Capítulo 23 #2
¿Miedo? Al cofre.
¿Ira? Eso podía quedarse.
¿Dolor? Al cofre.
¿Rencor? Eso también podía ser útil.
Cerró el arcón y tiró la llave imaginaria.
Y entonces escribió:
¡Atalius, querido!
Tengo entendido que se te ha perdido el heredero. Puede que sepa dónde está. Supongo que en mi dormitorio. O quizá haya decidido darse un baño. Tendría que mirar.
Me lo encontré perdido por las calles de Medos y lo recogí, al pobrecito.
Ha sido invitado especial estos dos meses.
Ahora que ya me he divertido, estoy lista para devolverlo.
Pero mi generosidad no es gratis. Quiero a Andrastus.
Te intercambiaré un hijo por otro. Tu heredero a cambio del segundo.
Este es un poco demasiado rebelde para mi gusto, de todas formas.
Por favor, ven a recoger a tu hijo en cuanto puedas, pero si apareces con las manos vacías, no habrá trato.
Sinceramente,
Olerra, la mejor general
La princesa le dio la carta a una mensajera con instrucciones claras de entregársela únicamente al rey. Para entonces, sus aposentos ya estaban preparados, y Olerra se encerró en ellos. Esa vez, dejó a una guardia apostada en la puerta, por si Glen volvía a intentar entrar por la fuerza.
Ydra fue a visitarla aquella noche, pero la general le dijo que quería estar sola. Le bastaba con saber que estaba ahí si la necesitaba.
Olerra no sabía qué necesitaba. Se pasó horas a solas con sus pensamientos, pero no llegó a ninguna conclusión que la hiciera sentir mejor.
¿Cuánto tiempo tendría hasta que la nobleza fuera a buscarla para preguntarle si era cierto que no tenía el Don?
Suspiró profundamente y no se durmió hasta muchas horas después.
Llamaron a la puerta de sus aposentos en mitad de la noche.
Al principio, pensó que podría ser Andrastus.
Luego recordó que Andrastus era Sanos, y que no estaba en el palacio.
La reina lo tenía preso en alguna parte.
La desesperación volvió a ella, pero trató de olvidarla mientras se ponía una bata.
Olerra se desperezó y se frotó los ojos.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Vorika, jefa de la red de espías personal de la general, esperaba al otro lado. Olerra sintió un nudo en el estómago, temiendo las terribles noticias que debía de traer si se había arriesgado a despertarla.
Olerra la dejó entrar y cerró la puerta tras ella.
—Es Atalius —dijo Vorika—. Queríais que os informara si hacía cualquier movimiento.
—Continúa.
—Está viniendo hacia aquí.
—¿A Zinaeya?
—Sí. El rey ha convocado a tres veces más tropas que cuando os enfrentasteis a él en Shamire. Nuestras espías dicen que viene a por su hijo.
Olerra se terminó de despertar al oír aquello.
Teniendo en cuenta que acababa de enviar su mensaje y que se tardaba una semana en llegar hasta la capital bruta, era totalmente imposible que eso fuera una respuesta a sus palabras.
Y, si su espía ya estaba allí, eso significaba que Atalius debía de llevar varios días de marcha.
—¿Cuánta ventaja le llevabas? —preguntó Olerra.
—Dos días como mucho, general.
Olerra dejó escapar una risa infeliz.
—Qué curioso que me entere de que Atalius está de camino el mismo día que mi prima ha descubierto la verdadera identidad de mi príncipe.
Solo podía haber una razón.
—La lista de mi prima. Ha tenido las narices de empezar una guerra para apartarme de la línea sucesoria. Como si no fuera suficiente con revelarlo todo.
—¿General? —preguntó Vorika confundida.
—En realidad, es sencillo. Glenaerys tomó la decisión de acelerar nuestra carrera por el trono.
Se le ocurrió avisar a Atalius de que yo tengo a su hijo para empezar una guerra.
Para entretenerme. Pero, al hacerlo, ha descubierto, además, que me llevé al príncipe que no era.
—Olerra parpadeó lentamente—. Por eso ha decidido comprobar hoy si tenía el Don de la Diosa.
Tenía un plan de emergencia por si todo se torcía.
Vorika absorbió todas las novedades. Dado que aquella mujer trabajaba con secretos, Olerra no necesitaba ocultarle los suyos. Le pagaba bien para ello.
—¿Tenéis órdenes para mí, general?
—Sigue observando. Que tus espías informen de cualquier novedad. Mientras tanto, parece que tengo trabajo.
Olerra fue hacia su armario y se puso ropa limpia y su armadura de cuero. Su tía había dicho que no estaba buscando una nueva general. Ella seguiría cumpliendo con su deber tan bien como pudiera hasta que las cosas cambiaran.
Tenía que empezar a preparar la ciudad para sus invitados cuanto antes.
Olerra despertó a sus soldados. Las campanas repicaron y los barracones se vaciaron en cinco minutos, tal y como las habían entrenado para hacer.
Había un millar de guerreras en el palacio, preparadas para repartirse por el reino. Todas estaban ahora frente a Olerra, poblando el campo de entrenamiento. Lanzas en mano, espadas al cinto, yelmos puestos. Esperaban sus órdenes.
Olerra caminaba a lo largo de sus filas mientras hablaba.
