Capítulo 24
A l día siguiente, Olerra fue convocada a una reunión del Consejo.
Había conseguido dormir una hora antes de que Vorika la despertara, y había pasado el resto de la noche preparando la ciudad para recibir al ejército que se acercaba.
A lo único que le dio tiempo fue a lavarse el sudor con un trapo y una palangana.
Se aplicó una crema bajo los ojos para intentar disimular las ojeras.
Se terminó de preparar y salió camino de la sala de reuniones.
Todas las mujeres la miraron al llegar. Era la última, al parecer. La reina ya estaba sentada presidiendo la mesa. A su izquierda se encontraba Glenaerys y, a su lado, su madre, Shaelwyn. Junto a ella estaba la antigua general, Enadra. Al otro extremo de la mesa se sentaban Cyssia y Usstra.
Olerra fue a ocupar su asiento habitual a la derecha de la reina.
—Hoy —la detuvo Shaelwyn—, te sentarás en el fondo de la mesa. Tenemos que decidir si eres digna siquiera de sentarte con nosotras. Por lo tanto, te sentarás donde más fácil nos sea juzgarte.
Olerra se giró hacia su tía, pues Shaelwyn no podía tomar esa decisión por su cuenta. Cuando la reina asintió, Olerra supo que la mayoría había votado a favor de ese veredicto.
La general iba perdiendo.
Se sentó frente a Lemya, dejando al menos dos asientos entre ella y cualquier otra persona. Al parecer, iba a ser juzgada.
Enadra fue la primera en hablar:
—Princesa Olerra, se han vertido unas horribles acusaciones sobre vos. Necesitamos oír vuestro lado de la historia.
—Por supuesto, general.
A pesar de que Enadra ya no ostentara el cargo, el título honorífico se mantenía.
Glen empezó a abrir la boca, pero Olerra se negaba a que su prima la interrogara, así que no perdió el tiempo.
—Es cierto que no cuento con el Don de la Diosa.
Es cierto que traté de ocultarlo porque me preocupaba lo que la gente pudiera pensar.
También es cierto que me gané mi puesto de general siendo la mejor de entre las mejores guerreras de la reina.
He ganado batallas y matado brutos. Puede que no tenga el Don de la fuerza sobre los hombres, pero sí que cuento con el favor de la diosa Amarra.
Olerra confiaba en que, si lo repetía lo suficiente, se lo acabaría creyendo. Era verdad que se había ganado el puesto de general, pero que contara con el favor de la diosa era difícil de creer. ¿Sabía la diosa acaso quién era ella si no la había considerado digna de bendecirla con su Don?
Sin embargo, ese no era momento de mostrar inseguridad. Olerra necesitaba demostrar su fuerza frente a las mujeres que decidirían su destino.
Enadra sonrió ante su respuesta.
—Estoy totalmente de acuerdo. Yo misma entrené a Olerra, y nadie ha luchado más por la paz y la seguridad de los ciudadanos y ciudadanas de Amarra. Es una buena general, y seguirá cosechando éxitos en los años venideros.
—Excepto —intervino Shaelwyn— porque ha traído la guerra a nuestra ciudad. El rey Atalius llegará dentro de dos días. ¿Qué tiene la princesa que decir a eso?
—Si quieres saber algo, tía, pregúntamelo directamente —contestó Olerra.
Shaelwyn la miró a los ojos.
—Secuestraste de manera imprudente al heredero de Atalius, y ahora nos trae la guerra. ¿Qué piensas hacer al respecto?
Olerra permitió que una falsa sonrisa se dibujara en sus labios.
—Nada de lo que hice fue imprudente. Tomé al hijo de Atalius para darle una lección después de que volviera a intentar enfrentarse a nosotras por Shamire.
Mantuve en secreto la identidad del príncipe para protegerlo.
Pero, ahora que alguien se ha tomado la molestia de informar al rey de mis actividades —Olerra apenas se contuvo para no mirar a Glenaerys—, tendré, por supuesto, que intercambiarlo por el otro cuando llegue Atalius.
Ya está acordado. No habrá guerra. No habrá batalla.
Tan solo habrá un intercambio de príncipes.
—¿Estás lanzando alguna acusación contra alguien? —preguntó Glenaerys.
—Por supuesto que no, prima.
Olerra no tenía pruebas. Acusar a Glenaerys solo la haría parecer como el tipo de mujer que señala en lugar de afrontar las consecuencias de sus actos.
Y, no en vano, había cometido un error enorme. Había secuestrado al hombre equivocado, y ahora tenía que mentir.
—¿Dices —intervino Cyssia— que secuestraste al heredero a propósito para darle una lección a Atalius?
—Así es —contestó Olerra al tiempo que Glenaerys soltaba un bufido.
—Maravilloso —dijo Cyssia—. Eres un absoluto encanto, Olerra. Es una lástima que no tengas el poder. Me habría gustado verte gobernar como reina.
—La falta de poder no la hace necesariamente indigna del trono —dijo la reina.
—Ni se lo garantiza —apuntó Usstra, interviniendo por primera vez.
—Tiene que ser castigada por haber mentido a todo el mundo —dijo Shaelwyn—. Exijo que no se la tenga en cuenta como posible heredera al trono.
—No mentí —intervino Olerra—. Nadie preguntó. Todas lo asumisteis. Nunca falté a la verdad. Y me he apañado bien sin ello, como ya he dejado claro. Glenaerys no es una guerrera. Y punto. Tan solo ataca cuando su oponente tiene las manos atadas. Y, aun así, todas pensáis que es digna del trono.
