El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Por tu valentía y tu caridad. Tu fiereza y tu lealtad. Tus planes para el futuro de Amarra. Nunca había conocido a nadie como tú. Quiero que seas la próxima reina, y te ayudaré a conseguirlo.

¿Qué se suponía que tenía que hacer con aquel príncipe arrodillado ante ella que le ofrecía una daga y un reino?

Besarlo parecía un buen comienzo.

Olerra cogió la daga de sus manos y la lanzó por encima del hombro, sin preocuparse de dónde caía. Tiró de su príncipe para ponerlo en pie. Su intención había sido darle las gracias, pero él ya se estaba acercando a ella.

Tomó su boca con la ferocidad no de un príncipe, sino de un ladrón. Sus labios eran firmes, exigentes, y a ella le encantaban.

Se suponía que era ella la que debía mantener siempre el control, pero le volvía loca que él asumiera el mando en ese momento, cuando había tenido tan poca autonomía desde su llegada a Amarra.

Su lengua sabía a cerveza. Tenía una mano en su pelo mientras la otra corría a agarrarle el culo, apretando.

Se acercó a él, le mordió el labio inferior y dejó que sus manos corrieran libres por todas las partes de su cuerpo que llevaba toda la noche admirando.

Su pecho. Sus brazos. Su cabello casi blanco.

Los labios de Olerra iban libres hacia el hombro de su príncipe mientras trataba de quitarle la manga del brazo derecho para poder explorarlo con la boca.

Andrastus estaba fijo en el sitio, disfrutando claramente todo lo que ella hacía. De su garganta nacían quejidos absolutamente deliciosos, así que Olerra se puso de puntillas para poder darle a su cuello la atención que se merecía. Besándolo y mordiéndolo y marcándolo como suyo.

Por la manera en que disfrutaba de sus manos sobre su piel y por cómo echaba hacia atrás la cabeza, parecía… poco acostumbrado al contacto.

—¿Acaso tus putas no te besaban? —Olerra se apartó un segundo.

—Así no.

Eso le gustó. Disfrutaba con la idea de ser la única que lo había hecho sentir así.

Ansiaba seguir tocándolo. Le cogió la camisa y Andrastus se la quitó por ella.

Le acarició los brazos, agarrándole las muñecas y recorriéndolos hacia arriba.

Un destello de placer brillo en sus ojos cuando alcanzó su brazalete.

Y después se fijó en su pecho desnudo.

Le encantaba tocarlo. Su suave piel blanca, sus músculos marcados, sus pezones duros de excitación. Se alejó de sus labios el tiempo justo para besarlo justo en el medio del pecho, ansiando su sabor.

La amenaza del peligro seguía allí, sobre su cabeza, como la hoja de una guillotina a punto de caer, pero ella la ignoraba deliberadamente.

Andrastus empezaba a entrar en razón. Quizá cuando se disipara la neblina mental que le había provocado su victoria esa noche volviera a ser el príncipe distante de siempre, pero, en aquel momento, Olerra quería vivir el presente.

Recordaría cada segundo para poder reproducirlo en su mente una y otra vez.

Cuando sus manos alcanzaron el abdomen de Andrastus, por debajo del ombligo, se maravilló de lo duro y suave que tenía cada palmo de la piel, y de la exquisita combinación de ambas cualidades.

Cuando volvió a incorporarse, Andrastus la besó. Olerra se vio sorprendida por su delicadeza esa vez, ralentizando con cada tirón de sus labios, acompañando cada beso con la lengua. Quería saborearla, como si fuera su comida preferida.

Cuando sintió los dedos ágiles de él desatarle los lazos a la espalda, notó que le ardía la piel. El príncipe tiró de la tela hacia abajo, con su ayuda, dejándosela en la cintura y exponiendo sus pechos.

Andrastus dio un paso atrás y bebió de la visión de lo que acababa de descubrir, y el hambre en su mirada hizo que Olerra notara cómo le flaqueaban las rodillas. Se apoyó en la pared más cercana, y él la siguió y hundió el rostro entre sus pechos en cuanto la alcanzó.

Le besó el pequeño espacio entre ellos. Después, tomó uno con la mano derecha.

—Joder, eres preciosa. Ni siquiera me caben en las manos.

Dejó de hablar para seguir besando su cuerpo hacia el pecho que no estaba sosteniendo. Cuando llegó al centro, tomó el pezón entre los labios y chupó.

—Joder —dijo Olerra, echando la cabeza hacia atrás.

Siguió lamiendo arriba y abajo con la punta de la lengua, mientras con el pulgar trazaba círculos en torno al otro pezón. Olerra podía oír cómo su respiración se volvía cada vez más aguda al tiempo que sentía las manos de su príncipe sobre ella.

