Capítulo 23
S anos estaba jodido.
Completa e indudablemente jodido.
Pero se encontraba tan sorprendido, y las palabras de Glenaerys lo habían pillado tan desprevenido, que no pudo sino quedarse mirándola.
—Uno de mis espías en la corte de Atalius me acaba de informar de algo muy interesante acerca de su hijo desaparecido. Resulta que…
—Basta —la interrumpió Sanos.
Glen estaba demasiado extasiada como para reprenderlo. Le dolía el corazón. Todo estaba arruinado. Glen había destrozado a Olerra al descubrir no sabía cómo un terrible secreto, y, en ese instante, Sanos tenía que asestar otro golpe demoledor. ¿Por qué ahora, joder? ¿Por qué así?
Se acercó a Olerra y tomó sus manos entre las suyas. Por suerte, nadie lo detuvo. Tragó saliva.
—Por favor, ten en cuenta que lo que te voy a contar no cambia nada. Nada de lo que te haya dicho ni de mis sentimientos hacia ti. Nada.
—De acuerdo —dijo Olerra.
Los enormes ojos de la general lo miraban desde abajo con total confianza. ¿Cómo iba a lograr decírselo?
—Solo te he mentido en una cosa. Solo en una. Por favor, tenlo presente.
Ella se alejó un poco de él, pero no le soltó las manos.
—¿Qué ocurre?
Sanos cerró los ojos. Respiró profundamente. Las palabras salieron por su boca.
—No soy Andrastus.
Ya estaba dicho. La primera parte, la más importante para ella. Y no podía echarse atrás.
Contempló a Olerra mientras procesaba despacio sus palabras, como si estuviera intentando encajarlas en todo lo que sabía sobre él.
—¿Qué? —dijo por fin, sus manos tensas entre las de él—. Pues claro que lo eres. Te rapté en el burdel. La madame te mandó a mi habitación. Tienes el pelo de la familia real.
Sanos se negó a apartar la mirada.
—Mi hermano estaba muy borracho aquella noche. Se desmayó en el pasillo, y decidí hacerme pasar por él.
—Tu hermano. —Olerra retiró las manos y dio un paso atrás—. ¿Quién eres tú?
El príncipe se dolió de la distancia entre ellos.
—Soy… Sanos.
—¿El heredero? —La voz de la reina sonó tras él.
Una autocomplaciente risa de Glenaerys puso el broche a la revelación. Estaba disfrutando del dolor del resto. Sanos no apartó la mirada de Olerra.
Estaba furiosa.
—¿Tú… eres Sanos?
—Sí. —Dejó escapar la palabra en un suspiro, eufórico por recuperar al fin su nombre.
Olerra lo miró como si fuera la primera vez. Sus músculos y la manera en que se sostenía.
—El luchador. El mayor. Claro. Apenas he conocido a brutos sin armadura; asumí que…
—Quería contártelo —dijo él—. Tantas veces he querido hacerlo. Al principio, no dije nada porque pensaba que me matarías o negociarías un rescate con mi padre si descubrías que no era quien querías. No eran opciones que pudiera aceptar. Y después…
—¿Qué? —lo interrumpió con tono letal—. ¿Qué razón podías tener para no decírmelo después?
La reina interrumpió la acalorada discusión.
—Glenaerys, márchate y llévate a tu gente. Ya te has divertido suficiente.
—Sí, majestad.
Glen le dedicó una última mirada de altanería a su prima antes de salir, con su séquito siguiéndola en fila.
—Esperad fuera —dijo la reina a su guarida personal, que salió tan rápido como había entrado.
Lemya no se acercó a la pareja. Observaba desde lejos.
—Olerra, es cuestión de tiempo que Atalius descubra dónde está su heredero. Vendrá a por él.
—Lo sé.
—Tienes que hacer a un lado tus sentimientos y pensar como una líder.
—¿Una líder? Ya es un poco tarde para eso, ¿no?
A Sanos se le estaba rompiendo el corazón por la mujer que tenía delante. La amaba, pero no podía hacer nada por ella. Era la primera vez que se sentía verdaderamente impotente en Amarra.
Olerra se giró hacia él.
—Te vuelves a casa.
—Por favor, espera…
—Creo que ya has dicho suficiente. Y has dejado que yo dijera demasiado. ¿Todas esas veces que empezábamos a intimar y tú te alejabas? Pensaba que tenías algún trauma. ¡Que alguien te había hecho daño! Pero no. Te sentías culpable. Culpable porque dijera el nombre de tu hermano.
—No quería arruinarte las cosas. No quería distraerte del trono.
—Y, aun así, aquí estamos. He estado ciega. Yo cargo con la responsabilidad de mi secreto. Pero ¿tú? Tú lo has arruinado todo. —Olerra se volvió hacia la reina—. Tía, por favor, llévatelo de aquí. No quiero ni mirarlo.
—Olerra, espera.
—No, príncipe. Tú vas a esperar. Vas a esperar en algún agujero profundo y oscuro a que decida qué hacer contigo.
La reina llamó a sus guardias. El príncipe no se resistió cuando se lo llevaron.
Sanos.
El hombre al que amaba era Sanos.
Y era un mentiroso y un manipulador. Un traidor.
Seguía tratando de procesarlo, y su tía le dio el espacio que necesitaba para ello. Olerra recordó cada interacción. Cada uno de los momentos que pudieran haber sido aunque fuera un poco extraños ahora tenían un nuevo cariz.
«¿Eres el príncipe?».
«Soy el mejor príncipe».
Lágrimas de furia rodaron por sus mejillas. Se las enjugó al instante.
—Pronto, todo el mundo lo sabrá —dijo.
