El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—¿Que te encargaras de ellas?

—Al principio, solo quería que las asustara.

Después, me dijo que les pegara. Fue entonces cuando la reina se enteró de lo que pasaba e intervino.

Yo tenía diez años, y mi tía dijo que deberíamos pasar más tiempo juntas.

Me explicó con calma lo que estaba haciendo mi prima, y me enseñó que la familia no nos exige tanto.

Cuando me enfrenté a Glenaerys, le horrorizó que pensara que solo me querría si hacía cosas por ella.

—¿Y después de eso os distanciasteis? —preguntó.

—No. Eso pasó cuando teníamos quince años.

Es la edad a la que se permite a las mujeres la entrada a los burdeles.

Glenaerys quiso ir a uno, por su cumpleaños.

Insistió en que la acompañara, que no sería capaz de ir ella sola.

Quería que yo fuera con ella, aunque yo aún no había cumplido los quince.

Cedí, pensando que no maduraría mucho más en tres meses.

Fuimos a un establecimiento específico para mujeres diferres.

»Como éramos de la familia real, el propietario no se inmutó ante mi presencia cuando nos vio entrar.

De hecho, se sentía alagado por que hubiéramos elegido su local para nuestras Primeras Noches.

Nos dijo que invitaba él a la noche. Que podíamos tomar a todos los sementales que quisiéramos hasta el amanecer.

—Pero tú no… —Andrastus necesitaba dejarlo claro.

—Te contaré lo que ocurrió con pelos y señales si te quedas callado.

El príncipe cerró la boca.

—En el burdel, las puertas tienen pequeñas aperturas a la altura de los ojos que se abren y cierran para que las clientas miren.

Si alguna no quiere ser observada, puede cerrar por dentro.

Los prostitutos libres no cierran esas ventanitas, de forma que cualquiera puede ver el interior y elegir.

Glen y yo nos tomamos nuestro tiempo y miramos por cada agujero para examinar a cada uno de los apuestos candidatos.

Olerra todavía recordaba el momento en que se tropezó con la ventana abierta de una habitación que ya tenía dos ocupantes.

Glen y ella se asomaron, lado a lado, y vieron a la mujer montada sobre el hombre.

Echó la cabeza hacia atrás y gimió en cuanto se dio cuenta de que la observaban. Como si eso la excitara aún más.

Esa parte no la dijo en voz alta.

—Cuando Glen se decidió por un hombre, yo me quedé esperando en el pasillo.

Le dije que aún no estaba preparada. No me lo echó en cara.

Tan solo entró en habitación que había elegido y me dijo que me podía ir.

No estoy segura de por qué me quedé. Aquel pasillo tenía algo erótico, podía escuchar los gemidos y gritos de placer.

Nunca había visto nada parecido. Todo lo que había aprendido hasta entonces había sido teórico o con maniquíes.

Pero algo nuevo invadió el aire. Un grito que no era como el resto.

Un grito de dolor. Fui corriendo a buscar al propietario, pero, cuando llegamos, ya había terminado.

Glen estaba saliendo de la habitación, y había dejado tras ella a un hombre que apenas respiraba.

Le estaban saliendo moratones en el cuello y tenía el brazo doblado en un ángulo extraño.

Olerra hizo una pausa, rememorando el impacto que le había causado aquello, hacía tantos años.

—Le hizo daño. Se dio cuenta enseguida de que el dolor la excitaba más, y disfrutaba infligiéndolo. Le prohibieron la entrada al burdel, y me echó la culpa por chivarme. Pero, por encima de todo, me di cuenta por fin de quién era en realidad.

Olerra se giró hacia Andrastus.

—No soy perfecta, pero soy mucho mejor persona que mi prima. No voy a hacerme con el poder atacando a quienes sé que son más débiles que yo. No voy a matar a la que fuera mi hermana por un trono. Voy a ganarlo, y a restregarle su derrota.

Era honrada.

Era honrada y leal, incluso cuando otros no se lo merecían. Sanos la admiraba por ello.

—¿Y tú? —le preguntó—. ¿Alguna vez te has planteado deshacerte de tu hermano para heredar el trono de Brutus?

Cómo odiaba tener que mentirle.

—No tengo ambición política. Ni deseo de gobernar.