—Desnúdate —suspiró—. Desnúdate ya.

Andrastus se incorporó.

—¿Estás lista? —preguntó.

Asintió con las ganas consumiéndola.

—¿Lo estás tú?

—Llevo deseándote mucho tiempo —le dijo al oído—. Pero era demasiado tozudo como para verlo.

Se apartó de ella y, de alguna forma, ya estaba desnudo. Se había quitado la ropa a una velocidad milagrosa mientras hablaba. Era un hombre motivado más allá de la razón. Avanzó para ayudarla a quitarse el resto del vestido y los pantalones. Hasta poder verla entera.

Andrastus dejó que su mano bajara para poder tocarla al tiempo que se inclinaba para besarla. Olerra apretó las caderas contra aquella mano, permitiendo que la maravillosa fricción le provocara chispazos por todo el cuerpo. Estaba tan cerca que sentía que podía explotar en cualquier momento.

—Espera —dijo Andrastus, apartando la mano.

Olerra se tuvo que morder un labio para no llorar de la frustración.

—Así no.

Y se arrodilló.

Esa visión fue suficiente para hacer que se corriera. Se cubrió la boca con la mano mientras sentía el pequeño orgasmo recorriéndole el cuerpo. ¿Qué le estaba haciendo aquel hombre? Provocando que se corriera sin siquiera tocarla. Esperaba que no se hubiera dado cuenta.

—Eso ha estado bien —sonrió—, pero estoy seguro de que puedo hacerlo mejor.

Su erección apenas ocupaba espacio en una mente invadida por la primera visión del cuerpo desnudo de Olerra.

Era todo pronunciadas curvas y piel suave.

Pechos grandes y perfectos. Abrió las piernas para que él pudiera colocar la cabeza entre ellas.

Cuando eso no fue suficiente, Sanos tomó su pierna izquierda y se la colocó sobre el hombro.

Miró hacia arriba.

En los ojos de Olerra brillaba la confianza. Eran de un pardo precioso, con los párpados finos.

Cuando Sanos miró hacia lo que tenía a la altura de los ojos, se le hizo la boca agua.

Era preciosa. Tan rosa como los labios de su rostro. Brillante de excitación. Se inclinó hacia delante y la lamió.

Oyó cómo su cabeza golpeaba la pared. Miró hacia arriba y vio que tenía los ojos cerrados.

Le besó los labios, imposiblemente tiernos, su olor increíblemente erótico. Olerra gemía encima de él mientras se tomaba su tiempo para probar cada parte de ella, descubriendo qué le gustaba más.

Le introdujo la lengua. Le gustó. Repitió y se apartó, subiendo y subiendo para explorar cada parte de ella.

Cuando llegó al borde de su sexo, posó sus labios sobre una zona que hizo que Olerra gritara, y pausó, y se apartó para mirarla. Vio un diminuto circulo de piel con pliegues, casi arriba del todo. Se acercó y lo lamió para ver qué ocurría.

Olerra soltó un gemido ahogado.

Contento de haber encontrado algo que le gustaba de verdad, dejó escapar un pequeño soplido sobre la zona y volvió a bajar para seguir jugando entre sus labios.

El cuerpo de la princesa pareció relajarse ahora que él no estaba en el lugar que más placer le daba. No lo podía permitir, así que, sin aviso previo, volvió a él, lo tomó con la boca y chupó.

—Joder —dijo ella, con sus manos recorriéndole el cabello, como si no quisiera que se moviera de ahí.

Cuando recuperó el aliento, bajo las manos.

—Está bien —dijo él contra su piel—. Me puedes tocar.

Entonces encontró un ritmo con la lengua que le hizo perder el control.

Las manos de ella volvieron a su pelo. Se empujaba contra su boca y gemía cada vez que la lamía. Tardó un poco más, porque ya se había corrido, pero Sanos estaba decidido. No le importaba ser todo lo paciente que ella necesitara.

Sentía que tenía el control. Era él quien provocaba en la general aquellos gemidos. Estaba de rodillas, pero tenía el poder, y le encantaba.

—Jod… —Olerra dejó escapar un suspiro cuando el orgasmo la recorrió.

Sanos siguió lamiendo para ayudarla. No se detuvo hasta que las manos y las caderas de Olerra dejaron de moverse. Después, le volvió a poner la pierna en el suelo con delicadeza y se levantó.

Cuando Olerra abrió lentamente los ojos, sonrió.

—Dices tacos cuando te corres —dijo—. No me había dado cuenta hasta ahora.

—¿Y?

—Que me encanta.

—Mejor, porque si haces de eso algo habitual, vas a escucharlo más.

Le gustaba la idea.

—¿Qué es esto? —preguntó, tocando con un dedo esa pequeña parte que la hacía perder el sentido.