Quería hablar a su tía para llenar el silencio. Olerra no quería seguir pensando.
—Sí.
—Sabrán que no tengo el Don. Y que rapté al príncipe equivocado.
—Sí.
—¿Cómo puedes mantener la calma? ¿Por qué no me estás gritando por haber sido tan estúpida?
La reina se adentró aún más en la habitación y se sentó en un diván.
—Tú estás siendo más dura contigo misma de lo que yo podría serlo.
—Dime algo. Lo que sea. No soporto que no digas nada al respecto.
—Sinceramente, aún estoy tratando de averiguar en qué me he equivocado. ¿Qué he hecho para que creyeras que necesitabas ocultarme un secreto como ese?
—Tenía miedo de que dejaras de ver en mí a tu heredera. Necesitaba tu apoyo. Deseo tu amor por encima de todo.
La reina estiró sus largas piernas.
—¿Creías que Toria y yo te habríamos querido menos si lo hubiéramos sabido?
—No, pero…
—Pero ¿qué? Ese muchacho, por estúpido que sea, tiene razón. ¿Y qué? ¿Crees que te quiero por tu fuerza?
—No, pero es por eso por lo que soy tu general. Es por eso por lo que lidero tus ejércitos. —Tragó saliva y se corrigió—: Los lideraba.
—No planeo buscar una nueva general, ni una heredera.
—Las nobles no me querrán cuando se enteren. De esto no voy a recuperarme.
La reina asintió.
—No te voy a mentir. Tus posibilidades son prácticamente inexistentes.
Glenaerys va a convertirlo en algo peor de lo que ya es.
No se va a conformar con decir que eres débil e indigna.
Te llamará mentirosa. Una traidora al reino.
Hará todo lo que pueda para exagerarlo tanto como sea capaz.
Intentaré controlar los daños como me sea posible, pero será mejor que te prepares para lo que se avecina.
—¿Y el príncipe?
—Podrías enviarle un mensaje a Atalius. Hacer que parezca que tu plan era divertirte con el heredero.
Y, después / pedir al otro como rescate.
Hacerte con el Andrastus verdadero y hacerlo tuyo.
Podemos decir en la corte que raptaste al heredero a propósito para darle una lección a Atalius.
Que mentiste sobre su identidad para protegerlo. Que todo era parte del plan.
A Olerra no le disgustaba la idea. No quería devolver a su príncipe, pero tampoco deseaba tener que secuestrar a uno nuevo. Como si eso fuera a servir para algo… ¿Para qué, si la nobleza la odiaba y la consideraba una traidora?
—Todas las que estaban aquí saben la verdad. No he hecho por esconder mi reacción.
—Creerán la palabra de la familia real antes que la de unas guardias a las que puedo pagar.
—¿Y qué hay de las guardias de Glen? A ellas no se las puede sobornar.
—Tendremos que confiar en que nuestra verdad se difunda antes que la suya. Debería haberse enfrentado a ti públicamente.
—Lo intentó. Pero quería ser precavida, por si acaso se equivocaba.
—Mejor para nosotras, entonces.
Olerra detestaba aquella situación. Detestaba tener que ponerse en acción. Quería estar sola. Quería pensar sin que nadie la mirara ni esperara nada de ella.
Pero las reinas no disfrutan de ese lujo.
Y, a pesar de que ya nunca podría llegar a convertirse en una, debía seguir comportándose como tal.
La nariz le ardía, conteniendo aún más lágrimas.
—¿Qué opciones tengo, tía?
—¿Aparte de devolverlo, quieres decir? No, Olerra. Atalius empezará una guerra para recuperarlo si no se lo entregas.
—No quiero quedármelo —se obligó a decir.
«Mentirosa».
La general estaba hecha un caos de emociones enredadas, pero eso era mentira. La reina, probablemente consciente de ello, no contestó.
—Le enviaré un mensaje al rey —dijo Olerra—. Podrá venir a por su hijo cuando desee e intercambiarlo por el otro.
Mientras tanto, no quería volver a acercarse a aquel príncipe bruto plagado de mentiras.
Sanos se esperaba la celda oscura que le había prometido Olerra. En su lugar, lo llevaron a la finca de Ydra. La reconoció desde las ventanas del carruaje, mirando por encima del hombro de la guardia que iba sentada a su lado. Lo acompañaban seis soldados. Salieron delante de él.
Ydra salió a recibirlos a la puerta principal.
—¿Qué está ocurriendo? —preguntó cuando vio a la guardia real junto a él.
—La reina quiere que vigiléis al príncipe Sanos —dijo una de las guardias.
—¿Al príncipe Sanos?
—Es un prisionero, pero se le debe tratar bien.
—Por supuesto —dijo Ydra—. Siempre es un placer cumplir los deseos de la reina. Gracias por traerlo.
En el momento en que se quedaron a solas, Sanos se giró hacia ella.
—Ydra.
Fue lo único que pudo decir antes de que lo llevara agarrado por el brazo hasta la estancia vacía más cercana, una especie de salón.
Casi lo lanzó contra una silla.
—Habla. Ya.
Olerra se encerró en los aposentos de sus tías mientras reparaban la puerta de sus habitaciones.
Se sentó en el escritorio de la reina, pluma en mano, y se quedó mirando el pedazo de pergamino en blanco frente a ella.
Tenía que escribir al rey de Brutus, pero no podía dejar traslucir sus emociones.
Necesitaba ser la astuta general de Amarra.
Olerra catalogó sus pensamientos por utilidad. Lo que no le fuera útil iba al cofre de madera que acababa de materializarse en su mente.
¿Inseguridad? Al cofre.