El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 25
91%

Capítulo 25

O lerra estaba bastante satisfecha con los preparativos para la batalla.

Había arqueras apostadas a lo largo de toda la muralla.

En cada puerta había tinajas con brea y rocas para lanzar.

Sus soldados habían podido incluso dormir al menos cuatro horas antes de que llegara el rey.

Las tropas brutas llegarían cansadas de la marcha.

La general se encaminó por las escaleras segura de sí misma, con Sanos a su lado.

Seguía sin acostumbrarse a asociar ese nombre con su rostro. No había sido su nombre cuando se había enamorado de él, sino el que tenía cuando debía devolverlo.

Estaba furiosa con él. Por haberle mentido, sí, pero más aún porque no fuera su hermano.

No podía quedárselo, y eso la enfadaba.

Cuando Olerra llegó a la cima de la muralla, miró hacia las tropas de Atalius.

El ejército del rey era más numeroso de lo que ella había sido capaz de reunir en tan poco tiempo.

Pero las amarrianas eran más fuertes, y contaban con la ventaja del terreno conocido.

Si llegaban a luchar, probablemente vencieran, aunque tendrían muchas bajas.

Glenaerys y su madre estaban unos metros más allá. Olerra no dudaba de que habían ido allí tan solo para verla fracasar y estar tan lejos de la puerta sur como les fuera posible para poder alegar a favor de su inocencia en caso de que sus planes se descubrieran.

La reina Lemya se encontraba en justo en el centro, sobre la puerta principal. Olerra se colocó a su derecha. Sanos, fiel a su palabra, se quedó junto a ella. Ydra se puso a su lado.

El ejército que esperaba más allá de las puertas llevaba antorchas.

Titilaban en la noche, haciendo saltar reflejos de las armaduras de los soldados brutos.

Cuando llegó Olerra, el rey Atalius se apartó de sus tropas y cabalgó hacia delante, rodeado de un gran séquito de guardias reales.

Todos llevaban escudo. Como si Olerra se fuera a rebajar a dispararle una flecha.

Por tentador que fuera, eso haría estallar la guerra.

Y no había honor en matar a un rey antes de haber tenido ocasión de negociar.

La general tomó la látiga que llevaba a la cintura y se enrolló la cuerda alrededor del brazo hasta quedar con la hoja firmemente agarrada. Le pasó el brazo a Sanos por encima del cuello, dejando el acero sobre su yugular.

—Tenemos que hacer que se lo crea. Sígueme el juego y quizá lo consigamos.

Se inclinó para darle un beso en la mejilla.

Aun en la distancia, Olerra pudo ver la mueca de Atalius. Disimuló una sonrisa.

Era imposible olvidar el gigantesco tamaño del rey de Brutus, pero Sanos no recordaba lo que le provocaba su padre con tan solo mirarlo. Lo que hacían un par de meses en Amarra, lejos de la ira del rey.

En ese instante, al ver a Atalius avanzar sobre su montura, Sanos recordó lo que era el miedo.

Si había pensado que su padre no lo reconocería embutido en las ropas amarrianas, afeitado y cubierto de maquillaje, estaba muy equivocado.

La mirada del rey se le clavó como un cuchillo. Le atravesaba la piel con su decepción. Odio, incluso. Sanos podía ver cómo su padre le escudriñaba la piel, pensando en dónde lo golpearía en cuanto estuvieran a solas.

O tal vez se estuviera planteando cómo hacer que su muerte pareciera un accidente.

Si le entregaba a Andrastus a las amarrianas, tendría que sopesar si Canus sería un rey aceptable.

—Pero si habéis venido —le dijo Olerra a Atalius—. Espero que el tiempo os haya tratado bien.

La daga de Olerra no estaba exactamente sobre su cuello, pero sí rozaba el acero cada vez que tragaba.

Puede que fuera más alto que ella, pero eso no significaba que Olerra tuviera ningún problema para conseguir ponerlo en una posición mortal.

Era consciente de que el beso que le había dado no había sido para él, sino para su padre, pero la piel aún le ardía por el contacto.

La deseaba tanto que dolía. Y deseaba poder arreglar las cosas entre ellos antes de que lo entregara a su padre.

Casi tanto como deseaba estrangularla por la situación en la que lo había puesto.

