El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

Uno hizo acrobacias. Otro bailó un ballet .

Estaba claro que todos los hombres del harén de Glenaerys estaban entrenados en el espectáculo tanto como en las actividades de dormitorio.

Sanos se percató, sin embargo, de que Athon no subió al escenario.

Él ya había hecho su parte durante su pelea con Sanos. Parecía que no tenía otros talentos.

Para ser sinceros, el príncipe tampoco tenía muchas habilidades.

Pero tenía cuatro hermanos menores, y todos ellos competitivos, a excepción de Andrastus, lo que significaba que era habitual que se metieran en problemas.

Les gustaba hacer cosas peligrosas. Cometer estupideces cuando su padre no les estaba prestando atención.

Y, en ocasiones, en el patio de entrenamiento, las cosas podían ponerse… interesantes.

Cuando otra ronda de aplausos retumbó por el salón después de que otro hombre volviera a recitar poesía, Glenaerys se levantó y habló lo bastante alto como para que la oyera todo el mundo, pero sus ojos estaban fijos en Olerra.

—Prima, ¿podría deleitarnos Andrastus con un recital? Tengo entendido que ha estado practicando para esta noche.

—Creo —dijo Olerra— que ya hemos tenido suficiente poesía por hoy.

—Lástima. Confiaba en que demostrara su utilidad de algún modo después de todos los problemas que te ha causado.

Todas las nobles del salón los miraban. Muchas, con clara animadversión hacia Sanos; otras, con decepción hacia Olerra.

No se molestaban en ocultar sus emociones.

Sanos no se había dado cuenta del horrendo cariz que había adquirido la situación de la princesa.

Todas se dirigían a ellos con cordialidad, pero Glenaerys los había puesto en el punto de mira, dándoles a las demás una oportunidad para mostrar su apoyo hacia una prima o la otra.

—De hecho —dijo Olerra—. Andrastus tiene preparada una actuación con la que deleitarnos esta noche.

—¿De veras? Que suba al escenario de inmediato, entonces. Me muero por verlo.

La general le hizo un gesto y Sanos se levantó.

No había duda de que su príncipe aparentaba valentía, pero Olerra podía ver que no era más que eso: apariencia, para ocultar su nerviosismo.

¿Acaso le preocupaba no ser capaz de hacerlo?

¿O pensaba que podría decepcionarla? Algo había cambiado entre ellos últimamente, y ella sentía que Andrastus estaba haciendo todo lo que podía por ayudarla.

Como si quisiera que fuera reina de Amarra.

Los eunucos trajeron lo que Olerra había pedido.

Colocaron una diana en el otro extremo de la tarima.

Era una simple tela doblada con tres anillos.

Blanco, amarillo y rojo en el centro. Al lado de Andrastus, pusieron un candelabro casi tan alto como él, con tres velas encendidas.

Al otro lado, le colocaron una mesa. El príncipe depositó sobre ella una cerveza a empezar y otro sirviente dispuso un juego de cinco dagas junto a ella.

Gleriaerys se fijó en la diana.

—¿Le estás dejando usar objetos afilados? —dijo desde el otro lado de la sala.

—Pensé que te gustaría ver lo bien domesticado que está.

En la mandíbula de Glen palpitó un músculo, pero no trató de detener el espectáculo. Olerra se acercó a los músicos para pedirles que tocaran una pieza que pensaba que realzaría la actuación de su príncipe.

Andrastus eligió un cuchillo de la mesa y lo cogió por la hoja. Extendió el brazo, apuntando, dobló el bíceps y disparó. Con la mayor parte de las mujeres tras Andrastus, todas pudieron ver que había dado en el blanco justo en el centro.

Hubo unos pocos aplausos dubitativos, pero la mayoría de las mujeres no sabían qué pensar de la actuación.

Glen se rio.

—Athon también puede hacer eso. ¿Verdad que sí, Athon?

—Sí, señora.

Andrastus lanzó otro cuchillo, que quedó clavado justo junto al primero. Tras el tercer cuchillo, Glenaerys se puso a charlar con algunas mujeres que tenía cerca, haciendo que dejaran de prestar atención a Andrastus. Eso enfadó a Olerra. Ahora era ella quien quería tirar algo.

Andrastus recuperó las dagas y sumergió una de ellas en el vaso de cerveza antes de ponerla sobre la llama del candelabro.

La hoja empezó a arder y, para asegurarse de que todo el mundo lo estaba mirando, la lanzó hacia arriba y la cogió al vuelo sin hacerse ni un rasguño.

La sala se quedó en silencio, todas las miradas fijas en el príncipe.

Con el primer cuchillo en la mano izquierda, Andrastus sumergió un segundo en la cerveza y le prendió fuego.

Hizo lo propio con un tercero. Los lanzó todos hacia arriba, cogiéndolos sin esfuerzo.

Después, lanzó cada una de las dagas rápidamente contra la diana.

En pleno centro.

El aplauso fue ensordecedor. Muchas mujeres silbaron, impresionadas con su actuación. Olerra no tenía ni idea de que un talento así existía siquiera hasta que Andrastus se lo había descrito. Se preguntó cuántas veces se habría quemado o cortado su príncipe de pequeño mientras practicaba.

En ese momento, Glenaerys estaba callada. Ignoraba el escenario deliberadamente, hablando con quien quisiera escucharla. En una mano tenía una jugosa manzana roja y se la llevó a la boca para darle un mordisco.

Olerra vio la intención de Andrastus, pero, antes de que pudiera decirle que parara, disparó.

Una cuarta daga hendió el aire antes de que Olerra pudiera abrir la boca.

Se clavó con precisión en la manzana, a menos de dos centímetros de los dedos de Glenaerys.

Su prima soltó la fruta como si le ardiera en la mano, y esta rodó por el suelo con el cuchillo aún clavado.

En sus ojos abiertos como platos brillaba la furia, pero el público había estallado en gritos.

Bañaron a Andrastus en alabanzas. La reina se puso en pie para aplaudirle, y todo el mundo quedó encantado con aquella demostración de fuerza.

Olerra corrió hacia el escenario le dio un beso en la mejilla a su príncipe.

—Bien hecho —dijo en un susurro—. Pero ¡la próxima vez no seas tan insensato! ¿Y si hubieras fallado?

—Si hubiera fallado, me habría cobrado lo que me debe.