Bueno, eso no era del todo mentira. La única razón para querer la corona era que eso significaría que su padre había muerto. Por lo demás, no deseaba tener nada que ver con el legado de su padre. Atalius y sus ancestros podían metérselo por el culo.

Pero Olerra le había enseñado los cambios a mejor que podía implementar en su reino. Por las mujeres. Por los pobres. Y aún había tanto que podía aprender de ella.

Aunque se sintiera vacío si ella no estaba a su lado.

—¿Con qué sueñas, entonces? —preguntó ella.

Contemplando sus labios carnosos, sus cabellos oscuros y sus labios rosados, Sanos no podía negar la realidad.

—¿Sabes? Creo que llevo toda la vida soñando contigo.

Olerra le dirigió una mirada de incredulidad, así que se vio obligado a seguir hablando:

—No me he acercado a mucha gente. Mi padre es un hombre celoso que ansia tener el control.

No podía sino soñar con conectar con alguien.

Soñaba con la amistad. Incluso con una pareja.

Sabía que, cuando me casara, sería por conveniencia.

—Extendió la mano para tomar la de ella—.

Soñaba con el contacto físico. Con unas manos que no me pegaran sino que me calmaran.

Que me excitaran. No sabía que lo que más necesitaba era que me raptaras.

Olerra se llevó sus manos entrelazadas a los labios y le besó el reverso de la mano.

—Nunca volverás a estar solo —le dijo.

Y él vio la sinceridad en sus palabras.

Un trueno retumbó en la habitación, algo extraño teniendo en cuenta que no había tormenta. Un segundo después, la puerta salió disparada de sus goznes.

Lo primero que vio Sanos fue el rostro de Athon. Lo seguían Glenaerys y miembros de su guardia personal.

—¿Qué estás haciendo? —demandó Olerra.

Se palpó la cintura, pero no llevaba ningún arma encima. Se las había quitado para disfrutar de su velada. Sanos miró alrededor, buscándolas para dárselas. O para usarlas él mismo. Lo que más sensato pareciera.

—Prima —dijo Glenaerys. Se giró hacia Sanos—. Príncipe. Mírate, sin tus grilletes, a solas con Olerra. Que sigue viva.

—¿En serio? —respondió él con exagerado sarcasmo—. No me había dado cuenta.

Los ojos de Glenaerys eran dos rendijas.

—Enseguida estoy contigo. Antes, necesito poner a prueba a Olerra. Tengo el presentimiento de que nos oculta algo.

Olerra estaba segura de que el corazón se le había parado.

«No».

No podía saberlo. Era imposible.

—Sujetadla —le dijo Glen a sus guardias.

—Tocadme y mandaré que os ejecuten —dijo la general a las soldados que se acercaban con rapidez.

No se detuvieron.

Andrastus se interpuso entre ellas.

—Ni se te ocurra —le dijo una de las guardias.

La mujer le puso la mano encima a su príncipe, y Olerra la agarró por la muñeca y le estrelló su codo contra el hueso.

Se oyó un crujido.

—Daos prisa —dijo Glen sin inmutarse.

Cuando tres de las mujeres se acercaron a Olerra a la vez, Andrastus lanzó un puñetazo. Y empezó la pelea.

Olerra atacaba a cualquiera que se acercara a ella. Intentaban acorralarla en una esquina, pero las iba manteniendo a raya, dando vueltas a su alrededor. Por desgracia, eso significó perder de vista a Andrastus y no ver que más mujeres entraban a la habitación hasta que ya era demasiado tarde.

Desenvainaron sus aceros y una soldado le puso a Andrastus un cuchillo contra el cuello. Olerra alzó las manos en señal de rendición.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó la general—. La tía hará que te cuelguen por esto. ¡No conseguirás el trono recurriendo al juego sucio!

—Solo es juego sucio si me equivoco. Verás, el príncipe mencionó que lo mantenías atado por las noches, y me pareció muy extraño.

Ni siquiera yo tengo que encadenar a mis hombres menos entusiastas para encamarlos.

¿Por qué lo habría de hacer mi prima? Y entonces me puse a pensar.

En todos estos años, no recuerdo haberte visto superar a un hombre físicamente. Nunca.

El miedo se aferró al abdomen de Olerra. Su mundo estaba a punto de derrumbase a su alrededor.