—He venido a por mi hijo —dijo el rey.

—Supongo que no habréis recibido mi mensaje durante vuestro viaje —respondió Olerra.

A Sanos le sorprendía que no fuera la teína quien se dirigiera a su padre. ¿Por qué era Olerra quien negociaba? Vale que fuera una general, pero Atalius estaba a las puertas de la reina.

Glenaerys también parecía sorprendida.

—No he recibido mensaje alguno —dijo Atalius.

Olerra asintió como si fuera lo que esperaba. Sanos pudo sentir su movimiento, tan cerca estaba. Sin embargo, ella estaba poniendo especial atención en no hacerle ni un rasguño.

—No sé si lo recordaréis —dijo Olerra—, pero, cuando estábamos en Shamire, os dije que el precio de vuestra vida era uno de vuestros hijos.

Sanos no sabía de qué estaba hablando.

—No llegamos a acordar nada —respondió Atalius.

—Pero tampoco aceptasteis la alternativa, que era suplicarme, así que hice yo el acuerdo por vos.

Olerra acaricio la mejilla de Sanos con un dedo. Era una maravilla la habilidad que tenía para mantener la daga inmóvil con el resto de la mano mientras lo hacía.

—Si no me devuelves a mi hijo intacto, arrasaré tu ciudad —la amenazó Atalius.

—¿De veras? Decidme, ¿creéis que podéis tomar la ciudad antes de que le corte el cuello?

Por mucho espectáculo que estuviera haciendo para Atalius, Olerra no podía negar que el contacto con Sanos era agradable. Llevó la boca hacia su oreja.

—¿Por qué tienes que oler tan bien cuando estoy tan enfadada contigo?

Se inclinó hacia él hasta rozarle el cuello con la nariz. Nadie más había podido oír sus palabras.

Tal y como esperaba, el príncipe se ruborizó. Atalius tenía que poder verlo desde donde estaba, porque su piel adoptó un tono purpúreo. La claridad de la piel de los brutos era impresionante. No podía ocultar nada.

—¿Estás dispuesta a empezar una guerra por esto? —preguntó el rey.

—Sin duda —dijo Olerra subiendo la voz—. A pesar de haberse criado con vos, Sanos folla de miedo.

Sanos se puso tenso. La reina se giró hacia Olerra. La general podía ver los pensamientos de su tía en su mirada.

«Ten cuidado».

Pero Olerra sabía lo que hacía. Estaba provocando a Atalius. Llevándolo hasta el límite pero sin desatar una guerra.

Glen dio un paso adelante, como si quisiera intervenir, pero Lemya alzó una mano y la princesa volvió junto a su madre.

Mientras tanto, las tropas brutas se reían por lo bajo. Atalius se giró y todos callaron de inmediato.

Ahora que el rey se estaba poniendo nervioso, Olerra empezó a burlarse de él en serio.

—Decidme qué pasaría si atacarais. Asestaríais aquí el primer golpe, para intentar atravesar la puerta.

Sin embargo, mis arqueras os irían diezmando uno a uno.

Mientras tanto, vuestras fuerzas en el sur tratarían de colarse por la otra puerta, pensando que está peor custodiada.

No es el caso, por cierto. Está tan fortificada como esta.

El silencio entre las tropas brutas era tal que se podía oír el vuelo de una mosca, tal era su asombro por que Olerra conociera sus planes. Glen se mantuvo impasible; su rostro era una máscara sin emoción.

—Es posible que terminarais derribando las puertas —siguió Olerra—, pero sería con un cuarto menos de vuestras fuerzas.

Después, os quedaríais atascados en la entrada de la ciudad mientras mis soldados eliminarían a los vuestros de dos en dos y de tres en tres, ensartándolos con sus lanzas antes siquiera de que pudieran acercarse con sus espadas.

Os llovería brea hirviente, que quemaría a quienes trataran de entrar.

En función de los que quedaran, me plantearía si incendiarla o no.

»Tras eso, vuestras tropas se habrían visto reducidas a un número insignificante, y tendríais que retiraros a lameros las heridas.

O quizá intentarais lo que hicisteis la última vez, Atalius, y trataríais de cargar contra todo mi ejército solo.

Supongo que recordáis que esa estrategia os valió una captura y este jaleo.