—Circulan rumores sobre mí. No sé qué habrá llegado ya a vuestros oídos, pero voy a dejar las cosas claras. Nací sin el Don de la Diosa. Mi prima lo ha deducido y ha hecho que la noticia corra como la pólvora.
»Que una cosa quede clara. Yo soy vuestra general.
La reina no va a elegir a nadie nuevo. Nadie me ha vencido en combate.
No hay hombre al que me haya enfrentado en el campo de batalla al que no haya sido capaz de matar.
Y, a pesar de que eso signifique que he perdido todo derecho al trono, puesto que la nobleza no votaría a mi favor cuando la diosa me ha ignorado, nada de ello me convierte en una oponente nada menos que formidable para nuestros enemigos.
»El rey Atalius viene hacia Zinaeya. Estará aquí en cuestión de días. Tenemos trabajo que hacer, pero si hay alguien que no sea capaz de cumplir con su deber tras conocer mi verdadera naturaleza, que se marche ahora. No tengo tiempo que perder con disidentes.
Hizo una pausa. Diez segundos. Treinta. Un minuto.
Ni una sola soldado se movió.
Olerra ocultó su alivio. Puede que no fuera suficiente para las nobles de palacio, pero se había ganado su lugar en el patio de entrenamiento, haciendo que el resto mordiera el polvo, demostrando sus habilidades con la espada y la látiga.
Asintió a sus tropas.
—Bien. Ahora, prestad atención a vuestras tareas.
Cavaron zanjas alrededor de los muros de la ciudad, afilaron estacas y las clavaron por todo el perímetro. Reforzaron las puertas principales. Hicieron que las gentes de las afueras de la ciudad entraran al cobijo de las murallas para que Atalius no pudiera herirlas en su marcha.
Zinaeya había sido estratégicamente construida con muros enormes y torreones en las murallas. Olerra paseaba por el perímetro, buscando cualquier debilidad que hubiera que reforzar.
Ydra apareció en algún momento.
Durante unos minutos, caminó junto a Olerra en silencio, escudriñando a su lado. A su alrededor, las mujeres seguían afanadas en sus labores con palas y hachas, haciendo zanjas y afilando estacas.
Ydra habló por fin:
—Está en mi casa. La reina me ha pedido que lo vigile. No estoy segura de si le preocupa más lo que haga él o lo que le puedas hacer tú.
—Confío en que no te haya dado mucha guerra. —La voz de Olerra carecía de toda emoción.
—No. Está haciendo compañía a los chicos. No sé por qué, pero les encanta que esté por allí.
Olerra siguió caminando a un paso constante, sin frenarse ni apartar la mirada de las murallas.
—No hay quien lo entienda.
—En absoluto. —Ydra se acercó a ella para hacer algo más íntima su conversación—. ¿Quieres hablar de habernos equivocado de príncipe o de cómo enterrar a tu prima en una de esas zanjas para que nadie pueda encontrarla?
—Hablar no servirá de nada. Todo se ha ido a la mierda.
—Sí. Sanos me ha contado lo que pasó. Y mejor. No quería tener que torturarlo.
Olerra dio un resoplido que bien podría haberse confundido con una risa.
—¿Torturarlo? ¿Tú? ¿El alma caritativa que rescata muchachos por afición?
—El príncipe dice que mi mera presencia es una tortura, así que no ha tenido un momento de paz estando yo allí.
A Olerra le dolía hablar de él, pero la duda era peor. Podía confiar en Ydra; ella no la juzgaría.
—¿Ha dicho algo de mí?
—Apenas habla de otra cosa. Te añora. Querría poder retirar todo lo que dijo. No quiere irse de Amarra. Quiere que todo siga igual.
—¿Y espera que inicie una guerra solo para que él se quede? ¿Qué ignore toda lógica y elija el amor?
—No creo que él haya llegado a pensar tanto.
Olerra encontró un ladrillo más frágil en la estructura y ordenó que lo reemplazaran.
—Tengo un reino que cuidar. No puedo poner a todo el mundo en peligro solo por él.
—Lo sé. Y él también.
—Entonces, ¿qué quiere de mí?
Ydra posó una mano sobre el pomo de su espada.
—Quizá deberías ir a hablar con él.
—Estoy un poco ocupada.
—Siendo una cobarde.
Nadie más que ella podía decirle eso a Olerra y salir airosa. Con todo, la general se descubrió apretando el puño de su mano dominante.
—Cuidado —le advirtió.
—Pero es que estás siendo una cobarde. Sanos sabe tu secreto.
Al igual que todo el mundo; pero solo te preocupa que sea él quien lo conoce.
Porque eso significa que ya no puedes confiar en él cuando estáis juntos.
¿Y si ahora que sabe que podría vencerte se atreve a intentarlo?
Sigues permitiendo que lo que le pasó a tu madre controle tu vida.
Olerra procuró que las palabras le rebotaran.
—Ya lo he vencido. No me asusta.
—¿Ah, no? ¿No te asusta que, ahora que sabe lo que sabe, no te desee?
—¡Nada de eso importa, Ydra! —Algunas de las soldados se giraron, y Olerra bajó la voz—. Se tiene que ir. Lo voy a intercambiar por el Andrastus de verdad. Tenemos que detener la guerra. Eso es lo mínimo que puedo hacer por mi pueblo ahora que no podré gobernar.
—Tiene que haber otra forma. Algo que aún no se nos haya ocurrido.
—Nunca pensé que fueras una romántica.
—No creo que lo fuera hasta que os vi.