El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

S anos se sentía un idiota.

No. De hecho, era idiota.

Mantener su identidad en secreto había sido esencial para sobrevivir, pero ya no tenía excusa. Debía decírselo. «Sanos —le diría—, me llamo Sanos».

¿Cómo se imaginaba que iba a ser? ¿Pensaba que iba a continuar con la farsa mientras su romance avanzaba? Lo quería a él, no a su puñetero hermano. Simplemente se había equivocado de nombre.

Y cuando había dicho el nombre de su hermano justo en el momento en que iba tomarla había sido peor que un jarro de agua fría. No quería, no podía acostarse con ella si gritaba el nombre de otro. Quería que dijera su nombre. Quería oírlo brotar de sus labios más que nada en el mundo.

Pero ¿qué ocurriría cuando desvelara la realidad?

No podría quedárselo, siendo, como era, un príncipe heredero. Era demasiado importante para la política de Brutus. Y ella no iría a su reino. Nunca la dejaría vivir en el mismo castillo que su padre. Aunque tampoco importaba. Olerra tenía que quedarse en Amarra para poder reinar.

Y, para conseguirlo, necesitaba un marido. ¿Lo intercambiaría por su hermano? Su padre sí que lo haría. Sin duda. Atalius quería a su heredero, al que había criado desde niño a su imagen y semejanza. Entregaría a Andrastus sin pensarlo dos veces.

¿Qué clase de hermano sería Sanos si dejara que eso ocurriera?

¿A quién coño quería engañar? No tenía nada que ver con que su hermano ocupara su lugar. Lo único importante era que no quería que Olerra se acostara con Andrastus.

«No puede. Es mía».

Salvo que no lo era. Y nunca lo sería si no sabía quién era él.

Era un problema sin solución. Hiciera lo que hiciese, saldría perdiendo.

Lo único que podía hacer, lo único que haría, era ayudarla a conseguir el trono. Le contaría la verdad cuando la nombraran heredera de la corona. Con suerte, su padre no descubriría su paradero antes de que ocurriera.

Por tanto, esperaría. Se lo diría antes de que pasara nada drástico. Pero lo mejor para ella en aquel momento era conseguir el voto de la nobleza. No dejaría que nada se interpusiera entre Olerra y su mayor deseo.

Cuando Olerra entró en el cuarto de Andrastus a la mañana siguiente, estaba radiante. Las guardias que vigilaban las puertas de las habitaciones del harén no habían visto nada por la noche.

—No has intentado escapar —dijo.

—Como si fuera a llegar más lejos que la última vez.

—Te gusta estar aquí, admítelo.

—Me gustas tú —corrigió él—. El resto lo tolero.

—Cambiaremos lo que haga falta —le prometió—. En cuando me nombren heredera, hablaré con mi tía para poder mejorar tu situación. Y la de todos los hombres que así lo deseen. Lo que quieras, lo discutiremos. Juntos podemos hacer de este sitio un lugar mejor para todo el mundo.

La miró con tanto cariño… Tenía el pelo alborotado tras dormir, y podía oler el delicioso aroma que emanaba de él al levantarse de la cama.

—¿Puedo darte un beso de buenos días? —le preguntó Olerra.

El rostro de su príncipe se relajó notablemente, como si le hubiera preocupado cómo estarían las cosas entre ellos.

—Siempre.

Olerra sonrió, se inclinó y le dio un piquito en los labios. Cuando trató de apartarse, las manos de su príncipe se posaron en su nuca, impidiendo que se moviera. La sentó sobre su regazo y ella se rio al caer sobre él.

No fue un beso apasionado como los de la noche anterior. Fue dulce y sincero. Cauto, como si le estuviera queriendo decir algo. Olerra creyó saber a qué podía referirse.

«Estamos bien. Todo está bien. Tan solo necesito tiempo».

A ella no le importaba. No quería nada que no quisiera él.

Olerra colocó las manos sobre su pecho, apartándolo un tanto. Él no se resistió.

—Tan solo deseo entender —le dijo.

Envolvió sus bíceps con las manos. Le gustaba mucho tocárselos. La forma en que era imposible que sus dedos se tocaran. La forma en que él no podía evitar flexionarse ante su contacto. Como si quisiera impresionarla.

—¿Es el… acto lo que no podemos hacer? ¿Y lo demás sí? —le preguntó.

Andrastus dirigió la vista al suelo, como si se sintiera avergonzado.

—No tenemos por qué hablar de ello si no quieres. Creía que quizá sería capaz de ayudarte si lo entendiera. Para poder evitar cualquier incomodidad. Quiero saber qué está bien y qué está mal.

El príncipe alzó la mirada, claramente frustrado.

—No lo sé.

—Eso también está bien —le contestó.

—Lo que sí sé es que no eres lo que pensaba que quería. Pero te deseo. Que no te quepa la menor duda. Te deseo más que a nada. Pero todavía no.

—¿Te ayudaría si te prometiera no empezar nada sin preguntarte primero? ¿Dejarte decidir lo que quieres y cuándo lo quieres?

—¿Y si yo hago algo que a ti no te guste? —preguntó él.

—Me gustará —le prometió—. Pero, si no estás seguro, siempre puedes preguntar.

Andrastus no dijo nada, como si lo que acababa de decir no tuviera sentido. Olerra decidió que era un buen momento para portarse un poco mal y lo ayudó.

—Por ejemplo, podrías preguntar: «¿Olerra, puedo besarte?». Tal y como he hecho yo esta mañana. No ha sido raro, ¿verdad?

