El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

La falta de descanso la ralentizaba, y Olerra se prometió a sí misma una noche de sueño reparador.

—No —dijo la general cuando logró pensar con claridad—. Atalius no se está separando porque espere refuerzos. Alguien le ha prometido un acceso seguro a la ciudad.

La trenza rubia de Ydra abandonó su hombro por la rapidez del movimiento de su cabeza.

—¿Una traidora?

Olerra sonrió.

—Ya sabemos que Glen le contó a Atalius que tenía a su heredero. ¿Y si con eso no le bastara? ¿Y si tenía un plan por si las cosas seguían sin salir a su manera? Glenaerys piensa en todo. Siempre lo ha hecho. No dejaría nada al azar.

—¿Crees que ha acordado dejar pasar a Atalius? ¿Para qué haría eso?

—Si deja que me humille y me vence en la batalla, él usaría sus fuerzas para asegurarle el trono.

—Eso sería traición, si pudiéramos probarlo.

—Glen tendrá que contactar con ellos de alguna forma para dejarlo todo atado. —Olerra se giró hacia la exploradora—. Vuelve junto a la avanzadilla de los brutos. Si alguien de Amarra se acerca al campamento, me lo dices.

—Sí, general.

Varias horas después, Olerra estaba frente a la reina. Había sacado a Lemya de la cama, pero no había signos claros de ello en el rostro de la monarca. Siempre estaba lista, alerta.

—¿Me estás diciendo —dijo la reina— que Glen ha conspirado con nuestros enemigos y que tú has capturado a una de sus espías? ¿Y te lo ha confirmado?

—Sí, pero la espía se niega a delatar públicamente a Glen. Mi plan es apostar a varias soldados en la puerta sur para pillarla desprevenida ayudando a nuestros enemigos a entrar.

—No sería difícil para Glen darle la vuelta al asunto. Decir que fue su guardia quien capturó a tus mujeres dejando entrar a los brutos.

Su tía tenía razón.

¿Entonces, qué? ¿Se lo decimos al Consejo?

—No podemos contarlo en el Consejo sin correr el riesgo de que Shaelwyn lo descubra y avise a su hija. Necesitamos algo más.

Dieron vueltas en la tienda de la reina, pensando. Descartando idea tras idea.

—¿Y si consiguiera que Atalius admitiera públicamente que está colaborando con Glen? —dijo Olerra por fin.

—¿Cómo?

—Deja que negocie con él cuando llegue a Zinaeya. Puedo hacerlo hablar. Ya lo he hecho antes.

Lemya se acercó a Olerra y colocó las manos sobre sus hombros.

—Está en tus manos, entonces. Haz lo que puedas, pero no te arriesgues a empezar una batalla. Si no funciona, pediré un juicio y reuniremos tantas pruebas contra Glen como nos sea posible.

—No te fallaré.

Dos noches después, despertaron a Sanos en mitad de noche. En su puerta estaba Ydra.

—Ponte esto —le dijo, al tiempo que le tiraba una diminuta prenda de ropa.

—¿Qué está pasando? —preguntó él.

—Que por fin te vas a casa.

Sanos sostuvo la prenda a la altura de los ojos con ambas manos y apretó la mandíbula. Era una falda blanca, lo suficientemente gruesa como para que no se trasparentara, pero cubierta de abalorios. Iba a brillar a cada paso que diera. Menos mal que estaba oscuro fuera.

—Si me voy, ¿por qué tengo que llevar ropa amarriana?

—Menos hablar y más vestir.

—Quiero respuestas, Ydra.

—Te lo puedes poner tú o te lo puedo poner yo.

Sanos gruñó y se dio la vuelta. Se puso la falda con rapidez y sin mirarla demasiado.

—Chico listo —le dijo—. Ya podéis pasar.

Entraron varios eunucos de palacio y se pusieron manos a la obra. Le colocaron joyas y, por primera vez, lo maquillaron.

Sanos tosió cuando una de las brochas se acercó demasiado a su nariz. Antes de llegar a Amarra, pensaba que el maquillaje solo era para la cara, pero los eunucos también le pusieron cremas y polvos por el pecho, los brazos y el cuello.

Vio su reflejo en un espejo cercano. Le habían pintado espirales plateadas en los hombros. Las mejillas le brillaban con polvo plateado. Le habían delineado los ojos con algún tipo de pintura negra.

Tenía el aspecto de un perfecto marido amarriano.

«Pero ¿por qué?».

No le quitaron el brazalete, sino que le pusieron un nuevo colgante de plata y una tobillera.

Por suerte, esa vez le permitieron llevar sandalias.

Y no le esposaron las manos ni los tobillos.

Uno de los eunucos le ajustó el brazalete, que se le debía de haber girado mientras dormía, de manera que el ónice quedara en el frente y centrado.

El símbolo de que Olerra era su mujer. Sanos no se lo había quitado, ni siquiera cuando lo había mandado encerrar.

