ti, príncipe. No puedes se tú quien pelee. Además, dijiste que no podías vencerlo. Yo sí.
Sanos le cogió las manos.
—No es que no crea en ti. El problema es él. Es demasiado bueno. No puedo permitir que mueras por mí.
—Yo tampoco —intervino la reina—. No permitiré que mueras por él.
—No moriré —dijo Olerra—. Confiad en mí. Puedo hacerlo. Puedo solucionar todos nuestros problemas.
Sanos no comprendía a qué más se refería la general, aunque tampoco le importaba. Quería que estuviera a salvo. Rezó a su dios por que la reina pusiera fin a aquello. Olerra podía no hacerle caso a él, pero seguro que escucharía a la reina.
—Confío en ti —dijo al fin Lemya—. Haz lo que tengas que hacer.
—¡No! —exclamó Sanos.
Olerra le apartó las manos y colocó las suyas sobre los brazos del príncipe. Su mano derecha cubría el brazalete.
—Sé que quieres matarlo. Sé que lleva años atormentándote.
No sé todo lo que te ha hecho sufrir. Pero deja que te diga lo que sí sé: voy a ponerle fin.
Si lo mataras públicamente, luchando por Amarra, no tendrías oportunidad alguna de ser el próximo rey.
Llevas toda la vida protegiendo a los demás. Deja que te proteja yo ahora.
—¿Cómo se supone que puedo ser rey y estar contigo?
—Confía en mí.
Sanos no quería. Quería estallar de furia, atarla y esconderla donde su padre no pudiera volver a encontrarla. Sanos era un guerrero. Llevaba toda la vida entrenándose para luchar, para soportar la tortura física. Para liderar y planear.
No sabía cómo dejar que otros lucharan por él. No sabía quedarse quieto sin hacer nada.
Pero comprendió que, si había alguna esperanza de tener un futuro juntos, tenía que luchar por ella.
No haciendo nada.
Apoyando a Olerra. Creyendo en ella aun sin conocer su plan al completo.
—De acuerdo. —Casi le costó la vida decirlo.
Las puertas se abrieron.
Sanos permaneció en pie entre Ydra y la reina mientras Olerra avanzaba sola entre los dos ejércitos.
El príncipe miró a la mejor amiga de la general en busca de alguna señal de preocupación, pero el rostro de Ydra estaba en perfecta calma.
¿Acaso sabía quién era mejor luchador? ¿Había visto a su padre en combate?
¿Había estado en alguna de aquellas escaramuzas en Shamire?
Como segunda al mando de Olerra, quizá había tenido que quedarse atrás para liderar a las tropas en la ciudad.
Un árbitro anunció que el rey y Olerra podrían llevar dos armas cada uno. Sanos sabía que eso significaba que su padre llevaría la espada real, pasada de padres a hijos durante generaciones, y una daga, siempre en su cintura.
Olerra pelearía con sus armas habituales: una espada y su látiga.
Sanos estaba empezando arrepentirse de haberla apoyado. Perderla lo destrozaría, pero que fuera a manos de su padre lo mataría.
—Te diría que dejaras el poder de tu diosa al margen de esta pelea —dijo Atalius—, puesto que ya tienes dos armas, aunque, si los rumores son ciertos, no tienes ni una pizca de magia en las venas.
—He perdido la cuenta de cuántos brutos he matado sin problema sin magia alguna —dijo Olerra al momento.
La réplica fue certera, pero Sanos sentía la ira de la general desde su posición en la muralla. Su padre había atacado justo donde sabía que más daño podría hacer. ¿Cómo se había enterado tan rápido? Si tenía espías en el palacio, ¿cómo es que no había sabido antes que lo habían secuestrado?
—¿Primera sangre? —preguntó el rey.
—A muerte —corrigió Olerra.
Sanos cerró los ojos, conteniendo sus emociones.
«No debo hacer nada. Tengo que quedarme aquí y demostrar que la apoyo».
Cuando volvió a abrir los ojos, cometió el error de mirar a Glenaerys. Tanto ella como su madre estaban sonriendo de oreja a oreja, como si la forma en que se estaban desenvolviendo los acontecimientos fuera mejor que cualquier cosa que pudieran haber planeado.
El rey recibió la respuesta de Olerra con un silencio, como si la idea de pelear a muerte no le hubiera cruzado la mente.
—¿Ocurre algo? —preguntó ella, estirando los brazos.
—Pensaba que íbamos a evitar una guerra. ¿Cómo sé que tus soldados no atacarán en cuanto te mate?
