Capítulo 20
L a noche anterior a la fiesta, Andrastus se acercó a Olerra. Había pasado en silencio tanto los últimos entrenamientos como los descansos entre medias. Si no lo conociera, habría pensado que estaba nervioso.
—Sé sincera, ¿cuántos hombres pueden ponerse a recitar algo? —le preguntó.
A Olerra le costó un instante caer en la cuenta de a qué se refería Andrastus.
—¿En la fiesta? Unos cuantos. ¿Por qué?
—Porque no creo que vaya a conseguirte el favor de mucha gente si hago algo que ya hacen otros. No llamaría la atención, y a ti no te elevaría de ninguna forma.
—Hacemos lo que podemos con lo que tenemos. Andrastus se pasó los dedos por el cabello rubio. —Tengo una idea. Es un poco… imprudente, y necesito tu permiso para usar objetos afilados.
—¿En qué estás pensando? —Olerra entrecerró los ojos. Lo que él le contestó era absurdo, pero, si era verdad que podía hacerlo, no veía a nadie quedando indiferente.
—¿Puedo confiar en ti? —le preguntó.
—¿Con esto? Sí.
—Júralo por algo que te importe.
—Lo juro por la vida de mi hermana pequeña. No es ningún truco.
—¿Tienes una hermana? —Olerra parpadeó.
—Sí. Emorra es la más pequeña. Mis hermanos y yo nos esforzamos mucho para que nuestro padre no le preste atención. Apenas la nombramos, y la mantenemos fuera de la luz pública.
—¿A qué te refieres?
Estaban hablando más. Tanto que Sanos no se había dado cuenta de lo que se le acababa de escapar. No era que quisiera ocultarle cosas a Olerra, aparte de su identidad. Lo que ocurría era que no le gustaba hablar de la parte violenta de su vida.
Debía de llevar un rato callado, porque la general extendió la mano para tocarle el brazo.
—No tienes que contármelo —le dijo—. Pero, si quieres hacerlo, te escucharé.
—Mi padre es un hombre violento —dijo Sanos con voz neutra—. Tiene maneras creativas de mantenernos a raya.
—¿Os pega? —preguntó Olerra.
—Con regularidad, y disfrazándolo de entrenamientos para aguantar torturas.
—¿Dónde? —Lo miraba de arriba abajo, como si estuviera recordando su aspecto desnudo.
No tenía cicatrices repetitivas. Tan solo las relacionadas con el entrenamiento.
—Sobre todo en la espalda. Le gusta usar una vara. No llega a romper la piel.
Se sentía tan expuesto. Tan avergonzado por su secreto.
—¿Y también se lo hace a vuestra hermana?
—Hace muchos años que no. Nos hemos… asegurado de atraer su atención.
Olerra no dijo nada. Se quedó mirando al horizonte. ¿Lo creía? Quizá aquel fuera su mayor miedo, que no creyera sus palabras.
—¿Alguno de tus hermanos ha salido a él? —preguntó por fin.
¿Por qué querría saber eso?
—No. Todos lo odiamos. No nos metemos con otra gente por diversión.
Olerra se mordió el labio inferior, pensativa.
—Volvamos a casa. Estás distraído y deberías descansar. Tendrás que practicar tu espectáculo antes de la fiesta.
Sanos asintió.
Se mantuvo en silencio durante el paseo de regreso a palacio desde el patio de entrenamiento. Los eunucos los seguían a lo lejos. El príncipe dejó a Olerra pensar.
Tuvieron una cena tranquila y, después, la rutina de la noche volvió a repetirse. Encadenaron a Sanos a la cama, como siempre, y ella entró con su camisón con trasparencias para darle las buenas noches.
Se acercó hacia él hasta estar casi tocando la cama. Los ojos de Olerra se encontraron con los suyos.
—Quiero que sepas que tu padre no volverá a ponerte una mano encima. No mientras a mí me quede aliento. Lo juro por las cenizas de mi madre.
A Sanos le dolió el corazón. Había algo en la forma en la que lo miraba. No era lástima, sino una actitud protectora.
Tragó saliva.
—Te creo.
Olerra asintió, y el silencio habitual invadió de nuevo el cuarto. Ydra le había dicho que la general estaba esperando a que fuera él quien pasara a la acción. La idea lo excitó, pero llevaba días pensando en ello. En lo que él quería.
—No te pediré que intimemos hasta que me permitas hacerlo sin cadenas —dijo—. Lo que me hiciste me encantó, pero yo también quiero poder tocarte.
La boca de Olerra formó una minúscula O. La había sorprendido.
Se quedó quieta durante tanto tiempo que Sanos pensó que iba a desencadenarlo. La respiración se le entrecortaba durante la espera.
—Necesitas descansar, príncipe —dijo.
Y se fue.
Olerra echó el pestillo de la puerta que conectaba sus habitaciones y se llevó una mano al pecho. Parecía que el corazón se le quisiera salir. Se moría por aceptar su oferta. Quería que la tocara. Lo único que deseaba más que eso era subir al trono.
Sin embargo, la muerte de su madre se interponía entre ellos. La amenaza de lo que pudiera hacerle, de lo que pudiera descubrir sobre ella, era demasiado grande. Debía salir de allí antes de cometer una estupidez, como liberarlo de sus cadenas.
Olerra se quedó mirando a la caja de falos y tuvo la abrumadora urgencia de lanzarla por los aires.
