El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

L a reina invitó a Sanos y Olerra a que se sentaran junto a ella.

Al lado de los tronos habían dispuesto cojines, y el príncipe se acomodó en uno con la espalda recta mientras las mujeres se acercaban a él para darle la enhorabuena por su actuación.

Al igual que la vez anterior, no se sentía a gusto entre tanta atención, pero, en esa ocasión, lo llevó con buen humor.

Por ella. Estaba orgulloso de haber logrado que Olerra se ganara algo más de respeto como heredera.

Probablemente no sirviera para solucionarlo todo, si bien era un paso en la dirección adecuada.

—¿Dónde aprendisteis eso? —le preguntó una noble—. Fue un reto entre mis hermanos.

La mujer se rio y proclamó a los muchachos brutos unos valientes diablillos.

Otra mujer cuyo nombre Sanos no conocía se acercó a él.

—Os he visto bailando y bebiendo con la princesa. Está claro que os habéis abierto a ella. ¿Qué ha cambiado en tan poco tiempo?

—Cuando me salvó la vida —respondió él con bastante sinceridad—, supe que tenía que hacer más por ella. Tenía que ser mejor, por ella. Y cuando me declaró su seul, comprendí lo definitivo de mi situación.

Las mujeres que se habían congregado a su alrededor estaban encantadas con sus respuestas.

Le llevaban comida y bebida, como si necesitara algo más después de todo lo que había consumido, pero él no tomó nada que no viniera directamente de Olerra.

El grupo se fue haciendo cada vez más grande, hasta superar al que rodeaba a Glen.

Sanos miró a los ojos a Olerra, que le devolvió una mirada radiante.

El príncipe sintió que se le hinchaba el pecho. Ya estaba harto de ignorar la atracción que sentía hacia ella. Estaba harto de fingir que ayudarla a alcanzar el trono no era lo correcto o lo más beneficioso para él a largo plazo.

Tenía que pensar en su familia; sin embargo, Olerra era una poderosa aliada, y comprendió que tenerla de su parte también lo podía ayudar en ese aspecto.

Sintiéndose envalentonado, aunque a causa del alcohol, alcanzó a la general y la atrajo hacia sí, sentándola en su regazo. Le acarició el pelo y dejó que una mano se escapara hacia su cintura. Buscaba excusas para inclinarse hacia ella, acercándole los labios a la oreja al hablar.

—¿Cuánta gente de la corte crees que está demasiado borracha como para recordar esto mañana? —le preguntó.

—Creo que nos irá bien. —Olerra le sonrió—. Hemos recuperado el favor de algunas. Gracias por vender tan increíblemente bien nuestra historia de amor.

Cuando la mirada de Sanos se posó en sus labios, se fijó en su respiración. Por todos los dioses, se moría por besarla. Pero allí no. No delante de toda aquella gente, que haría de ello un espectáculo. Quería que estuvieran a solas. Donde solo tuviera significado para ellos.

Olerra no se cansaba de ver cómo la miraba su príncipe.

El apuesto príncipe de Brutus, siempre ceñudo e intimidante, cambiaba por completo con ese ardor en su mirada. Cuando estaba furioso, su atención era arrolladora. Pero ¿cuándo no? Le estaba costando contener los escalofríos estando sobre su regazo.

Pero su elegido era mucho más que una cara bonita. Era un hermano que protegía a su hermana menor. Un príncipe que buscaba justicia. Un hombre que había matado por ella.

Todavía tenían mucho que aprender el uno del otro, pero Olerra sabía que cada descubrimiento no haría sino acercarlos. Le hacía ilusión pensar en el tiempo que les quedaba por delante.

La general miró a Ydra, al otro lado de la sala. Su amiga alzó su copa para después dar un lago trago, y en la mente de Olerra resonaron sus palabras:

«Deja de preocuparte».

Ella tenía claro que se estaba refiriendo al sexo. Como si fuera capaz de dejar de pensar en lo mucho que deseaba a Andrastus. Pero ¿y si le estaba diciendo que no se preocupara por el hecho de no tener el Don?

Las mujeres de los otros reinos tenían fe en los hombres. Confiaban en que no les harían daño o se aprovecharían de ellas. Olerra no poseía la fuerza de la diosa, y eso significaba que tendría que hacer lo mismo si quería acercarse a su bruto.

Y quería hacerlo.

La general se levantó y extendió la mano hacia Andrastus, que la cogió. Lo ayudó a incorporarse, demostrando su fuerza ante todo el salón.

—Creo que nos vamos a ir.

—Disfrutad de la noche —dijo Toria.

La reina tan solo asintió.

Olerra iba tirando de su príncipe tras ella, y Andrastus le siguió el ritmo con facilidad.

Parecía tan ansioso como ella por llegar a sus aposentos, y eso la excitó aún más. Caminaban de la mano. Olerra no dejaba de mirar de reojo a su hombre, esperando a que dejara de fingir ahora que se encontraban a solas.

Pero no lo hizo.

Tan ensimismada estaba de la emoción que no se dio cuenta de que habían dejado de estar solos.

Algo la empujó desde atrás, haciéndola perder el equilibrio, y se maldijo a sí misma por no haber estado más atenta.

Andrastus la agarró antes de que se tropezara y se puso delante de ella antes de que Olerra pudiera ver dónde estaba el peligro.

