El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

—No lo toques. —Dio un pequeño chillido, apartándose—. Ahora está demasiado sensible.

—Perdón —se rio él.

—Eso es mi clítoris. Es la parte de la mujer que da placer.

Sanos hizo una mueca de desconcierto.

—Pero yo pensaba que… dentro…

La respiración de Olerra era profunda y entrecortada, y tenía los ojos algo desenfocados, como si le costara mantener la conversación.

—No. La mayoría de las mujeres no se corren solo con tener dentro a un hombre. La mayoría necesitan tocarse ahí para llegar al orgasmo.

Sanos abrió ojos.

—Cuando nos… ¿Cómo me puedo asegurar de que tú…? Olerra sonrió y se inclinó hacia delante para besarlo con una dulzura que le llenó el corazón.

—De muchas formas. Ya descubriremos lo que mejor nos funcione a nosotros.

—«Nosotros». Me gusta cómo suena.

A ella también. Le encantaba pensar en ellos como un «nosotros». Y le encantaba la idea de lo que estaba por venir.

—¿Quieres hablar de algo más o prefieres probar tú? —le preguntó.

Andrastus miró hacia abajo.

—¿Estás segura de que puedes seguir? Has dicho que estabas demasiado sensible.

—Ay, hombrecillo, necesitaba solo un momento. Además, me encantaría que me siguieras besando.

Y eso hizo. Cubrirla de preciosos besos.

Prestó especial atención a su cuello, una parte de su cuerpo que supuso que apreciaba en particular.

Eso y sus pechos. No paraba de tocarlos.

Besarlos. Lamerlos y chuparlos. Sabía que a los hombres les gustaban los pechos, pero no se había hecho una idea de hasta qué punto.

Era como si tuviera una conexión directa entre sus pezones y su sexo. Cada vez que se los tocaba, podía sentir el calor entre las piernas. Era imposible, pero se sentía preparada para un tercer orgasmo. Algo que nunca había conseguido por su cuenta. ¿Dos? Sí. Pero ¿tres?

Por los dioses, ¿qué le estaba haciendo?

Sentía su erección dura entre ellos, clavándose en su estómago. Ya estaba hecha al tamaño. Preparada para tenerla dentro. Pero el falo que usaba no era del todo igual. Andrastus tenía otra textura, una que se moría por sentir entre sus manos.

—¿Puedo tocarte? —le preguntó.

—Donde quieras —contestó al instante.

Lo envolvió con una mano. Despacio, tal y como le gustaba a ella. Y él se quedó sin respiración.

Le fascinaba su calidez, algo de lo que carecían sus falos. Además de que estaba unido a una persona de carne y hueso que reaccionaba a su contacto. Algo que ella no sabía que echaba en falta. Que necesitaba.

Sus instructoras le habían enseñado que la cabeza era la parte más sensible, así que deslizó su pulgar sobre ella mientras lo agarraba.

Andrastus cerró los ojos.

—Tu educación amarriana y tú me vais a matar.

Olerra sonrió mientras seguía haciendo presión con el pulgar, y Andrastus siseó como una serpiente.

—Ven aquí —dijo, llevándola hacia la cama.

Ella fue con entusiasmo, lista para lo que estaba a punto de ocurrir. Habían jugado. Se habían besado. Ahora quería sentirlo dentro.

Andrastus la tumbó de espaldas y se colocó sobre ella, sujetándose con las manos.

Olerra había pensado en cambiar de posición, pero no encontró razón alguna por la que él no pudiera llevar la iniciativa por una vez.

Si le empezaba a doler por cualquier motivo, siempre podía tumbarlo y ponerse ella encima.

Andrastus la besó, volviendo a centrar su atención en sus pechos. Después, subió la rodilla hasta colocarla entre sus piernas para comprobar lo mojada que estaba.

—¿Estás lista? —preguntó.

—Sí.

—¿Tienes fundas?

—Tomo una infusión una vez al mes para no quedarme embarazada.

Cerró los ojos, como si la idea de poder estar dentro de ella sin nada entre medias fuera demasiado buena para ser verdad.

Después de un instante, se colocó entre sus piernas, con la polla tocándole los pliegues sensibles de los labios.

Se restregó contra ella y fue subiendo hasta llegar al clítoris.

—¡Andrastus! —gritó—. Basta de juegos, por favor.

Y entonces se apartó.

Su príncipe se bajó de la cama de un salto con el cuerpo completamente en tensión.

—¿Qué ocurre? —preguntó, preocupada por si había hecho algo mal.

—Yo…

El silencio era frío y horrible. No podía mirarla a los ojos. Seguía excitado, aunque no se acercaba a la cama.

Olerra respiró para calmarse.

—Aún no estas listo, ¿verdad?

—Yo… —Volvió a intentarlo; sin embargo, las palabras no le salían.

Olerra no pudo evitar el sentimiento de decepción, pero lo aplastó. Que su príncipe estuviera cómodo era más importante que las expectativas que había puesto en aquella noche.

—No pasa nada. No hay prisa. Tenemos tiempo.

Andrastus cerró los ojos y la boca, como si estuviera sufriendo lo indecible. Asintió lentamente.

Olerra se levantó y recogió su ropa del suelo. Necesitaba alejarse de él y calmarse. Era una visión demasiado excitante, duro y desnudo ante ella.

—Buenas noches, príncipe. Nos vemos mañana. No pasa nada malo entre nosotros. Al menos por mi parte.

Seguía sin mirarla. Ni siquiera cuando asintió.

Salió de la habitación y reprodujo cada mágico momento hasta quedarse dormida.