¿Por qué estaba haciendo todo aquello? ¿Qué sentido tenía?
¿De verdad esperaba que él se sintiera satisfecho si lo tenía atado durante todos sus encuentros sexuales?
¿Que eso sería suficiente para él? ¿Que lo sería para ella?
Era una idiota. Por haberlo secuestrado.
Por haber pensado que su plan podía funcionar.
La tristeza la asaltó de pronto, y Olerra se encontró añorando a su madre con más dolor e intensidad de lo que había sentido en años.
Apenas podía recordarla, pero necesitaba su consejo. ¿Habría podido decirle por qué no tenía el Don de la Diosa? ¿Lo sabría? ¿La habría protegido?
Olerra abrió la caja. Le quedaba un falo antes de llegar al que tenía que ser capaz de introducirse. Después de esa noche, estaría lista para él. Pero ¿llegaría a ser capaz de tomarlo?
Usó un aceite lubricante para conseguir meterse el falo y se fue a dormir sin correrse.
La noche siguiente, lo último que quería Olerra era estar en la misma sala que su prima.
Más de una docena de guardias escoltaron a Olerra y Andrastus hasta el ala de palacio de Glenaerys.
Llevaban hermosos vestidos o pantalones estampados, peinados complejos y elaboradas trenzas.
Pero cada una de las mujeres portaba una espada al cinto.
Todas habían sido invitadas a la fiesta, y Olerra les había pedido personalmente que los acompañaran a ella y a su prometido.
Necesitaba estar rodeada de mujeres en las que pudiera confiar.
A pesar de que Glen había dado muchas fiestas por el mero placer de darlas, Olerra sabía que aquella en particular tenía otras intenciones. Conocía demasiado bien a su prima como para no sospechar de ella. De lo único que no estaba al corriente era de sus planes.
Pero se moría por que Glen le diera una excusa para atizarla. Sin consecuencias legales.
Las guardias de Olerra entraron a la fiesta de dos en dos y de tres en tres delante de ellos, para no levantar sospechas. Tenían órdenes claras de mantener un ojo puesto en ella y en Andrastus.
El príncipe había pasado la tarde callado, sin quejarse de la ropa que le había elegido.
Llevaba una camisa blanca que refulgía a la luz, con cuentas brillantes cosidas en un patrón en espiral.
Como siempre, llevaba el brazo izquierdo descubierto para poder lucir el brazalete de plata y ónice.
El lado derecho de su pelo estaba trenzado para que no le cayera sobre el rostro y pudiera verse su pendiente de ónice.
Los pantalones le llegaban hasta la mitad de la pantorrilla, dejando expuesta una tobillera de diamantes negros. Calzaba unas firmes sandalias.
A Olerra le estaba costando no quedarse mirándolo, pero, en cuanto atravesaron las puertas, adentrándose en los dominios de Glen, se puso alerta.
—Joder —dijo Sanos.
—Sí, Glen es famosa por no escatimar en gastos.
Eso era quedarse corto. La sala parecía el interior de un joyero.
Uno podría pensar que eran las mujeres quienes resplandecían, pero eran los hombres, y ninguno iba tan elegante como los del harén de Glenaerys.
Llevaban tocados de los que colgaban ópalos.
Diamantes blancos en las perforaciones de los pezones y las orejas.
Un hombre en particular también lo llevaba en la lengua.
Sanos lo vio cuando echó la cabeza hacia atrás en una carcajada.
Tenían casi toda la piel al descubierto, y la poca ropa que llevaban les ceñía el culo y el paquete.
Sanos casi se sentía fuera de lugar con su simple vestimenta.
—¿Te traigo algo de beber? —le preguntó Olerra.
—Por los dioses, sí.
La general volvió con una bebida de aroma dulce. Estaba fría y sabía a manzana y a cereza. Lo quemó ligeramente en la garganta. Sanos se fijó en que el vaso de ella contenía un líquido de un color diferente.
—¿Qué estás bebiendo? —le preguntó.
Ella dio un sorbo.
—Prefiero una cerveza fuerte a un aguamiel dulce. Pensé que te gustaría más la dulce.
Sanos se acabó su copa.
—Estaba deliciosa, pero mejor una cerveza, por favor.
Olerra sonrió y fue a por la bebida.
El aire se llenó del sonido de tambores e instrumentos de cuerda.
La sala estaba dividida en dos pisos. En la parte inferior, las mujeres se relajaban, tumbadas sobre almohadas y dejando sus bebidas en mesas bajas.
Los hombres, mientras tanto, se quedaban la mayoría en el piso superior.
Había plataformas más altas en las que algunos bailaban de manera provocativa, moviendo la cintura y luciendo su flexibilidad.
A Sanos le costaba estar mucho tiempo mirándolos, pero era extrañamente educativo.
Cuando Olerra volvió con su segunda bebida, Sanos señaló a los bailarines.
—¿Se supone que yo tengo que estar ahí?
—No, tú te quedas a mi lado toda la noche.
Supuso que habría algunos hombres en la planta principal. Tenían la cabeza apoyada en el regazo de sus mujeres u ofrecían masajes. No hablaban. Hacían su trabajo en silencio, al igual que los bailarines.
Olerra y Sanos tenían que vender su romance, pero ella aún no le había dicho que hiciera nada. Aparte de ir agarrados del brazo del otro al caminar, se mantenían alejados.