El legado de la furia (El legado de la furia 1) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

El príncipe la miró, preguntándose dónde podía tocarla para continuar con la farsa.

Llevaba el pelo suelto, para variar. Unas gruesas trenzas sujetaban algunos mechones, pero la mayor parte de su cabello le caía en cascada por la espalda.

Era hermoso y con volumen, y Sanos sentía deseos de recorrerlo con las manos.

Y así lo hizo.

Deslizó las manos hasta donde nacían las trenzas, masajeándolas con delicadeza mientras seguía bebiendo de su cerveza.

Olerra dio un pequeño respingo ante el contacto. Miró a Sanos por el rabillo del ojo y se inclinó hacia él.

—¿Qué tal tu bebida?

—Está buena. Parece ser que Amarra supera con creces a Brutus en temas de fermentación. Es la única concesión de superioridad que voy a hacer.

—¿En serio? ¿La única?

Sanos sonrió y se llevó de nuevo el vaso a la boca.

Y entonces apareció Daneryn.

Olerra apenas consiguió no soltar un gruñido. Su príncipe y ella estaban disfrutando de su mutua compañía, charlando y acariciándose. Pero tenía que aparecer Daneryn. Su intención era ignorarlo. Él no se atrevería a volver a empezar la conversación, pero Andrastus tenía otros planes.

—No nos presentaron formalmente la última vez. Soy Andrastus. —Inclinó su bebida a modo de saludo.

El hombre se balanceaba al compás de la música, y le dedicó una sonrisa distraída a Olerra.

Se colocó a su lado, se atrevió a quedarse cerca de ella, como si tuviera derecho a estar ahí.

Los dedos de Andrastus eran una caricia sobre su cabeza.

Ella cerró los suyos en torno a su cintura para demostrar que era su compañía la que deseaba.

—Yo soy Daneryn, pero eso ya lo sabíais.

Olerra quiso reprenderlo por sus malos modales; sin embargo, en el momento en que le dirigiera la palabra le estaría dando permiso para hablarle. No tenía ni idea de qué ridiculeces podría decir esa vez, pero sabía que era capaz de arruinar el momento que estaban disfrutando su príncipe y ella.

—Así es —respondió Andrastus—. Tan solo quería que reconocieras que realmente existo.

Daneryn se fijó en la mano de Andrastus sobre el cabello de Olerra.

—Veo que habéis cambiado de opinión con respecto a mi princesa.

—¿Tu princesa? No recuerdo que sea tu nombre el que grita por las noches.

La general se mantuvo impasible, pero quería chillar de felicidad por cómo estaba manejando Andrastus a Daneryn.

El hijo de la condesa volvió a balancearse, y Olerra se percató de que no iba al ritmo de la música. Estaba borracho.

Y fue entonces cuando él le puso la mano encima.

Fue un contacto delicado en un lado de la cara, pero Olerra lo apartó de un manotazo antes siquiera de que el príncipe pudiera reaccionar.

—He declarado a Andrastus mi seul —dijo con firmeza—. ¿Qué haces?

Daneryn hizo un mohín y parpadeó como si todo a su alrededor se hubiera desenfocado.

—Glen dijo que querías verme. Que viniera contigo.

Olerra miró a su alrededor, pero no vio a su prima por ninguna parte.

—¿Y tú para qué le haces caso? Ya sabes cómo es.

—No me encuentro bien.

Daneryn puso una mano sobre la cintura de Olerra para ayudarse a mantener el equilibrio al tiempo que se doblaba por la cintura.

La general vio que estaba a punto de devolver, así que le apartó la mano con delicadeza y se colocó tras él para sujetarlo mientras vomitaba la cerveza.

—Creo que lo han drogado —dijo Andrastus—. Sobre todo si Glen lo ha mandado aquí.

—Estoy de acuerdo —contestó Olerra—. No bebas nada si no te lo doy yo.

Su príncipe asintió.

Daneryn se convirtió de pronto en un peso muerto en los brazos de la mujer. Trató de afianzar su agarre, pero, por suerte, Andrastus se acercó para cogerlo antes de que Olerra pudiera descubrir si tenía fuerza para sujetarlo desde ese ángulo.

Unos criados se percataron por fin de lo que ocurría y se acercaron rápidamente a ayudar. Le quitaron a Daneryn de las manos y limpiaron el estropicio. Olerra y Andrastus se movieron hacia otra esquina.

—¿A qué crees que ha venido eso? —preguntó el príncipe.

—Puede que Glen esté intentando ponerme nerviosa o puede que sea parte de un plan mayor. Con ella, es imposible saberlo. Tendremos que ir con cuidado esta noche.

Andrastus asintió.

—¿Quieres bailar?

La música era más lenta, y muchos de los hombres se bajaron de las plataformas elevadas para buscar a sus señoras.

Las mujeres tomaron la pista de baile, con tres o cuatro hombres siguiendo a cada una.

Sanos no conocía ningún baile amarriano, y no sabía cómo bailar con más de una pareja, pero le gustaba tener una excusa para poder seguir tocando a Olerra.

—¿Un bruto que baila? —preguntó ella.

—He aprendido más de treinta estilos de baile de cuatro reinos diferentes, pero no conozco ninguno de Amarra.