—Las amarrianas respetarán el resultado de la lucha. Quien venza se quedará con Sanos. Pase lo que pase, los brutos os iréis en paz. ¿Hay trato?
—Sí —dijo el rey, alto y claro para que sus tropas lo oyeran—. A muerte, pues. Reglas del combate bruto.
—¿Seguís molesto por la pedrada? ¿O por lo que pasó después? Pensé que dejaros desnudo era un buen toque.
—Reglas del combate bruto —repitió, con menos paciencia esa vez.
—Está bien. Solo usaré las dos armas que traigo conmigo. Ni más ni menos.
—Y nada de morder ni tirar del pelo. Nada de golpes bajos —dijo el rey, en caso de que Olerra no estuviera familiarizada con las leyes de combate.
Si se sintió insultada, lo disimuló bien.
—¿Algo más?
—Ni descansos ni aplazamientos. Nadie interviene.
—Hecho.
Ambos desenvainaron sus espadas, y Sanos se cruzó de brazos en un intento por mantener la calma.
El rey y Olerra estaban en un improvisado anillo de pelea rodeado de antorchas, a las afueras de los muros de la ciudad y entre los dos ejércitos. Aquel momento se relataría en los anales de la historia, venciera quien venciese. Había tal tensión en el aire que a Sanos le costaba respirar.
Su padre dio el primer golpe, lanzándose hacia delante blandiendo su espadón con una fuerza capaz de reventar huesos. Olerra alzó su espada con tiempo de sobra y recibió el golpe de lleno. Su brazo tembló del envite, pero aguantó.
Sanos estaba embelesado por su fuerza. Apenas podía creer que no se la hubiera otorgado su diosa. La fuerza de su mujer era únicamente suya. Era poderosa, grande y hermosa.
Era, simplemente, perfecta.
Y por eso no quería que su condenado padre la matara.
Olerra se zafó del golpe y respondió con un tajo hacia arriba. El rey dio un salto hacia atrás y la general avanzó con un barrido.
Verla moverse era increíble. Sus pasos eran precisos.
Era extraordinariamente rápida, más que su padre.
Pero los golpes del rey eran más poderosos; Sanos sabía que Olerra podía sentir los impactos en los huesos.
Pero no se rendía. No daba muestras de debilidad, salvo por algún ligero temblor que le decía que estaba llevando a sus músculos al extremo.
La mayoría de las peleas de espada se acababan rápido, en dos minutos o menos.
Pero ¿aquella? ¿Con dos rivales de semejante habilidad?
Sanos no veía el momento de que terminara.
Olerra empezó a gastar más energía en esquivar los golpes del rey que en recibirlos con su propia espada, evitando el dolor del contacto. Le tenía que estar pesando.
Eso significaba que se cansaría más rápidamente.
Pero el rey no era ya tan joven, y sus poderosos golpes le estaban pasando factura.
Sanos tenía el corazón en un puño. Estaba sudando, aunque no por el calor del sol amarriano.
Cualquiera podía haberse tropezado. No estaban luchando en un campo al uso. A pesar de que el terreno se había despejado con celeridad, seguía habiendo rocas y cascotes en el camino a la capital.
Olerra trastabilló sobre la tierra y perdió el equilibrio.
—Recomponte —susurró Ydra junto a él.
Sanos vio, impotente, cómo su padre hirió a la general.
Fue un corte superficial, gracias a la armadura ligera que vestía. En la distancia, apenas podía apreciarse la línea que se había abierto en su abdomen.
Pero el rojo en la espada del rey brillaba a la luz de las antorchas.
Olerra no emitió ni un sonido. Tan solo miró hacia la herida, como si le sorprendiera y no estuviera familiarizada con sufrirlas.
—Aún no es demasiado tarde —dijo el rey—. Te permitiré renegociar que la primera sangre implique mi victoria.
—Ni en sueños —respondió ella.
Se lanzó hacia delante para desestabilizar al rey bajo el peso de su propio cuerpo.
A Olerra cada vez le costaba más mantener la mente clara; se estaba cansando. Tan solo había recibido una herida, pero la estaba ralentizando. Tampoco podía negarse a sí misma que, cuanto más observaba al rey pelear, más tenía que admitirlo…
Era mejor espadachín que ella. Y él lo sabía. Estaba, sobre todo, dándoles espectáculo a sus tropas. Permitiendo que la lucha continuara para que los bardos cantaran sobre ella en el futuro. Y postergando la derrota de Olerra.
—La verdad es que no entiendo cómo tardamos cuatro batallas en capturarte —dijo la general—. Peleas como un viejo.
La mofa le salió cara.