No sería agradable tener que negociar vuestra vida por un segundo hijo, ¿verdad?

No hubo réplica. Las tropas brutas se habían quedado inmóviles; las palabras de Olerra habían instalado el miedo en sus corazones al expresarles su futuro con tanto detalle.

—Podríamos luchar —siguió Olerra—. O podríais marcharos. Obtendríais mejores resultados enviando espías al palacio para intentar recuperarlo. ¿Un ejército? ¿Acaso vuestro plan era intimidarme para que os lo devolviera?

La general podía ver las venas en el cuello de Atalius desde su posición elevada. No solo había vuelto a superarlo estratégicamente, sino que además lo había humillado en público.

Unos cuantos hombres se separaron del resto, seguramente consejeros reales. Rodearon a Atalius, susurrando en su oído, aconsejándole, probablemente, que no atacara.

—Deberíais hacer caso a lo que os dicen —le dijo Olerra para seguir molestándolo—. Si perdéis estas tropas, vuestro reino quedaría tan vulnerable que incluso me plantearía atacarlo. No me importaría ser reina de Amarra y de Brutus.

Las soldados amarrianas respondieron a sus palabras, algunas alzando las lanzas y otras con gritos de ánimo. A Glen no le hizo gracia. Y al rey menos.

Glenaerys volvió a tratar de dar un paso al frente para decirle algo a la reina, pero Shaelwyn la detuvo.

El rey y sus consejeros seguían hablando. Como no había recibido su mensaje, Olerra quería hacerle creer a Atalius que la idea del intercambio se le había ocurrido a él. Y, si no llegaba solo a esa conclusión, ella se la propondría. Y después conseguiría que delatara la traición de Glen.

Cuando Atalius volvió a mirar hacia la muralla, no fue en Olerra, sino en Glenaerys en quien se fijó.

Le dirigió una mirada cargada de significado, como si estuviera esperando a que hiciera algo.

El rey estaba empezando a desesperarse por guardar las apariencias, por evitar la guerra, por salvar a todos sus hijos.

Uno de los consejeros hizo un gesto hacia la vanguardia, y Olerra pudo ver al resto de los hermanos Ladicus. Se preguntó si Atalius los habría hecho ir hasta allí a consecuencia de lo que le había dicho en su último encuentro: que no los quería tener cerca para que no fueran testigos de su derrota.

Era fácil distinguirlos entre el resto de la compañía, con su pelo rubio casi blanco. Olerra sabía que el más joven tenía dieciocho años. Era algo más bajo que el resto, pero tampoco mucho, como si aún tuviera que seguir creciendo. Ikanos.

El siguiente tenía una barba bien afeitada de más o menos un palmo de longitud. Se le entremezclaban líneas morenas entre el rubio. Tenía el ceño más prominente que el resto y se parecía más al rey. Trantos.

Después estaba Canus. Era más grande que el resto, casi tan enorme como el rey. Tenía una mirada que escudriñaba todo a su alrededor y parecía ver más que nadie.

Y, junto a él, el último hermano. Grácil y esbelto. El cabello le llegaba casi hasta la cintura y lo tenía completamente liso. Era de una belleza muy superior al resto, ni una sola imperfección en su piel. No tenía barba, quizá porque no pudiera.

El verdadero Andrastus. El hombre al que tendría que haber secuestrado.

Era hermoso. Estaba claro que no era un luchador como los otros.

Olerra podía imaginarlo leyendo poesía y disfrutando del tiempo en el interior.

La mera idea de que aquel hombre pudiera ser el que tenía al lado era irrisoria.

No, el hombre frente a sus puertas nunca bebería cerveza fuerte o lanzaría dagas en llamas.

No mataría por ella, ni ladraría órdenes, ni la besaría hasta perder la cabeza.

Pero era el camino más seguro para llegar a sus metas.

Obtendría pruebas de la traición de Glen, se casaría con Andrastus y ascendería al trono.

Sanos volvería a su hogar, retaría a su padre cuando su hermana y su madre estuvieran a salvo y se convertiría en rey.

Habría paz entre sus reinos. Era un buen resultado.

Pero no era el único posible. No, a Olerra se le había ocurrido un plan. Uno arriesgado. Uno que seguramente saliera mal.

Sin embargo, si salía bien…