—Deja que te enseñe.

Lo llevó hasta una de las plataformas elevadas. A pesar de que los bailes de los diferentes países tenían distintos pasos, todos solían empezar igual, con las manos agarradas.

En Amarra no.

—De rodillas —dijo Olerra.

Sanos miró a su alrededor y se percató de que el resto de los hombres estaban sentados a los pies de sus respectivas señoras. Puede que aquello fuera una muy mala idea.

Entonces Olerra empezó a moverse.

Daba vueltas a su alrededor, pasándole los dedos por los hombros, por el pecho. Los hombres a su alrededor no hacían nada. Miraban a sus señoras, así que Sanos hizo lo propio. Cuando Olerra posó la mirada sobre él, no habría podido moverse aunque hubiera querido.

Ver cómo se movía era como verla luchar. Alzó los brazos por encima de su cabeza para luego dejarse caer al suelo. Se tumbó sobre la espalda y volvió a levantarse, haciendo volar su larga melena tras ella.

Y entonces se giró hacia él.

Lo agarró y lo puso en pie, acercándoselo tanto que dejó de haber espacio entre ellos.

Se volvió, dándole la espalda, y le echó los brazos alrededor del cuello.

Aprovechando que no lo miraba, Sanos escudriñó al resto de los bailarines.

Los hombres tocaban a las mujeres, moviendo las caderas al unísono, turnándose para ponerse detrás de ellas.

Olerra era toda suya.

Sanos colocó las manos sobre sus caderas. Se movían como un solo ser, balanceándose de lado a lado. Había otras parejas que se daban empellones como imitando el sexo, y se preguntó si debía hacerlo él también…

Olerra se apartó de él y se dio la vuelta; había perdido su oportunidad.

La siguiente parte del baile le resultó más familiar.

Parecía pensada para mujeres con muchas parejas; cada uno de los hombres las iban tomando por turnos, haciéndolas girar.

En esos bailes, guiaban las mujeres. Él seguía a Olerra, que se acercaba y se alejaba dando vueltas.

Sanos se movía imitando al resto de los hombres, aunque, cada vez que tocaba a la general, iba perdiendo más y más percepción de lo que había a su alrededor.

Fue entonces cuando ella acercó su rostro al de él hasta que entre sus bocas no existió la distancia.

Sanos cerró los ojos, dejándose llevar por el beso.

Pero entonces la música se detuvo.

Había terminado antes de que pudiera empezar, y Olerra se apartó de él, aplaudiendo a los y las artistas que tan bien habían actuado. Sanos quería atravesarlos con la mirada por haber terminado la canción.

Una voz se elevó por encima del resto y Sanos apartó la mirada de Olerra.

—Gracias a todas y todos por venir. Los espectáculos de la noche están a punto de comenzar. Tomad asiento y aseguraos de poder ver bien las plataformas.

Por fin vieron a Glenaerys. Llevaba un vestido dorado y sandalias. Se había peinado el cabello en una trenza tan intrincada que Sanos no podía entender cómo estaba hecha. Cuando los vio a él y a Olerra, les dedicó una cálida sonrisa.

—Vamos —dijo la general, cogiéndolo de la mano y llevándolo hacia donde Ydra y algunas de las capitanas de Olerra ya estaban colocadas.

No se encontraban lejos de la reina y la consorte, apartadas del resto del mundo en tronos elevados, desde donde podían vigilar sin distracciones. Las guardias y sirvientes no estaban lejos. Como si la reina no se fiara de que su propia sobrina no intentara algo en su propia fiesta.

El primer miembro del harén de Glenaerys tomó el escenario, laúd en mano.

Tocó y cantó con tal belleza que todo el público quedó ensimismado.

Su voz llegó a altos imposibles para un hombre; debía de practicar a diario para ser capaz de ello.

Sanos había visto las salas de música en el gimnasio, pero nunca se había molestado en entrar, pues no tenía ni el talento ni el interés.

Retumbaron los aplausos y el público fue a por más bebida y comida. Olerra le llevó a Sanos algunos aperitivos para que los probara. Frutas y carne en salazón. Pan recién hecho y miel. Todo estaba delicioso, por supuesto.

Y entonces le llegó el turno al siguiente hombre, que tomó posición en el escenario.

—Un poema dedicado al Don de la Diosa —enunció, y procedió a recitar una historia repleta de emoción.

El poema rimaba, el hombre alzaba y bajaba la voz, declamando como si la forma de contar la historia fuera tan importante como la propia narración.

Una cosa estaba clara. Mientras que Andrastus habría podido defenderse en aquel ambiente, no había forma de que Sanos fuera capaz de recitar con semejante pasión.

Olerra se inclinó hacia él.

—Lo ha escrito él mismo.

Sanos sintió que se le hundía el estómago. Aquel hombre no solo sabía recitar poesía, sino que también la escribía. El príncipe no se había sentido incompetente en comparación con los hombres amarrianos hasta ese momento.

Otro miembro del harén hizo un baile tan erótico que, al terminar, muchas de las mujeres del salón se estaban abanicando. Sanos miró de reojo a Olerra, pero estaba hablando con Ydra, sin prestar atención al espectáculo.

Por algún motivo, eso lo hizo sentir mejor.