El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 22 #3
84%

Capítulo 22 #3

—Está claro que conseguir pruebas es extremadamente difícil —continuó Glen—.

Me habría gustado hacerlo en público. Supuse que drogando a Daneryn lo conseguiría, pero el príncipe estaba demasiado ansioso por entrar en acción y prestar sus músculos.

Después, convencí al pequeño Jaron de que te empujara en el pasillo.

Le aseguré que eras demasiado blanda como para castigarlo por algo así.

Pero, cuando le pregunté si habías sido capaz de mantener el equilibrio antes de que él te agarrara, me dijo que no estaba seguro. Inútil.

»Y luego, nuestra tía querida se ausentó durante estas dos últimas semanas con su mujer, para disfrutar de algo de calma. No me podía arriesgar a obtener las pruebas que necesitaba sin que ella fuera testigo de todo, pero acabo de enterarme de que ha vuelto. Así que, aquí estamos. ¿Athon?

El hombretón avanzó. Tomó las manos de Olerra.

Los ojos de la general encontraron los de Andrastus. Parecía temer por ella. Parecía preocupado. Pero a ella le importaba más lo que le pasaría a él cuando la verdad saliera a la luz.

—Empújalo —dijo Glen.

—¿Qué? —respondió Olerra.

—Demuéstrame tu fuerza. Empuja. A. Athon.

Era mucho más grande que ella y, si bien Olerra era capaz de levantar a Andrastus, tenía serias dudas de que pudiera hacer lo mismo con ese hombre. Aun así, inspiró profundamente, apretó los dientes y empujó.

Athon no se movió.

Las espadas ya no eran necesarias porque ya no hacía falta contener a Olerra. Se derrumbó, la mirada clavada en el suelo de pura vergüenza. La habían descubierto.

«Pronto, todo el mundo lo sabrá».

Había sido insensato pensar que tenía fuerza suficiente. La fuerza para ocultar su secreto. La fuerza para ser reina aunque no contara con el Don de la Diosa.

—Lo que pensaba —dijo Glen con alegría. Se giró hacia las guardias tras ella—. Llamad a la reina.

Olerra no podía alzar la vista. No podía soportar mirar a los ojos a su prima o a su príncipe. Se sentía pequeña, derrotada. Indigna. No soportaba a su prima, pero tampoco podía culparla. Si ella hubiera encontrado una debilidad similar en Glenaerys, la habría expuesto de inmediato.

Primero llegaron las guardias reales, fácilmente identificables por sus yelmos puntiagudos. Se distribuyeron por la habitación. Parecían tantas. Tantas que iban a presenciar su derrota.

En aquel momento, Olerra lo perdió todo.

Seguía sin poder mirar a Andrastus.

Cuando la reina entró a la habitación, se dirigió a su sobrina.

—Ordena a tus mercenarias que se vayan, Glenaerys. Sea lo que sea esto, no es necesario que demuestres tu poder. Que se vaya la mitad de tu guardia.

Glen estaba tan emocionada por la situación que ni le molestó la orden. Con un par de gestos, echó a la mitad de sus mujeres. Athon se quedó, pero dio un paso para alejarse de Olerra, como para permitir que la reina pudiera mirarla bien.

—¿Qué ocurre? —preguntó Lemya—. ¿Qué hace Olerra en el suelo?

—Majestad, acabo de comprobar que Olerra no cuenta con el Don de la Diosa. —Glen no perdió el tiempo a la hora de desvelar el mayor secreto de su prima.

Olerra sentía una presión en el pecho. Le costaba respirar. Aquello debía de ser lo que se sentía cuando una se muere de la humillación.

No soportaba no mirar.

La general alzó la mirada y se encontró con la de su tía.

—¿Es eso cierto? —preguntó la reina.

Olerra no era capaz de encontrar su voz, así que asintió.

Lemya se mantuvo impasible ante la revelación; se quedó parada, cuan alta era, con las manos a los lados. En la habitación no se movió ni un alma.

Olerra estaba esperando su veredicto. Estaba esperando a que ocurriera algo, lo que fuera.

—¿Y qué?

Las palabras no vinieron de la reina, sino de Andrastus.

Y Olerra lo quiso aún más por ello.

—¿Qué importa que no tenga el Don? Se ha ganado su rango de general.

Ha salido victoriosa de cada batalla que ha librado.

Es fuerte y brillante, y será una reina espléndida.

¿A quién le importa que no posea algo de magia?

Ya es imparable tal y como es. Y, si nadie se había dado cuenta de ello hasta ahora, ¿tan necesaria es?

—No te olvides de cuál es tu sitio —le dijo Glenaerys—. Puede que Olerra te deje hablar cuando te dé la gana, pero no en mi presencia.

—No le hables. Estás en mis aposentos, y aquí puede hacer lo que le plazca —le espetó la general.

—Basta —intervino la reina.

Todo el mundo volvió a prestar atención a la monarca de Amarra.

—Me lo has estado ocultando —dijo Lemya—. ¿Por qué?

Olerra seguía en el suelo; dejó caer la cabeza.

—Me avergonzaba. No quería decepcionarte.

—¿Por algo que se escapa de tu control? ¿Por qué? —volvió a inquirir.

—Porque si ni siquiera la diosa me considera digna de su poder, ¿cómo iba a esperar que la gente de Amarra me eligiera reina?

Se sentía tan destrozada. Rota por dentro; sus mayores miedos y debilidades expuestos ante la única mujer cuya opinión le importaba y la prima que había usado sus flaquezas para hacerle todo el daño posible.

Las guardias no se movían, pero tenían oídos.

Las noticias correrían como la pólvora sin que la reina pudiera controlarlo.

Todo el reino lo sabría en cuestión de horas.

—Aún hay más —dijo Glen, que claramente no disfrutaba del silencio o de la falta de reprimenda hacia su prima.

—¿Más? —dijeron la reina y Olerra al unísono.

Glenaerys se giró hacia Andrastus con una sonrisa maliciosa en el rostro.

—¿Prefieres contárselo tú, o lo hago yo?