Él negó con la cabeza.

—Podrías preguntarme: «Olerra, ¿podrías ponerme las manos en la polla?».

Andrastus tragó saliva.

—Podrías decir: «Olerra, ¿puedo meterte la polla en la boca?».

Había fuego en los ojos de su príncipe, pero no se movió, como si quisiera seguir torturándose mientras la oía decir lo que se le pasaba por la cabeza.

—Podrías preguntarme: «Olerra, ¿te gustaría sentarte en mi cara?». O…

Andrastus la calló con un beso, esa vez ardiente y animal. Se apartó lo justo para decir:

—Todo. Quiero hacerlo todo.

Olerra ajustó su postura para sentarse sobre él a horcajadas. Con solo tocarlo, comprobó que tenía los pantalones, cortos y apretados, aún atados. Tras deshacer los lazos, lo envolvió con una mano, disfrutando de su calor.

—Andrastus, dioses, eres perfecto.

Y, en ese momento, se quedó rígido bajo ella.

Lo soltó de inmediato, profundamente confusa. ¿Le molestaba que hablara? Pensaba que le gustaba que le dijera aquellas cosas, a pesar de sus protestas al principio. Le encantaba hablar sucio, y no quería dejar de hacerlo por él. Aunque lo haría. Si eso era lo que necesitaba.

—¿Necesitas silencio mientras…? ¿Es eso?

Andrastus gruñó.

—Lo siento, pero creo que necesito un momento a solas antes de ir a desayunar. ¿Te importa?

—En absoluto. Podríamos incluso desayunar con las tropas, si lo prefieres.

Asintió.

—Perfecto. Volveré en unos minutos.

Olerra se encerró en su habitación y se sentó en el borde de la cama.

No sabía qué hacer. Andrastus le había dicho lo que quería.

Pero eso tampoco había servido. No sabía en qué se estaba equivocando.

No tenía ningún problema para excitarse.

El problema no era el entusiasmo de su cuerpo; eso estaba claro. Debía de ser algo mental.

Y entonces un terrible pensamiento la asaltó. ¿Le habrían hecho daño? ¿Habrían abusado sexualmente de él?

Una rabia ardiente la hizo ponerse en pie, y empezó a dar vueltas. Pues claro. Por supuesto. Andrastus no podía evitar sentirse herido o incómodo. Y no estaba preparado para hablar del tema. Probablemente, no pudiera hablar de ello.

Olerra quería un nombre. Quería llevar al pozo a la persona responsable.

Accionaría ella misma la guillotina. O, mejor, llevaría una puta hacha.

Y no le arrancaría solo la polla. Se lo quitaría todo.

Los huevos y las manos, ya que se ponía.

Convertiría al cobarde responsable en una papilla quejicosa.

Cuando por fin se calmó, volvió a centrarse en el asunto en cuestión. Andrastus necesitaba ir despacio. Necesitaba que fuera paciente. Necesitaba que lo hiciera sentir seguro.

Y así lo haría ella. Haría lo que fuera necesario. Nadie volvería a hacerle daño.

Se lo juró a sí misma.

El nombre de su hermano era la palabra más horrible que existía, decretó Sanos.

La semana siguiente la pasó hablando con Olerra tanto como podía. Si estaban hablando, no estaban intimando. Si no intimaban, no tendría que oír a Olerra gritar en éxtasis el nombre del gilipollas de Andrastus en lugar del suyo.

Era una tortura.

Disfrutaba del tiempo que pasaban juntos.

Le gustaba que Olerra le contara sus historias y correspondería.

Disfrutaba escuchando su opinión respecto al funcionamiento del mundo, y cómo lo cambiaría cuando estuviera en posición de hacerlo.

Era una conversadora increíble. Se sentía un soso a su lado, pero ella parecía estar encantada con él.

La cazó dos veces estirando la mano como si fuera a tocarlo y retirándola después. Fingió no darse cuenta.

Y sufrió.

Una noche, cuando estaban a solas cenando tranquilamente en el salón de los aposentos de Olerra, le preguntó:

—¿Alguna vez has intentado matar a Glen?

La pregunta no parecía sujeta a juicio alguno, sino nacida de la curiosidad, y eso a Olerra le interesaba.

—No. Nunca.

—¿Por qué no?

—Primero, porque no dice mucho a favor de una reina que tenga que eliminar a su competencia para poder llegar al trono. Y segundo… —Dudó, preguntándose qué conclusión sacaría él si le contaba la verdad—. Aún recuerdo cuando era una niña. Crecimos juntas. Tan unidas como lo estamos ahora Ydra y yo.

Andrastus absorbió la información con una paciencia que nunca había visto en él.

—¿Qué cambió? ¿Qué hizo que pasarais de hermanas a rivales?

—¿De verdad te interesa? —No pudo evitar preguntar.

Él asintió.

—Mi madre y mi padre murieron cuando yo tenía cuatro años.

Glen decidió que yo sería su hermana. Ella sería mi familia.

Aunque su madre, mi tía política, me mantuvo algo apartada, permitió la cercanía que llegamos a desarrollar.

Glen era amable. Me quería de verdad. Aunque incluso entonces ya era manipuladora. Me pedía que hiciera cosas por ella.

—¿Qué clase de cosas?

—Nada importante, al principio. Yo era más fuerte. Me pedía que le abriera tarros o que fuera la soldado en los juegos en los que ella era la princesa. Según crecimos, se volvió más descarada. Me pedía que hiciera recados o me mandaba a encargarme de nobles que le caían mal.