Olerra entró en la habitación. Estaba preciosa con su armadura de cuero. Llevaba un arma en cada lado de la cintura y el yelmo bajo un brazo. Tenía el pelo trenzado para que no le cayera a la cara. Debajo de los ojos, se había hecho pinturas de guerra. Los eunucos salieron.

Sanos abrió la boca para hablar.

—Ni una palabra —le espetó Ydra.

—Los cojones. ¿Qué está pasando?

Olerra le hizo un gesto a su amiga, que los dejó a solas.

—Tengo a Atalius a las puertas de la ciudad con un ejército.

Sanos notó que se le disparaba el pulso. Cuando Ydra había dicho que se iba a casa, pensó que se refería a que lo llevarían hasta Brutus, no a que su padre había ido hasta allí para recogerlo.

—Tengo un plan —continuó—, pero te necesito así vestido y que me sigas el juego. Si lo haces, tendrás lo que siempre has querido. Volverás a casa. —En su voz no había ni rastro de emoción. Bien podría estar hablando del tiempo. Parecía cansada, pero fuerte. Lista para la batalla.

Sin embargo, Sanos no tenía ni idea de sus sentimientos.

—¿Y si ya no quiero volver a casa?

—Debes hacerlo. Es la única manera de evitar la guerra. ¿O acaso prefieres que nuestros pueblos se masacren esta noche? Eres un general, Sanos. Piensa como tal.

Sanos cuadró la espalda, haciéndose más alto.

—Déjame ir a parlamentar. Hablaré con mi padre. Conseguiré evitar…

—No. Esto es lo que necesito que hagas. Cámbiate por tu hermano. Andrastus vendrá aquí. Tú volverás a tu reino y a tu vida. Es la única manera de que tenga posibilidades de conseguir mi trono.

—¿Y voy a hacer eso tan solo porque tú me lo pides?

—Si haces esto por mí, te juro que sacaré a tu madre y a tu hermana de Brutus. Vivirán aquí como mis invitadas hasta que subas al trono. Y Atalius no se enterará de nada.

Sanos se quedó sin aliento. Olerra lo conocía. Sabía qué era lo que más le importaba. Sabía que, si le ofrecía eso, aceptaría cualquier cosa a cambio.

—Es una victoria para ambos, Sanos. Yo consigo el trono de Amarra y tú consigues proteger a quienes más te importan. Y con tu madre y tu hermana aquí, a salvo, quizá incluso puedas enfrentarte por fin a tu padre.

El príncipe quería discutir. Aquello no parecía una victoria. Y ahora ella era una de las personas que más le importaban.

La vida de Sanos había sido un sacrificio constante.

Había tenido que vivir sin compañeros ni amistades para poder mantener al resto a salvo.

Había luchado en la vanguardia contra los efenos para proteger a su familia.

Y, en ese momento, tendría que hacer lo que le proponía Olerra para que su madre y su hermana no tuvieran que seguir viviendo con el miedo de la violencia pendiendo sobre ellas.

—Está bien —respondió con el mismo tono desprovisto de emoción—. ¿Qué debo hacer?

—Acompáñame. No tenemos mucho tiempo.

Mientras atravesaban la casa de Ydra, Olerra siguió hablando:

—Te hemos vestido así porque quiero enfadar a tu padre. Voy a decir y hacer cosas que te van a resultar desagradables. Tendrás que soportarlo. Sin cadenas. Te tienes que quedar ahí y tragar.

Se subieron a un carruaje que los llevó hacia las puertas de la ciudad. Había bullicio en las calles a pesar de la hora que era. La gente iba de un lado a otro, con sus pertenencias a cuestas. Cerrando puertas y ventanas.

Se preparaban para la guerra.

—Podré hacerlo —respondió él.

Aguantaría todo lo que le echara.

—Bien.

—¿Vamos a hablar de lo que ocurrió?

—No tendría sentido.

—¿Puedo, al menos, disculparme?

—La verdad es que prefiero seguir enfadada contigo. Así todo será más sencillo, ¿no crees?

El viento arrastraba un murmullo. Al principio, no podía entenderlo, pero, cuanto más se acercaban a su destino, mejor oía el cántico.

«Temed el poder de Brutus».

«Temed el poder de Brutus».

«Temed el poder de Brutus».

Era un grito que Sanos conocía bien. Las tropas de su padre no dejaban de repetirlo. Se oía tan alto que debía de haber al menos dos mil soldados.

Aquello no tenía buena pinta. Llevaba una puta falda y cientos de sus compatriotas estaban a punto de verlo. La vergüenza llevaría a su padre a cometer auténticas atrocidades. La propia vida de Sanos podía estar en peligro.

Pero, si eso significaba que su madre y su hermana estarían por fin a salvo, haría lo que hiciera falta para conseguirlo.

Un poco tarde empezar a creerse amarriano la última noche que lo iban a considerar uno.