La tensión en la sala se podía palpar. Olerra la sentía. La ira de su prima. El ansia de Shaelwyn por eliminar a la general de la línea sucesoria. El miedo de la reina.
—Propongo —volvió a intervenir Usstra— que la votación se celebre, tal y como se planeó, en el día del aniversario del Don de la Diosa.
Deberíamos esperar y ver cómo se desenvuelve Olerra en la batalla que se avecina con el rey antes de tomar una decisión precipitada.
Estamos haciendo historia, aquí y ahora.
—¿A favor? —preguntó la reina.
Todas, salvo Shaelwyn, alzaron las manos.
—Todo seguirá como se había previsto.
—¡No raptó al heredero a propósito! —explotó Glenaerys—. Tengo testigos que confirmarán lo que ocurrió cuando la verdad salió a la luz.
La reina se giró hacia su otra sobrina.
—Y yo tengo testigos que dirán lo contrario, Glen. ¿Acaso me estás llamando mentirosa?
La princesa dejó caer la mirada hacia la mesa. Shaelwyn se quedó rígida junto a ella.
Sanos quería romper algo.
Sí, había mentido, pero Olerra también. Sin embargo, era de él del que se libraban, encerrándolo en casa de Ydra otra vez.
Si le dejaran ver a Olerra, haría lo correcto. Le diría que entendía que le hubiera ocultado su secreto, pero que, si lo hubiera sabido, la habría ayudado. La habría ayudado a ocultárselo todo a la desgraciada de su prima.
Y entonces ella lo perdonaría por no decirle quién era en realidad. Podían solucionarlo.
Pero ¿y si no lo perdonaba?
¡Entonces la haría entrar en razón! Ella lo había secuestrado; Sanos no tenía obligación alguna de revelar su identidad. Y Olerra nunca le había preguntado quién era.
«Claro, porque discutir con ella seguro que la pone de tu parte».
Por todos los dioses, ¡necesitaba hablar con ella!
—Esta vez —le dijo Ydra—, de verdad que no puedes. Está intentando solucionar el estropicio que ha causado su prima. Está ocupada.
Sanos agradecía que dijera que todo era culpa de Glenaerys, como si él no hubiera hecho nada para agravarlo.
Se sentía inútil. Intranquilo. Más que ansioso.
—¿Ha decidido ya qué hacer conmigo? —se atrevió a preguntar.
—Te va a intercambiar por tu hermano, el Andrastus de verdad.
A Sanos se le cayó el alma a los pies. Había tenido esperanzas en que aquello no hubiera sido más que una amenaza. Algo que había dicho en el fragor del momento.
—No quiero irme —admitió.
—Los mentirosos obtienen su merecido —dijo ella, sin ningún ánimo de ayudar.
—Olerra no quiere a Andrastus —dijo Sanos.
—No te sienta bien la envidia.
—¡Lo digo en serio! Se aburriría de Andrastus. Necesita a alguien con quien pelear. Alguien que se atreva a decirle cuando se equivoca. Me necesita a mí.
—Supéralo.
Sanos apenas consiguió contenerse para no darle un puñetazo a la pared más cercana.
—Deja de fingir que no te gusto. Que no me quieres para ella.
Ydra soltó la pluma.
—Lo que quiero es que sea feliz. Lo que quiero es verla en el trono de Amarra. ¡Lo que quiero es no tener que seguir aguantándote en mi casa!
Sanos se lo merecía. Todo ello. Ydra estaba en su derecho de estar molesta con él.
—Haz caso por una vez —dijo la mujer—. Cuando llegue tu padre, solo tendrás una utilidad para Olerra: serás una baza con la que negociar. ¿Queda claro?
El príncipe no tenía réplica. Se sentía abrumado por la necesidad de arreglarlo todo. De ayudar. Pero lo último que quería era que lo devolvieran con su padre. Que se convierta de nuevo en un mero peón del rey.
Una mensajera llamó a la puerta del despacho de Ydra. La recién llegada se acercó a ella y le entregó una nota.
La mujer la leyó rápidamente y abrió mucho los ojos. Se giró hacia Sanos.
—No te muevas. No des problemas.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Nada que requiera tu temperamento.
Cuando Vorika le dio las nuevas de que una parte del ejercito del rey se había separado del resto, Olerra mandó llamar a Ydra de inmediato.
Ordenó que llevaran a la soldado de reconocimiento ante ella; quería oírlo todo de primera mano.
Un par de horas después, la mujer estaba frente a ellas, en la oficina de la general del patio de entrenamiento.
Olerra e Ydra estaban apoyadas sobre el escritorio mientras que Vorika se encontraba junto a la pared con los brazos cruzados. La exploradora se sentó en la silla que le ofrecieron.
—Es un destacamento pequeño —dijo Iseri—. Solo cincuenta. Han rodeado la ciudad y están esperando en el sur.
Olerra se giró hacia Ydra.
—Con cincuenta no podrá penetrar la puerta.
—Y eso Atalius lo sabe —coincidió su amiga.
—Algunas de mis mujeres han desaparecido —añadió Vorika—, y no creo que Atalius se hubiera molestado en ocultar sus cuerpos si fuera el responsable.
—¿Y quién si no podrí a estar tras ello? —preguntó Ydra—. Atalius está en guerra con los efenos. Kalundir se beneficia de los acuerdos de comercio con Shamire. ¿Los difankaris?