—Mira por dónde vas —dijo el recién llegado.

Olerra miró más allá del cuerpo de Andrastus para ver al muchacho que Glenaerys había comprado en la subasta hacía tantas semanas, antes de que ella se hubiera marchado a por su príncipe.

En ese momento llevaba el brazalete de Glen, y en su rostro había una mezcla de miedo y furia mientras seguía andando.

¿Acaso no sabía a quién había empujado? ¿O estaba asustado porque Glen le había ordenado algo?

Andrastus levantó una mano, como para reprender al muchacho por sus malos modales y exigirle una disculpa, pero Olerra puso una mano sobre su bíceps.

—No. Déjalo. No lo está teniendo nada fácil. Es uno de los de ella.

Andrastus transigió. Cuando el muchacho estuvo fuera de su vista, se giró hacia ella.

—¿Te has hecho daño?

—No.

Las guardias de Olerra llegaron corriendo al pasillo cuando se dieron cuenta de que habían desaparecido de repente. Una de ellas le dirigió una mirada recriminatoria, como reprendiéndola por no haberles dicho que su príncipe y ella se habían marchado.

La general había estado tan ensimismada que ni siquiera se había parado a pensar en su seguridad. ¿Cómo lograba aquel hombre hacerle perder todo el sentido?

—Vámonos —dijo Olerra.

Su príncipe parecía estar encantado de seguirla.

Sanos había bebido bastante, pero siempre había sabido hacerlo. Estaba completamente en sus cabales mientras Olerra lo guiaba por los pasillos del palacio real amarriano. Cuando llegaron a sus aposentos, cerró la puerta con llave.

Estaban solos.

Y él se encontraba libre de cadenas.

No tenía deseo alguno de marcharse.

No con la sonrisa que le estaba dedicando o con la calidez de la mano de Olerra sobre la suya.

La puñalada de culpa que lo atravesó de improviso fue tan inesperada como poco bienvenida, pero debió de notársele.

—¿Qué ocurre? —le preguntó Olerra, sin separarse de él ni acercarse más.

Si iban a hacer aquello, y Sanos estaba desesperado por que ocurriera, necesitaba ser sincero con ella. Al menos en todo lo que pudiera.

—Tengo que enseñarte algo.

Sanos salió del dormitorio de Olerra, atravesó el suyo y llegó a la siguiente habitación. Se arrodilló, sintiendo la presencia de la general a su espalda. Introdujo la mano en las cenizas de la chimenea, donde encontró con rapidez el cuchillo escondido.

Olerra dio un salto hacia atrás cuando vio lo que Sanos sostenía, pero él se quedó de rodillas, cauteloso. Le dio la vuelta al cuchillo, cogiéndolo por la hoja y girándolo. Apuntaba a Olerra con la empuñadura.

—Glenaerys me lo dio. Quería que te matara. Lo cogí, pero no con la intención de hacerte daño. Me quedé con el cuchillo por si lograba escapar. Lo quería tener en el camino de vuelta a casa. Tu prima está usando todas las herramientas a su alcance, pero yo no soy una de ellas. Tómalo.

Olerra se quedó mirando al arma cubierta en ceniza antes de posar los ojos sobre él.

—¿Cómo consiguió quedarse a solas contigo para poder darte eso?

—Ha comprado a tus eunucos.

Olerra apretó la mandíbula y salió de la habitación, dejando a Sanos de rodillas frente al hogar.

El príncipe dejó caer la cabeza junto con sus expectativas.

Sabía que Olerra estaría furiosa porque no se lo hubiera contado de inmediato, pero tenía que creer en su sinceridad.

Era cierto que no tenía intención de hacerle daño.

Era para él. Había pensado que, después de todo lo que había ocurrido…

De pronto, la general volvió a entrar en la habitación.

—De acuerdo. Ya se están encargando de los eunucos. Les han quitado las llaves de mis habitaciones y los van a encerrar en las mazmorras para seguir interrogándolos. Gracias a los dioses que puedo confiar en que Ydra hará lo que haga falta.

»Vale, ¿cuándo te dio Glen el cuchillo?

El repentino regreso de Olerra lo había dejado desconcertado, pero respondió:

—Hace poco. Una semana, quizá.

—¿Y cómo pretendía que me hirieras con él?

—Me dijo que esperara hasta que confiaras en mí.

Hasta que me dejaras estar sin cadenas cuando estuviéramos juntos.

Solo entonces atacaría. Cuando menos te lo esperaras.

Esta es la primera ocasión en la que has permitido que estemos a solas en tu cuarto, sin tenerme encadenado, y quiero que sepas que puedes confiar en mí.

Que yo confío en ti. No necesito el cuchillo.

Me voy a quedar aquí y voy a ayudarte a ganar el trono.

Por los dioses, todavía tenía tanto en lo que pensar. Sus hombres estaban luchando contra los efenos sin él, y su familia no contaba con su protección. Necesitaba tiempo para dar con soluciones, pero había sinceridad en cada una de sus palabras.

El rostro de Olerra era una máscara impasible. Por fin, extendió una mano y tomó el cuchillo.

—¿Por qué el cambio? —le preguntó.

Él también se hacía la misma pregunta, pero la respuesta estaba frente a él.

—Por ti, por supuesto.

Olerra enarcó una ceja.